Capítulo 11

Eleazar estaba profundamente contrariado al haber sido descubierto en su momento de mayor debilidad por una simple criada. Si él iba a hacerse cargo en un futuro de los negocios familiares, nadie, salvo su madre, podía verle débil y pusilánime como a ratos se sentía.

Él, un Denali inteligente y capaz, dotado de las herramientas intelectuales necesarias para llevar un imperio a la prosperidad más rotunda, no podía ser cuestionado por nadie, absolutamente por nadie. Le daba igual que fuera una criada o alguien de la familia, debía comenzar a comportarse como lo que en breve iba a ser y para ello debía hacerse respetar. Ya buscaría el momento de darle su merecido a aquella niñata entrometida y fisgona, que se había colado en su intimidad, sin su permiso.

Éste era su pensamiento mientras esperaba los resultados de los análisis. Después de dos años de trabajo en su laboratorio particular, Eleazar estaba a punto de obtener un gran descubrimiento que podría convertirse en el mayor hito de la medicina del siglo.

Si la formulación de sus hipótesis era la correcta y los resultados lo corroboraban, aquel hallazgo podría hacerle el hombre más rico del mundo. Era la tercera vez que lo comprobaba y… ¡Eureka! Aquel compuesto era la clave de todo.

Debía tratar con el abuelo los pormenores de su fabricación, comercialización y distribución. Después de aquello, esperaba que al conde no le quedara ninguna duda de que él y sólo él, a pesar de su juventud, era la persona adecuada para heredar las riendas de la fortuna familiar.

Sabía que Charlie despachaba aquella mañana, con lo cual se dirigió allí sin más dilación, con la seguridad de que impresionaría a su abuelo.

Subió antes a sus aposentos para mudar su aspecto desaliñado, de investigador loco, al de hombre respetable. De camino no pudo evitar asomarse a observar la excentricidad en la que andaba envuelta su tía Irina.

Irina era la madre de Félix, hija menor del conde Charlie. Su rasgo más característico era el completo desequilibrio mental que la aquejaba desde bien joven. La fortuna de su padre le consiguió un marido de buena posición que murió joven, dejándola libre de aquel yugo impuesto, pero al menos con un descendiente. Era alegre y divertida y cada día lo dedicaba a una actividad diferente, generalmente inútil y absurda que la mantenía entretenida.

A Eleazar le gustaba observarla. Todos la trataban como a una loca, lo que en realidad era, y no le prestaban demasiada atención. Pero Eleazar disfrutaba con la insana certeza de que algún día su extravagancia rozaría el peligro. Había en sus movimientos concienzudos una voluntad de hierro y una lógica que tan solo entendía ella.

Los días anteriores había estado tejiendo una especie de cintas de colores y Eleazar tenía curiosidad para saber en qué las iba a emplear. Ese día tenía a sus pies un canasto con gatitos blancos, diminutos, de no más de un una semana de vida. Maullaban débilmente y se restregaban unos con otros buscando consuelo. Irina introdujo la mano en la cesta y, con suma delicadeza, cogió uno de los misinos y lo llevó a su regazo.

A Eleazar le pareció tan tierno que le dieron ganas de entrar con cualquier excusa y acariciar él mismo la piel algodonada de los cachorros. Siguió observando. Ella colocó alrededor del cuello del gatito, a modo de collar, un trozo de la cuerda de colores que había estado tejiendo en días anteriores. Siguió acariciando al animal con ternura y manos distraídas. Hasta que en un momento decisivo agarró al gato con fuerza mientras que con la otra mano tiraba del nudo de la cuerda. El pobre cachorro se convulsionó violentamente durante un momento eterno, mientras se ahogaba, hasta que su completa quietud indicó que su breve vida había llegado a su fin.

Eleazar podía haber intervenido, hubiera sido muy fácil. De hecho, aunque la compasión no era una de sus principales virtudes, en aquel momento sintió el impulso de la piedad, pero no fue lo suficientemente fuerte como para mover un músculo. Al fin y al cabo, él hacía similares perrerías a las ratas en su laboratorio, a veces sin que fuera realmente necesario.

Observó como ahorcó a dos gatitos más con la misma cuerda, dejando un espacio de tres palmos de soga entre cadáver y cadáver. Aburrido de la rareza de su tía, y volviendo al asunto tan importante que llevaba entre manos, se marchó de allí.

Cuando llegó al despacho de su abuelo, como era de esperar, no lo encontró solo. Siempre tenía a alguna sirvienta entre las piernas. Él mismo era el mejor ejemplo de lo potente que podría llegar a ser el nuevo negocio.

- Pasa, pasa chico, siéntate y cuéntame.

Charlie Denali estaba acostumbrado a tratar los negocios más importantes con el pene funcionando. No era de esos hombres que no podían pensar en otra cosa mientras se la estaban chupando. Más bien al contrario, cuando practicaba sexo parecía como si sus pensamientos surgieran con mayor fluidez y las decisiones tomadas fueran las más acertadas.

- Abuelo, es confidencial.

- Vamos, es una chica de las nuestras, no tiene importancia, cuéntame.

- Preferiría hacerlo totalmente a solas.

- Está bien chico, está bien. Siéntate de una vez y espera a que me corra. Entonces hablaremos.

La muchacha que estaba arrodillada bajo la mesa salió por indicación del conde. Se limpió la boca de restos de saliva y dirigida por las manos del anciano se colocó sobre la mesa boca abajo.

Eleazar comprobó, con visible enojo, cómo la muchacha de la que hoy disfrutaba su abuelo y el motivo de posponer su importante conversación con él, era la criada de pelo marrón rojizo que había violado su momento de debilidad más íntimo.

La miró a los ojos con irritación y vio cómo ella se sintió desvalida. Tenía la mirada chocolate acuosa y el pelo de un color rojizo como el de Garrett. Ante esa asociación de ideas, su ira disminuyó al instante y comenzó a ver a Bella de otra manera.

Charlie lo pensó mejor y tras levantar la falda de la muchacha y dejar su culo al descubierto, decidió que mejor sería que se marchara.

Eleazar percibió cierto estupor en el rostro de su abuelo, pero no le dio mayor importancia. Abordó el tema desde el primer momento.

- Abuelo he descubierto algo fantástico que puede hacernos inmensamente ricos.

- ¿Ricos?, ya somos ricos, ¿para qué quieres ser más rico?

Esta pregunta no la esperaba Jaime de un hombre de negocios como su abuelo, un auténtico tiburón cuyo único objetivo en su vida había sido incrementar el patrimonio familiar.

- Tengo en mis manos el mayor descubrimiento en la historia de la medicina.

- ¿De veras? – Charlie se mostraba escéptico – a ver, cuéntame.

- Verás, todo fue de pura casualidad. Tras adquirir varios lotes de ratas de laboratorio para diversos experimentos, creí que eran estériles y me quejé varias veces al suministrador. Éste me aseguró que eran todos fértiles y me envió otro lote de ratas y ratones que ya habían tenido descendencia.

- Al grano hijo.

- Al principio no me di cuenta, pero después sí. Al colocar ejemplares en la misma jaula se volvían promiscuos y copulaban hasta morir de cansancio e inanición. No hacían otra cosa más que copular.

- Eso me suena – apostilló el abuelo con una sonrisa de medio lado.

- Claro que te suena, a nadie pasa desapercibida la lujuria que invade a los habitantes de este castillo.

- Incluido a ti, no lo olvides.

- Incluido a mí, no lo niego.

- Siempre ha sido así.

- ¡Sí!, claro, esa es la cuestión, pero yo he descubierto por qué. Déjame que siga.

El conde hizo un ademán con la mano para que continuara.

- Daba igual que mezclara a machos con hembras que a ejemplares del mismo sexo –enfatizó estas palabras - todos copulaban sin parar, o al menos lo intentaban. El caso es que pedí ratas preñadas. Es sabido que la hembra de los ratones, al igual que sucede en casi todas las especies, una vez en cinta no permite al macho que la monte. Es lógico, es un gasto inútil de energía cuando el único propósito de la copulación es la reproducción. Esas ratas preñadas, después de dos días, al juntarlas con un macho, le permitían que las montara una y otra vez. ¡Abuelo, eso es realmente asombroso!

- Hijo, yo copulé con tu abuela hasta el mismo día de dar a luz a cada uno de nuestros hijos.

- Sí, pero en los humanos es diferente, déjame.

- Te dejo, te dejo.

- Estuve rompiéndome la cabeza preguntándome qué podía causar este comportamiento tan inusual. Les cambié la dieta en varias ocasiones, pero no hubo cambios en el comportamiento.

El conde alargó la mano y sirvió un par de vasos de agua de una botella de cristal finamente ornamentada que había sobre la mesa. Le ofreció uno a Eleazar con gesto de complicidad mientras bebía del suyo.

- ¡Exacto! – Dijo triunfal el nieto - ¿Qué era lo único invariable de la dieta? ¡El agua!

- El abuelo sonrió mostrando su diente de oro, gesto con el que se podía comprobar que su sonrisa era totalmente sincera; pero dejó que continuara.

- A algunos ejemplares que se habían mostrado más promiscuos les retiré el agua de la dieta cambiándola por otra serie de líquidos, zumos, leche, verduras... ¿Qué crees que pasó? – y sin dejar responder al anciano se contestó a sí mismo – al cabo de varios días su comportamiento se normalizó. Es más, algunas de las ratas que hasta ahora no se habían quedado preñadas lo hicieron enseguida.

- Hijo, llevo setenta y cinco años viviendo en este castillo. Y la familia lleva asentada en estas tierras más de tres siglos. Siempre se ha dicho de los Denali que somos fogosos y lascivos. Es más, siempre que una mujer ha querido preñarse en este castillo ha dejado de beber agua, eso es un secreto a voces desde que yo era un crío.

- Sí, pero yo he logrado separar la sustancia que da origen a ese extraño… - dudó, no sabía cómo denominarlo - ¿comportamiento, circunstancia…?

- Es un don hijo mío, un verdadero regalo del cielo.

- Entonces ¿lo sabías?

- Bueno, como te he comentado, siempre ha sido un secreto a voces dentro de esta casa que el agua sube la libido y la potencia sexual, tanto de hombres como de mujeres, que es más raro. Y que también influye en la infertilidad momentánea, aunque claro, nunca supimos qué sustancia específica del agua lo causaba, nunca nos lo hemos planteado.

- Abuelo, pues yo lo tengo, es un mineral, similar al cuarzo pero de composición más compleja. Lo he sintetizado. ¡Imagina vender esto como el elixir de la potencia sexual! ¡Podríamos venderlo al precio que quisiésemos!

- ¡No! – Elevó la voz el conde con gesto muy serio – quiero que te olvides de este tema.

- Pero, abuelo…

- ¡He dicho que te olvides! – Gritó dando un puñetazo en la mesa - ¿te has parado a pensar en las consecuencias tan nefastas que podría tener?

- ¿Cuáles? Solo le veo ventajas, ventajas muy lucrativas, por cierto. -Apostilló Eleazar cargado de razones.

- Te recuerdo que el manantial, aunque en nuestras tierras, está tan lejos que cualquiera podría acceder a él. Sería el fin de la leyenda familiar. Si comenzamos a comercializar un elixir tan codiciado, pronto comenzarían a investigar el origen y no tardarían en encontrar la respuesta. Te prohíbo que sigas con el asunto. – Se levantó y con ambas manos sobre la mesa, miró a su nieto con autoridad - Es más, quiero que te olvides de él para siempre. Te recuerdo que aún no he hecho testamento.

Eleazar se sintió profundamente frustrado. Sabía que no podría seguir con su iniciativa. Todo su castillo de arena, edificado en el aire, se le acababa de desmoronar y se encontraba, como un niño, con ganas de llorar.

- No me basta con tu palabra Eleazar, esto me lo vas a tener que firmar.

El nieto asintió alicaído con la cabeza y se marchó del despacho sin mediar más palabras.

El abuelo observó la decepción de su nieto, pero debía ser así. Volvió sus pensamientos hacia su nueva preocupación.