Capítulo 15

A dos días de la fiesta ya estaba prácticamente todo preparado. Las diversas estancias del castillo lucían espléndidas, limpias, repletas de luz y con flores frescas en todas las mesas.

La ropa de cama de todas las habitaciones había sido cambiada a la espera de los invitados. Las botellas de licor se habían rellenado y en la despensa se almacenaba una ingente cantidad de alimentos, para dar de comer a todo un regimiento después de la batalla, pero que sería consumido por personajes de alta cuna de todo el condado.

Las cuadras, también limpias, se encontraban con heno nuevo para dar cabida a las bestias de los huéspedes; y los jardines se habían arreglado a conciencia, de forma que no se veía ni una flor seca ni una hoja fuera de su lugar.

Parecía que el sol iluminaba tan solo la mansión y sus jardines, como si fuera un foco dirigido especialmente a exaltar la magnificencia del castillo del conde de Denali.

Los primeros invitados fueron llegando de todas partes del condado y alojándose en el ala de la mansión reservada a ello. A todos se les recibía con los máximos honores dispensados por el propio anfitrión de la casa, Charlie Denali, por sus hijos y por sus nietos.

Las que más interés ponían eran, como era de esperar, Kate y Tanya, quienes iban evaluando la carne fresca a medida que se iba instalando.

Se mostraban desdeñosas y muy falsas, aunque educadas, con las mujeres; ya fueran hijas o esposas de los invitados. Les molestaba especialmente la ristra de muchachitas jóvenes, guapas y bien arregladas que sus padres traían para mostrar en sociedad a la caza de un buen marido. La mayoría de ellas no superaba en belleza y dotes amatorias a las gemelas, pero llevaban bajo las faldas la promesa de grandes fortunas familiares y títulos nobiliarios muy jugosos.

No es que ellas dos buscaran esposo, de hecho habían hecho el pacto tácito de quedarse solteras para no verse obligadas a separarse entre ellas. Algo que ni su padre ni el abuelo hubiera aceptado de buen grado de haberlo sabido.

El conde Denali sí tenía intención de lograr un fructífero acuerdo que dejara en buena posición a sus nietas y las alejara de allí cuanto antes. No le eran rentables ni productivas en ningún aspecto, es más, llegaban a ser cargantes e irrespetuosas, además del origen de conflictos en ya demasiadas ocasiones.

Aún eran jóvenes y lo mejor que podía salir del jolgorio que habían montado era que algún incauto se rindiera a los encantos de alguna de sus nietas, porque iba a ser demasiada suerte colocarlas a las dos de una sola fiesta. Barata le saldría al final si así fuera.

El mismo conde se encargó de invitar personalmente a todos los varones nobles o acaudalados, de apellido u hombres de negocios, solteros y más o menos jóvenes; todos ellos candidatos ideales para un buen acuerdo matrimonial con alguna de sus nietas.

Con estos huéspedes, que el abuelo veía parte de un negocio, las gemelas sí se mostraban melosas y extremadamente simpáticas. Aunque ellas los veían tan solo como una nueva fuente de diversión con la que pasar un buen rato. Sabían que la gran mayoría pasaría por su cama en cuanto ellas lo decidieran y ninguno osaría decirles que no.

Para ellas eran todos carnaza, ovejas de un mismo rebaño, unas con mejor lana que otras, pero no distaban mucho los unos de los otros.

Hasta que llegó él. Un invitado desconocido, joven y apuesto, que captó todo su interés. Se trasladó hasta allí en un hermoso corcel marrón, de pura raza española, tan perfecto como su jinete.

Vestía de forma elegante y distinguida, como a la moda de otro lugar y su cuerpo atlético y robusto les pareció a las hermanas de los más varonil.

Fue recibido con grandes agasajos por el abuelo, quien le estrechó la mano con afecto y les presentó, como hacía con todos los invitados, a sus hijos y nietos. Cuando besó la mano de las muchachas, primero de Tanya y después de Kate, hizo una ligera presión con los dedos, como queriendo transmitirles un mensaje privado. Sus ojos eran de un negro, que resaltaba sobre la piel morena de su cara y sobre las pestañas negras y tupidas.

Su rostro era prácticamente perfecto, de facciones marcadas y líneas rectas. Excepto su boca, cuyos labios carnosos prometían bellas palabras susurradas al oído y maravillosas utopías amatorias.

Kate y Tanya se miraron de reojo y entornaron los ojillos, satisfechas con el gran descubrimiento. La caza comenzaba esa misma tarde.

- Mi querido amigo y gran hombre de negocios Jacob Black – exclamó Eleazar al saludarlo con un afecto que en nada parecía fingido – que grata sorpresa contar con tu presencia, creía que volvías a Italia.

Se dieron la mano con fuerza y se fundieron en un abrazo varonil, de esos con palmadas en la espalda cuyas vibraciones llegan al corazón. Después el invitado contestó:

- Me disponía a volver cuando recibí la invitación de tu abuelo – su deslumbrante sonrisa de dientes perfectos dejó sin habla a los allí presentes, con la cabeza hizo un gesto de agradecimiento a Charlie – por nada del mundo me perdería un acontecimiento de esta envergadura, Italia no se va a mover, estas oportunidades surgen menos de lo que nos gustaría. Vengo dispuesto a gozar de la presencia de tu familia todo lo que se me permita.

Al decir esto miró, sin eliminar la sonrisa de su rostro, a Kate y a Tanya, a quienes les cabrioleó un poquito el corazón y se les humedeció la entrepierna.

- Bueno – dijo Eleazar - espero que además de para mi adorada familia tengas un rato tranquilo para conversar conmigo.

- Lo tendré amigo mío, descuida. De hecho, me gustaría tratar contigo de un negocio interesante, pero ya habrá ocasión – se mesó el pelo despacio, como un pavo real que despliega su cola ante la hembra.

Las hermanas se aseguraron de saber exactamente cuáles eran las habitaciones asignadas a Jacob Black, pues semejante hombre debía ser un amante extraordinario, quizás lo que siempre habían estado buscando.

Querían saberlo todo de él, si estaba casado, de qué familia provenía, cuál era su posición social, a qué negocios se dedicaba, con quién se codeaba, qué hacía fuera de su país… y quien más parecía saber de él, era precisamente Eleazar. Así que desesperadas fueron a buscarle hasta encontrarle en los aposentos de su madre.

El muchacho parecía contarle algo, sentado a su lado. Se le veía animado, quizás por inminencia de la fiesta. La madre, con sus ropajes blancos y su pelo gris lo miraba perdida en su mundo.

Cuando llegaron sus hijas mayores, la mujer las miró y sonrió con una mueca boba. Ella, sin enterarse de mucho, también se sentía contenta.

Las hermanas, tras besar a su madre en la mejilla se sentaron alrededor para avasallar a Eleazar a preguntas sobre el nuevo invitado, el tal Jacob Black. No se anduvieron con demasiados rodeos.

- ¿Tú de qué conoces a ese tal Black? – inquirió Kate.

Eleazar se regocijó internamente, una risita impertinente le brotaba desde dentro pero no la dejó salir, simplemente la pensó y la disfrutó. Ahora él tenía las riendas y lo iba a paladear un rato.

- No lo conozco tanto como parece, lo que pasa es que, como todos los italianos, es un tanto exagerado.

- Pues él parece conocerte muy bien a ti – dijo Tanya.

- Sí, bueno – Eleazar se rascó la cabeza en un gesto desenfadado – hemos hecho algunos tratos comerciales, nada demasiado serio y… en fin de alguna que otra correntía sexual.

Miró a sus hermanas que no cabían en su asombro y se les había esculpido en la cara la misma expresión boba de su madre.

- ¿Es sarasa?

- ¿Sarasa?, ¿qué palabra es esa? Mira que, por más que he leído, jamás me he encontrado con esa palabra. – Dijo ácido.

- ¿Le gustan los hombres? - rectificó Kate.

- ¿Los hombres? Por el amor de Dios Kate ¿acaso no lo has visto? No me digas que te estás haciendo vieja y empieza a fallarte tu instinto de zorra.

Kate contuvo un exabrupto, le interesaba seguir peguntando y si su hermano se cerraba en banda no iban a sonsacarle demasiada información.

- Si hay algo que no me falla, es el instinto, hermanito, ese hombre es un maestro de las artes amatorias.

- Bueno, de eso sí que no puedo dar fe querida, no he yacido en su lecho, ni ganas de ello. Pero sí he de decirte que se rumorea en la sección femenina de las altas esferas sociales de la ciudad, que su polla hace las delicias de las señoritas más distinguidas. – Observó la expectación que había creado en sus hermanas y siguió con su relato. – De hecho se comenta que más de una mujer dice que no ha probado nada igual ni quiere volver a probarlo. Se rumorea que su verga tiene un tamaño descomunal y una dureza duradera que ni el más experimentado de los Denali.

Hizo una pausa, las hermanas le miraban con ese toque estrábico de pensar en un manjar sabiendo que lo comerás más adelante. Continuó con su relato:

- Dicen que es capaz de hacer gozar a una mujer, o a varias, durante horas, sin que se le baje la erección ni lo más mínimo, vamos, una joyita para meter en la cama, si es que podéis.

- ¿Si es que podemos? ¿Acaso lo dudas?

- Bueno, en realidad es bastante exigente. Selecciona mucho a sus compañeras de trote, digamos que… no sé cómo decirlo… no se acuesta con cualquiera. Es un romántico empedernido.

- ¿Un romántico?

- Sí, va buscando el amor de su vida para compartir con él el resto de sus días, es de esos hombres absurdos que creen en la fidelidad.

- Sinceramente, lo dudo, no tiene pinta de eso, en absoluto. Además, ¿no decías que no lo conocías tanto?

- Puede que tengas razón. Lo que sí es seguro es que no se acuesta con cualquier mujer que se le ponga por delante. Para eso es muy… ¿cómo lo diría? – volvió a decir esto de una forma muy afectada mostrando una media sonrisa - ... muy sibarita.

- Ese hombre aún no ha probado el mejor manjar de su vida hermanito. Se lo serviremos en bandeja de plata ¿verdad Kate?

- Sí, doble ración, esperemos no empacharlo.

Y se marcharon con sus risitas forzadas a averiguar dónde habían instalado a su invitado más especial.

Lo descubrieron en una de las antesalas de los cuartos de invitados. Las cortinas estaban algo corridas y tan sólo se colaba por la ventana un intrigante rayo de luz que iluminaba justo el lugar donde Jacob Black se encontraba recostado, leyendo un pequeño libro. Asomaron sus cabezas rubias esperando llamar su atención, sin embargo andaba tan inserto en la lectura que ni las escuchó.

Kate habló a su hermana mientras entraba en la salita.

- No estoy segura, pero creo que lo dejé olvidado aquí.

Él levantó los ojos del libro para mirar a las gemelas y, sin inmutarse, continuó recostado.

- Hola de nuevo, señoritas, ¿les puedo ayudar en algo?

Ambas se acercaron como gatas sigilosas y se sentaron cerca de él, cada una a un lado. El invitado se incorporó y dejó la lectura a un lado.

- El otro día me dejé olvidado un libro en esta biblioteca, no sé si lo habrá visto usted.

- Dígame cuál es y le ayudo a buscarlo.

- No recuerdo el título – cogió el libro que hace un momento había dejado él en el diván - ¿Y usted? ¿Qué está leyendo?

- Oh, nada demasiado importante, es poesía, pero, está en italiano, lo que hago por placer prefiero disfrutarlo en mi propia lengua.

- La propia lengua, sí – dijo Tanya mientras se aproximaba a él de forma sinuosa – placer y lengua, dos conceptos íntimamente ligados entre sí.

Kate también se acercó a él hasta situar sus labios a escasos centímetros de su boca.

- Nos encantaría conocer mejor su lengua, Señor Black, si tuviera la delicadeza de mostrárnosla, sería todo un placer para nosotras.

Kate esperaba un beso apasionado, pero contra todo pronóstico, Jacob se levantó despacio para no apartar con brusquedad a las muchachas y se puso de pie, dejando a ambas en el sofá.

- Con mucho gusto les enseñaré algunas palabras de italiano – se excusó, pero antes debo resolver unos asuntos con su hermano, ruego que me disculpen. Espero que encuentre su libro señorita.

Y sin más, se marchó con paso lento y decidido, mostrándoles a las hermanas la grandeza de su talle y la descortesía de su rechazo.

Ellas se miraron desconcertadas, era la primera vez que, mostrando toda su elegancia gatuna, un hombre las rechazaba tan abiertamente. Sin decirse nada, se propusieron incidir en su empeño, no se les iba a escapar tan fácilmente.