Capítulo 13

Bella

Una notita de papel, escrita con letra como infantil, por una mano poco acostumbrada a escribir, apareció sobre mi cama junto a una Jane blanca. No me cabía duda de quién era. Me citaba al amanecer del día siguiente, día de descanso para parte del personal – entre el cual me incluía - en el árbol gigante, situado a unos metros en el jardín de la parte de atrás.

Me puse contenta. Me apetecía ver a Edward, hablar con él, besarle, retozar con su cuerpo, meter mis dedos por los caracoles de su delicioso pelo. Olí la Jane con anhelo y la deslicé por mi rostro, el cuello y el escote, imaginando que eran los labios de Edward. Ya le había perdonado por yacer con las condesitas, seguramente no fue idea suya.

Junto al árbol esperé ansiosa. El sol no se había hecho visible todavía y las nubes tomaban un color rosáceo y mágico muy acorde a cómo llevaba yo el ánimo.

Llegó al trote, a lomos de Vampiro, con la camisa medio abierta y sus rizos bailando con el viento. La musculatura de sus brazos se tensaba a cada paso del caballo. Era tan sumamente atractivo que aún me parecía increíble que mostrara algún interés por mí, pudiendo tener rendida a sus pies a cualquier mujer.

Al verme sonrió, mostrándome los dientes como una media luna y se me esponjó un poco más el corazón. Me ponía nerviosa cada vez que lo veía y su proximidad seguía erizándome la piel.

Detuvo al animal junto a mí y éste cabeceó mientras relinchaba cerca de mi cara. Pude sentir su aliento cálido y el olor agradable del pelo de la bestia. Todavía sonriendo, sin bajarse del caballo, Edward me tendió la mano invitándome a subir. Titubeé, todavía recordaba el carácter del semental.

- Vamos, sube, no pasa nada, me ha prometido que se portará bien – y sonrió con los ojos.

Me gustaba que me sonriera con los ojos, al hacerlo se le achinaban y unas leves arruguillas los rodeaban, dándome siempre una sensación de honestidad y protección que no conseguía con su amplia sonrisa de dientes.

Su tono de voz sonó tranquilizador y confié plenamente en él. Como si quería llevarme a las mismísimas puertas del infierno, con él hubiera ido gustosa a cualquier parte. Me agarró con fuerza del antebrazo y con un tirón fuerte me ayudó a subir al lomo de Vampiro, colocándome delante de él.

- Te voy a llevar a un sitio digno de tu belleza – me susurró al oído con su voz grave y me estremecí.

Me besó en la nuca, pasó sus enormes brazos por delante de mí y me llevó hacia él. Su pecho se pegó a mi espalda y en esa postura arreó al caballo, que comenzó a trotar con alegría.

Después de un rato trotando, mi miedo a una posible caída había desaparecido por completo y mi cuerpo se relajó. Tanto Edward como el caballo debieron notarlo. El muchacho espoleó al animal y salimos al galope por medio del bosque.

El día era espléndido, el sol recién nacido se dejaba ver como estelas luminosas entre el follaje boscoso. El silencio del bosque era un silencio fingido. Animales y árboles construían un bullicio sigiloso, el sonido crepitante de la naturaleza.

El rocío bañaba todavía algunas flores y olía a tierra húmeda. Debido a la celeridad del caballo, la brisa me refrescaba la cara y me hizo sentir más viva que nunca. Los cascos del caballo apenas rozaban el suelo selvoso con un eco sordo y constante, agradable, que ponía música al paseo. Descubrí que la velocidad me atraía y supe que le cogería adicción.

La piel de Vampiro se fue calentando bajo mis muslos, debido al esfuerzo físico, y lo percibí como si me fundiera con él, como si sus movimientos fueran los suyos. También se fundió mi espalda con el pecho de Edward; podía notar su corazón latiendo al unísono con el mío, su emoción junto a la mía.

Había colocado su cara en mi hombro y mi pelo suelto le acariciaba el rostro. Sabía que le gustaba el color de mi cabello y por eso me acicalé y perfumé especialmente para él.

Me sentía segura, no obstante, sus brazos me atrajeron aún más hacia su cuerpo y su pubis. Noté la brutal erección que acariciaba mis nalgas al compás del movimiento. Me acaloré de deseo y me apreté más contra él.

Obligó al caballo a bajar la velocidad hasta que lo puso al paso. Deslizó una mano por debajo de mi falda y me acarició el muslo con mano firme, despacio, recreándose. Continuó desplazándola por la cara interior sin llegar a tocarme donde yo quería que me tocara. Me estaba mojando mucho. Hubiera querido parar y allí mismo, el en suelo del bosque, haberle hecho el amor con desesperación.

Pero él había pensado otra cosa, o quizás no, pero no detuvo el caballo. Mis pechos bailaban al compás del paso del animal, de arriba a abajo. Me encantaba el movimiento de mis tetas, me encendía y desee dejarlas al aire. Edward desplazó la mano hacia una de ellas y con gran maestría me desabrochó la camisa. Palpó una y luego la otra. Las apretó, las sopesó, me pellizcó los pezones y yo quería morirme, ardiendo de deseo por él.

Detuvo al caballo y sobre él, me agarró las tetas con ambas manos en una caricia eterna mientras me susurraba al oído:

- Te deseo en este preciso instante, te deseo tanto que me va a estallar el corazón.

Creo que lo que realmente le iba a estallar era otra cosa que notaba dura y palpitante contra mi culo. Me mordió el cuello y, bocado tras bocado, cada vez más intensos, fue desplazando sus dientes hasta mi hombro.

Me encantaba que me besara, pero si me mordía, y sobre todo si lo hacía fuerte, el dolor se transformaba en un placer intenso que no sabía, ni quería, manejar.

- Muerde Edward – le dije – muérdeme más fuerte – y me moví sinuosa, ofreciéndole mi piel blanca para que la marcara con sus dientes.

El pubis me iba a reventar, ansiaba su polla saliendo y entrando de mí, pero como siempre, me hacía esperar tanto que mi cuerpo tomaba una temperatura extrema, que no me permitía apenas respirar.

Volvió a hablarme al oído tan cerca que sentí su aliento cálido en el interior de mi oreja:

- Voy a hacerte mía, te voy a hacer gozar tanto que jamás querrás separarte de mi lado - lo dijo con esa seguridad propia de los hombres exitosos y, de tal forma, que me pareció que recitaba un conjuro con el que ataba su vida a la mía para siempre.

Me empujó la espalda hacia abajo, casi tumbándome sobre el lomo del animal, de forma que tuve que agarrarme a las riendas. Con manos rápidas levantó la parte trasera de mi falda e hizo a un lado las bragas, desgarrándolas un poco. Sentí la brisa fresca justo ahí.

Para entonces, él ya tenía desabrochados su calzones y su miembro duro estaba preparado para embestirme y yo para acogerlo gustosa. Agarrándome de las caderas me atrajo hacia él mientras me penetraba. Solo alcancé a pronunciar un oh que extraje de lo más profundo de mi ser.

Se quedó así, quieto, sin moverse, hasta que cogiendo de nuevo las riendas espoleó a Vampiro para que comenzara un trote juguetón y delicioso.

Ni Edward ni yo nos movimos, no era necesario, el traqueteo de caballo nos transportaba a una intimidad única y a un goce máximo. Era como si estuviésemos unidos para siempre; cosidos de pubis, mente y corazón.

Ambos llegamos al éxtasis al unísono. Con mi carne convulsa di cobijo a su delirio de leche; y, a suspiros, me tragué el bosque entero.

Hechizada, esperé a que Edward saliera de mí. Sin esperarlo, me agarró de la cintura y, obligándome a volver la cabeza en un giro imposible, me dio un beso tan profundo que tuve que obligarme a volver, tras encontrarme perdida.

En ese preciso instante, Vampiro cogió una senda apenas perceptible entre la maleza. Se escuchaba el sonido del agua como una risa infantil y al poco llegamos a un claro repleto de hierba baja y diminutas flores amarillas. El riachuelo remansaba en el centro del claro convirtiéndose en una piscina natural de aguas transparentes.

Sobre la alfombra de vegetación detuvo al caballo. Primero se bajó él para cogerme entre sus brazos y volver a besarme en la boca. Después de juguetear con mi labio inferior, aún en volandas, me miró profundamente y me preguntó:

- Bueno ¿qué te parece?

- Es hermosísimo, parece el Eden.

- No tan hermoso como tú Bella. Será nuestro paraíso en la tierra.

Le toqué el pelo con ambas manos deleitándome en sus rizos suaves y definidos. Sujetándole la cabeza le acaricié el cielo de la boca con mi lengua. Al mirarle a los ojos descubrí que mis besos también le entumecían el pensamiento, como me sucedía a mí con los suyos. Le sonreí con la mirada, totalmente enamorada.

Ninguno de los dos había desayunado. De hecho, ése era el plan, desayunar en el bosque al abrigo de la fortaleza de árboles que nos rodeaba. Tan solo había un árbol, no muy grande, en el claro, junto a la poza del río y ése fue el lugar elegido.

Entre sol y sombra desplegamos una tela grande, a modo de mantel, donde dispusimos toda la comida que Edward había traído. Con sus artimañas de embaucador consiguió que en la cocina le dieran de una gran cantidad de alimentos. De hecho, me asombré de todo lo que cabía en las pequeñas alforjas que colgaban del caballo.

Sacó media hogaza de pan que, por su olor, debía estar hecho esa misma madrugada; un tarro de miel y otro de mermelada de fresa. Cuajada de leche de cabra, queso fresco y una cestilla de mimbre repleta de cerezas de color púrpura.

- ¿De qué te ríes?

- Ja ja ja – exclamé divertida – de todo lo que has traído, como si fuéramos a pasar una semana aquí.

- ¿Y no te gustaría?

- Nada me gustaría más.

- ¿Empezamos?, tengo un hambre atroz.

- Saciada el ansia ahora hay que saciar el estómago – y volví a reírme de mi propia ocurrencia.

Me sentía feliz probando aquellos manjares y conversando con Edward de forma tan natural y distendida. Como si nos conociéramos desde niños, como si llevásemos toda una vida juntos.

Me habló de sus padres y hermanos, de cómo les ayudaba a subsistir con su sueldo en el castillo. De la intención de su madre de que su hermana pequeña entrara a servir con él y de su rotunda negativa. De sus aspiraciones como criador de caballos; de sus sueños.

Yo también le hablé de mi madre y mis hermanos, del miedo que tuve al principio de dejarlos y de lo rara que me sentía de extrañarlos tan poco. Pero al decir aquello, los ojos se me llenaron de lágrimas. Fue porque pensé que igual que yo no los echaba de menos demasiado, a lo mejor ellos ya se habían olvidado de mí.

Me arrebató la lágrima con un dedo y, al igual que minutos antes había hecho con la miel, se la llevó a la boca. Me guiñó el ojo y me estremecí. Nos dimos un beso largo y profundo que hinchió nuestros corazones y los ató más fuerte. Aquello no era un capricho de juventud, era un amor intenso, mi primer amor y ojalá fuera el único.

Comimos tanto que nos entró un delicioso sopor. Nos tumbamos y seguimos conversando uno frente al otro, nariz con nariz. Sin quererlo, y sin evitarlo, ambos nos quedamos dormidos. Un rayo de sol que se filtraba por entre el follaje iluminó mi sueño, sacándome de él por un momento. Abrí los ojos y mirando a Edward, que aún dormía, no pude sino dar gracias por semejante regalo. Me acurruqué con él y, acompasado mi respiración a la suya volví a caer en los brazos de Morfeo.

Pero todavía este muchacho me tenía reservada alguna que otra sorpresa. Volví a despertarme, esta vez no fue el sol, sino una oleada de placer sosegado que partía de las caricias que Edward, muy laboriosamente, me hacía con la lengua en el pubis.

Era realmente impresionante la cantidad de matices del placer que Edward era capaz de arrancarme. En mi duermevela dejé que siguiera con sus caricias íntimas hasta que el corazón se me desbocó y la sangre se me envenenó de ansia de él. Le aparté de mí y le arranqué los calzones. Para entonces su polla era como un calabacín fresco, enhiesta y dura, terriblemente apetecible.

Me coloqué al revés sobre él, de rodillas; de forma que él quedó acostado bocarriba con la cabeza entre mis piernas y yo, desde esa postura, pude introducir todo su miembro en mi boca y chuparlo a placer, de arriba a abajo, mientras él seguía paladeándome con labios y lengua.

Me gustaba, me gustaba muchísimo y sabía que a él también. Cada vez que su lengua recorría mi clítoris, una descarga de energía placentera circulaba por mi piel hasta instalarse en mis pezones y electrificarlos. Cuanto más me excitaba, más ganas de succionarle la verga me entraban y más rápido lo hacía; de tal forma que él iba soltado gemidos cálidos que yo sentía en el chocho y así el círculo vicioso se iba acelerando. Cada vez más excitados, nos comimos el uno al otro sin educación ni decoro. Pusimos en el plato manos, lengua y ruido.

Nuestras energías se fundieron tomando fuerza. La polla de Edward se estaba poniendo tan dura que las venas se le marcaron de arriba a abajo. La mera idea de que me estallara en la boca me desquició; yo misma iba a explotarle a él en la cara.

Y así fue como mis convulsiones internas se tradujeron en las suyas externas. Mientras él paladeaba todo el placer que yo iba destilando, a mí se me llenaba la boca de su más íntima viscosidad, que tragaba y tragaba sin apenas dar abasto. Nos bebimos a sorbos de gozo, el uno al otro, sin tregua, sin descanso. Nos sorbimos el amor que nos sobraba para volver a reciclarlo en nuestros corazones.

Caímos rendidos el uno junto al otro. A veces creía que los excesos de temperatura a los que mi cuerpo se veía sometido por causa de Edward no podían ser beneficiosos. Pero después me decía que mi cuerpo era fuerte y saludable y que podía aguantar tantos encuentros con Edward como el suyo aguantara con el mío.

El sonido del arroyo me llegó por primera vez como canto de sirena. El sol se reflejaba en el remanso incitándome a remojar mi cuerpo hirviente y sudado. Sin pensarlo demasiado me deshice de mi ropa y me sumergí en las aguas frías y transparentes del riachuelo en calma. Como miles de aguijones, el helor se clavó en mi carne produciendo un dolor momentáneo, hasta que la sangre se me fue acomodando a la temperatura del agua.

Introducir la cabeza en el líquido elemento me despejó la mente y me sentí en armonía con el bosque. Me encontraba plena de vitalidad, con una energía arrolladora y una felicidad extremas. Sonreía para mis adentros agradeciéndole a la vida que me otorgara placeres tan exquisitos como los que me estaba brindando aquel día.

Edward, que me había estado observando desde su cómoda posición en la sombra, no pudo negarse a mi invitación al baño. Se quitó él también la ropa, dejado que la luz del sol bañara su cuerpo desnudo, espléndido; para sumergirlo un instante después en el remanso del río.

Jugueteamos un rato en el arroyo como chiquillos, nos besamos, nos tocamos y nos abrazamos piel con piel, bajo la caricia del agua. Reí a carcajadas como jamás lo había hecho antes. Él también me regaló su risa de campanario de iglesia de aldea.

Nos perdimos el uno en la mirada del otro, como si no hubiera más instante que aquel. Creo que él se sentía tan feliz como yo misma. Fuimos tan solo uno ese día.