Capítulo 6

Bella

Los siguientes días fueron para acomodarme a la nueva situación, a aprender a moverme por la casa y a realizar el trabajo lo mejor posible. Toda novedad tiene un proceso de adaptación que se hace más o menos largo en función de cada cual.

En una ocasión le oí decir a mi padre, mientras charlaba con el cura del pueblo que, al final, los animales que mejor se adaptaban a las novedades del medio eran los que sobrevivían. Desde entonces me propuse que siempre intentaría adaptarme a cualquier situación. Cierto es que hasta ese momento nunca había tenido que aceptar de una forma tan radical un giro drástico en mi vida.

Excepto la muerte de mi padre, claro, ahí sí que tuvimos que adaptarnos todos, especialmente mi madre. Lo consiguió de tal forma que me prometí a mí misma que debía aprender de ella a recuperarme de cualquier vicisitud. Encima, ella lo hacía con alegría. Una alegría que le nacía de dentro y que había tratado de transmitir a todos sus hijos.

No estaba segura de ser yo, por mí misma, una persona alegre, pero hacía esfuerzos diarios para que la alegría formara parte de mi vida. Había pruebas explícitas de que a las personas contentas, la vida les iba mejor. Algunos decían que tal o cual persona era alegre porque la vida le iba bien. Pero no era del todo cierto.

Yo misma pude comprobar que personas a las que les sonríe la fortuna y tienen todo lo que los demás pueden desear, no son felices y otras que, habiendo pasado por situaciones verdaderamente complicadas, seguían sonriendo y se recuperaban antes de los malos tragos de la vida.

Así que, por mucho que me costara esta nueva situación, intentaría por todos los medios ser feliz en mi interior. Serlo para sobrevivir. Cada mañana me obligaba a sonreír y hacía esfuerzos por sonreírles a los demás, aunque algunos no me devolvieran el gesto.

La señora Jessica no hizo gala de una gran amabilidad al mostrarme los quehaceres diarios a los que debía dedicar mi jornada laboral, que prácticamente transcurría desde la salida a la puesta de sol. Me explicaba las cosas demasiado rápido y no tenía muy claro aún cómo ubicarme en ese gran castillo.

Así que tuve que ir preguntando a otros sirvientes cómo se hacían determinadas tareas y dónde se encontraban algunos utensilios necesarios para realizarlas. Tampoco se prodigaron mucho los demás en explicaciones.

Me perdí en varias de ocasiones, pero como mi trabajo se desarrollaba principalmente en la zona de la servidumbre, pronto aprendí a orientarme.

Durante los primeros días no me crucé con nadie de la familia Denali. Algo que agradecí en gran medida, pues me intimidaba la idea.

A lo largo del día mi mente andaba ocupada en los quehaceres diarios y en intentar recordar nombres, tareas y espacios. Pero por las noches, en la soledad de mi ínfimo cuarto, me dedicaba a repasar lo sucedido la primera noche con Edward.

Sus caricias, sus besos, sus gemidos… y mi cuerpo comenzaba a temblar y a entrar en un calor que se me quedaba en el pecho, como una brasa bajo la ceniza. Se me henchía el pecho y ansiaba verle.

De sobra sabía que era una tonta por andar enamoriscándome de él. ¿Acaso no había cumplido con una función encomendada? Seguro que él no había vuelto a pensar en mí. Seguro que fui una mera obligación o pura diversión, si acaso. Pero no podía dejar de pensar en él. Era como una obsesión.

Una mañana, temprano, en la que me habían encomendado barrer todo el zaguán de la parte principal y la entrada exterior, el señor Eric, una especie de jefe de mozos o capitán de la parte masculina de la servidumbre, me llamó para darme un recado.

- Niña – me dijo - ¿Sabes quién es Edward, el mozo de cuadras?

¿Y cómo no iba a saberlo?, pensé para mis adentros.

- Sí señor – asentí mientras se me ponía contento el corazón.

- Ve a buscarlo, lo necesito urgentemente.

- Sí señor – contesté presta.

- Vamos, corre, dile que vaya al almacén de aperos – me apremió.

No pude hacer otra cosa que abandonar mi tarea con gran júbilo y salir corriendo como quien va al encuentro de la buena fortuna. Lo hice rápido, no por el apremio del señor Eric, sino por el ansia que tenía de volver a ver a Edward. Ahora tenía una excusa para hacerlo.

Al llegar a las cuadras no vi a nadie, caminé despacio por todo el pasillo, algo intimidada por los caballos que se habían alterado al verme, o esa sensación me daba a mí. Hice el paseíllo observada de cerca por todos los animales, mientras yo misma resoplaba después de haber corrido tan deprisa.

No veía a Edward por ninguna parte ¿Qué haría ahora? no podía volver y decirle al señor Eric que no lo había encontrado, era la primera vez que me mandaba algo y quería hacer bien el recado. Debía buscarlo, no podía andar muy lejos.

Escuché relinchos en el exterior, al final del pasillo, así que terminé de recorrerlo mientras la madera del suelo crujía a mis pies y percibía el olor agradable de la paja aireada, limpia.

Al salir de las cuadras el sol me dio de lleno en la cara y tuve que guiñar los ojos. Un mechón de mi pelo se había soltado en la carrera y me caía entre las cejas refulgiendo por el sol. Aún estaba agitada y mi pecho se movía hinchándose y deshinchándose.

Cuando finalmente mi visión se acomodó a la luz, me encontré de lleno con toda la amplitud de la sonrisa de Edward. Estaba montando a un caballo negro, tan hermoso y enérgico como él. Me miraba con los ojos alegres.

- Bella, ¡qué alegría verte!

Un saludo así creo que le salió del alma, no podía ser fingido. Se alegraba de verme y eso me ponía muy contenta. Le devolví la sonrisa y le saludé con la mano. El corazón se me salía del pecho, pero esta vez era de los nervios.

Sin embargo al caballo no le pareció tan grata mi presencia, relinchó, coceó y se encabritó, estrellando todo el peso del cuerpo de Edward contra el suelo, con un sonido seco, como el que hacen los sacos de harina al apilarlos.

Me acerqué a él, parecía que no se movía. ¿Habría muerto? En el pueblo conocía a tres personas que habían perdido la vida de esa forma tan desgraciada. Seguía inmóvil, pero respiraba. Apoyé mi oído a su pecho y le escuché el corazón. Suspiré aliviada, al menos seguía vivo. Olía bien, mejor de lo que recordaba. Si no hubiera estado preocupada por su estado hubiera sido capaz de quedarme así durante horas.

Le miré a la cara, estaba tan guapo, como dormido. Le di palmaditas repetitivas en la mejilla y un atisbo de sonrisa, casi imperceptible, asomó a su cara. Apenas me dio tiempo a reaccionar. Me agarró con toda la fuerza de sus brazos y en un abrazo de oso me colocó sobre su cuerpo mientras estrellaba sus labios contra los míos y me daba un beso dulce y húmedo que me hizo perder la razón.

Abrió mis labios con los suyos e introdujo en mi boca su lengua suave. Sentía su respiración en mi mejilla y el calor que emanaba su piel. Sus brazos me apretaban con intensidad.

Mi cuerpo reaccionó casi al instante, deseándolo con toda mi energía y me restregué sinuosa contra él. Así estuvimos lo que a mí me pareció igual una eternidad que un ínfimo instante. Mi mente se perdió por recónditos caminos. No obstante recordé el encargo que había venido a cumplir y me separé de él tan solo unos centímetros.

- ¿Estás bien?, me ha parecido que te dabas un buen golpe. Creí que estabas muerto, me he dado un susto muy grande.

Él sonrió mostrándome todos sus dientes.

- Gracias por preocuparte por mí. Pero estate tranquila, ese bribón me ha tirado de su grupa ya varias veces, estoy empezando a acostumbrarme, aunque él también a que yo lo monte – se le escapó una media sonrisa.

Me levanté y me atusé el vestido.

- El señor Eric me mandó buscarte.

- Vaya, yo creía que habías venido a verme – se levantó dolorido.

Me hice la tonta, como si no hubiera escuchado esas palabras entre otras cosas porque, aunque muchas veces lo había deseado, no me habría atrevido a hacerlo ni a reconocerlo.

- Dice que vayas a la sala de aperos.

- Ya – se acercó a mi hasta colocar su cara muy cerca de la mía – que espere el señor gruñón, luego le dices que no me encontrabas – me agarró con fuerza de las caderas y me atrajo hacia sí sin darme opción a escapar. Volvió a besarme mientras arrimaba su cuerpo al mío.

De nuevo ese escalofrío eléctrico me recorrió de arriba a abajo instalándose como un cosquilleo en mis partes íntimas. Lo rechacé con amabilidad, tenía que cumplir con mi deber y terminar el recado. Así que le agarré del brazo y tiré de él.

- He dicho que vamos, me van a regañar.

- Vale, vale, señorita cumplidora. ¡Qué prisas! ¿O será que no quieres nada conmigo?

- Vamos, camina – le apremié volviendo hacer caso omiso de sus palabras.

Claro que lo deseaba ¿Y cómo no hacerlo si se había instalado en mi mente y no podía apartarlo de mí? ¿Si todo mi ser bullía al verlo y sus besos hacían magia en mi piel? Pero me daba vergüenza reconocerlo. No quería que supiera que, además de la virginidad, había perdido la cabeza por él. Me moría por volver a tenerle entre mi carne, por acariciarle, por mirarle a los ojos mientras me respiraba en la boca, por latir con él. Pero tampoco se lo iba a poner tan fácil. Debía tener la certeza de si yo también le gustaba o era una mera diversión para él.

Claro, que se su reacción al verme me pareció totalmente sincera. Se alegró de mi presencia. Y al decirle que había venido por encargo del señor Eric la decepción se instaló en su rostro.

No obstante debía asegurarme, si quería algo conmigo debía buscarme, poner empeño. Cierto era que yo no había ido a verle a él desde aquella noche, pero él tampoco había intentado verme a mí. Seguramente era una chiquilla más de la servidumbre con la que darse cuatro besos y un restregón. Yo no era de esas. O me quería en exclusiva o prefería morir de desamor, pero con dignidad.

- No dices nada – cortó el hilo de mis pensamientos – perdona si te he ofendido, me apetecía besarte más que nada en el mundo.

- No, no es eso, en serio, es que no quiero hacer mal el primer encargo que me hace el señor Eric, ni que le hable mal de mí a la señora Jessica.

- Tranquila, no lo hará, le diré que estaba desfogando a algún caballo, aunque quien necesite desfogarse en realidad sea yo – movió la comisura de los labios como si fuera una media sonrisa. Se estaba riendo con su propia ironía. Con cualquier sonrisa que se colocara resultaba irresistible.

Antes de despedirnos me preguntó que cuándo sería la próxima vez que nos veríamos, a lo que yo respondí que no lo sabía. Me dijo que le buscara, que él siempre estaba en las cuadras o los alrededores, que era mucho más fácil – y más cómodo para él, pensé yo – encontrarle yo a él que él a mí en todo el castillo.

Me hizo prometer que nos veríamos pronto y que iría a buscarle y, cuando me iba a marchar a seguir con mi tarea, me llamó.

- Bella – dijo mientras yo me giraba para mirarle – desde que probé tus labios ya no puedo vivir sin tus besos, no me prives de ellos – y sonrió sabiendo a la perfección el efecto que aquellas palabras, junto mi nombre, habían causado en mí.

Lo cierto es que se me esponjó el corazón y suspiré.

El resto del día fue duro, mis tareas no me permitieron descansar ni un solo instante y la señora Jessica parecía empeñada en cargarme de trabajo hasta la extenuación. Porque veía al resto de la servidumbre y tenían sus ratos para descansar, algo de lo que yo no dispuse desde que llegué.

Con lo cual, por la noche, caía totalmente rendida en mi lecho sin poder dedicar ni unos instantes a pensar en Edward, dado que el sueño me poseía antes incluso de apoyar la cabeza en la almohada.

Pero aquella noche fue algo distinta. Al abrir la puerta me encontré con una Jane blanca sobre la cama. Mi primer pensamiento fue preguntarme quién la habría dejado allí y por qué, para al instante tener la certeza, quizás basada únicamente en la esperanza, de que había sido él. La olí y guardé ese aroma en mi memoria para registrarlo en ella como un grato recuerdo. La albergué contra mi pecho y me tiré a la cama para pensar en lo acontecido aquella mañana. Me dormí enseguida, con la ropa de todo el día.

Caminaba por los recovecos más profundos de mi sueño, un sueño bien dulce por cierto, cuando me desperté al sentir un cosquilleo entre las piernas. Me gustaba y decidí no abrir los ojos hasta tener claro del todo que no seguía soñando.

Sentía un aliento cálido en mi vulva y notaba como si mis partes se hincharan conforme me iba excitando. Sabía que lo tenía mojado. No quería abrir los ojos. Mis caderas comenzaron a moverse solas y una de las manos que me sujetaba los muslos me cogió la mano y la sostuvo durante un rato.

Abrí los ojos y en la penumbra de la habitación solo pude ver la cabellera rizada de Edward entre mis muslos blancos. Podría haber sido cualquier otra persona, pero era él.

- Mmm – suspiré - ¡Qué manera tan dulce de despertar!

Él levantó los ojos y me miró profundamente desde una negrura llena de pasión, al tiempo que desplazaba su lengua hasta mi ombligo, donde se detuvo para moverla en círculos alrededor e introducirla en él. Con gran maestría me desabrochó la blusa. Siguió el recorrido en zigzag con la lengua sobre mi vientre. Se me erizó hasta el último vello del cuerpo. Llegó a mis pechos, cuyos pezones se encontraban duros como piedras, tanto que me dolían. Fue primero al derecho y succionó con fuerza. Di un bote en la cama de la impresión y se me escapó un gemido más fuerte de lo aconsejable, teniendo en cuenta que era bien tarde y que tanto a un lado como al otro del cuarto se hallaban los habitáculos de otras criadas.

Me calló con un beso en el que me encontré mi propio sabor, algo que me excitó aún más. Metí mi lengua en su boca y le agarré de la nuca con fuerza para que no se me escapara. Pero se escapó tan solo un momento para susurrarme sobre mis propios labios un "te deseo Bella".

¿Por qué sonaba tan bien mi nombre en su voz? Esta vez lo acallé yo con un beso apasionado que hizo que me crecieran las alas. Me sentí un tanto aprisionada con su peso encima, lo empujé con toda la fuerza de mis brazos y me deslicé para sentarme a horcajadas sobre su barriga.

Seguí besándolo desde arriba, luego pasé a su mejilla, donde le planté un beso sonoro que le hizo sonreír y me desplacé a su oreja. Fue poner la lengua en el cartílago y notar cómo se excitaba hasta el punto de cambiar su respiración. Así que seguí allí un ratito e incluso me atreví a morder un poco. Le encantaba. Y a mí me encantaba que le encantase.

Bajé hacia el cuello y fui desabrochando los botones de su camisa uno a uno, despacio. Él se estaba impacientando. Al llegar al último no sabía muy bien cómo seguir, pero no lo pensé demasiado. Seguí bajando hasta desabrochar su pantalón.

Me encontré con su prodigiosa polla dura y tras sacarla de los calzones, me la introduje en la boca sin saber si aquello le gustaría o si sabría hacerlo bien. Debió gustarle porque soltó un gemido profundo y se recolocó en el colchón.

La tenía tan grande que solo me cabía la cabeza del miembro. Allí me entretuve un rato con los labios y la lengua hasta que él me agarró la cabeza con dulzura, aunque con determinación, y empujó de ella hacia abajo, de forma que más de medio pene se metió en mi boca. Llegó tan profundo que casi me da una arcada. Luego desplazó mi cabeza hacia arriba, luego otra vez hacia abajo, cada vez más rápido, indicándome cómo era la forma en la que me más le gustaba.

La verdad es que al principio no me pareció nada agradable, pero viendo como a él le satisfacía y, después del buen rato que me había hecho pasar hacía unos instantes, decidí seguir haciéndolo hasta que él me indicara. Además, notar que él se excitaba conseguía en mí la misma reacción.

Cada vez se le iba poniendo más dura y la vena que le recorría la polla de arriba a abajo comenzó a latir con fuerza entre mi mano. Me apartó el pelo de la cara y me pidió que le mirara mientras lo hacía. Eso parecía ponerle aún más caliente. Se mordía un labio de lado y en su cara se reflejaban igual gestos de dolor que de placer, aunque me pareció que lo que sentía realmente era esto último.

- Quiero penetrarte Bella, quiero tocar el cielo junto a ti, te deseo tanto…

- Hazlo, Edward, hazlo… - casi le rogué.

Me atrajo hacia sí y me obligó a sentarme sobre él. Oh, lo que sentí fue bárbaro, toda su polla en mi interior. Se me desató la pasión y comencé a moverme como una loca mientras él guiaba mis movimientos con sus manazas en mi cintura. Al bajar me empujaba hacia así con fuerza y eso me encantaba.

Estuve cabalgándolo un buen rato, tanto que se me empezaban a cansar los músculos de todo el cuerpo, pero no iba a parar hasta encontrar aquella explosión de placer que sentí la primera vez. Y llegó de repente, un rayo me cruzó el cuerpo y toda la electricidad que llevaba se me quedó entre las piernas. Sé que jadeé fuerte y gemí, seguro que me escuchó el resto de las criadas, pero en aquel momento no me importó. Solo existía Edward, su magnífica polla y aquel instante en el que la mente parecía que quería abandonarme y dejarme a solas con mi cuerpo.

Seguía saltando cada vez más rápido contra él porque los achuchones de placer no disminuían. Edward me miraba y sonreía. Al poco su cara se transformó de la risa al dolor en una mueca singular. Volteo los ojos hacia arriba y se mordió el labio inferior. Se le puso el miembro duro como una piedra y sus manos tiraron de mis caderas en movimientos más violentos. Sentí como le explotó la polla dentro, cómo me llenó de semen en cuatro o cinco sacudidas, mientras de su boca se escapaban sonidos roncos y profundos de puro éxtasis.

Caí a su pecho y con su falo aún dentro, le besé el cuello despacito. Escuchaba su corazón acelerado y cómo bajaba y subía su pecho por la respiración conmigo encima. Me entraron unas repentinas ganas de llorar, no era de tristeza, sino más bien de todo lo contrario, pero las reprimí, no quería que se sintiera ofendido.

Nos miramos a los ojos durante todo el rato y me empapé de la visión de su cara, no quería olvidar esos momentos, mi intención era guardarlos para mi regocijo posterior y, sin pretenderlo, los relacioné con el olor de la Jane blanca.

Desde ese momento cada vez que a lo largo de mi vida he vuelto a percibir el intenso aroma de las Janes, siempre me he acordado de Edward y de todo el placer que me hizo sentir en aquellos días.

Los besos de después fueron más dulces. Cuando se recuperó de la hazaña, estuvo acariciándome el pelo lentamente y mirándome a los ojos mientras su voz me susurraba lindas palabras. Yo no las entendía, solo lo veía a él y escuchaba su voz que, pausadamente, me iba introduciendo de nuevo en los senderos de dulces sueños.

Solo pretendía saborear aquel momento como si no hubiera otra cosa, ni un antes ni un después. Me sentí inmensamente afortunada y di gracias antes de sumirme en un sueño profundo.