Capítulo 8

Charlie Denali era un hombre de complexión fuerte y carácter demoledor. A sus más de setenta años, rezumaba vitalidad y su férrea voluntad se imponía por donde quiera que llegaran sus tentáculos.

De por sí alto, caminaba con la cabeza erguida y con pasos firmes, lo que le hacía parecer aún más autoritario. Siempre llevaba un bastón de puño de hueso, tallado en forma de cabeza de león rugiente. Más que para apoyarse, lo usaba para dar relevancia a su andar. Su pelo cano y su mirada penetrante y oscura, repleta de inteligencia, aún conseguía parecer atractiva a la gran mayoría de las mujeres.

Vestía siempre de forma elegante y a la última moda. En realidad poseía una elegancia natural que conseguía que cualquier ropa que cayera sobre su piel le quedara como hecha a medida.

Era tremendamente autoritario, pero también dejaba entrever esa parte de su carácter que era inamovible, un sentido estricto de la justicia con el que conseguía siempre poner orden a su alrededor. Aunque la bondad no abundaba en la familia, un ligero atisbo de ella, casi apagado por la codicia, titilaba en su corazón. A veces, sin que nadie lo esperara, se mostraba ampliamente generoso con determinadas personas, tan solo porque una corazonada le decía que debía de serlo.

Estas personas, con el tiempo, le devolvían el favor de forma exponencial, porque a don Charlie Denali rara vez le falló la intuición.

Tanto sus propios descendientes, como sus empleados, como la servidumbre de su casa, lo respetaban más que lo temían e intentaban hacer su voluntad.

Aunque procedía de una larga saga de condes Denali adinerados, su objetivo fue siempre ampliar su fortuna hasta límites inimaginables. Por cada centavo que gastaba, ganaba otros veinte en sus prolíficos negocios. La rentabilidad de éstos traspasaba fronteras, por lo que era bastante envidiado, como cualquier persona de éxito.

A pesar de las facilidades que le había otorgado su apellido, era un hombre hecho a sí mismo, a quien prácticamente toda la sociedad del momento admiraba, y si no era así, al menos, respetaba.

Hacía años que debía haberse retirado, pero la energía que le otorgaba el trabajo duro era lo único que lo mantenía tan vital.

Su mayor preocupación era la transmisión de la herencia. Por orden natural le correspondía a su hijo mayor y seguido al hijo de éste, a Alec, de veintiún años. Ni el uno ni el otro había mostrado jamás el más mínimo interés en los negocios familiares. Solo les preocupaban las mujeres, los licores y el juego. Lo que tenía muy claro el conde era que ni a uno ni a otro dejaría al frente del imperio económico que había levantado él solo.

Las mujeres no contaban, ni poseían la formación ni estaría bien cederles el mando. Además, su hija Irina era una total inútil, depresiva y maníaca, inculta y boba, no había dado muestras siquiera de ser una buena esposa. Aún dudaba Charlie, si la muerte de su yerno había sido accidental o provocada por su mujer, su propia hija. El hijo de Irina, Félix, de la misma edad que Alec, parecía un calco de su primo. Eran los perfectos compañeros de jolgorios que no servían más que para ser unos inútiles mantenidos.

A menudo se peguntaba Charlie qué era lo que había hecho mal. La respuesta estaba bien clara: le había dado a sus hijos todo lo que habían querido en todo momento. A sus hijos y a sus nietos; y había sido una gran equivocación, porque consiguió crear un par de generaciones ociosas y enfermas, sin amor al trabajo ni a nada, personas vacías e infelices. Ya era tarde para enmendarlo. Lo había hecho todo bien en esta vida excepto educar correctamente a sus hijos.

Al menos le quedaba Eleazar, un chico inteligente y capaz, maduro para su edad y sobre todo trabajador. Su nieto pequeño se enamoraba de todo lo que hacía, le ponía ilusión y de sobra sabía el Conde de Denali que la ilusión era el motor de cualquier empresa importante.

Solo que ahora se encontraba en una nueva disyuntiva, la desviación sexual de su nieto. Le preocupa que Eleazar no fuera respetado por su condición de homosexual. Y el primer paso para manejar un imperio era lograr el absoluto respeto de los demás.

Debía afrontar este asunto con firmeza, Eleazar aún era joven, todavía se le podía encauzar.

Cuando Eleazar entró en el despacho donde su abuelo, el Conde, dirigía sus negocios, encontró que la habitación se le hacía más oscura de lo que la recordaba de otras ocasiones. En el aire se respiraba un ambiente opresor, de aire cargado, que no estaba seguro de ser real o imaginado. No sabía qué sucedería, pero tenía claro que el miedo que sentía empezaba a paralizarlo.

Charlie se encontraba sentado con rigidez tras su regia mesa de madera noble y le indicó con la mano que se sentara. El muchacho escuchó un sonido rítmico acuoso, como el mamar de un bebé o el lamer de un perro y enseguida supo qué era.

Bajo la mesa, una chica de la servidumbre, rechoncha y bajita, le chupaba, con esmero y energía, la polla a su abuelo.

Por todos era conocida la predilección del conde de Denali por los asuntos sexuales. Era el único vicio que se permitía y se lo permitía muy a menudo. Al menos dos o tres veces al día.

A pesar de su avanzada edad, su potencia sexual no había disminuido, más bien al contrario, y continuaba con sus prácticas habituales, normalmente llevadas a cabo por diversas sirvientas de la casa, quienes solían hacerlo con el mayor orgullo y placer.

Se decía en los mentideros que Charlie Denali había dado placer a más de tres generaciones completas de mujeres de todo tipo, edad y condición. Por todos era sabido que cerrar un negocio con él significaba disfrutar durante un par de días de alguna de sus más experimentadas sirvientas del placer, algo que le había ayudado en gran medida a llevar a buen puerto importantes transacciones comerciales.

Con delicadeza, el viejo posó sus manos firmes en la cabeza de la muchacha, quien dejó de succionar y soltó su gran verga. Se levantó y se recostó bocabajo, de medio cuerpo, sobre la mesa, dirigiendo a Eleazar una mirada pícara y descarada. Sus carnes blancas rebosaban por el escote y quedaban en primer plano a la vista del muchacho, que no tenía muy claro hacia dónde dirigir la mirada.

Charlie levantó las faldas de la joven sirvienta dejando entrever un culo seboso de tamaño considerable. El conde también se levantó. De un cajón sacó un frasquito de lubricante y, untando su dedo en él, lo introdujo por el ano de la muchacha para acto seguido penetrarla con la polla.

Tras la primera envestida suave, la muchacha gimió y puso diversas caras de placer. Eleazar pensó que posiblemente fueran fingidas, pero si así era, fingía muy bien. Tras un rato penetrando, cada vez más fuerte a la sirvienta, el viejo soltó un gruñido, moviendo y agarrando con sus manos el culo de la muchacha se corrió entre su carne sin apenas mudar el rostro.

Sacó la polla y se la guardó en los pantalones.

- Muchacho ven aquí – le dijo a Eleazar - ¿Ves este inmenso culo? Es uno de los mejores que habitan en este castillo. Para mí ha sido todo un descubrimiento conocer de cerca a Carmen. Me corro en su carne al menos una vez al día y me alivio las tensiones. Ahora quiero que te corras tú en él.

Eleazar se asustó. No sabía si el abuelo lo decía en serio o se estaba burlando de él. Miró el culo blanco y fláccido de la muchacha, luego al abuelo y de nuevo a las carnes blandas.

Sentía que la polla se le iba encogiendo cada vez más en los calzones y sintió pánico. Aquella muchacha desparramada sobre la mesa de trabajo de su abuelo, sumisa y dispuesta, con sus agujeros más íntimos abiertos, dispuestos para él, no le excitaba en absoluto. Y la presión de la mirada severa de su abuelo aún menos. En realidad, la visión de la carne rosácea de la sirvienta le recordó a los conejos muertos, abiertos en canal. Negó con la cabeza.

- Ya lo creo que sí – levantó la voz Charlie - saca tu mierda de polla y endíñasela a esta diosa del placer, no es una petición ¡Es una orden!

Eleazar desabrochó su bragueta y de ella extrajo su miembro encogido y blando, más pequeño que un dedo y más arrugado que una oruga.

- Desde luego niño, el nabo no lo has heredado de mí. Venga, quiero que te folles ese culo como si fuera lo último que tuvieras que hacer en tu vida. Carmen, échale una mano.

La inmensa muchacha, sin mirarlo a la cara, se volvió a agachar y se metió el minúsculo pene de Eleazar, apenas un pellejo, en la boca, mientras que con dos dedos, haciendo pinza, lo movía de arriba a abajo, para tratar de excitarlo.

Sin saber muy bien cómo pudo ser posible, a Eleazar se le empinó la polla y, cuando Carmen se volvió a echar sobre la mesa, se la introdujo por el culo, del cual sobresalía parte del semen que el conde había derramado en su interior. Fue como masturbarse, a su cuerpo le daba placer la penetración pero su mente se lo negaba.

Eyaculó con un escalofrío mientras sus finos dedos se hundían en las nalgas mantecosas de Carmen y enseguida se salió del interior de la muchacha.

- Buen chico, así me gusta, que se haga lo que yo digo – le dijo el abuelo – Carmen, puedes retirarte. – Miró fijamente a los ojos al chiquillo – Eleazar, eres mi nieto predilecto, tengo muchas esperanzas puestas en ti, no me defraudes. A partir de ahora quiero que hagas todo lo que yo te diga ¿me has entendido?

Eleazar asintió.

- Bien, puedes retirarte.

Esa fue toda la conversación que tuvo con su abuelo sobre lo acontecido con el profesor de literatura y con sus hermanas. Por supuesto, a Garrett no lo volvió a ver, ni tampoco supo nada de él, pues el conde había dado orden de controlar todas y cada una de las misivas de procedieran del exterior para Eleazar, así como las que él mismo enviara.

Sin embargo, después de aquel día, Eleazar y el conde firmaron una especie de acuerdo tácito, mediante el cual, el abuelo fue introduciendo al nieto en el mundo de los negocios familiares y, sin mucho éxito, en el de los placeres de la carne femenina.

En los dos años siguientes se hicieron cada vez más habituales los viajes a la ciudad y las visitas a las diversas empresas. Acontecimientos en los que Charlie iba presentando a su nieto en las más altas esferas de la sociedad que movía la economía de aquella zona.

Pronto los libros de contabilidad pasaron a ser revisados por el muchacho, quien mostró desde el principio un interés aún mayor del que el propio conde esperaba de él.

Al menos le quedaba la tranquilidad de que si él faltaba, su nieto menor estaría capacitado para continuar con el imperio Denali.

Aunque en cada escapada Charlie presentaba a Eleazar una buena bandeja de mujeres atractivas, para él seguían sin ser plato de su gusto. Accedía a su carne como una obligación y para demostrar a su abuelo que su mal, como en alguna ocasión lo había denominado el viejo, estaba curado.

Pero sus pensamientos seguían danzando alrededor del amor, ahora platónico, que seguía sintiendo por Garrett, quien se había esfumado sin dejar rastro. En él y en la forma de hacer pagar a sus hermanas el daño que le habían causado.