Capítulo 7
Eleazar era el menor de los nietos del conde de Denali. Con tan solo diecisiete años parecía como si hubiera vivido cien años y cien años cargara sobre su incipiente chepa. Aunque misógino, retraído y tímido, en su haber contaba con una inteligencia prodigiosa, un ánimo de esfuerzo – bien raro en aquella familia – y una voluntad de hierro.
Era constante y trabajador y, recluido en sus estancias, pasaba la mayor parte del tiempo estudiando, leyendo o investigando, en la más absoluta soledad.
La debilidad de su cuerpo frágil y delgaducho contrastaba con la fortaleza de su espíritu y la robustez de su carácter implacable. Por todos en la mansión eran conocidos sus violentas explosiones de ira.
Revestía sus complejos con un aire de superioridad impropio de un adolescente y los adornaba con tediosas exhibiciones de su cultura general sobre ciencia, arte y filosofía.
En los sótanos del catillo, sucios, húmedos y oscuros, había montado su imperio. Un laboratorio digno del mejor de los científicos, en el que invertía horas y cuantiosas sumas de dinero en, nadie sabía, qué experimentos.
En el castillo era más temido que odiado tanto por la servidumbre como por la familia. Excepto por sus hermanas Kate y Tanya, apenas un año mayores que él, quienes lo habían tomado desde niño como el objetivo de sus burlas, lo que sin duda había sido la causa de gran parte de sus complejos.
Eleazar detestaba a prácticamente toda su familia, se sentía superior en inteligencia y no los consideraba dignos para perder el tiempo siquiera en una conversación.
A su hermano Alec, en teoría el heredero del imperio, lo despreciaba por su bajo nivel de cultura y su nulo interés en ella. No creía justo que alguien como él, solo por el hecho de haber nacido el primero, tuviera todos los derechos para heredar una fortuna que dilapidaría en sus francachelas desenfrenadas y en sus adicciones a todo tipo de alcoholes y sustancias. De sobra sabía que el abuelo pensaba exactamente igual que él sobre este asunto.
A su propio padre le tenía muy poca estima por el mismo motivo que a su hermano mayor. Ambos amantes del vino y de las mujeres. Lucían cuerpos atléticos y musculados, perfectos y vigorosos, pero de exiguo cerebro.
Si bien, a quien odiaba con todo su ser, desde que comenzó a tener uso de razón, era a sus hermanas, las venenosas gemelas que tantas amarguras le habían obligado a tragar sin que nadie hiciera nada al respecto.
Y las odiaba por varios motivos. El primero de ellos por ser dos y sentirse siempre tan acompañadas. Él también era gemelo, solo que tardó tanto en nacer que su hermano murió asfixiado en el vientre de su madre sin siquiera haber conocido la luz.
Una y mil veces le contaron aquella historia las víboras de sus hermanas desde que tenía uso de razón, le llegaron a llamar, incluso, el asesino fetal.
La pérdida de ese hijo había hecho sumir a su madre en una profunda depresión postparto, a la que acunó a la vez que a su hijo menor. Tristeza rumiada durante años de la que no se había podido deshacer ni de la que se recuperaría jamás. Algo que Eleazar tampoco se perdonaba a sí mismo.
Además, saber que podía haber contado con la presencia constante de un hermano exactamente igual a él, con sus mismos gustos y aficiones, alguien con quien compartir sus más oscuros anhelos - tal y como les ocurría a sus hermanas - era un motivo más para convertirse en el ser huraño y oscuro que era.
La segunda causa de odio visceral hacia las gemelas no se le olvidaría jamás y cada noche se juraba a sí mismo que algún día les pagaría con la misma moneda.
Desde bien niño, el interés que había mostrado por los estudios hizo que desfilaran por la mansión un sinfín de profesores para el benjamín Denali, quien absorbía todo su saber como una esponja. Ya fueran ciencias, literatura, arte, música, o filosofía, Eleazar aprendía a un ritmo acelerado cualquier materia que le impartieran y, además, lo hacía con gusto y alegría. Tan solo las asignaturas que implicaban un esfuerzo físico se le atragantaban.
Con quince años, en plena ebullición de su sexualidad, un profesor nuevo de literatura, de apenas veintipocos años sustituyó al vejestorio que hasta entonces le impartía clases. Garrett, que así se llamaba el muchacho, interpretaba la poesía con una elegancia y dulzura únicas. Su piel era blanca como las piedras de la ribera del río y salpicada de incontables pecas. Cuando leía un poema, la delicada mano que quedaba libre, normalmente la izquierda, expresaba con gestos lo que su boca narraba.
Las frías tardes de lecturas junto a la ventana de la sala de estudio, con la chimenea de fondo, sin más sonido que el crepitar del fuego y la respiración de ambos, se convirtieron en lo más parecido a la felicidad que Eleazar había conocido en su vida.
Cuanto más escuchaba al profesor recitar poemas de amor con su boquita de labios finos y rosados, más se le henchía el corazón y más lo deseaba.
El acto más heroico y arriesgado de su vida lo llevó a cabo cuando Garrett recitaba la batalla, cuerpo a cuerpo, entre Menelao y Paris, por haber ultrajado éste el lecho conyugal de aquel y haber seducido a la hermosa Helena:
La ingente lanza atravesó el terso escudo, se clavó en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar. Inclinase el troyano y evitó la negra muerte. El átrida desenvainó entonces la espada guarnecida de argénteos clavos; pero al herir al enemigo se le cae de la mano, rota en tres o cuatro pedazos. Suspira el héroe y alzando los ojos al anchuroso cielo exclama: Padre Zeus, ¡No hay dios más funesto que tú!
Tal era la pasión con la que el joven profesor leía la Ilíada, que Eleazar sentía cabriolear su incauto corazón a cada palabra y, embobado, continuaba escuchando mientras su lengua se bañaba en saliva.
… y arremetiendo a Paris, cógele por el casco adornado con espesas crines de caballo y le arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio ahogado por la bordada correa que, atada por debajo de la barba para asegurar el casco, le apretaba el delicado cuello. Y se lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa…
… de nuevo asaltó Menelao a Paris para matarle con la broncínea lanza; pero Afrodita arrebató a su hijo con gran facilidad, por ser diosa, y llévale, envuelto en un densa niebla, al oloroso y perfumado tálamo.
Al término de este párrafo, Eleazar, envenenado por la pasión de la batalla homérica y por la suya propia, se levantó de su asiento para besar desenfrenadamente a su profesor en los labios, mientras éste, con las manos temblorosas, dejaba caer al suelo el libro y le devolvía el beso.
Así estuvieron largo tiempo, dejándose llevar por la magia y el ímpetu del primer beso, explosión de un ardor contenido, restregando sus labios entre sí y sus manos, el uno por el cuerpo del otro.
Sin ni siquiera explicarse cómo y dejándose guiar totalmente por sus instintos más viscerales, Eleazar se encontró con los calzones bajados y penetrando con ansia, a su profesor de literatura.
Aquello se convirtió en la actividad habitual en cada clase, tras la lectura de algún poema clásico, al principio. Después, sencillamente se olvidaron de los libros para gozar el uno del otro, cada rato que podían.
En incontables ocasiones alivió Eleazar su ira mientras derramaba su semen en el interior del cuerpo del profesor, sin ser descubiertos ni molestados por nadie. Porque en realidad, a ningún habitante del castillo le importaba Eleazar ni lo que aprendía en sus clases. Nadie se preocupaba de lo que sentía, ni de cómo actuaba ni por qué. Era un miembro más de la familia, al que proteger y admitir pero del que nadie se quería hacer cargo.
Nadie excepto su madre, a quien la tristeza la mantenía encallada en un sillón y frente a una ventana. Lo que no le era al joven Eleazar de mucha ayuda, salvo cuando acudía a llorar a sus rodillas, y donde el consuelo no era más que un beso callado en la frente y unas caricias lánguidas en el pelo. Su madre lo miraba con ojos vidriosos y vacíos de pensamiento. Sin preguntas, sin porqués, sin palabras de alivio. Solo caricias, como si fuera un perro faldero.
Siempre estuvo muy apegado a ella; demasiado protegido y bajo sus faldas, hasta que comenzó a crecerle pelo en la cara. Su madre intentaba encontrar el consuelo a su tristeza acunando a su eterno bebé, a quien amamantó hasta los cuatro años, hasta que el conde, con el exceso de autoritarismo del que hacía gala como patriarca de los Denali, decidió que el niño debía dejar por fin la teta de su madre. Ésta no se resignaba y por las noches seguía metiendo su pezón flácido, a modo de chupete, en la boca del pequeño Eleazar.
Don Charlie Denali no se anduvo con rodeos. Decidido a no hacer de su nieto un niño afeminado, separó a madre y a hijo durante quince días, cada uno en un ala opuesta del castillo. Dos semanas en las que no se escuchó otra cosa que los berridos desgarradores del niño y los sollozos ahogados de la madre. Tras este periodo, a ella la desolación la fue envenenando cada vez más, hasta ahogarle el habla. A partir de entonces, tan solo acariciaba a su hijo con sus manos débiles y cansadas. Menos era nada, si bien, al muchacho se le quedaba escasa la dosis de amor maternal.
Las profundas conversaciones con Garrett le abrieron las puertas a otro mundo de sentimientos, totalmente desconocido; a otro tipo de inteligencia. Con él charlaba de cualquier tema; igual de asuntos banales y cotidianos, como de profundas reflexiones sobre el ser y el devenir del alma.
La suya era una relación intensa, de amor verdadero, que se encarnaba en los placeres de una activa sexualidad de muchachos jóvenes.
Pasaban las horas mirándose el uno al otro en silencio o planeando una vida en común, como si pudieran exhibir una relación normal. Garrett ya sabía del dolor de la incomprensión social y le hacía ver que su homosexualidad debía ser escondida siempre, oculta bajo una rígida capa de amistad o relación cordial. Nunca debían dar a entender a nadie qué eran y cómo eran y ni mucho menos mostrar al mundo lo que sentían el uno por el otro.
Eleazar, recién salido del cascarón, como quien dice, no lograba entender cómo un amor que le henchía el alma, que se había convertido en su energía vital y que sentía tan profundamente, debía ser escondido; pero por Garrett hubiera hecho cualquier cosa y si él consideraba que su relación era deshonesta a los ojos de los demás, seguirían amándose a escondidas durante sus clases de literatura.
En esta conversación andaban enredados, tumbados frente a frente en la alfombra y junto a la chimenea, cuando un rayo de sol atravesó la ventana y cruzó la estancia para posarse delicadamente en el pelo rojo del profesor. Los destellos que provocó en su hermoso cabello rizado y el contraste con su piel blanca, pecosa, le parecieron a Eleazar un regalo del cielo. Se maravilló al sentirse afortunado por tenerle tan cerca, su corazón comenzó a bombear y su polla se volvió a poner dura como el mármol de la escalera.
Se liaron como una madeja de lana sobre la alfombra, tejiendo besos con lengua y abrazos. Sin dejar de mirarse volvieron a hacer el amor con pasión y ansia hasta que, con roncos jadeos, eyacularon a la vez, uno dentro del otro, el otro sobre el uno.
Y en ese preciso instante la puerta del cuarto de estudio se abrió y dos cabezas rubias asomaron por el quicio, curiosas e insolentes. Sus rostros registraron en un instante toda una amalgama de emociones, que pasaron desde la incredulidad y la sorpresa, hasta la reprobación y la envidia.
Como tantas otras veces se miraron y sonrieron. En sus ojos se acumulaba tanta maldad que sus zarcos iris refulgieron de emoción. Silenciosas, se plantaron en la alfombra y observaron divertidas.
Hasta que los jadeos de Eleazar y Garrett no cesaron un poco y se apaciguaron sus galopantes corazones, no se percataron de la presencia de las gemelas.
Las miraron con pavor y separaron sus pieles temblorosas, mas no tenían a mano nada con lo que cubrirse. La cara de Garrett se tornó casi tan roja como su cabello, de vergüenza y de miedo, mientras que la de Eleazar se volvió morada de pura ira.
- Vaya, vaya hermanita, no sabía que teníamos un desviado en la familia - dijo Tanya a su gemela sin ni siquiera dirigirse al interesado.
- Nunca fue muy normal, no sé de qué te extrañas.
Ignorando por completo a Eleazar, se acercaron al profesor, quien intentaba tapar sus genitales con las manos, aunque lo que realmente deseaba era ser engullido por la tierra.
- ¿Y éste es al que veníamos a seducir?, pero si no vale nada. Mira su piel, manchada y transparente, parece un sapo de verano.
- Feo y además flojo. ¿Le gusta que el picha corta de mi hermano le abra el culito profesor?
Él bajó más la mirada y se apretó aún más sus partes íntimas.
- Tranquilo, no se espachurre más sus partes pudendas, profesor, que se va a cascar los huevecillos, a ver – y retirando las manos de Garrett dejó que su pene, arrugado y diminuto de pura vergüenza, quedara colgando.
- ¡Déjalo en paz! – Dijo Eleazar – ¡Ni lo toques!
- Oh, el niño mimado no quiere que toquemos su juguete, como tantas y tantas veces ¿Qué vas a hacer, llorar?
- ¡He dicho que lo sueltes! No es mi juguete, es mi amigo.
- Tu amigo… ya… es un culo en el que correrte.
- Ya te podías haber fijado en otro. - Apuntó Kate - ¿Acaso no hay doncellas de culitos perfectos en esta casa?
- ¡He dicho que no lo toques! ¡No es un pedazo de carne! Es mi amante y mi amigo. Además, nos amamos.
Ambas estallaron en carcajadas histéricas y afectadas que se alargaron en el tiempo.
- ¿Le amas? Tú no sabes lo que es el amor, enano.
- ¡Tú sí que no sabes lo que es amar! ¡Ninguna de las dos! ¡Sois un par de brujas de corazón seco! – la ira se iba apoderando de él, sentía cómo le latían las sientes y en su corriente sanguíneo se derramó una gran dosis de violencia.
- Uuuuh con el pequeñín, ya le ha dado una de sus rabietas. ¿Llamamos a mamá para que te meta la teta en la boca? Porque ¿aún lo hace no?
- Ni siquiera os amáis la una a la otra, no sois más que una compañía, un desahogo, una forma de mirarse a un espejo de carne y hueso. Llegará el día en el que os traicionaréis.
- Vas a arder en el infierno sodomizado por el mismísimo Lucifer, Elearcito. ¿No es eso lo que te gusta, eh, eh? – Se le encaró Tanya altiva - Eres un desviado, un anormal, pero tranquilo, ya se encargará el abuelo de enderezarte.
- ¡El abuelo no se va a enterar de nada! – la ira se le iba agolpando a Eleazar a borbotones en las sienes.
- Ya lo creo que se va a enterar, es más, se va a enterar ahora mismo y a éste, se le acabó el disfrute en esta casa - dijo con gran desprecio mientras movía con un dedo el pene fláccido de Garrett – ve despidiéndote de él.
Por la mente de Eleazar cruzó la imagen de una vida sin Garrett y el corazón se le encogió, le miró y leyó la angustia y la humillación en su rostro. El hecho de que una de sus hermanas lo estuviera tratando como a un despojo hizo que reventara toda la violencia que había estado conteniendo. Con todas sus fuerzas, y con la más firme intención de conseguir llevarla a la muerte, propinó un puñetazo en la cara a Tanya. La muchacha perdió el conocimiento y cayó redonda al suelo sin que su gemela pudiera hacer nada por remediarlo.
Kate le gritó histérica y con lágrimas en los ojos, mientras atendía a su hermana.
- ¡Eres un loco enfermo, Eleazar Denali! ¡Te vas a arrepentir de esto toda tu vida! ¡Ya me encargaré personalmente de que no vuelvas a ver a este desgraciado jamás!
Tras el golpe y los gritos, comenzaron a llegar sirvientes al cuarto de estudio. El suceso, así como la condición sexual del benjamín de la familia, dotó de contenido a la rumorología de toda la servidumbre, traspasando incluso las fronteras de castillo del conde.
Después de que don Charlie fuera informado de su desviación sexual, llegó la desgracia a la vida de Eleazar, quien se prometió que tarde o temprano se vengaría de sus hermanas de la forma más cruel que le fuera posible.
Hasta dos días después no fue llamado por su abuelo para tratar el asunto.
