Capítulo 10
Bella
Estaba tan atareada que tenía poco tiempo para pensar en mi madre y mis hermanos. Claro que los echaba de menos, pero debía reconocer que no tanto como había creído en un principio.
Edward absorbía todos mis pensamientos y no podía evitar sentir la ilusión del amor. Además, me había adentrado en el camino del descubrimiento de las relaciones íntimas y lo que siempre me habían inculcado que era deshonesto, se presentaba ante mí en forma de experiencias muy satisfactorias.
Reconozco que después de haber probado el placer de la carne, nada me sabía igual. Le había cogido el gusto a ser penetrada y no creía que pudiera pasar sin ello. Además, me apetecía a todas horas, incluso cuando el trabajo no me permitía ni un respiro.
A tal punto llegó mi desesperación y mi ansia de sexo que tuve que darme placer a mí misma. Al principio me acariciaba, en la soledad de mi cuarto, pero no conseguía deshacerme de ese calor interno y explosivo que se mantenía bullendo entre mis piernas. Con Edward conseguía explotar, pero sola no.
Luego me tocaba allá donde pudiera, pero lo único que conseguía era excitarme aún más sin aplacar mi ansia.
El ajetreo diario me mantenía tan ocupada que no había visto a Edward en los dos días posteriores a nuestro último encuentro. Comencé a pensar que a lo mejor él ya se había aburrido de mí; pero luego me daba cuenta de que él también debía estar muy ocupado con los preparativos de la fiesta, al fin y al cabo, los invitados traerían sus caballos y las cuadras debían estar limpias y listas para acoger a sus inquilinos, al igual que el castillo.
No obstante, decidí desatender mis tareas por un instante y acudir a las cuadras a retozar sobre la paja. Le comería la polla a Edward hasta el fondo y le suplicaría que me la metiera con fuerza para apagar la calentura que llevaba amasando durante los últimos días.
Y sobre la paja en la que yo misma pretendía retozar con mi amado me sirvió el destino un trago bien amargo de desilusión.
Como sucedía siempre al entrar en las cuadras, la penumbra te envolvía cegándote hasta que transcurría un rato. En aquel instante de ceguera, los otros sentidos se acentuaban y comenzabas a oler el aroma intenso de los animales, la humedad del suelo, la madera vieja… Y escuchabas los más mínimos sonidos que, en otras circunstancias, hubieran pasado desapercibidos, tales como el crujir de las vigas, el respirar calmado de los caballos, la carcoma royendo, el piar de los pájaros que se colaban clandestinamente para anidar bajo el cobertizo…
Pero además, ese día escuché algo diferente. Unos pequeños grititos agudos que procedían de la parte trasera del almacén del alimento de los animales.
Ya se me habían acostumbrado los ojos a la escasa luz y me dirigí con cautela hacia el lugar del que provenían los gemidos. El almacén estaba repleto de balas de paja nueva, apiladas hasta el techo, que recubrían todas las paredes del cobertizo, dejando tan solo un pasadizo para entrar a recogerla. El suelo también estaba cubierto de paja seca y amarilla, cuyo olor confortable se introducía en la nariz, provocándome una sensación de cálido bienestar.
Me escondí con cautela tras dos torres de balas de paja que tapaban parte del pasillo de entrada y miré por el espacio que quedaba entre ellas. Lo que vi no pudo ser más demoledor para mi sensibilidad.
Un pequeño haz de luz se colaba por uno de los ventanucos de la parte más alta del cobertizo, iluminando, como en un espectáculo solo hecho para mí, los tres cuerpos gimientes que se retorcían cual larvas unos sobre otros.
Los cabellos dorados de las condesas refulgían con la luz y sus rosados labios ensalivados brillaban con cada gemido. Sus cuerpos lechosos, propios de las señoritas de alta sociedad, se contorsionaban soeces, aprisionando la musculatura y soberbia de mi Edward.
Mi Edward, me repetí mentalmente, mi Edward que no es mío, sino de todas las demás. Noté cómo el corazón se me quebraba en el pecho y se resquebrajaba en dos. Por un instante creí que caería muerta al suelo del dolor, pero no ocurrió. Debí haber salido corriendo para no seguir contemplando la escena amatoria que tanto daño me estaba provocando, pero tampoco lo hice. Me quedé allí, impávida y curiosa, embebida del placer que sentían otros.
Supe, por primera vez en mi vida, lo tremendamente poderoso que es el morbo, capaz de superar al dolor más intenso, a la decencia y al respeto por uno mismo y por los demás.
Fui consciente de que podrían descubrirme observando, algo que podría dar lugar a una situación bastante incómoda, tanto por mi parte como por la de ellos y, sin embargo, esa mera posibilidad me atrajo aún más hacia el espionaje.
Se encontraban los tres tumbados sobre la alfombra de paja. Edward se arqueaba la espalda con movimientos rítmicos y fuertes mientras abrazaba a una de las hermanas, que no pude saber quién era. La estaba penetrando con fuerza mientras ella lo abrazaba con sus piernas esbeltas y echaba la cabeza hacia atrás, en un gesto que reflejaba el placer más absoluto. La otra muchacha estaba totalmente pegada a su espalda, como si de una segunda piel se tratase, siguiendo los mismos movimientos que él y acariciando por igual el cuerpo de su hermana y el de Edward. Le mordió con fuerza en el hombro y él soltó un gruñido de dolor. Desde mi posición pude comprobar la señal sangrante que los dientes de la mujer dejaron sobre el cuerpo de mi amado.
Cuando la hermana penetrada se derritió en su propio orgasmo, Edward extrajo de su cuerpo su pene triunfal y enhiesto, iluminado por aquel maldito rayo de luz, y dándose la vuelta lo introdujo con violencia en la carne de la gemela carnívora. Se movió aún más rápido que con la otra, sujetando con una mano las nalgas de la muchacha y con la otra su espalda, atrayéndola hacia él con ávida desesperación.
Ella aprovechó para morderle el otro hombro, esta vez sin soltarlo, y el muchacho echó hacia atrás la cabeza apretando la mandíbula en un gesto de dolor.
La putita penetrada gemía mientras le decía fóllame, fóllame más fuerte, ¿es que no puedes más fuerte?, venga fóllame como tú sabes.
A lo que Edward contestó con movimientos aún más violentos y bruscos. Algo pasó por su cabeza porque se salió de ella y la obligó a ponerse a cuatro patas. Sin perder mucho el tiempo volvió a meterle su polla latente, a punto de reventar. Ella abrió la boca inconmensurablemente y soltó un grito ahogado mientras se le torcían los ojos del gusto.
Mi amado entraba en su carne con una ansiedad impropia de un hombre decente. Si no hubiera sabido cómo eran las hermanas Denali, hubiera pensado que aquel acto era una violación en propia regla, pero sabía que el sexo duro era precisamente lo que le gustaba a las condesitas y Edward se lo estaba dando.
Tenía que irme, sabía que no debía estar allí y, sin embargo, no pude separar mis ojos de la tórrida escena.
El cuerpo de la chica se tensó y de su boca de fresa se escapó un grito tan fuerte que podrían haberlo escuchado hasta en la estancia más recóndita del castillo. Cuando Edward se aseguró de que la muchacha disfrutaba de los últimos coletazos de placer, él mismo se dejó ir y comprobé cómo se le mudaba el rostro hacia ese gesto tan singular de disfrute, que solía hacer en el momento en el que eyaculaba. Duró al menos diez embestidas y se desplomó respirando con fuerza sobre el suelo, dejando a la otra aún a cuatro patas y jadeante.
Yo seguía mirando, no lo podía evitar, un morbo enfermizo me mantenía estática, sin poder moverme y sin pestañear.
Acabaron los tres recostados sobre la paja, mientras sus respiraciones se iban calmando poco a poco. La luz del sol bañaba sus cuerpos cubiertos de sudor brillante. Eran hermosos, muy hermosos, los tres. Se adormecieron y después de un rato inmóviles, perdieron todo el interés y me marché dolida, asombrada y muy caliente, a llorar mi amargura bajo la sombra de un árbol.
Debía seguir con mis tareas, además, me vendría bien agotarme y mantener la mente ocupada.
Con los preparativos de la fiesta la señora Jessica me había encargado el arreglo de las habitaciones del ala de huéspedes del castillo.
- Algunas de estas estancias se han usado con regularidad y por tanto están más o menos limpias, - me dijo el ama de llaves - pero otras hace años que no y están de polvo hasta arriba, así que, niña, esmérate, te toca todo el pasillo de la izquierda del ala oeste. Por allí están Heidi y Victoria, si necesitas algo ellas te podrán ayudar.
Ni Heidi ni Victoria eran mujeres de mi devoción, cada vez que había intentado mantener una conversación con ellas se habían comportado de forma brusca y malintencionada. Así que esperaba no encontrármelas por allí.
Tampoco tenía muy claro la forma de llegar al ala oeste de la zona de invitados. Al menos sabía que la zona de invitados se encontraba en la tercera planta. Tampoco sería tan complicado encontrarla, al fin y al cabo era un castillo, no una ciudad.
Me perdí. Me perdí durante una hora completa. Mi capacidad para orientarme era inversamente proporcional a mis ganas de sexo.
Subí por unas de las escaleras laterales exclusivas para el uso del servicio, hasta la tercera planta. Hasta ahí bien, pero luego me encontré con una especie de ramal de pasillos que se bifurcaban y bifurcaban hasta el infinito. Todas las puertas eran iguales y ya no tenía muy claro por dónde había venido.
Si en aquel momento me encontraba con Heidi o Victoria tenía claro que sí les preguntaría. El problema era si en vez de encontrarme con alguien del servicio, me topaba con algún miembro de la familia Denali. Me atemorizó esta idea y me dispuse a buscar la zona de invitados como una loca.
Descubrí que en mitad de los pasillos principales había como una especia de sala de estar que, a su vez, daba paso a otras tres o cuatro habitaciones. La mayoría estaban cerradas y con los cortinajes echados, con lo cual deduje que sin uso. Pero en el tercero de los pasillos que recorrí, una de las salas lucía la frescura propia de un lugar habitado. Una de las ventanas se encontraba abierta y la brisa hacía bailar una cortina de gasa transparente. La luz de la mañana iluminaba de forma poética los muebles color marfil de la habitación, sobre cuya mesa lucía un hermoso ramo de narcisos Janes.
Me quedé maravillada por la belleza de ese instante, momento en el que di gracias a Dios por permitirme estar viva y disfrutar de esa hermosa visión. En un acceso de curiosidad entré con cuidado. Un espejo situado en una de las paredes, en el extremo opuesto a las ventanas, me ofreció otra escena sorprendente.
Una mujer de mirada perdida y piel y vestido blancos, se encontraba sentada, muy recta, en un balcón de una de las habitaciones interiores. La luz se reflejaba en su larga cabellera blanca que la hacía parecer una anciana sin serlo, pues al mirarla bien a la cara, deduje que no tendría más de cuarenta y algún años.
Miraba al infinito o quizá al interior de sí misma. Tan embelesada me quedé mirándola, que tardé un buen rato en darme cuenta de que sus manos de dedos largos y finos se movían lentamente, acariciando una cabeza castaña que descansaba en sus muslos.
Era un muchacho joven y de espalda estrecha que, arrodillado sobre un esponjoso cojín, apoyaba su mejilla sobre las rodillas de la mujer. Su mirada azul, empañada en lágrimas, también se encontraba perdida en algún pensamiento. No sollozaba, simplemente dejaba correr su llanto, que empapaba el vestido blanco de la mujer inmóvil.
La benjamina Denali – pensé. Así era como en el servicio, sin ningún tipo de respeto, llamaba al nieto menor del conde. Entre los criados era de sobra conocida la desgana de Eleazar con las mujeres. Algunas de las más osadas y descaradas habían llegado incluso a pasearse ante él con las pechugas al aire y habían salido impunes.
Se decían de él verdaderas barbaridades que, viéndolo así, nunca podría creer. En una ocasión escuché, precisamente a la deslenguada de Victoria, decir que al no gustarle las mujeres desahogaba sus impulsos con su perro. Ella juraba haberlo visto con sus propios ojos, pero yo no podía creérmelo. Esa mujer hablaba de todo el mundo en la casa y casi nada era cierto.
Aunque también debía reconocer que el condesito, al fin y al cabo, era hermano de las víboras rubias. Al hacer esta asociación volvió a mi mente la escena tórrida de las gemelas con Edward y un pinchazo en el corazón me recordó el dolor que sentía. Me entraron ganas de llorar, pero ninguna lágrima acudió a mi rostro.
En ese preciso momento fue cuando los ojos de Eleazar volvieron a enfocar y se dirigieron directamente al espejo. Yo podía verlo y él podía verme a mí.
Su semblante triste y aniñado se colmó de ira, transformándose en tan solo un segundo. Se levantó con agilidad y, sin siquiera limpiarse las lágrimas, se dirigió a mí con grandes zancadas. Mi mente me pedía salir corriendo, sin embargo mis piernas no me respondían, me habían dejado paralizada.
Era mucho más alto de pie de lo que parecía sentado. Su piel, similar a la de sus hermanas, se tornó del blanco inmaculado a un rojo vivo que daba pavor. Sin mediar palabra me soltó el mayor bofetón que nadie me había dado en toda mi vida. Y con un seco y varonil fuera de aquí, tras un portazo a mi espalda, me echó.
Ahora sí que brotaron las lágrimas de mis ojos. Era un llanto de vergüenza, de miedo y de desahogo. También de dolor, pues la huella del bofetón me ardía aún en la mejilla.
Salí como alma que lleva el diablo hasta dar con otra estancia similar a la anterior, pero en otro pasillo. Su decoración era más sobria, muebles más oscuros y escasa de detalles. Me dio la impresión de que era muy masculina y una tanto descuidada.
Se escuchaban risas de hombre en el interior, así que decidí pasar de largo. Por lo visto había debido equivocarme, no estaba en la zona de invitados, me encontraba en el ala habitada por la familia.
Sobre la risa de los hombres escuché unos quejidos bajos de mujer. De nuevo la curiosidad insana se antepuso al sentido común y asomé la cabeza con todo el sigilo que pude. No logré ver nada, así que crucé el salón de estar y me asomé por la puerta del dormitorio.
En su interior, un tanto en penumbra, una cama alta de considerables dimensiones reinaba en la habitación. No había más muebles y todas las paredes se mostraban excéntricas, recubiertas de espejos, con lo cual, tan solo con colar la vista de lado, podía ver perfectamente qué sucedía en su interior.
Sobre la cama, a cuatro patas se encontraba una de las criadas, Jane creo que se llamaba, totalmente desnuda y con las piernas abiertas. De rodillas ante ella, el hijo mayor del conde, el heredero del imperio y descuidado padre de las degeneradas gemelas. Estaba sin pantalones pero con la camisa puesta y le mostraba su falo tieso restregándoselo por la cara.
La combinación de espejos me dio la posibilidad de ver la expresión de la muchacha, a pesar de que estaba de espaldas a mí. Me dio la sensación de que aquello la asustaba, de que no le gustaba demasiado y pronto entendí el porqué. Alrededor de su cuello llevaba un collar metálico, como el que se les coloca a los perros. De él salía una cadena que Aro Denali, así se llamaba, agarraba con la mano y tensaba con fuerza.
De pie, mirando y vestido, observaba la escena el hijo mayor de Aro, Alec, con ojos de lujuria contenida y una sonrisa torcida que le hacía parecer bobo.
Tanto Aro como Alec eran hombres corpulentos y fuertes, de torso inmenso y piernas cortas. Su piel se había oscurecido por el sol de tanta partida de caza a la que asistían y por los paseos a caballo, que solían ser una de sus mayores distracciones, además del sexo continuo.
El padre tiró de la cadena que ahogaba a la pobre Jane para que levantara la cabeza y le metió la polla en la boca de golpe. Sin soltar la cadena le agarró la cabeza y con rápidos movimientos movió el pubis de un lado a otro introduciendo y sacando de la boca de la chica su gran falo. A ella le daban arcadas.
Alec se había desprendido de toda la ropa de cintura para abajo y se subió a la cama colocándose detrás de la criada. Le abrió las nalgas y la penetró de golpe y con violencia. Mientras, le daba azotes fuertes con su mano derecha en el culo, que pronto dejaron un gran rodal rojo en la piel de la muchacha.
Ella aguantó como pudo la embestida pero su expresión no era de estar gozando, de hecho, una lágrima le resbaló por la mejilla.
A pesar de saber que la violencia empleada le estaba haciendo pasar un mal rato a mi compañera, yo me estaba poniendo cada vez más cachonda. De nuevo me invadió un intenso deseo de ser yo quien estuviera en lugar de Jane. Me sentí un tanto culpable al reconocer que me gustaba mirar cómo era forzada por los dos hombres.
El padre llegó al éxtasis y, mientras gemía sin pudor, con una mano sujetó del cabello a Jane levantándole la cara para que lo mirara y con la otra movía su pene de arriba a abajo frente a su boca, hasta que eyaculó abundantemente sobre el rostro de la chica, el cual se torció en una mueca de asco.
Aro se tumbó en la cama con el miembro ya fláccido y cerró los ojos. Al ver que su padre terminaba, Alec agarró del pelo a Jane y tiró con fuerza hacia él mientras seguía penetrándola de rodillas. Aquel gesto obligó a la chica a arquear la espalda y a ofrecer un nuevo ángulo al feroz jinete.
Yo seguía disfrutando con la visión de tal escena, resguardada tras el confortable velo de la invisibilidad. Me preguntaba qué ocurriría si me descubrieran y, en tal caso, si me tomarían como su juguete sexual. No supe muy bien responderme a mí misma si me hubiera gustado o no dado la violencia de sus actos. Aunque por otra parte, la febrilidad de mi cuerpo casi me empujaba al interior de la estancia para comprobar qué sucedería.
Tampoco tuve tiempo para contestarme. Alguien me tapó la boca por detrás mientras deslizaba una mano entre mis muslos como con avaricia.
- Vaya, vaya, lo que tenemos aquí, una mirona.
Era Félix, primo de Alec y más o menos de la misma edad y sobrino de Aro. Lo dijo elevando la voz para que los demás lo oyeran mientras me empujaba, obligándome a entrar en la habitación.
Todas las miradas se dirigieron a mí, incluida la de Jane, que contempló con la cara manchada de semen y con una expresión que desprendía gratitud y lástima a la vez. Alec la soltó y de un empujón la tiró de la cama mientras ponía toda su atención en mí. Su verga estaba enhiesta, brillante, potente y aunque sentí miedo por la mirada sádica que me dirigía, en el fondo deseaba que me penetrara como lo estaba haciendo con Jane.
La criada, por cierto, desapareció discretamente sin que ninguno nos diéramos cuenta. El padre volvió a tumbarse alicaído. Alec me desabrochó la camisa dejando a la vista mis pechos turgentes y eléctricos.
- Así que te gusta mirar ¿eh muchachita? Tú eres nueva aquí.
- Sí señor.
- Sí señor qué, ¿te gusta mirar o eres nueva?
- Soy nueva señor, llevo menos de un mes sirviendo en la casa.
- Vaya unas tetas que tiene la mirona – decía mientras las amasaba con ambas manos de forma lasciva.
- Pues no te pierdas primo como tiene el chocho la muy guarra, se va a deshidratar – apuntó Félix introduciéndome un par de dedos en la vulva y lamiéndome la oreja desde atrás.
- Bueno, nos los pasaremos bien hoy, mirona, ya verás, no vas a gozar tanto en toda tu desgraciada vida.
Se introdujo uno de mis pechos en la boca y me mordisqueó los pezones apretando bastante. Me hizo daño, pero me excitó aún más.
Me quitaron la ropa y me tumbaron en la cama. Mientras Alec seguía mordiéndome el pecho y exclamando extasiado ¡qué tetas, qué tetas! Félix me lamió el coño como quien se encuentra un manantial después de vagar por el desierto tres días. Puso todo su empeño con lengua y labios que movía con ajetreo por toda mi entrepierna. Luego me introdujo la lengua repetidas veces mientras seguía sorbiéndome y después la metió en mi ano, mostrando éste mayor resistencia física.
- Estoy a mitad primo – dijo Alec suplicante – déjame que me corra que me están doliendo las pelotas de tanto tiempo que la tengo tiesa.
Se acostó sobre la cama y me atrajo hacia sí, de forma que quedé sobre él, cara con cara. Por suerte no tenía ninguna intención de besarme en la boca, algo que agradecí, pues aunque pudiera sonar extraño, me hubiera resultado bastante asqueroso. Me agarró de las caderas y sin más dilación me sentó sobre su polla dura. Tenía unos brazos fuertes y con ellos levantó todo mi peso una y otra vez para entrar y salir de mí.
A mí me gustaba, me daba placer y me moví al unísono ayudándole en los movimientos para que entrara mejor. Félix no se quedó mirando, se bajó los calzones y situándose detrás de mí, me endiñó la verga por el culo y gimoteó como un cachorro y, de vez en cuando, me azotaba fuerte con una mano o con la otra, hasta el punto de hacerme daño.
Pronto nuestros movimientos se acompasaron y mientras una polla salía de mi cuerpo la otra entraba. Hasta ahora no sabía que aquello fuera posible y sin embargo ahí me encontraba yo, penetrada por dos hombres a la vez y obteniendo un placer desconocido, como muy animal, frío e inhumano, pero tremendamente intenso.
Por un momento se paseó por mi pensamiento lo que había contemplado hacía apenas unas horas y que tanto dolor me había provocado. Edward entre las dos gemelas gozando sobre la paja de las cuadras y ahora, irónicamente, me encontraba yo en una situación similar, disfrutando de la misma manera. No pude seguir pensando sobre el tema porque los primos incrementaron ambos el ritmo de sus movimientos pélvicos y una oleada de placer muy potente me hizo convulsionarme desde dentro de mi cuerpo hacia fuera.
Notaba como salían y entraban de mí con sus pollas duras y calientes, estaba cada vez más lubricada y dispuesta a pasarme la vida entera en aquella posición. No lo recuerdo bien pero estoy segura de que grité una y otra vez mientras hiperventilaba. A mi orgasmo le siguió el de Alec, que derramó en el interior de mi coño, lo que me parecieron litros de semen cálido y viscoso. Finalmente, cuando ni Alec ni yo apenas podíamos movernos, Félix me envistió tres veces más y con gemiditos agudos descargó todo su placer tibio sobre mis nalgas.
Nos tumbamos los tres sobre la cama boca arriba mientras se nos calmaba la respiración. Mi interior todavía se movía solo, con los últimos coletazos de placer obtenido. Fue entonces cuando Aro, que había estado observando y tocándose el pene se levantó y sin mediar palabra, me agarró de los tobillos y me arrastró hacia el borde de la cama. Me subió las piernas colocándolas en sus hombros y me penetró en esa postura con movimientos muy bruscos.
Yo seguía lubricada por mí misma y por todo el semen que su propio hijo había vertido en el interior de mi carne y que iba saliendo poco a poco y escurriéndose por mis nalgas. Aquello no me dio un nuevo orgasmo pero me alargó el que acababa de tener. Él no tardó mucho en volver a eyacular, esta vez en mi ombligo. Cuando creí que se iba a desplomar por el esfuerzo, me agarró del brazo y me obligó a levantarme para acostarse él en mi lugar.
- Largo de aquí – fue lo único que dijo y yo recogí mi ropa y corrí desnuda por los pasillos como alma que lleva el diablo, dejándolos a los tres exhaustos y durmientes sobre la cama.
Más tarde, mientras me aseaba, reflexioné sobre lo que había sucedido. No podía evitar sentirme un tanto sucia, no solo porque físicamente lo estaba, cubierta de semen, sudor y saliva, propios y ajenos, sino que me parecía que, moralmente, aquello no había estado del todo bien. Acto seguido me formulé la pregunta de siempre: ¿volverías a hacerlo? Una reflexión subordinada me llevó a la conclusión de que había gozado como una niña con zapatos nuevos, aunque mi alma se sintiera un tanto culpable; al fin y al cabo no había hecho daño a nadie, más bien todo lo contrario. Yo había disfrutado como la que más y había dado placer a tres hombres en tan solo un momento, ¿por qué iba a estar mal aquello? Pero entonces… ¿Por qué me sentía así? ¿Por qué era tan diferente con Edward?
Y así llegué a una conclusión que me hizo ver el asunto mucho más claramente y que, en cierta medida, me tranquilizó: porque a Edward lo amaba y a los demás no. Con Edward era muy especial por el sencillo motivo de conjugar placer carnal con placer emocional. Hacer el amor con Edward era justamente eso, hacer tangible un sentimiento profundo y transformarlo en un acto en el que el amor se pudiera palpar. Con los otros no era hacer el amor, con los otros había sido practicar sexo. Divertido, reconfortante, excitante, muy placentero, pero sin sentimientos. Sin que el corazón cabriolease en el pecho mientras el orgasmo me nublaba la mente, como me ocurría con Edward.
A mi pregunta inicial de si volvería a hacerlo, el sexo por el sexo, la respuesta que me di a mí misma fue sí. Pero sí, no porque no me quedara otra opción, por ser una mera criada y ellos los señores. Sino un sí por mí, por mi propio divertimento.
Seguí ahondando aún más en mi cavilación. Me preguntaba ahora de qué manera había sido diferente mi acto con los señores al que había tenido lugar momentos antes entre Edward y las gemelas. Me cuestionaba también si, al igual que yo, Edward hacía la distinción entre placer por placer, solo carnal y placer con sentimiento. Seguramente debía verlo de la misma forma que yo. Con lo cual, no podía ser comparable el goce que sentía conmigo, al que sentía con las condesitas.
Claro, que igual el divertimento de él era tanto conmigo como con las víboras, como con alguna otra más. A lo mejor yo misma solo era una más del ingente montón de amantes de Edward.
Por otra parte, también podía haber sido un capricho de las hermanas y haber obligado a mi amado a realizar tal acto en contra de su voluntad, al fin y al cabo, ellas eran caprichosas y tiranas.
No obstante, llegar a la conclusión de que Edward era capaz de hacer la misma distinción que yo entre sexo y hacer el amor me había tranquilizado, si bien, volver de nuevo a pensar que no sentía nada por mí, me adentraba por un sendero sembrado de celos locos que, como zarzas salvajes, no me dejaban seguir avanzando. Esta vez corté mi pensamiento de raíz. Solo tendría que volver a ver a Edward para preguntárselo, así de claro. Y a lo mejor, contarle cómo me habían follado los tres hombres. Aunque quizás no fuera una buena idea.
¿Sentiría Edward celos si narraba lo sucedido? Esa sería una buena manera de conocer sus verdaderos sentimientos. Si se quedaba totalmente impasible, lo más probable es que no le importara yo más de lo que podían importarle las demás. Y si se enfadaba, seguramente sería porque me amaría. Decidí que se lo contaría, aunque quizás obviara el goce que sentí al ser penetrada a la vez por dos hombres, eso se quedaba solo para mí.
