Esta es la segunda parte de Love Game, en realidad cada parte se puede leer como un oneshot, pero en conjunto forman la historia.

Pairing: Ginny Weasley/Blaise Zabini


Love Game

Parte 2

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Me llamas. Piso 21

Él nunca supo amarte como yo lo sé
Él no conoce cada espacio de tu piel
Sé que no soy perfecto pero te diré
Él no sabe cómo tratar a una mujer

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Habían pasado dos semanas desde que había terminado con Harry. No lo había vuelto a ver, aunque habíamos intercambiado un par de cartas. La mayoría de él, que me había mandado varias de mis cosas que había dejado en Grimmauld Place las veces que me había quedado a dormir.

Mi humor era una cosa muy extraña. Porque de pronto me entraba la tristeza y me daba de topes pensando en que probablemente había cometido el peor error de mi vida. Que nunca encontraría a alguien como Harry. Pero la mayoría del tiempo me sentía bien, y eso me daba culpa, «¿no debería estar más triste» pensaba.

Como había supuesto, de alguna manera la prensa se había enterado y había sido el «GRAN ESCÁNDALO» de la semana. Mi papá había tenido que poner protecciones en La Madriguera para evitar los ataques de algunas de las admiradoras de Harry que habían decidido que se vengarían en su nombre. La correspondencia también había sido una cosa impresionante. Cientos de vociferadores, algunas cartas malditas y una que otra, aunque escasos, agradecimientos porque les había dejado campo libre ―sí cómo no―.

Como fuera, no había salido de mi casa en un buen rato. Las pruebas para entrar al equipo de las Harpías de Holyhead comenzarían hasta el mes siguiente y había pasado todo el tiempo entrenándome. Pero ese día Ron me había advertido que Harry iría de visita, así que decidí salir un rato. Pero no quería tampoco arriesgarme a que me reconocieran y alguna de las admiradoras de mi exnovio quisiera cumplir las amenazas de las cartas. Sopesé mis opciones y decidí mandarle una lechuza a Luna para vernos en Hogsmeade e ir a Cabeza de Puerco.

Pero Luna no llegaba. «Debí haber esperado su respuesta, de seguro ni ha leído la carta» pensé. Pero ya estaba ahí, así que saqué el último número de El Mundo de la Escoba, que no había acabado de leer y pedí una cerveza de mantequilla.

―¿Te importa si me siento aquí? ―me preguntó alguien. Dejé a un lado mi revista para mirar al que me hablaba. Era un hombre negro, alto, bastante atractivo. Me sonaba de algo, pero no estaba segura dónde lo había visto. Miré a mi alrededor. No había nadie más en el bar, aparte de Abenforth que limpiaba con un trapo mugriento la mesa, fingiendo que no prestaba atención.

―Hay mucho espacio en otras mesas ―le contesté, tratando de sonar lo más amable posible.

―Disculpa que te haya molestado ―dijo, y comenzó a irse.

―No me molestas ―lo detuve―, sólo me da curiosidad. Habiendo tanto espacio, ¿por qué sentarte aquí?

Alzó la ceja y sonrió, tenía los dientes blanquísimos.

―Porque pensé que podría platicar contigo ―me dijo―. Pero no quiero molestarte, de verdad, te dejo seguir leyendo.

En otra ocasión lo más probable es que lo hubiera mandado a volar. Pero me intrigaba y atraía. No sabía si Luna llegaría y ya sólo me quedaba un artículo en la revista. Así que me encogí de hombros y señalé la silla vacía enfrente de mí.

―Ya casi acababa, igual no está de más tener compañía ―le dije.

Su sonrisa se hizo más amplia y se sentó. Pidió un whiskey de fuego.

―Blaise Zabini ―se presentó. El nombre me sonaba de algo, estaba a nada de acordarme en dónde lo había visto antes.

―Ginny Weasley ―le dije, tratando de exprimir mi cerebro para acordarme.

―Lo sé ―volvió a sonreír. Entonces me conocía, pensé, tendría que ser alguien de Hogwarts o por los periódicos… no, definitivamente de Hogwarts. Y entonces me acordé.

―¡Claro! ―dije en voz alta. Me tapé la boca y debí ponerme roja porque el rio. Me debatía entre huir de ahí o quedarme y echarle en cara todo lo que su casa había hecho mal. No tenía nada personal en su contra, pero sí contra su Casa.

―Ya te acordaste de mí ―dejó de reír y me miró seriamente―, y seguramente estás planeando cómo darme el corte e irte lejos de un Slytherin, ¿no es así?

Pude distinguir el resentimiento en esa pregunta. Me sorprendió lo cerca que había estado de la realidad su afirmación. Pero había algo en él que me intrigaba. Traté de hacer memoria y recordar si él había estado involucrado con los mortífagos. Pero nada se vino a la cabeza. La verdad es que ni siquiera me acordaba de haber escuchado nada sobre él. Y si no fuera por las reuniones que organizaba Slughorn seguro ni siquiera lo conocería.

―Me leíste el pensamiento ―decidí responder―, pero no del todo. Me preguntaba qué sería lo más sabio, huir o quedarme.

―Pensé que los Gryffindor eran valientes ―me retó. Con eso tomé mi decisión.

―Lo somos ―dije, enderezándome en mi silla―, no pensaba irme por miedo.

Abenforth llegó entonces con el whiskey de fuego y luego de lanzarle una mirada de advertencia a Zabini regresó a su lugar detrás de la barra.

―¿Y qué trae a Ginny Weasley a un lugar como éste? ―me preguntó― No es un lugar en el que te hubiera imaginado.

«¿De verdad? ¿No puede ser menos cliché?»

―Abe es un buen amigo ―contesté, sonriéndole al cantinero―, y me agrada que es más privado.

―Claro, como heroína de guerra seguro debes tener muchos admiradores, ¿no es cierto?

Me atraganté con la cerveza de mantequilla. Me dio palmaditas en la espalda para ayudarme.

―No precisamente, no lo decía por eso ―le aclaré, pero no expliqué la verdadera razón.

―¿Y qué hace Blaise Zabini en un lugar como este? ―le regresé la misma pregunta que me había hecho, para cambiar de tema.

Él volvió a reír. En verdad me gustaba mucho su risa, tenía un tono agradable. Me sentía cómoda con él, aunque fuera un Slytherin, y un desconocido.

―Me apetecía salir de casa ―me dijo, no sabía qué tan cierto era eso, pero, al fin y al cabo, era la misma razón que la mía―, y Las Tres Escobas estaba lleno a reventar.

Lo miré con incredulidad. Había pasado por ahí en mi camino a Cabeza de Puerco y aunque había visto gente, así como a reventar no estaba.

―Bueno, no precisamente a reventar ―me dijo, notando la manera en la que lo miraba ―, sólo que, a diferencia tuya, no todos son tan amables con los que estuvimos en Slytherin, y Rosmerta sabe que lo soy.

Me sorprendió lo honesto y directo que fue al decirme eso. Pero no supe qué contestarle.

―Ah, ya.

―Pero no importa ―continuó―, porque gracias a eso, ahora puedo platicar contigo.

Sonreí, moviendo la cabeza de un lado para otro, me mordí el labio. Era tan evidente que estaba coqueteando conmigo. Casi había olvidado lo bien que se sentía. Estaba algo oxidada, pero quizás podría coquetear también.

―Y dime, Blaise ―usé su nombre de pila, y quizás me lo imaginé, pero algo brillo en sus ojos―, ¿qué te hizo querer platicar conmigo?

Pasamos horas platicando, y sólo cuando Abenforth nos dijo que cerraría fue que nos percatamos del tiempo.

―¿Podemos volver a platicar un día de estos? ―me dijo Blaise al despedirse.

―Claro ―le sonreí, anhelante―, ¿el lunes te parece bien?

―El lunes, perfecto. ¿A las cinco aquí mismo? ―sonrió también, y me extendió la mano para estrechármela.

Tuve un impulso, de esos que después él insistiría en llamarlos «impulsos Gryffindor», y en lugar de darle la mano me acerqué y lo besé en la mejilla.

―A las cinco, pero no aquí. Te mandaré una lechuza ―le dije y después me desaparecí.

~.~

Quedamos en un café muggle cerca de Picadilly Circus. La verdad es que me sorprendió que no objetara ante la posibilidad de vernos en un lugar no mágico, siendo Slytherin, pero en realidad mi experiencia con personas de esa casa era limitada y bastante mala.

Cuando llegué él ya estaba ahí, observando a las personas que pasaban por ahí. Cuando notó que me acercaba me regaló una sonrisa.

―Te ves preciosa ―me dijo después de saludarme de beso, su mano sosteniéndome de la cintura y causándome un ligero escalofrío―.

―Tú no estás nada mal tampoco ―bromeé, mirándolo de arriba abajo y sonriéndole. El traje azul marino con el que se había vestido lo hacía ver como un modelo muggle y esa sonrisa, esa maldita sonrisa.

Pedimos un par de pasteles ―chocolate él, tres leches yo― y café. Y platicamos. A pesar de que unos días antes habíamos pasado horas hablando, no parecía acabársenos la conversación, aunque esta vez hablamos de cosas más serias que en Cabeza de Puerco. Me atreví a preguntarle sobre su vida, y en algún momento de «impulso Gryffindor» sobre sus amigos de Slytherin.

Se puso bastante serio, y sentí que había comido demasiado pastel. Temí haber arruinado el momento, pero para mí alivio no fue así.

―Siguen siendo mis amigos, hayan hecho lo que hayan hecho ―me contestó, su voz con un tinte retador― ¿eso es un problema?

Negué con la cabeza. No podría decir que lo entendiera, pero me alegró que fuera leal con ellos, después de todo, si alguien criticara a mis amigos, probablemente hubiera contestado de manera más agresiva.

―Sólo preguntaba ―le aclaré.

Cambiamos el tema, al menos por el momento. Cuando terminamos nuestros pasteles era evidente que ninguno quería dar por terminada esa ¿cita?

―¿Quieres ―dudó―… ir a mi casa?

Me debatí por un momento, no estaba segura de que era lo más prudente. Pero ¿a quién le importa la prudencia? A mí la mayoría del tiempo no.

―Ok ―contesté, tomándolo del brazo para desaparecernos en conjunto.

Me esperaba una mansión, o algo por el estilo. Pero la casa de Zabini era un departamento de un solo piso. Aunque pequeño, salía a relucir su buen estilo y tenía un aire bastante acogedor. Los muebles del comedor eran todos de madera, y las paredes estaban cubiertas de cuadros con pinturas. Me sorprendió ver algunas pinturas muggles entre ellas.

―¿Quieres algo de beber? ¿Vino de elfo? ―me preguntó, mientras yo observaba a mi alrededor.

Asentí con la cabeza. Con un movimiento de varita apareció un par de copas y vino de elfo. Lo sirvió también con un hechizo y me pasó una de ellas. Me senté en el sillón y él se puso justo a un lado mío. A pesar del tamaño del sillón en el que fácilmente hubieran cabido cuatro personas, lo hizo bastante pegado.

Chocó su copa contra la mía y bebimos. Dio un trago largo y luego dejó su copa sobre la mesilla. Me miró a los ojos y acercó su rostro al mío. Sabía lo que seguía.

―¿Puedo besarte? ―me susurró. Estábamos tan cerca el uno del otro que su aliento acarició mis labios.

Como respuesta cerré la distancia. Con habilidad me quitó la copa y la puso junto a la suya, sin dejar de besarme. Me atrajo aún más a él. Y sentí la excitación recorrerme el cuerpo. Esa chispa que me había faltado con Harry en los últimos meses. Su mano recorría mi espalda, causándome pequeños escalofríos. Mis brazos se enredaron alrededor de su cuello.

El beso se iba haciendo más intenso, con facilidad me levantó y me sentó en sus piernas. Esa tarde no llegamos más lejos. Únicamente nos besamos por horas, y nos tocamos por encima de la ropa. Pero fue algo diferente a todo lo que había vivido.

Era evidente que Blaise sabía lo que hacía. Cada toque suyo, donde colocara su mano, podía sentir como si la piel me ardiera en llamas. Yo me sentía arder en llamas completa. Era embriagante estar ahí. Sentada sobre él, sintiendo la evidencia de lo que yo provocaba en su cuerpo, besándonos casi con desesperación.

No intentó llegar más lejos, pero si lo hubiera intentado, probablemente no me hubiera negado. Sin embargo, cuando nos despedimos, quedamos de volver a vernos ahí mismo, para continuar lo que habíamos iniciado. Y deseé que la siguiente vez que nos encontráramos, lo intentara.

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Mi deseo se hizo realidad.

Llegué a su casa el sábado siguiente. Con el nerviosismo y expectación a flor de piel. Me saludó con un beso que fue una maravillosa introducción a lo que seguiría y que me enchinó la piel de todo el cuerpo.

―Acabo de poner agua para té, ¿quieres un poco?

Pasamos a la cocina, que era pequeñísima, apenas un pasillo en el que cabíamos los dos. Me sirvió el té y me invitó a sentarme en la sala. Platicamos un poco, lo cual sólo iba aumentando la tensión. Estaba nerviosa, porque no sabía si iba a pasar lo que quería que pasara.

Terminando el té Blaise volvió a besarme. En segundos estábamos en la misma posición que unos días antes.

―Ginny ―me dijo entre beso y beso. Mi nombre sonaba tan sensual dicho por él, con su voz grave y profunda, excitado―, ¿quieres ir a mi cuarto?

―Sí ―suspiré, recorriendo mis labios por su mandíbula.

Se puso de pie, así conmigo encima, y me llevó cargando ―con un poco de esfuerzo― a su habitación.

Contrastaba un poco con la sala, porque mientras que esta estaba llena de arte, en su habitación había únicamente una cama, también de madera, una mesita a un lado y el guardarropa, de madera también.

Me acostó en la cama y se colocó encima de mí. Dejó de besarme los labios para bajar por mi cuello, dando pequeños mordiscos de vez en cuando.

―Ginny ―dijo―, ¿puedo quitarte la ropa?

Casi me vuelvo loca de lo sexy que me pareció la manera en la que me lo preguntó. Y sólo pude asentir con la cabeza enérgicamente.

―¿Si puedo?

―Sí

Me levantó, para quitarme el suéter que llevaba, y junto con este se llevó la blusa, dejándome únicamente en brassiere. Sentí un escalofrío al sentir el aire frío en mi espalda. Me volvió a recostar, y con una lentitud agónica me desabrochó el pantalón y lo fue deslizando por mis piernas acariciando al mismo tiempo.

Me quitó los calcetines. Y cuando estaba únicamente en ropa interior se detuvo. Me miró a los ojos y me dijo:

―¿puedo quitarme la ropa?

En lugar de responderle me volví a incorporar para quedar sentada sobre la cama. Y comencé a desabotonarle la camisa.

―Déjame ayudarte ―le dije, con una sonrisa que esperaba fuera seductora. Él sonrió y se dejó hacer. Le quité la camisa y tuve que detenerme a observar lo que había destapado.

Con más torpeza de la que hubiera querido, desabroché su pantalón, tras el cual se marcaba su erección, suplicando ser liberada. Una vez que estuvo desabrochado cayeron al suelo.

Me quedé sin aire, y si hubo algún momento en el que dudé de hacer eso fue ahí. Porque era enorme. Pero la duda se disipó en el momento en el que me volvió a besar y sentí las oleadas de calor recorrerme.

―¿Puedo terminar de desnudarte? ―preguntó.

―Sólo si yo puedo hacer lo mismo ―contesté.

Dicen que las primeras veces no son maravillosas. Dicen que duele y que no es placentero, al principio y que sólo a partir de las siguientes veces va mejorando. Pero yo tuve la suerte de que mi primera vez fuera con Blaise Zabini. Era evidente que tenía experiencia. Me preparó con cuidado mucho antes de introducirse en mí y aunque sentí una ligera incomodidad por unos segundos, lo demás fue espectacular.

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Durante el siguiente mes las veces que nos vimos fue en su departamento. Nos aprendimos mutuamente, con las manos, con los ojos, con la lengua...

Acababa de hacer las pruebas para entrar a las Harpías. Estaba eufórica: me habían aceptado, como buscadora suplente, pero sabía que no tardarían en pasarme como principal. Pasé primero a La Madriguera a darles la buena noticia a mis padres y a Ron, luego al Callejón Diagon a decirle a George y al último al departamento de Blaise.

―Felicidades ―me dijo en cuanto abrió la puerta y me vio con la que probablemente sea la sonrisa más amplia del universo, los cachetes ya me dolían de tanto sonreír, pero no podía parar.

Me le abalancé y lo besé con toda esa alegría y euforia que sentía a punto de explotar. Ni siquiera llegamos a la habitación, estaba tan llena de energía que pugnaba por salir que lo hicimos ahí mismo en la sala.

―Oye Ginny ―llevábamos un rato en absoluto silencio, regodeándonos de la sensación de paz que sentíamos.

―¿Mmmm? ―me acomodé de lado, recargada en mi brazo para poder verlo―, ¿qué pasó?

Dejó salir el aire despacio y giró el rostro para verme a los ojos.

―¿Qué significa para ti esto que tenemos? ―me preguntó despacio, sonaba preocupado.

No supe qué contestarle. No era precisamente que estuviera enamorada de él, aunque sin duda lo quería. Me la pasaba muy bien con él y me hacía sentir cosas que nunca nadie me había hecho sentir. El sexo sin duda era lo mejor de todo, pero también era agradable conversar con él.

―¿Qué significa para ti? ―contraataqué, porque no sabía aún cómo poner en palabras lo que pensaba.

Frunció el ceño.

―No se vale, yo pregunté primero.

Esta vez fue mi turno de suspirar.

―Me gustas...

―Tú a mí también.

―No me interrumpas ―lo regañé, sintiendo un nudo en la garganta de ansiedad. Toda la euforia y toda la tranquilidad habían desaparecido.

―Lo siento ―hizo un ademán con la mano―, continúa.

―Me gustas, Blaise, lo sabes. Pero la verdad, no sé qué significa esto. ¿Tiene que significar algo? ―se encogió de hombros, pero no dijo nada-. Me siento bien estando contigo ―esta vez fui yo la que se encogió de hombros.

Se quedó callado por un rato.

―¿Estás molesto? ―le pregunté, cuando el silencio se me hizo insoportable. La verdad es que no sabía cómo se había tomado mi respuesta tan ambigua y extraña.

―No ―me sonrió, fue una sonrisa sincera que me tranquilizó―, estaba pensando.

―¿Qué pensabas?

―En que eres una mujer muy interesante, Ginevra ―se incorporó para besarme―.

Nunca me había gustado mucho que me llamaran mi nombre completo, me recordaban a mi madre cuando me regañaba, pero la forma en la que remarcó la «v» hizo que se me enchinara la piel.

―Entonces, ¿está bien si seguimos con las cosas como están? Sin títulos ―tenía que asegurarme.

Se giró completo para quedar encima de mí y antes de volver a besarme sonrió.

―Sí

~.~

Me estaba yendo demasiado bien en todo: el equipo ―las dos semanas en las que llevaba adentro había ya impresionado a la entrenadora con varias jugadas, sólo tuve que esperar tres meses más para ser titular―; Blaise y lo que fuera que teníamos; e incluso habían dejado de acosarme las admiradoras de Harry con tanta insistencia ―todavía recibía una que otra carta o vociferador, pero eran esporádicas― y ya me atrevía a salir a lugares mágicos sin temor a que me lanzaran una maldición.

Había quedado con Blaise de ir a Artículos de Calidad para Quidditch a comprar unas cosas que necesitaba, después comeríamos algo y terminaríamos -en ambos sentidos- en su departamento.

Salí cargada con muchísimas más cosas de las que planeaba comprar originalmente de la tienda de Quidditch, en parte porque Blaise insistió en comprarme algo y otra porque había un descuento increíble en cera para mantener en buen estado la piel de los protectores.

Íbamos ambos de buen humor, bromeando sobre no recuerdo qué tontería. Pasamos por uno de los locales que estaban remodelando. En el recién colocado letrero que colgaba sobre la puerta se leía el nombre del lugar: «El Bar Irlandés». Justo mientras leíamos el letrero que anunciaba que se abriría el siguiente fin de semana, se abrió la puerta en el que estaba colgado y de ella salió Dean Thomas.

Me sorprendió mucho verlo. No habíamos vuelto a vernos desde la ceremonia de aniversario que se había hecho en honor a los caídos de la guerra varios meses atrás.

―¡Ginny! ―exclamó cuando me vio.

―Hola Dean, ¿cómo estás? ―lo saludé.

―Muy bien, muy bien, ¿tú cómo estás? Supe lo de Harry ―dejó las cajas que iba cargando en el suelo―, no debió ser fácil.

Hice una mueca.

―No lo fue. ¿Es tuyo el bar? ―le dije para cambiar el tema.

―¡Sí! Lo compré con Seamus, la inauguración será el próximo viernes. Estás invitada.

Blaise tosió suavecito y me puse roja de vergüenza por haberlo dejado a un lado así.

―Disculpa Blaise. Blaise este es Dean Thomas; Dean, este es Blaise Zabini ―los presenté. Se dieron la mano, cordialmente, ambos evidentemente incómodos.

―Bueno ―dije―, fue un gusto verte, Dean. Hemos de irnos, pero cuenta conmigo el viernes.

Avanzamos un poco y cuando Dean desapareció de nuestra vista Blaise me preguntó.

―¿No saliste con él un tiempo?

―Sí, en quinto año ―me paré en seco y lo volteé a ver incrédula―, ¿por qué? ¿estás celoso?

Se encogió de hombros.

―La verdad no, sólo no estaba seguro si era él. Se ve que es un buen tipo.

―Lo es.

Le sonreí aliviada, no sabía cómo hubiera lidiado con que resultara ser celoso, y lo tomé de la mano.

Caminamos en silencio tomados de la mano. Como todo con Blaise se sentía natural y cómodo.

―¡QUÉ DEMONIOS!

El grito fue de Harry, que se acercaba dando zancadas hacia nosotros, apuntándonos con un dedo acusador. Por instinto me pegué más a Blaise.

―¿Qué haces tú con éste? ―me espetó en cuanto llegó a donde estábamos.

No nos habíamos visto desde que había terminado con él.

―¿Disculpa? ―le contesté― ¿qué demonios te crees que llegas a prácticamente atacarnos? Y «éste» ―dibujé las comillas con los dedos― se llama Blaise.

Lo miró con odio.

―Sé cómo se llama, es amigo de Malfoy ―dijo casi escupiendo el nombre de su rival en Hogwarts.

―Mira Potter... ―empezó Blaise, pero se calló cuando levanté la mano para detenerlo. Esto era algo que me tocaba a mí.

―También es mi amigo ―le dije, tratando de sonar lo más calmada posible―, y en cualquier caso no tengo por qué explicarte nada, Harry.

―Tú sabes lo que haces ―Harry resopló furioso por la nariz y se giró―, allá tú.

Se fue caminando, dando las mismas zancadas con las que había llegado. Era tan cómica la escena que no pude evitar ponerme a reír. Blaise se me unió al poco.

―Siento que te haya tocado eso ―le dije ya que pude hablar sin reírme.

―Fue divertidísimo, no lo sientas ―se doblaba sobre sí mismo, deteniéndose el estómago―, supongo que él si estaba celoso o algo.

―Supongo.

―Y eso que no sabe que somos más que amigos ― sonrió de una manera que me recordó a un tiburón―. Apuesto lo que quieras a que él no conoce cada espacio de tu piel como yo lo hago.

Le di un zape suave.

―Serás tonto ―pero era cierto. Con Blaise me la pasaba muy bien.

Como estaba planeado, acabamos en su departamento.


Gracias a Nea Poulain que me dejó tomar prestado el nombre del bar de Dean y Seamus. Si quieren saber más de ese lugar lean Acónito y Verbena de ella.

Me disculpo por los posibles errores que puedan encontrar, está sin betear.