Capítulo 12
Bella
Momentos antes de que Eleazar entrara a hablar con su abuelo y me echara a mí del despacho, había ocurrido algo digno de mención.
El conde, como solía hacer de vez en cuando, llamó a la señora Jessica para que una de las muchachas del servicio acudiera al despacho a darle placer.
Al principio me pareció muy extraño que el resto de compañeras se diera tortas por acudir a ver al anciano conde. Luego entendí por qué. Como ya me había comentado mi amiga Alice, Charlie Denali era un gran amante del sexo y perfecto conocedor del cuerpo femenino. Sabía cómo dar placer a una mujer para obtenerlo él en mayor medida. Siempre les enseñó a su hijo y a sus nietos - aunque éstos hacían caso omiso de su consejo - que si de verdad querían gozar con cualquier fémina, lo primero que debían conseguir es que ella se entregara sin medida. Y para ello era necesario un tiempo de dedicación previa al acto sexual en sí.
Charlie sabía que las caricias y la estimulación de ciertas partes del cuerpo de la mujer lograban que se convirtieran en bestias salvajes dispuestas a dar a un hombre lo mejor de sí mismas.
En aquella ocasión preguntó explícitamente por mí. No por Bella como tal, sino por la chica nueva que había entrado a servir. Así que, no sin cierto nerviosismo, acudí a las estancias donde solía trabajar el conde.
Creo que se sorprendió al verme, quizás esperaba otra cosa, pero entornó los ojos y me evaluó con la mirada de forma serena. Luego asintió, y me dio a entender que le gustaba lo que estaba viendo. Yo no sabía cómo comportarme. Lo había preguntado con anterioridad pero, entre risitas, cada una de las chicas desapareció, dejando que me enfrentara yo sola a los designios del señor Denali.
Después de examinarme de cerca con la vista, comenzó a palpar con las manos. Me rozó la cara con dulzura, como si fuera una niña pequeña a quien se le hace una caricia. Me miró a los ojos directamente, a lo que yo respondí bajando la mirada y subiendo los colores, de forma involuntaria, a mis mejillas.
- Mírame – susurró.
Lo hice y me tropecé directamente con sus ojos del color de la miel, sabios por los años y plenos de vitalidad. Yo tengo la teoría de que si miras a determinadas personas directamente a los ojos y sabes leerlos, encuentras en ellos la verdadera esencia de su ser. Cierto es que no todo el mundo tiene la capacidad o la intuición para leer de esa forma el iris, pero yo, entonces sí que me creía capaz; lo había hecho muchas veces y muy pocas me equivocaba.
Por otra parte, algunas personas son incapaces de mostrar su yo más auténtico porque su vida está compuesta por capas y capas de falsedad, colocadas sobre sí mismos y, al final, esas capas también recubren la mirada.
Casi con total seguridad Charlie no era de esas personas. En tan solo unos segundos, eternos a decir verdad, que cruzamos miradas, pude leer su esencia. Vi que era un hombre con una gran fuerza de espíritu; también pude leer la comprensión y la bondad en su mirada.
Por lo que me habían hablado de él desde que llegué a la casa, me lo imaginaba un viejo promiscuo, avaro y autoritario, totalmente desprovisto de humanidad. Pero lo que me encontré fue algo muy diferente que me alivió y me hizo sentir mejor.
En ese momento en el que nuestras miradas se cruzaron noté una conexión especial con el conde, algo etéreo, muy difícil de explicar, pero que él también percibió.
- Hermosos ojos Bella.
- Gracias señor, los que Dios me dio.
- Dios y seguramente tus padres.
- También – dije bajando la vista en un gesto de falsa modestia.
Sabía que mis ojos color chocolate eran llamativos. No obstante, pronto se cansó de ellos y decidió que mi cuerpo también tenía otros encantos. Me desabrochó con parsimonia los botones de la camisa y cuando se vio el canal de separación entre pecho y pecho, pasó un dedo entre ellos, sin ansia, con lentitud.
Lo pensó mejor y me pidió que me soltase el pelo. A la servidumbre se nos obligaba a recogernos el cabello, algo que resultaba útil a la hora de hacer las tareas domésticas, pero que impedía lucir en toda su extensión la belleza de un pelo bonito.
Me solté el moño despacio y mi cabello cayó como una cascada sobre mis hombros y pechos níveos. Pude percibir su entusiasmo; de hecho, se le escapó una mirada de asombro. Sus manos corrieron a tocarlo, lo que hizo durante un rato con gran delicadeza.
- Realmente Bella, eres todo un capricho de pelo rojizo, la esencia de la belleza más absoluta se ha encarnado en tu cuerpo.
Esta vez sí que me sentí realmente halagada; se notaba que lo decía con total sinceridad. También me gustaba que supiera mi nombre de antemano, sin tener que preguntármelo; gesto que indicaba que trataba a sus sirvientes como personas, no como objetos.
Después de que sus dedos juguetearan un rato con mi cabello, y tras olerlo con detenimiento, Charlie Denali volvió a mi escote. Abrió del todo la camisa y sacó mis tetas de su cárcel de tela. Las palpó, sopesó, acarició y lamió; todo ello con una parsimonia que tan solo podía haber sido adquirida por la edad.
Succionó de mis pezones con fuerza, de una forma constante. Se me pusieron duros como piedras y eléctricos como se me ponían con Edward. Empecé a mojarme.
Jamás hubiera sido capaz de imaginarme que podría excitarme con un hombre de su edad; pero el conde era diferente, un ser atemporal, apuesto a pesar de sus años y con una personalidad atrayente que sugería la inmersión en mundos de placer desconocidos.
Sencillamente me abandoné y le dejé hacer; ¿qué otra cosa podía hacer?
Mientras me chupaba los pezones, una de sus manos se colaba bajo mi falda y comprobaba con deleite la humedad de mi entrepierna. Abandonó los pechos y me hizo tenderme boca arriba en su gran mesa del despacho. Él se sentó en el sillón, como si yo fuera uno más de los asuntos pendientes que debía atender aquella mañana. Me levantó la falda del vestido y, retirando con suavidad mi ropa interior, acercó la silla a la mesa y su boca a mi vulva y comenzó su banquete.
La fama de Conde del Placer no se le quedaba en absoluto corta. Comenzó a lamerme y besarme la cara interior de los muslos, acercándose poco a poco al lugar neurálgico. Yo, a esas alturas, ya ansiaba directamente una buena polla dura dentro y fuera, dentro y fuera, pero la cosa parecía que se iba a alargar bastante más.
Deslizó la lengua por diversos puntos de mis carnes abiertas, como investigando en qué lugar mi cuerpo reaccionaba de esta o de otra manera. Introdujo su lengua dentro de mí y vi como tragaba, me bebía. Besó los labios inferiores como si fueran los de la cara. Poco a poco fue palpando y lamiendo. Así fue como encontró un punto exacto que ni yo misma sabía que existía. Mi cuerpo dio un respingo y su lengua maestra se quedó allí. Incisiva, pasaba una y otra vez, aplicando cada vez más presión sobre mi clítoris. Cuando me vio jadear decidió poner más carne en el asador y aplicar caricias y fricciones también con sus propios labios, además de con la lengua.
Me iba a volver loca. Sabía que no estaría bien gritar allí, pero juraría que de un placer tan intenso, tan contenido, nadie podía salir vivo si callaba. Estaba a las puertas de la explosión interna de calor y humedad a la que todavía no había terminado de acostumbrarme y que no sabía, ni quería, controlar.
Fue cuando decidió introducirme un par de dedos, y moverlos con parsimonia pero aplicando presión interna. Me iba. Subió la intensidad y la velocidad de la libación, así como el movimiento de los dedos dentro de mí.
Luego me dio ese calor hirviente que precedía al escalofrío interno. Mi averno se apretó para, acto seguido, explotar en convulsiones de un placer intensísimo que me estaba impidiendo respirar. Jadeé y, para no gritar, me mordí el lateral de la mano hasta hacerme daño. Mis caderas daban saltos sobre la madera dura de la mesa, pero él seguía lamiendo con una sonrisa en la boca.
Creía estar en lo más alto de la curva de mi orgasmo, pero me equivocaba; él seguía libándome cada vez más intensamente, me recorría ese escalofrío eléctrico desde los pezones a los dedos de los pies. Así estuve, derritiéndome en mi propio placer durante un momento eterno.
Hasta que no me vio realmente agotada no cejó en su empeño. Yo no sabía que fuera posible mantener ese estado tanto tiempo, pero él, con su experiencia me demostró que sí lo era.
Dejó que la respiración se suavizara en mi pecho y cuando le miré a la cara llevaba colgada una sonrisa de satisfacción por su proeza. Yo me sentía realmente satisfecha, pero sobre todo, el sentimiento que me inundaba de veras, era el del más profundo agradecimiento. En ese momento estaba dispuesta a hacer todo lo que me pidiera y esperaba estar a la altura del placer obtenido.
Casi con lágrimas en los ojos le dije con la mirada que podía hacer conmigo lo que quisiera, todo lo que él quisiera. Me indicó mediante un sutil gesto que me arrodillara ante él y se la chupara.
Quería hacerlo lo mejor posible, pero cierto era que mi experiencia en el tema aún era escasa. No tenía muy claro si a los hombres les gustaba despacio o rápido, sólo la punta o entera.
Decidí que él mismo me indicaría cómo le satisfacía más y me puse a la faena. Como él había empezado conmigo despacio, decidí hacer lo mismo. Cuando abrí los botones de su pantalón un bulto impresionante, más de lo que yo jamás hubiera podido imaginar en alguien de su edad, quedó a la vista.
Tenía el nabo más duro que el acero, y tan suave como el de un muchacho. Su cabeza rosácea me saludaba guiñándome su único ojo ciego, como invitándome a succionar sin piedad.
La masajeé lentamente mientras notaba el pulso de la sangre en la vena que la recorría. Lamí el glande con la lengua blanda, rodeándolo. Salió una gotita que saló el manjar y me la introduje entera en la boca. La abracé con mis labios y fui subiendo y bajando mientras la acariciaba con la lengua.
Él me cogió la cabeza y retirándome el pelo de la cara me indicó que le mirara, igual que Edward. También me hizo una presión leve para que bajara lo máximo posible y en mi intención de hacer de este acto único, me la metí entera en la boca. Era demasiado larga y en un par de ocasiones tuve que luchar para no dar arcadas, pero vi que en su cara se reflejaba el gusto que le estaba proporcionando y seguí. Soltó un pequeño gemido. Lo estaba haciendo bien y me sentí orgullosa de mi misma.
Le puse aún más intención y subí la velocidad. Sabía que a Edward le gustaba que fuera cada vez más deprisa, así que hice lo mismo con el viejo. Y efectivamente, funcionó. Se le puso aún más dura y notaba la vena latiendo en mis labios.
Fue el momento en el que entró su nieto Eleazar. Me pidió que me volviera a poner en la mesa, esta vez boca abajo, para penetrarme desde atrás. Al subirme la falda se detuvo, se quedó paralizado por lo que estaba hablando el condesito. Me rozó con delicadeza la nalga, justo donde tengo la mancha del antojo, sin duda le gustó, y me pidió que me marchara.
Me sentí un tanto decepcionada y triste, pues no fui capaz de hacerle estallar de placer como él había hecho conmigo. Pero tampoco había sido culpa mía que el nieto impertinente entrara en el momento preciso.
