Capítulo 9
Las gemelas cumplían diecinueve primaveras y pensaban celebrar una fiesta por todo lo alto, como ya era habitual. En realidad los eventos sociales, bailes y recepciones eran frecuentes en aquella mansión, especialmente desde que las muchachas comenzaron a entrar en edad casadera.
Las francachelas del castillo del conde de Denali eran famosas en todo el condado. Raro era que no se presentara en ellas toda la alta sociedad para lucir sus mejores galas y exhibir a las hijas en edad de merecer. El objetivo era mostrar cuantas más riquezas mejor, acompañadas de una distinguida educación, cada una en la medida de sus posibilidades. Aquellas fiestas eran, al principio de la noche, como escaparates donde los señores pudientes podían enseñar la dote que les esperaba si desposaban a sus hijitas inútiles.
Ni qué decir tiene que los muchachos y no tan muchachos, pero aún solteros, se pavoneaban haciendo gala de sus exquisitas posiciones en la sociedad, sus carreras, sus fortunas y sus múltiples posesiones. Como un mercadillo de aldea, pero en vez de ganado, de personas.
Una vez llegada la media noche, los bailes de la mansión Denali terminaban convirtiéndose en eventos de auténtica decadencia y depravación. Las bebidas alcohólicas corrían por las venas de los invitados, las lenguas se soltaban soeces y las manos se multiplicaban. La vergüenza se perdía, los deseos asomaban por debajo de las faldas y las mentes se introducían en una niebla espesa, donde los pecados parecían diluirse o, si acaso, descender en importancia.
Toda familia respetable debía desaparecer de la fiesta antes de esa hora maldita con cualquier excusa plausible. Ninguna muchacha que pretendiera ser respetada y por ende encontrar marido, debía traspasar el apenas perceptible límite entre el baile y el jolgorio.
Para los señores del castillo las fiestas eran un ingrediente fundamental en sus aburridas vidas, escasas de quehaceres cotidianos. Esos eventos les sacaban de la desidia y les daban motivos suficientes para mantenerse alegres y expectantes durante al menos una semana. Por eso aguardaban con gran dicha el momento.
Sin embargo, para la servidumbre suponían una dura carga, que se sumaba a la ya extensa lista de tareas que debían asumir a diario. La cocina bullía la semana antes y las cocineras andaban agitadas con los colores subidos en las mejillas, azoradas entre vapores y cortes de cuchillo.
Las muchachas encargadas de la limpieza y mantenimiento veían doblado su esfuerzo, dado que había que repasar a fondo cada una de las estancias de invitados, colocar sábanas, airear y sacar brillo a las cuberterías.
Los jardineros trabajaban a destajo para que los jardines rebosaran de plantas aromáticas y para preparar los adornos florales que embellecerían todas las estancias.
En las caballerizas, los mozos también debían afanarse en preparar los animales para que lucieran hermosos y brillantes y en preparar las cuadras para los animales que traerían a los invitados.
Ni qué decir tiene el estado de ánimo que se gastaba la señora Jessica desde que se enteraba de que se celebraría el baile hasta que terminaba. Cual perro rabioso gruñía con motivo o sin él, para que los trabajos se hicieran con más diligencia y perfección.
Kate y Tanya, a pesar de albergar cientos de vestidos nuevos en sus roperos, tenían bien claro que acudirían a la ciudad a que les hicieran los ropajes más despampanantes que tuvieran en su vida. Algo que pensaban cada vez que se celebraba cualquier tipo de fiesta.
Lo difícil era ponerse de acuerdo. Nunca terminaban de coincidir en cómo sería el diseño definitivo del vestido. Algo que sin duda se hubiera solucionado si cada una de ellas llevara su propio modelo. Pero no, debían ir iguales, calcadas hasta en el más mínimo detalle. Por dos motivos, el primero para que ninguna destacase más que la otra y, el segundo, porque esa circunstancia les permitía jugar con los invitados a su más puro estilo sibilino.
Para ir a la ciudad pidieron expresamente marchar ellas solas con Edward de cochero. Lo acababan de descubrir y les gustaba la compañía del muchacho, además de otras de sus cualidades.
Hartas de humillar a sus doncellas de cabecera, quienes ya estaban acostumbradas a sus vejaciones, decidieron llevar a otra doncella al viaje. Le pidieron a la señora Jessica que prescindiera de una de las criadas durante aquella mañana y que la enviara con ellas a la ciudad. El ama de llaves, con el ceño fruncido, pensó que la menos eficiente en aquel momento, con todo lo que había que hacer, era la chica nueva, así que la envió a la entrada a esperar a las hermanas para acompañarlas.
Las mejores sedas, encajes y telas las vendían en Cullen e hijos, una tienda especializada que importaba material desde los lugares más exóticos del mundo. El señor Cullen había sido marino de joven, un bala perdida que quemó sus primeros años de juventud con mujeres de todas las razas y alcoholes de todos los puertos. Contaba historias maravillosas y extrañas del sinfín de las tierras que había conocido. Hubiera seguido así, de no ser porque sin verlo venir, una muchachita de pueblo, decente y poca cosa, se apoderó de su corazón sin que ni él mismo se diera cuenta.
Después de haber bebido del néctar de mujeres de cualquiera edad, condición y lengua, vino a enamorarse de una pueblerina pobre, flaca y muerta de hambre. Pero buena persona al fin y al cabo, mujer de su casa y de gran fortaleza de espíritu. Una mujer que definitivamente lo ancló a tierra firme y con quien montó una familia extensa de doce hijos y un negocio próspero y reconocido.
El señor Cullen aprovechó todos sus contactos con comerciantes y navegantes para comprar cualquier tipo de tejidos especiales de los que no se fabricaban por allí. Su fama se extendía por todo el país, de donde viajaban sastres importantes y señoras de la nobleza para adquirir sus géneros. Se decía que hasta la misma reina vestía con telas compradas en Cullen e hijos.
A las gemelas les encantaba acudir al gran almacén. Como grandes coquetas que eran, las telas les chiflaban y gastaban ingentes sumas de dinero en la tienda. Si bien, además de tocar, mirar y repasar cada uno de los rollos de tela nueva que recibía, Kate y Tanya tenían otros motivos por los que acudir a ese gran comercio.
El señor Cullen, además de montar un negocio boyante, tenía también otros méritos dignos de admiración por las muchachas. Dichos méritos no eran otros que sus propios hijos, los dos mayores, Emmett y Jasper, al frente de la tienda, junto con otros tres más, de los diez que eran. Emmett y Jasper eran muchachos risueños, acostumbrados a tratar con mujeres elegantes y ricas a las que sabían halagar en el momento justo para que compraran el producto más caro o el que a ellos les convenía.
Conseguían que las señoras gastaran grandes sumas de dinero en su negocio, además de hacerlas marchar contentas y seguras de haber elegido una tela única con la que conseguirían el vestido más elegante del condado.
Pero había más. Emmett y Jasper Cullen albergaban entre las piernas un tesoro de dimensiones excepcionales que usaban con gran maestría. Bastante más mayores que las gemelas Denali, los dos dependientes, además de ofrecerles las telas más hermosas de sus almacenes, les ofrecían un plus por ser clientas especiales. Y ese era el segundo motivo por el que Kate y Tanya adoraban acudir a Cullen e hijos.
Bella
Me alegré de veras ante la expectativa de un viaje a la ciudad en compañía de las señoritas Denali. Se las veía tan elegantes y tan distinguidas. Además, mi amiga Alice me había hablado de la gran tienda de telas y me moría de ganas por verla de cerca. Por otra parte, aunque nunca lo admitiría, jamás había estado en la ciudad, ni siquiera me imaginaba cómo era o qué había en ella. Nunca, hasta ese momento, había salido de mi aldea, no conocía más mundo que la casa de mi madre y ahora el castillo de los condes.
Y si ya iba contenta, el corazón me dio un vuelco de alegría al descubrir que Edward haría de cochero ese día. Podría estar cerca de él, y quién sabía si en algún momento de despiste podría robarle un beso.
Sin embargo cuando él me vio no me pareció que se alegrara tanto. Más bien se sintió algo incómodo y no supe muy bien por qué, aunque lo achaqué a cosas mías.
Cuando salieron las señoritas, Edward se puso serio y se tensó al saludarlas. Ellas, sin embargo, lo ignoraron por completo, como si no existiera, ni siquiera le devolvieron el saludo. En cambio sí que se fijaron en mí.
Yo las saludé con una reverencia, tal y como me había enseñado Alice a hacerlo. Ellas tampoco me devolvieron el saludo pero me repasaron con los ojos de arriba a abajo, a la vez, se miraron entre ellas y se sonrieron.
Esa mañana estaban bellísimas, con sus melenas rubias semi recogidas y con vestidos elegantes para ir a la ciudad. Me sentí orgullosa de ser yo quien las acompañara como doncella de cabecera.
En el carro me senté al lado de Edward, como me dijeron que me correspondía. Él seguía muy serio pero nuestros muslos se rozaban con el traqueteo de los caballos y yo sentía cómo la electricidad corría de un cuerpo a otro.
Noté un cosquilleo entre las piernas, vaya, ya estoy mojando de nuevo mi ropa interior, pensé mientras apretaba mi pierna con la de Edward y me perdía en cálidas y excitantes divagaciones.
La ciudad me pareció inquietante. Era como mi pueblo, solo que en lugar de bullir como una olla pequeña, lo hacía como un gran puchero. Me impactó la prisa que llevaba la gente y descubrir cómo los señores elegantes paseaban por las mismas calles que los pobremente vestidos. También me impactó el contraste entre el empedrado gris del suelo y los ropajes de vivos colores de las señoras distinguidas.
Nunca había visto tantos coches de caballos juntos, ni edificios tan altos, ni escaparates. Me gustaba y estaba impresionada. Edward debió notarlo, sonrió de medio lado y me preguntó en un susurro:
- ¿Nunca habías estado en la ciudad?
- No, nunca, es… es impresionante.
- Sí, la primera vez llama mucho la atención, pero no te engañes, la vida aquí es más dura que en el pueblo y la gente es más antipática.
- Pues a mí no me importaría vivir aquí.
- Como si pudieras elegir – me contestó serio.
- Ya, pero si pudiera elegir a lo mejor vendría a vivir a la ciudad. ¿Tú no?
- Yo prefiero el campo.
Hubo un silencio y al cabo de un rato me dijo:
- Los condes tienen una propiedad aquí, un gran caserón en una de las calles principales, pero ellos también prefieren el campo.
- Hombre, es que el castillo de Denali es un lugar ideal.
- Aunque no creas, algunos de los señoritos, cuando no soportan al viejo pasan largas temporadas por aquí.
Y ahí quedó aquella insulsa conversación.
Cullen e hijos tenía un escaparate inmenso de cristales limpios por donde se colaba el sol. La luz natural incidía de una forma especial en los vestidos que se exponían dentro y las telas brillaban como si fueran mágicas.
Sin embargo, el interior era aún mucho más impresionante. El almacén era inmenso, lo cruzaba una gran alfombra roja a cuyos lados había estanterías repletas de rollos de colores. Y a lo largo del pasillo, a ambos lados de la alfombra, tras varios mostradores de madera repujada, los dependientes enseñaban los tejidos a los clientes.
Nada más asomar las condesas por la puerta todas las miradas de los dependientes se dirigieron a ellas y uno dejó a sus clientes y se dirigió al interior del almacén.
De él salió un señor de unos cuarenta y cinco años, repeinado y un tanto afectado. Iba elegantemente vestido y para mi sensible olfato se había puesto demasiado perfume.
Extendió los brazos para dar la bienvenida a las hermanas como si fuera lo más agradable que había visto en todo el día, y posiblemente así fuera. Acto seguido, uno de los dependientes, que estaba atendiendo a unas señoras en uno de los mostradores, las dejó a cargo de un subordinado e igualmente se dirigió hacia las condesitas con el mismo gesto de afectación y entusiasmo fingido.
- ¡De verdad que nos da alegría contar con vuestras mercedes en un día como hoy!
- ¡Oh Emmett! el placer es nuestro, no lo dude.
- No vemos momento de organizar una fiesta para poder venir, estábamos deseando. Esta vez necesitamos algo muy, pero muy especial.
- ¿Y pueden saber unos meros comerciantes como nosotros de qué acontecimiento tan singular se trata?
Entre risitas aparentemente nerviosas y miradas que pretendían fingir un rubor inexistente, las hermanas contestaron a la vez:
- Nuestro diecinueve cumpleaños, ji ji ji ji.
Solo me bastó esa conversación para darme cuenta de que las hermanas Denali eran unas maestras del teatro cotidiano, de esconder la realidad, expertas de la mentira diaria. Se mostraban a los demás de cualquier forma menos como eran realmente.
Toda esta conversación transcurrió a lo largo del pasillo mientras nos acercábamos a una puerta grande cerrada por tupidas cortinas de terciopelo rojo.
- Pues no han podido ser más oportunas, acabamos de recibir unos tejidos singulares, bellísimos, dignos de princesas.
- De hecho esperamos a las infantas un día de estos y seguro que les gusta este nuevo género que procede directamente de la China, seda pura y algodón tejido exclusivamente por manos de niñas, ideal.
- Los colores son toda una novedad, creo que no hemos tenido telas de colores tan llamativos nunca. Es toda una revelación.
- ¿De veras? Espero que nos sienten bien, con nuestra piel tan blanca… nunca se sabe… - dijo Kate a la espera de un cumplido que no tardó en llegar.
- Precisamente una piel tan blanca y perlada como la de vuestra merced es la que luce mejor con ese tipo de tejido.
- Bueno, bueno, don Jasper, eso tendremos que comprobarlo por nosotras mismas.
- Sin duda, pero verá Tanya como no estoy hablando por hablar, en absoluto. Además, son totalmente exclusivas, aún no se las hemos mostrado a nadie.
Como tienda especializada en atender a personas de la alta sociedad, disponía de reservados especiales para negociar con los clientes preferentes y allí fuimos.
Al principio nadie reparó en mí, era como un mueble, como un chucho faldero que dormita en un rincón. Y como buena criada me mantuve al margen de todo. Me senté en una silla que había puesta a tal efecto en una esquina y esperé paciente.
Los señores Cullen no mentían. Los rollos de telas que les mostraron a las condesas eran un regalo a la vista. En mi vida había visto colores tan explosivos, tan llenos de luz y de vida. Al enseñarlos, se deslizaban por las manos como si fueran una segunda piel. A la luz del escaso sol que entraba por la ventana, refulgían con cientos de matices diferentes.
Las hermanas habían visto más telas que yo, de eso no cabía ninguna duda, pero en sus ojos se reflejaba la avaricia por lucir esos tejidos en sus pieles lechosas.
- Oh, Jasper – ¡Es magnífica, espectacular, y qué colores!
- Sin duda es un género precioso – añadió Tanya tocando con los dedos el tejido.
- Sabía que les gustaría, recuerden que en Cullen e hijos siempre guardamos lo mejor para nuestros clientes más exclusivos.
- Solo hay algo que les falta a estas telas para que sean realmente buenas – dijo Emmett mientras su hermano torcía el gesto desaprobando lo que decía.
- ¿Ah sí? ¿Y qué es? Si puede saberse – contestó Tanya que había caído en la trampa, esta vez de forma totalmente inocente.
- Una piel de verdadera diosa, como la suya, Tanya – al decir esto rozó el hombro descubierto de la condesa, lo que a mí me pareció todo un atrevimiento por parte de alguien que, al fin y al cabo, no dejaba de ser un mero comerciante.
Pero a ella no pareció molestarle, más bien todo lo contrario, le miró con ojos de gata en una invitación explícita. Si bien, cuando él se dispuso a volver a acariciar su piel, ella dio un respingo.
- Bueno, bueno, el tejido es maravilloso, pero ahora habrá que saber cuál de ellos es el que nos queda mejor. Tenga en cuenta que es un acontecimiento importante, nuestro cumpleaños no es un evento cualquiera.
- No, claro que no, de hecho, les prometo que haremos para ustedes los vestidos más elegantes que se hayan confeccionado jamás.
- ¿Más que los de la reina?
- Mucho más.
- Bah, Emmett, siempre nos dice lo mismo.
- ¿Y acaso no terminan marchando con el vestido más elegante de todo el condado cada vez que vienen?
- Sí, eso no se lo vamos a negar, pero esta vez tenemos que lucir espectaculares, quiero que todas las miradas se dirijan hacia nosotras como si no hubiera nada más en el salón del baile.
- Y así será. ¿Acaso no lo es siempre?
- Sí, tiene razón, con más motivo entonces.
- Creo que este color es el que mejor les va – dijo Emmett colocando un pedazo de tela azul turquesa junto al escote de Kate, o quizás este, un poco más atrevido – rojo en esta ocasión.
- ¿Qué habían pensado?
- Lo cierto es que no habíamos pensado nada, lo dejamos todo a su criterio señores Cullen, aunque este color es espectacular – exclamó Kate al descubrir un rollo de color verde metálico con irisaciones azul marino.
- Sí, tiene razón mi querida Kate – contestó Jasper – ese color es especial, pero no se lo puedo recomendar, esta tela verde apagaría el fulgor del azul de su iris – estiró la tela y la puso frente su cara mientras negaba con la cabeza.
- Vaya Jasper, nunca me habría dado cuenta de ello, es usted tan amable, aunque me gusta tanto…
- Emmett le arrebató el tejido a su hermano y desenrollándolo lo estiró con toda la amplitud que le permitieron sus brazos, mientras dejaba que la luz lo inundase.
- Es un color verdaderamente grandilocuente – dijo – es una lástima que se luzca en otras familias. Jasper tiene razón, pero no es motivo para que otra persona no lo lleve en su casa – mientras decía estas palabras dirigió una mirada penetrante hacia mí, que hizo que todos me observaran – alguien de ojos verdes, por ejemplo.
- ¿Ella? ¡Es solo una criada! de las nuevas, además; jamás sabría lucir un vestido elegante.
- Cierto, precisamente por eso – argumentó Emmett – pueden demostrar que en su casa las criadas visten las mejores telas pero nunca las llevarán con la elegancia con la que las lucen ustedes ¿No les parece?
- ¿Una burda muchacha de pueblo con esta joya?... ¡No!
- Kate – inquirió Tanya - ¿Y Eleazar?
- ¿Tú crees?
- A él le va a gustar esa tela, quizás si envolvemos el caramelo en buen papel decida comérselo… piénsalo bien.
Kate puso cara de estar reflexionando un asunto de vida o muerte. Al cabo de un rato de mirar intermitentemente a la tela y a mí, me dijo que me acercara.
- Tú, desnúdate que te veamos.
- ¿Aquí?
- Sí, aquí, ¿dónde va a ser, estúpida?
Me desnudé con gran pudor y tapé mis pechos con un brazo y el pubis con el otro, pero entre las dos me retiraron las manos mientras me miraban como si fuera un caballo que comprar.
- No está mal la niñata – rió Kate – mira sus tetas – las palpó con ambas manos.
-¿Tetas dices? no es eso en lo que se fijará él – contestó Tanya – a ver ese culo – me palpó las nalgas, las abrió e introdujo un dedo por mi ano, algo que me hizo sentirme realmente molesta - ¿A ustedes qué le parece señores?
Ambos llevaban ya un rato observándome con lascivia, no perdieron la oportunidad de palparme en cuanto tuvieron la oportunidad y ambos introdujeron su dedo índice por mi culo haciendo gestos de aprobación.
- Tú, ¿cómo te llamas? – inquirió una de ellas.
- Bella, señora.
- Bella, ¿te han dado mucho por ahí?
- No señora, nunca.
- ¿Nunca? – Se extrañó Kate – estamos buenas, Tanya esto hay que arreglarlo antes.
A los hermanos Cullen solo les faltaba soltar baba por la boca y que los ojos, de salidos que estaban, se les desprendieran de las cuencas. Sus pantalones lucían un gran bulto que no pasó desapercibido a las gemelas.
- Ah, no, señores, ni lo sueñen – Kate agarró el paquete de Emmett con fuerza – esto está reservado.
- Mi querida Kate, ya sabe que hay de sobra.
- Me da igual, la criada seguirá virgen por detrás, ya lo arreglaremos de otra manera. Tómenle medidas rápido, tampoco es necesario que el vestido sea un portento, algo sencillito, sin demasiados pliegues ni adornos, de criada.
Ambos tomaron medidas de todas las partes de mi cuerpo acercándose y rozándose todo lo que podían conmigo. He de reconocer que al principio me sentí incómoda, pero después de palparme tanto, y después de la expectativa de un vestido elegante para mí, mi ánimo se tornó entusiasta.
Volví a vestirme y a sentarme en la silla del rincón para ser de nuevo un objeto inanimado más de la decoración. Desde mi ubicación olvidada observé una escena cuanto menos singular, teniendo en cuenta mi bisoñez en asuntos amatorios.
Los señores Cullen, con la finalidad de medir a las hermanas, las fueron desnudando poco a poco. El caso es que las medidas las tomaban de verdad porque iban apuntando en un papel cada vez que pasaban el metro.
Pero las gemelas se movían como rabos de lagartija y se contorsionaban melosas, frotando sus cuerpos desnudos con los de los hombres, hasta que éstos dejaron las cintas métricas y desistieron.
Las muchachas se colocaron a cuatro patas en el extenso diván que presidía la estancia. Una al lado de la otra, rozando sus hombros y lanzándose sus habituales miradas.
Jasper sacó un bote del cajón de una mesa y lo dejó cerca del diván. Ambos se agacharon para lamerle el coño a las gemelas, eso les gustaba porque, desde mi posición, veía perfectamente el destello de la lascivia en sus ojos.
Como si fueran unos el reflejo de los otros, las dos parejas de hermanos se movían exactamente igual. Con sus manos delicadas de vendedores de telas, separaron las nalgas de las chicas e introdujeron la lengua a la vez en el culo de las condesitas. Culos ambos que se movían ansiosos esperando algo más contundente.
Los hombres se desabrocharon los calzones y se sacaron la polla para restregarla por la vulva y el ano de ellas, que protestaban de impaciencia.
Uno de ellos abrió el bote e introdujo tres dedos en él, sacó una pasta blancuzca y grasienta con la que untó el culo de Kate, luego se lo pasó a su hermano que hizo lo propio con Tanya.
Yo no sabía muy bien qué hacer, si me salía de la habitación podían reparar en mi presencia y hacerme formar parte de la orgía y si me quedaba, en algún momento alguien podría recriminarme mi falta de discreción.
Opté por no moverme del lugar y casi por no respirar. También me prometí a mí misma que no miraría, pero me engañé al instante.
Una vez recubiertos ambos anos con el amasijo resbaladizo, los dos a la vez introdujeron los dedos por el agujero del culo y los movieron lentamente hacia fuera y hacia dentro mientras se miraban entre ellos como si acabaran de encontrar un tesoro y se sonreían.
Me dio la sensación de que esta escena no era la primera vez que ocurría, de hecho, parecía que todo seguía un guion establecido por una rutina a la que yo era totalmente ajena.
Con los restos del sebo de embadurnaron ellos las vergas de forma que quedaron brillantes y enhiestas. Volvieron a mirarse el uno al otro y a la vez introdujeron la punta del nabo en los culos de las putitas Denali.
Ellas lanzaron quejidos mezcla de satisfacción y de queja mientras que los señores Cullen tan solo metían y sacaban la cabeza de sus pollas.
Hasta que asintieron con la cabeza y con una profunda embestida penetraron analmente a las gemelas hasta lo más profundo de sus tripas. Ellas gimieron de placer y de dolor a la vez, pero se retorcieron cual gusanos.
Yo me estaba calentando un poco, aquella escena, aunque me parecía soez y descarada, me excitaba y, sin quererlo, mi mente me ponía en el lugar de mis señoras. Con disimulo metí la mano por debajo de mi falda y me toqué el clítoris. De mi chocho manaba baba cálida y untuosa que mancharía mi ropa interior, pero seguí tocándome con más intensidad.
- ¡Oh sí! – Gimió Kate – cómo me gusta venir aquí.
- ¿Le gusta señorita Denali?
- Me encanta señor Cullen.
- Pues tome, tome, toda entera para usted – decía Emmett mientras compaginaba su movimiento de pubis y de brazos al atraer hacia sí el cuerpo de Kate.
- Mmm, me gusta mucho su verga señor Cullen, cada vez la mueve mejor.
- Con un culo como el suyo cualquiera se mueve bien, señorita Denali – e incrementó el ritmo de la penetración.
Desde mi posición podía escuchar el sonido rítmico del chocar de las nalgas de las gemelas con el pubis de los comerciantes; además del sonido aceitoso del entrar y salir de los culos de las señoritas.
- Oh, Dios mío – exclamó afectada una de ellas.
- Me voy a correr en su culo Kate, la voy a rellenar con mi leche, oh, qué gusto, qué gusto, cómo se mueve, así, así, tome, tome.
Kate soltó un agudo grito que tuvieron que oír hasta los viandantes de la calle. Al escucharla su hermana la miró y comenzó a gemir cada vez más fuerte hasta que ambas unificaron sus jadeos y pronto se les sumaron Jasper y Emmett que descargaron su pasión blanca y viscosa en el interior de las hermanas lascivas.
Yo no conseguí llegar al clímax y se instaló en la boca de mi estómago un sentimiento extraño de decepción.
Se vistieron rápidamente y salimos pronto por la puerta del gran comercio. Los dependientes miraban de reojo a las condesas. Ellas llevaban un paso ligero pero elegante, caminando altivas por la alfombra roja del pasillo de la tienda.
Ya en la puerta, a la que nos acompañaron los dos galanes, Tanya se despidió de ellos.
- ¿Cómo están sus señoras? – Preguntó cínica - denles recuerdos de nuestra parte, hace mucho que no las vemos.
- Se los daremos, descuide – mintió uno de ellos.
- Mandaremos un coche a recoger los vestidos.
-¿Cómo? ¿No vendrán ustedes en persona?
- Hoy han estado flojos caballeros, la edad les va pesando ahí abajo, cada vez la tienen más fofa – Kate rió y miró con desprecio hacia la entrepierna de Jasper y luego a la de Emmett.
- Espero que se vayan contentas al menos con su adquisición – hizo de tripas corazón Emmett, tras la humillación.
- Las telas son muy elegantes, habrá que ver los vestidos. Hasta la próxima señores Cullen.
Y se montaron en el coche.
Ver a Edward de nuevo después de lo vivido en el almacén fue un alivio, como volver a la realidad después de una pesadilla pegajosa de siesta veraniega. Él tuvo que notarme algo en la cara porque me preguntó en un susurro si estaba bien. Yo asentí, pero realmente no lo estaba, me sentía decepcionada. Y no era por lo que había contemplado, no, era porque estaba inundada de deseo, caliente como una perra en celo y con Edward al lado sin poder abalanzarme sobre él.
El traqueteo del coche de caballos no hizo sino aumentar mi calentura. Me apetecía tocarme, aliviarme allí mismo y desprenderme de ese desasosiego que no me dejaba pensar. Aunque intentaba controlarme, mi mente no dejaba de revivir una y otra vez la burda escena de las hermanas y los señores Cullen. Mi corazón empezó a agitarse y un fuego interno, cada vez más intenso, se instaló en mi pecho.
Como si el cielo hubiera oído mis plegarias, las hermanas Denali sacaron la cabeza del habitáculo y pidieron a Edward que se desviase por un sendero que se adentraba en el bosque profundo y al poco le ordenaron que parase. Bajaron con las faldas de sus elegantes vestidos recogidas con ambas manos y me mandaron que me bajase del coche. Una vez más me examinaron como si fuera un animal de granja.
- ¿De veras crees que es la solución?
- Eleazar no tiene solución, pero podemos encarrilarle. Tiene un buen culo, le gustará, y es más o menos de su edad. ¿Cuántos años tienes? – me preguntó
- Diecisiete, señora.
- ¿Ves? Su misma edad. El problema de Eleazar no es otro que su timidez, se apabulla ante cualquier mujer, pero si le presentamos a una pimpollita como ésta, bonita y con un buen culo, seguro que sucumbe.
- No estoy tan segura, aunque podemos intentarlo.
- ¿Dices que eres virgen? – la miró con gran desprecio.
- No señora – apunté bajando la cabeza.
- Pero, ¿te han dado por detrás o no?
- No señora, por ahí sí soy virgen.
- Llevarás poco tiempo en el castillo ¿no?
- Sí señora, apenas unas semanas.
Las hermanas dejaron escapar unas impertinentes risitas de rata.
- Ya decía yo, es raro que el abuelo dejase pasar un culo como este.
- Ah, Tanya, el abuelo chochea ya, igual ni se le empina.
- Que ¿no? más que a este pusilánime – miró a Edward.
Me molestó escucharlas hablar así de Edward, él podría ser de todo menos un pusilánime y sin duda sí que se le empinaba y se le ponía dura como una piedra, pero claro, ¿ellas qué iban a saber?
- Tú, chico de cuadra, baja y tú – me ordenó - ven para acá.
Edward se tensó cuando le mandaron que se bajase del coche, por su ojos cruzó una sombra gris y sus facciones se volvieron aún más serias de lo que ya estaban. Una de ellas, no sabía quién, me agarró con fuerza del brazo y me llevó a un pequeño claro donde la luz del sol se colaba por entre los árboles.
Sin miramientos me abrió la camisa y dejó al aire mis abundantes pechos. Los tocó con ambas manos mientras observaba a Edward, quien se debatía entre un miedo que yo no lograba comprender y cierta excitación chivada por su dura entrepierna.
- Agáchate – Tanya me tiró al suelo con violencia – a cuatro patas, como una perra, eso es.
En esa posición me levantó la falda y la echó sobre mi espalda. Me arrancó de un tirón las bragas rasgándolas por los laterales.
- Vamos a acabar con esa ridícula virginidad anal – se dirigió a Edward que, junto con la otra, había llegado también al claro - Muy bien, chico de cuadras, hoy es tu día de suerte, mira qué bomboncito para ti sólo. Encúlala.
Edward se puso colorado, me miraba y quería que se lo tragara la tierra, pero le esbocé una sonrisa apenas imperceptible y asentí levemente con la cabeza.
De nuevo yo misma me debatía entre la vergüenza, el miedo y la gran excitación que sentía.
Edward se desabrochó los calzones y se arrodilló detrás de mí.
- Lo siento – me dijo avergonzado.
Le miré con compasión, intentando decirle con los ojos que no lo sintiera. Creo que captó el mensaje. Se escupió en los dedos y restregó su saliva en mi ano. Aquel gesto me puso muy caliente, en el fondo estaba deseando probar esa nueva experiencia.
- Vamos cochero, ¿a qué esperas? ¿A qué se nos haga de noche?, penétrala ya.
Edward agarró una de mis nalgas y la abrió. Con la otra mano se sujetaba la polla para poder atinar. Me introdujo la punta con cuidado y la sacó y metió varias veces despacio.
Me produjo una sensación física muy extraña, por una parte era doloroso, pero por otra deseaba que me la metiera entera y me diera fuerte. Me moví un poco contra él.
- Vaya, vaya, muchacho, lo que yo diga, un pusilánime de picha indecisa - dijo una de ellas con voz chillona - ¿Quieres reventarle el culo de una vez? No tenemos todo el día.
- Dale fuerte Edward, queremos oírla llorar.
Edward me metió todo lo larga, gorda y dura que esa su polla por el culo y una oleada de placer intenso me electrificó los pezones y me hizo salivar. También me dolió, bastante, pero cuanto más me dolía más me gustaba. Creo que puse cara de dolor, algo que gustó muchísimo a las hermanas, quienes hicieron el gesto de hacer palmas pero sin hacerlas realmente.
Me hubiera gustado hacer esto con Edward a solas, sin la mirada impertinente de las dos pájaras encima y sin sus comentarios jocosos que me irritaban tremendamente.
Al poco, el placer fue tan intenso que, tanto a Edward como a mí, se nos nubló la mente y fuimos capaces de olvidarnos de las hermanas lascivas. A Edward le estaba gustando porque, aunque intentaba evitarlo, se le escapaban gemidos guturales de lo más profundo de su garganta. Sus manos me apretaban fuerte los muslos y me traían hacia sí en cada movimiento. Cada vez lo hacía más rápido.
- Grita puta – me ordenó una – queremos oír cómo te duele.
Así que grité, pero no era tanto de dolor como del gustazo tan profundo que me causaron las últimas arremetidas de la polla de Edward, aquellas en las que eyaculó con tanta fuerza en el interior de mi culo, que pude sentir el chorro cálido de su semen en mi intestino. La sacó enseguida, aún dura, y sentí los últimos coletazos de placer que no me esperaba.
Quería sonreír, es más, me apetecía reír a carcajadas, pero sabía que lo que las hermanas pretendían era que me muriera de dolor y de humillación. Así que puse cara de sufrimiento y vergüenza, mientras recogía los despojos de mis bragas y me abrochaba la camisa con los botones que aún quedaban cosidos.
Ellas sonrieron satisfechas, pero lo que no sabían es que quien más había gozado con todo aquello era yo misma.
Nos pusimos en marcha mientras notaba como parte del semen de Edward, aún caliente, se me escurría por los muslos.
- Lo siento mucho Bella, sabes que no era mi intención lastimarte – tenía la vista baja, no se atrevía ni a mirarme.
- Edward – le dije en voz baja – aunque siempre lo negaré delante de ellas, ha sido bárbaro, lo he gozado como la que más.
- ¿De veras? ¿No te he hecho daño?
- Sí, un poco, pero cuanto más daño me hacías más me gustaba, ¿volverás a hacérmelo? En la intimidad, digo.
- Ehhh – titubeó – si a ti te gusta, sí.
- Sí, sí me gusta.
- Entonces sí – y dejó escapar la primera sonrisa que le veía en todo el día.
