Capítulo 14
Tan importante era el atuendo que las gemelas lucirían el día de su diecinueve cumpleaños, y tal la cantidad que deberían desembolsar a la familia Cullen por la confección del mismo, que uno de los comerciantes se desplazó al mismo castillo con todo un séquito de modistas con la pechera repleta de agujas.
Sobre los cuerpos esbeltos de las hermanas debían dar los últimos retoques a los vestidos rojos. Ellas estaban locas de excitación, al punto de impacientarse por su tardanza, cuando en realidad no se demoraron más que unas pocas horas después del alba.
La señora Jessica instaló al pintoresco grupo de escultores de telas en la antesala del dormitorio de las hermanas. Era una estancia amplia y luminosa, repleta de espejos y de grandes ventanales que daban al jardín principal del palacete.
Tanya y Kate salieron de sus aposentos con parsimonia y en camisón, desperezándose, como si acabaran de interrumpir de forma molesta su sueño. Si bien, el ligero toque de colorete de las mejillas y el arreglo del pelo delataba que en absoluto acababan de levantarse.
Carlisle Cullen se levantó de un salto en cuanto las vio aparecer, se colocó su falsa sonrisa de dientes apretados y sus ademanes de experimentado adulador de señoritas de alta sociedad.
- Mis queridas damas, qué placer verlas de nuevo – dijo en su tono pedante.
- Señor Cullen – contestó Kate mientras se asomaba a la ventana, sin ni siquiera mirarle – han llegado ustedes demasiado temprano, ya sabe que en la nobleza tenemos por costumbre levantarnos tarde ¿cómo cree que se conserva la perfección de nuestros rostros?
- Sus rostros ya son perfectos sin necesidad de conservarlos en largo sueño mi querida… - dudó de quién era la que hablaba –… señorita Denali. Pensé que el ansia por ver sus vestidos las habría levantado hoy algo más temprano. No obstante, si lo prefieren podemos marcharnos y volver más tarde.
- Oh, no, no es necesario – dijo Kate mirándole por encima del hombro – el daño ya está hecho – ya recuperaremos el sueño en la siesta, a ver esos vestidos.
De los baúles que cargaban un par de lacayos, Carlisle extrajo con suma delicadeza, como si fueran frágiles niños enfermos, los dos vestidos rojos y los colocó en un maniquí de medio cuerpo que había situado previamente en un lugar estratégico. Descorrió petulante una de las cortinas y la luz matutina impactó en la tela, desprendiendo irisaciones de fuego que impactaron a las muchachas. Félix las miró satisfecho, aun sabiendo que esconderían su sorpresa bajo su desdén habitual de señoritas regaladas.
Tanya no pudo evitar acercarse ansiosa al atuendo para verlo de cerca. Kate en cambio, más calculadora, se demoró un poco.
- Señor Cullen – dijo Tanya con los ojos repletos de ilusión – es perfecto.
- Casi perfecto, te recuerdo hermanita que todavía debemos probárnoslo.
- Ansioso estoy de ver cómo estos atuendos resaltan su espectacular belleza – dijo Carlisle midiendo cada una de sus palabras.
Sin pudor, las gemelas se desprendieron casi al unísono de sus camisones y dejaron al aire su absoluta desnudez. Con la ayuda de sus doncellas se colocaron el vestido y, en vez de mirarse al espejo, se miraron con curiosidad la una a la otra y se sonrieron con la mirada. Fue un gesto que a todos pasó desapercibido, pero con el que ellas se transmitieron mucha información.
Concretamente se dijeron que les quedaban fantásticos, que lucirían las más hermosas de la fiesta y que más de un galán caería en sus garras esa noche. También se informaron de que aún debían hacerse algunos pequeños retoques para hacerlos más sofisticados y quizás entallarlos algo más. Y en ese mismo instante decidieron ponérselo un poco más difícil al servil comerciante.
- Creo que tiene razón mi hermana – comenzó Tanya – una vez puesto no se ve tan perfecto.
- Sabe que no hay ningún problema – hubiera querido enfatizar su frase con el nombre de su interlocutora, pero seguía sin saber quién era quién - cualquier modificación que deseen hacer se hará para que quede a la altura de la perfección de sus cuerpos.
- Oh Carlisle, basta ya de adulaciones, se nos atraganta tanta falsa palabra.
- No decía sino la verdad, señorita, usted disculpe. – Una sombra oscura cruzó por el rostro del comerciante. Era tan solo el atisbo de tragar, una vez más, con la humillación sin poder devolverla.
- Sí, sí – Tanya hizo un ademán con la mano diciendo que dejara de hablar – por lo pronto creo que toda la pedrería del escote debería ser un poco más tupida, no vamos ahora a venir con estrecheces.
- Y sin duda un entallado más acorde con la realidad, cualquiera diría que no sabe usted tomar medidas, ¿Acaso lo distrajo algo la última vez? - Dijo Kate con tono insolente.
Tanya se acercó al oído del comerciante y le susurró con gran descaro, procurando sonar lo más soez posible pero que sólo lo escuchara él:
- Ya nos ha chupado bastante el culo por hoy señor Cullen, no se marche hoy sin chuparnos el coño – y le guiñó el ojo.
Finalmente se hicieron uno y mil cambios en los vestidos para dejarlos al gusto de las hermanas. Con cada una de sus impertinencias Carlisle Cullen se repetía mentalmente la cuantiosa suma que cobraría por esos pedazos de tela y se infundía ánimos para continuar la jornada.
Una vez finalizada la sesión con sus vestidos, sacó del baúl el atuendo confeccionado con la tela verde que consiguieron vender a las muchachas y que en principio iba a ser para la criada del pelo rojo. Consciente de la belleza de la tela y de la propia muchacha, había dado órdenes a las modistas de elaborar un vestido sencillo, sin muchos abalorios.
Le pareció apropiado cerrar las cortinas para que no entrara directamente la luz del sol e incidiera en la tela, pues sabía que ése sería un motivo para que ambas prefirieran ese vestido a los suyos. Las hermanas se iban a retirar cuando el señor Cullen les recordó la existencia de ese otro atuendo.
- Ah, sí – apuntó con desdén Kate - lo habíamos olvidado, el regalito para Eleazar ¿recuerdas Tanya?
- ¿Para Eleazar? – hizo una mueca de extrañeza.
- La putita para Elearcito.
- Ah, sí, qué pereza ¿No? Venga, que busquen a esa criada, ni siquiera sé cómo se llama.
Una de las doncellas de cámara corrió por los pasillos alertando de la búsqueda de Bella, sabiendo de las desastrosas consecuencias si las condesas se impacientaban.
Pronto apareció por la puerta una Bella agitada, despeinada y con la cara tiznada. Llevaba ya varias horas deshollinando una de las habitaciones que había estado años sin limpiarse.
Una vez que se probó el vestido, que a criterio del señor Cullen le quedaba perfecto; para las gemelas todo fueron pegas. Ordenaron a las modistas que eliminaran las cuatro perlas que lucía el vestido, dejando la tela totalmente lisa.
- ¿Quién nos mandaría a nosotras meternos en este berenjenal? – apuntó Tanya.
- Vamos, será divertido, me muero de ganas por ver la cara que pone el niñato cuando le presentemos a esta moza.
- Sabes que no le hará caso, más nos valdría vestirla de hombre.
- Lo haremos delante de alguien, se verá obligado a follársela para no decepcionarlo, ya verás, nos reiremos un rato.
- Que sí, lo que tú digas, pero sin corsé, mira las tetas que tiene, a ver si ahora va a lucirse más que nosotras.
Dirigiéndose a la modista dijo:
- Ajústeselo tanto al cuerpo que no pueda colocarse nada debajo - y tú, como te llames, ni se te ocurra colocarte corsé o ya te puedes olvidar de seguir trabajando en esta casa.
Bella asintió sumisa, cuanto antes terminara aquella farsa mejor.
