Capítulo Cuatro

(Años atrás)

Draco estaba sentado en la sala común de Slytherin mientras leía un interesante libro sobre hombres lobo.

Sin embargo, no podía disfrutar totalmente de la lectura porque el lugar estaba sumido en un vibrante murmullo provocado por las animadas conversaciones que mantenían los demás alumnos y por lo mucho que cruzaban la sala en dirección a los dormitorios.

Estaba por rendirse y cerrar el libro, cuando se percata que tanto Blaise como Pansy tomaban asiento en las butacas frente a él.

Draco le dedicó una mirada a cada uno que pasó a una expresión de confusión cuando ninguno parecía dispuesto a soltar palabra alguna y sólo se limitaron a observarlo.

—Draco –dijo finalmente Zabini, inquieto. —¿Estás seguro de que prefieres quedarte aquí... –intercambió una mirada con Pansy —…solo?

—Que si, Blaise –el rubio rodó los ojos cerrando su libro.

—Sabes que puedes contar siempre con nosotros… -insistió el moreno, relamiéndose los labios mientras parecía escoger sus palabras para continuar con el discurso, pero Pansy lo interrumpe.

—Calla, Blaise, que Draco no se queda para estar solo –acusó la chica justo cuando el rubio tenía preparado un suspiro cargado de falsa aflicción. Draco la miró y pudo ver como fruncía los labios para evitar asomar una maliciosa sonrisa que no logró ocultar. —Seguro queda con alguien. –agregó. Draco le clavó los ojos y sonrió haciéndose el desentendido.

—¿De qué hablas, Pansy? –preguntó Malfoy, apoyando la espalda en el respaldo de la butaca.

—Abre los ojos, Blaise, lo conocemos –dijo apuntando al rubio —Draco no está deprimido… Ni en lo más mínimo.

—Ya no le veo la gracia a Hogsmeade. –argumentó, encogiéndose de hombros. —No hay nada que me llame la atención.

—Pero es la oportunidad para salir del castillo –le recordó Blaise —Podrías comprar tú los dulces que nos encargas a nosotros.

—Pues si no quieres comprarlos, entonces devuélveme el dinero.

—Vamos, Draco, suéltalo ¿Con quién te ves? -Pansy se inclinó un poco hacia él mirando a su alrededor antes de posar los ojos ansiosa sobre los grises. —¿Te estás acostando con alguna chica?

—Si me estoy acostando con alguien o no es cosa mía, no te incumbe –respondió, incorporándose mientras sus amigos lo imitaban.

Comenzó a caminar hacia la salida de la sala común con Blaise y Pansy a sus espaldas.

—¿O sea que es cierto? –pregunta Blaise, sorprendido. —Entonces ¿Te sientes bien?

—Claro que se siente bien, Blaise, ni siquiera se ve distinto… - la chica arrugó la nariz. —¿Es una de nuestro grado? ¿Es alguna de mis amigas?

—¿Qué te hace creer que es Slytherin? –cuestionó, curioso.

—Ay, porque no te veo tirando con una Gryffindor –se carcajeó la chica.

—Déjalo, Pansy, si Draco quisiera estar con una Gryffindor no habría ningún problema... Ha pasado muy poco tiempo desde la guerra para que vengas tú ahora con tantos prejuicios. –apuntó el moreno.

—No dije que hubiese algo malo en eso… hablo de que a Draco no lo imagino con alguna chica de otra casa. –se explicó la pelinegra mientras bajaban las escaleras, siguiendo al rubio.

—No me veo con nadie, Parkinson, y si fuese así no es tu asunto –le dijo, fastidiado.

—¿Es alguien que conocemos? –preguntó Blaise, curioso mientras ya iban por el segundo piso.

Draco hizo un gesto de hastío antes de hablar.

—Me veo con Potter –admitió, encogiéndose de hombros y mirando a cada uno de sus amigos, quienes se encontraban a cada lado de él. —¿Contentos?

Los dos chicos se largan a reír.

—¿Es alguna de sexto? –insistió Pansy. Draco negó con la cabeza para intercambiar una mirada con Blaise pero al parecer, su amigo tampoco había creído en su confesión.

—¡Greengrass! –apuntó el moreno, abriendo mucho los ojos.

—Que pesados los dos –dijo Draco.

—¿A dónde vamos de todas formas?

—Yo a ninguna parte, ustedes a Hogsmeade. –sentencia el rubio llegando a las puertas del castillo. —Sólo me tomé la libertad de acompañarlos a la salida.

—Pero, Draco –Pansy soltó sus palabras con un leve berrinche. —Somos tus amigos…

—Lo sé –sonríe el rubio.

La chica mostró un mohín de disgusto mientras Blaise posaba una mano en el hombro de ésta.

—Ya, si no quiere contárnoslo, Pansy… Vamos, su chica quizás lo esté esperando –le guiña un ojo. Draco resopla.

—No es lo que creen pero ya… para qué darle vueltas al tema –dijo —Blaise, recuerda mis dulces y Pansy, tú me debes una pluma así que podrías traérmela.

—Bien, adiós –soltó la chica rendida.

—Adiós.

Draco se dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección a la biblioteca del castillo, en el cuarto piso.

Y es que hace poco más de tres meses que él y Harry se veían casualmente por ese sector los días sábado.

Un día cualquiera Draco se había acercado al pelinegro, impulsado por la curiosidad que le causaba el repentino interés de Harry hacia él.

Lo vio sentado en un rincón de la biblioteca traspasando algún párrafo de un libro hacia un pergamino y no desaprovechó la oportunidad. Dio un breve paseo por el perímetro para comprobar que estaba solo y se acercó a él.

Estuvieron al menos una media, e incómoda, hora juntos y conversaron unos cuantos minutos de ese tiempo sobre temas que no sobrepasaron lo banal y que fueron suficientes para dejarle claro a Draco que Potter no estaba tramando nada.

Pero para el siguiente sábado, Draco, quien como de costumbre iba a pedir los libros que necesitaba para los deberes de esa semana, se sentó en la misma mesa del rincón a hojear unos cuantos ejemplares, sin embargo, es interrumpido por el pelinegro, que llevaba en la mano un libro de primer año.

Para el sábado siguiente a ese, Draco se sentía ligeramente expectante. Buscó sus libros, eligió los que requería y se fue a sentar a la mesa de las veces anteriores, y como sospechaba, Harry Potter no tardó en aparecerse por ahí. Al menos, pensó Draco, Potter ese día había tenido la sensatez de escoger un libro más apropiado y no uno que dejara en evidencia que tomó lo primero que encontró.

Y así fueron los sábados que le siguieron a ese.

Se formó un tácito acuerdo entre ambos que ninguno había tenido intenciones de romper conforme transcurrían las semanas.

Uno de los dos, principalmente Harry, buscaba de forma disimulada al otro para luego acercarse y fingir que todo había sido obra del destino.

El juego iba tan en serio que hasta fingían asombro cuando se encontraban.

"Oh, Malfoy, de nuevo te encuentro por aquí… te haré compañía", soltaba Harry a veces, mientras dejaba caer una serie de libros sobre quidditch en la mesa.

"¿Podrías dejar de seguirme, Potter? Esto ya es raro…" decía Draco por su parte cuando era él quien se lo encontraba, mientras tomaba asiento frente al pelinegro de todas formas.

Draco debía admitir, eso sí, que aquello era algo infantil. Él había convivido con el mago tenebroso más grande de todos los tiempos mientras que Potter se había enfrentado a él, pero ninguno de los dos parecía tener el valor suficiente para aceptar que el encuentro casual en realidad era planificado, y esperado, ni ninguno parecía dispuesto a dar el primer paso para acordar, con palabras, una hora y lugar donde quedar.

El rubio miró a su alrededor una vez más, pero no había ni rastros del ojiverde.

Había estado la última hora sentado en el lugar de siempre, alternando su mirada del libro a la entrada, pero Potter no se había dignado a asomar ni la punta de la nariz al menos.

Y a Draco no sabía que le molestaba más. Saber que esperaba por la llegada del Gryffindor o sentirse plantando, aun cuando no habían quedado en nada.

Lo que resultaba ser peor entonces, lo dejaron plantado sin plantarlo.

Frunció el ceño y se dedicó entonces de lleno a su libro, si no le quedaba de otra… pero a los minutos sintió que alguien lo miraba, y cuando subió la vista se encontró con los verdes ojos de Harry Potter puestos en él.

De brazos cruzados y apoyado en la pared junto a la puerta el muy descarado no despagaba ojo del rubio. Draco sorpresivamente lo pasó por alto, pero cualquiera que hubiese visto la cara de Potter puesta en el Slytherin diría que se lo estaba comiendo con la mirada sin una pizca de vergüenza.

El rubio se contuvo de devolverle la mirada y volvió sus ojos al texto pero le resultaba exasperante que el desvergonzado y raro de Potter siguiese mirándolo sin hacer nada, cual león asechando a su presa.

Sin volver su vista ni una sola vez al Gryffindor, Draco cerró su libro, tomó el resto que tenía junto a él y se dirige al mesón de Madame Pince para pedirlos y así poder sacarlos de la biblioteca.

Cada paso que dio para llegar a la mujer hacía que su enojo se incrementase, porque sentía la mirada de Potter sobre él y porque no se acercaba a darle ninguna explicación de su retraso.

Aunque, claro, no le debía ninguna explicación porque no había ningún retraso porque no había ningún compromiso.

La bibliotecaria le devolvió los libros al rubio, éste lo recibió y caminó grácilmente hacia la salida.

Había tenido en mente pasar junto a Potter sin si quiera mirarlo, pero eso le indicaría al ojiverde que estaba molesto y antes deshonraba a sus ancestros. Así que, provisto de toda esa soberbia que derrochaba, caminó hasta la salida, se detuvo junto al pelinegro, quien inmediatamente se irguió, le levantó ambas cejas y sonrió con altivez.

—Potter –se limitó a decir a modo de saludo.

No obstante, no esperó respuesta alguna y continuó con su camino.

No alcanzó a dar ni diez pasos cuando escuchó los de Potter a su espalda.

—Malfoy –lo llamó. Ni siquiera tuvo que alzar la voz ya que el pasillo estaba vacío y silencioso, quizás porque la mayoría estaba en Hogsmeade. —Espérame.

Draco se iba a girar, pero los dedos del Gryffindor alcanzan antes su túnica y lo tiran suavemente, animándolo a detenerse.

El rubio intenta no sorprenderse por lo rápido que lo había alcanzado e inmediatamente se zafa del agarre y clava sus ojos plateados sobre los verdes de Harry.

—Veo, Potter, que tampoco fuiste a Hogsmeade…

—Lo siento –soltó el pelinegro ignorando el comentario del rubio. —Planeaba venir antes pero…

—¿Lo siento por qué?–Draco se hizo el desentendido, encogiéndose de hombros. —¿De qué hablas, Potter?

—Bueno, pues, nos juntamos todos los sábados… hace tres meses al menos –dijo, mirándolo directamente a los ojos —No hemos dicho nada, pero no me puedes negar que no lo hacemos a consciencia…

—No te entiendo –fingió Draco. Potter rueda los ojos.

—¿Por qué no fuiste a Hogsmeade? –le espeta el pelinegro, cruzándose de brazos.

—Pff… me aburro. No hay nada nuevo en ese pueblucho… prefiero mil veces quedarme a leer un libro.

—Bueno, pues yo me quedé por ti –soltó el pelinegro, tajante. Draco debe ignorar con todas sus fuerzas que su pulso se disparó ante las palabras del Gryffindor.

—Lo noté –suelta sarcástico, ya que estuvo solo la última hora.

—Hablo en serio, Malfoy. –confiesa y luego hace una pausa, como si no se convenciera aún de lo que estaba por decir —Me despedí cuanto antes de Ron y Hermione y venía hacia acá tan rápido… me di cuenta que esperé toda la semana por esto… -suspiró —No sé qué me sucede, pero es en lo único que pienso todo los días hasta que llega el sábado…

Draco se mantiene tal cual, muy bien parado y con la frente en alto, pero por dentro sus latidos amenazaban con acelerar cada vez más. Potter no despegaba los ojos de los suyos. Parecía un poco desesperado, como si la situación lo inquietase y lo incitara a actuar sin pensar.

Bueno, se trataba de Potter. El hacía todo más por instinto que por raciocinio.

El rubio no se había dado cuenta pero en algún minuto había dejado de respirar. Y como no. Si Potter, el Gryffindor al que más había detestado en su momento parecía estar confesando los mismos sentimientos que afloraban en él. Y aquello era para quedarse de piedra.

Mantuvo la vista en el intenso verde de Potter pero no dijo nada.

—No supe que hacer –prosiguió el moreno —No sé qué hacer, realmente, porque Draco, no te puedo sacar de mi cabeza... –agregó.

Draco no supo muy bien que fue exactamente lo que lo atacó y se apoderó de él. Pero en un segundo miraba a un Potter atormentado, y al segundo siguiente había eliminado toda la distancia entre ellos para besarlo.

Sus labios se encontraron ansiosamente, como si toda la vida hubiesen aguardado a que este momento llegase al fin.

Draco había perdido la cuenta de todas las chicas a las que había besado anteriormente y pasaron, sin querer, por su mente a los únicos dos chicos que había besado, pero los labios de Potter eran algo totalmente distinto que no tenía con qué comparar. Estaban tibios, húmedos, sabían a dulces de limón y se movían lentamente contra los de él, con delicadeza y un poco de timidez.

Sin creer todavía lo que estaba sucediendo, Draco sube la mano hasta el rostro de Potter, para acercarlo aún más, para sentir el contacto de su piel contra su palma y saber que lo que sucedía en ese minuto era real y no una fantasía creada por su mente. Su mejilla estaba tibia y no imaginaba que su rostro fuese tan suave.

Harry hizo lo mismo. Draco sintió como el moreno ponía su mano en su cuello y subía por el hasta enredar los dedos en las finas hebras de su cabello.

Jamás imaginó que besar a Potter fuera lo más placentero que había hecho en su vida, era como si una necesidad que no había descubierto hasta ahora fuese satisfecha por fin, desencadenando una serie de sensaciones que se alojaban agradablemente en su estómago, provocando un calor complaciente y un cosquilleo suave.

Sus bocas no parecían querer alejarse jamás y la una buscaba a la otra con vehemencia.

A pesar de que el beso era intenso iban con calma y a duras a penas, ambos se comienzan a separar, apaciguando la desesperación con pequeños y leves besos, como de reserva antes de alejarse por completo.

Se miraron a los ojos y ninguno dijo nada por unos buenos segundos.

—Creo que esto explica mucho –Potter lo miró con las mejillas encendidas, asomando una leve sonrisa.

—Todo lo vuelves más complicado, Potter –el rubio rueda los ojos. Harry sonríe y atrapa los labios del rubio nuevamente contra los suyos.

Draco se dice que podría estar toda una vida besando al moreno.

—¿Deberíamos hablar sobre esto? –preguntó Harry separándose del chico mientras se rascaba la cabeza. Sus mejillas seguían encendidas, como si todo lo sucedido lo avergonzara demasiado.

—Definitivamente, Potter, pero no ahora. –Sentencia el Slytherin.

Harry asiente y se quedan en silencio unos segundos. Ninguno estaba muy seguro de que decir a continuación.

Harry había buscado a Draco con intenciones de explicarse por su retraso con alguna burda excusa pero no estaba entre sus planes confesarse ni menos que Draco correspondiese de esa forma.

Ni mucho menos que se besaran.

—Bien, estuve una hora en la biblioteca así que yo me devuelvo a mi sala común –Draco señala uno de los libros para acompañar sus palabras. Harry parece decepcionado pero ocultó rápidamente su expresión.

—¿No te quieres quedar? –preguntó.

—Si hubieras llegado antes… -El rubio se encogió de hombros y le sonrío.

—¿Te irás, entonces? –Preguntó Potter algo perplejo. Draco asintió. —¿Te puedo besar otra vez?

—Le quitas todo el encanto si preguntas –dijo Draco, aunque si era sincero, no le quitaba el encanto a nada.

Ambos vuelven a unir sus labios una vez más y aunque las ganas gritaban por continuar, el sentido común le ordena a Draco que era suficiente, si bien el pasillo estaba desierto tampoco podían abusar de su suerte. Alguien o algo los podía ver.

Draco miró a los orbes esmeraldas una vez más. Se preguntó hace cuánto tiempo éstos habían dejado de mirarlos con antipatía y rechazo.

No lo recordaba, pero atesoró por años en su memoria el recuerdo de los verdes ojos tras esas redondas gafas anticuadas justo después de ese primer beso.

Nunca más volvieron a mirarse con esa hostilidad y casi repugnancia, como lo habían hecho por tanto tiempo.

Hasta doce años después. Cuando todos apuntaba a que ese sería el final de ambos.