Capítulo 5

A Kate y a Tanya, aquella mañana les apeteció montar a caballo. Se vistieron de amazonas y se dirigieron ellas mismas a las cuadras. Lo normal era que pidieran que ensillaran sus caballos y, al rato, los animales aparecían dispuestos en la puerta principal de la casa. Pero ese día, sin saber muy bien por qué, fue diferente. Fueron ellas mismas a pedir al mozo de cuadras que les ensillara sus pencos.

Sigilosas cual serpientes, asomaron la cabeza por la penumbra de las cuadras. Los caballos se hallaban tranquilos y apenas percibieron su presencia y si lo hicieron, no vieron en ellas amenaza alguna. Cuando se les hubo acostumbrado la vista a la semioscuridad, divisaron, a la vez, al mozo encargado de asear y arreglar a los animales.

Edward andaba ensimismado, peinando al ejemplar más rebelde que había conocido jamás, al purasangre negro al que nadie quería montar y al que habían llamado Vampiro, por lo peligroso que resultaba siquiera intentarlo. El conde lo adquirió por su belleza y con la ilusión de verse montado en semejante animal. Tan solo la visión de sí mismo cabalgándolo consiguió que pagara una suma desorbitada por aquel purasangre. Si bien, después de un año entero intentando domarlo, nadie había conseguido montarlo y salir indemne.

Sin embargo a Edward le gustaba, era rebelde sí, y cabezota, como él. Por eso se empeñaba día tras día en ganarse su confianza. Lo cepillaba y aseaba con mimo y mientras le susurraba bellas palabras al oído. Él, sin que nadie se percatara, había conseguido montarlo a pequeños ratos, poniendo en riesgo su integridad física. Estaba enamorado de Vampiro, en breve podría cabalgar con él por los prados y el bosque, estaba seguro.

En esos pensamientos se encontraba, cuando las chicas lo vieron. Lo que ellas percibieron era a un muchacho fuerte, apuesto y corpulento, que hablaba con delicadeza a un caballo. Se miraron entre sí con su sonrisa de ojos pícara. No necesitaron más, ni una palabra, para saber ambas qué sucedería.

Se acercaron al muchacho contoneándose y sonriendo. Mientras, los primeros rayos de sol que se colaban entre los tablones del tejado incidían en sus largas cabelleras de oro. Habían aprendido a jugar así con la luz del sol y a sacarle el máximo partido a su apariencia.

Cuando Edward se percató de su presencia estaban prácticamente a su lado, mirándolo como si fueran leonas tras su presa. Se apabulló un poco, de sobra sabía la fama de las hermanas y no dudaba de sus intenciones en aquellos momentos.

- Venimos a por nuestros caballos – dijo Tanya con tono enigmático.

- Los esperamos desde hace un rato bien largo en la puerta – mintió Kate - Pero viendo que no los traían, hemos tenido que venir nosotras por ellos. Espero que al menos estén ensillados ¿no? – Incidió con maldad.

- No sabía que hubieran pedido sus caballos – titubeó Edward sin saber muy bien a quién de las dos mirar.

- ¿No? Pues lo dejamos dicho desde anoche. ¿Seguro que no sabías nada, mozo? – arrastró la z deliberadamente.

- Nadie me dijo nada, perdonen vuestras mercedes, se los ensillo en un momento.

- Dime mozo ¿Cuál es tu nombre?

- Edward, señora – dijo él bajando la cabeza avergonzado.

- ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí, Edward?

- Más de cinco años señora.

- No te habíamos visto nunca.

- Es que apenas salgo de la cuadra, siempre ando atareado con los caballos y, ya sabe que los horarios de los animales son diferentes a los de las personas.

- Ya – Tanya se acercó y comenzó a rodearlo mientras pasaba un dedo por su brazo, su hombro y luego su espalda. Miraba indistintamente la musculatura del muchacho y a su hermana con una leve sonrisa de aprobación.

A Edward se le aceleró el corazón. Se sentía como una presa entre las fauces de dos leonas. Pero por otra parte su imaginación iba por delante de los acontecimientos y se estaba excitando con la presencia de las gemelas.

- Vaya, vaya, pero ¿qué tenemos aquí? – susurró Kate mientras deslizaba su mano entre las piernas de Edward – Esto promete hermanita, mira, toca.

Tanya le tocó también el paquete para comprobar con agrado el volumen y la dureza del mismo. Como gatas en celo introdujeron sus cuatro manos entre los pantalones del muchacho mientras comentaban entre ellas dejándole totalmente de lado, como si no existiera.

- Esto es una gran polla.

- Sí, grande y dura verga, me pregunto si aguantará lo suficiente.

- O si tendrá cuerda para dos.

- Lo dudo.

- Pues si no la tiene se acabó el trabajar aquí, semejante ejemplar debería estar a nuestra disposición y no a la de los caballos.

- Es un mozo de cuadras hermanita – desabrochó los botones del pantalón dejando a la vista un abultado paquete - ¿Dónde quieres que esté?

- ¿En nuestro cuarto? – Rió la otra, detrás de Edward, a la vez que introducía las manos por su camisa y arañaba su espalda – ¿Entre nuestras sábanas?

- Bah, te cansarías enseguida.

- O lo matábamos a sexo duro antes de tres semanas.

Aquellas palabras excitaban a Edward sin quererlo. Las palabras y los tocamientos. No sabía muy bien qué hacer, si no fueran las condesas y fueran cualquier otra mujer ya estaría penetrándolas y amasando sus tetas. Pero eran las señoras, no sabía bien a qué jugaban o cómo eran sus juegos, así que esperó a que ellas le dieran las órdenes.

- Bájate los calzones – ordenó una de ellas con tono imperativo.

Al dejar al descubierto su polla, tiesa como estaba, las dos arquearon las cejas en un gesto idéntico y se miraron con la boca abierta. Tanya se lanzó en un impulso hacia ella y arrodillándose la introdujo entera en su boca sin pensarlo, mientras la recorría en toda su extensión entre sus labios suaves. Comenzó a comérsela como si no hubiera tomado alimento en varios días, como una náufraga solitaria. Además, en el interior movía la lengua con destreza, de forma que la cabeza de la polla de Edward se veía estimulada permanentemente. Él se estremeció.

Por más que buscó en su memoria, jamás recordó Edward una mujer que se la hubiera chupado de esa manera. Sentía que le iba a explotar, la carne le latía, pero sabía que debía aguantar. En esas circunstancias era complicado mantener la cabeza fría, pero debía hacerlo, no podía abandonarse al placer. Hazaña harto complicada porque por detrás andaba Tanya manoseando los músculos de la espalda y quitándole la camisa. Pasaba su lengua a lo largo de su columna vertebral y un escalofrío le recorría sin cesar, desde la nuca hasta la punta de la polla.

Tanya se desprendió de sus pantalones y ropa interior y se abrió la camisa dejando entrever sus pechitos pequeños de pezones rosados, duros. Para la sorpresa de Edward, Kate le mordisqueó con bastante fuerza la verga, hasta el punto de hacerle daño. Lejos de bajar la erección, se excitó aún más. La chica se levantó y mientras se limpiaba la boca con la camisa señaló a su hermana que estaba a cuatro patas sobre la paja del establo.

- Fóllatela, fuerte, que yo lo vea – le ordenó.

Edward se arrodilló y penetró a Tanya hasta el fondo mientras ésta gemía de placer. Y una vez allí, entró y salió de ella con fuerza y velocidad tantas veces como pudo.

Mientras tanto, Kate se tumbó boca arriba de forma que su cabeza estaba justo entre las piernas de su hermana. Acompasó sus movimientos a los de Edward mientras lamía el clítoris de su gemela, quien comenzó a gemir de puro gusto, hasta que terminó gritando al alcanzar el éxtasis.

Edward pensó que debía aguantar a satisfacer a la otra, pero los gritos de Tanya y los movimientos contra él que ésta realizó en su orgasmo, lo dejaron fuera de control y eyaculó con ardor en el interior de su carne caliente, a la vez que se le escapaban quejidos de placer.

No le dieron mucha tregua. Tanya se quedó exhausta tumbada en el suelo, pero Kate ardía de deseo y obligó a Edward a besarle el chocho. A pesar del estupor que aún sentía tras el intenso orgasmo, hizo lo que le ordenaba. La muchacha sabía bien y estaba muy lubricada. Levantaba el pubis con cada lengüetazo y se retorcía sinuosa como una culebra de agua. Enseguida estuvo listo de nuevo para cabalgar a la condesita, quien pareció disfrutar de lo lindo de las extraordinarias facultades amatorias del mozo de cuadras.

Tras un rato de meterla y sacarla, Kate le obligó a sentarse y a su vez ella se acomodó sobre él, abriendo las piernas en un ángulo casi imposible. Agarrada a su cuello sus movimientos eran fuertes y rítmicos. Él la cogió con sus grandes manos de las caderas, acompañándola en su cadencia. La boca de la chica quedó junto al oído de Edward, donde pudo percibir, de forma muy próxima, la respiración jadeante de la condesita y sus gemidos, cada vez que su polla le entraba hasta la raíz.

Tanya se recuperó y se sentó detrás de Edward pegando el cuerpo a su espalda y la cara a la de su hermana. Simplemente observaba de cerca el delirio de su gemela.

Al poco, ésta estalló en un orgasmo brutal. Por dentro su carne se movía en rápidos espasmos de placer que atenazaban con fuerza la verga de Edward. En esa ocasión fue Kate quien clavó las uñas con violencia en la espalda del muchacho y las bajó de arriba a abajo hasta dejar largos surcos sangrantes en su piel. Le escoció y el dolor se mezcló con una explosión de placer bárbaro que le disparó el corazón y la polla.

Ambas se levantaron enseguida, se vistieron y como si nada hubiera sucedido, mirando con desprecio a Edward le exigieron con malas palabras que les preparara sus caballos.

Lo hizo y se marcharon al trote. Edward no podía con su cuerpo, lo habían dejado temblando. Se quedó reflexionando, sentado en un tablón de madera. Les había hecho el amor a muchas mujeres en su vida, pero nunca había sido tan extraño como en esta ocasión. El placer físico que había obtenido había sido extraordinario, si bien, se sentía mal, como sucio. Se sentía utilizado, cual objeto. Era la primera vez que tenía sexo sin haber mediado los besos en ningún momento. Sintió la necesidad de ducharse de arriba a abajo.

Recordó como había desvirgado a Bella. Sus besos cálidos, sus caricias desprendidas, su mirada repleta de bondad. Había sido directamente una orden de la señora Jessica, pero la cumplió con gran satisfacción. De hecho, desde aquella noche, en la que casi se quedó a dormir con ella, no dejaba de pensar en la muchacha de cabello marrón rojizo y, sorprendiéndose a sí mismo, lo único que deseaba era volver a verla para besarla. Nada más que para besarla.