Capítulo 16

Bella

La mayoría de los invitados ya había llegado, a pesar de que todavía quedaban tres días para la celebración. Dejaban tras de sí una vorágine de enredos, suciedad y desdén que la servidumbre de la casa Denali debía cargar sobre sus espaldas.

La mayoría no contaban con más de un lacayo en sus casas, se podían dar los aires de grandeza que quisiesen, pero muchos estábamos seguros de que, a pesar de la petulancia que derrochaban, jamás se comportaban de aquella forma en su vida normal.

De hecho, había una forma clara de distinguirlos; cuanto menos dinero manejaban, con más aires de grandeza esperaban ser recibidos. Llegaban como si fuesen los invitados más importantes de la fiesta y, por lo general, al servicio nos trataban como si fuésemos perros a los que pisotear.

Estaban, por el contrario, aquellos caballeros y damas de familias nobles y adineradas, de posición social selecta, que si bien se sabían superiores al resto, todos sus esfuerzos se encaminaban a aparentar todo lo contrario. Su condescendencia con nosotros era excesiva, casi insultante. Por esa sencillez impostada se reconocía perfectamente a los caballeros de más alta alcurnia, o mayores fortunas de todo el condado y más allá.

Como el Señor Black, sin ir más lejos. Todas las chicas de la servidumbre nos quedamos prendadas de su elegancia y buen porte, de su mirada profundamente desgarradora y de sus modales exquisitos.

Abajo todos sabíamos, porque nos lo habían contado los lacayos encargados de la recepción de invitados, que las hermanas Denali casi se deshacen al verle. Las víboras… lo querrían para usar y tirar, como hacían con mi Edward. Aunque visto desde esa perspectiva, al menos lo dejarían en paz unos días.

Tuve ocasión de conocer personalmente al tal Jacob Black el mismo día que llegó. Precisamente me sorprendió ultimando sus aposentos, tarea que debía haber terminado el día anterior, pero que había pospuesto sin que la señora Jessica, ni nadie, se diera cuenta.

Me encontró atareada y sudada, bastante despeinada, quitando el polvo al diván de la salita. Él se sorprendió de verme. Lógico, se supone que las habitaciones debían estar listas antes de la llegada de los invitados.

Y a mí me sorprendió gratamente su figura. Era un hombre – me avergüenza siquiera pensarlo – aún más atractivo que Edward. Sólo su presencia impresionaba tanto que te dejaba sin palabras. Tenía una mirada penetrante que te daba la sensación de desnudarte el alma y también de esconder algún secreto oscuro.

Cuando me vio sin esperarme, pude leer cierta inocencia en sus ojos, pero pronto vistió su mirada de profundidad y altivez y me observó de arriba a abajo con detenimiento.

- Disculpe la intromisión señor, concluía los últimos detalles para que encontrara el máximo confort, espero que sus aposentos sean de su agrado.

- Lo serán, descuida.

- Si no requiere nada más, me marcho.

- Espera – me miró de forma penetrante, destilando deseo, lo percibí claramente.

Me indicó con la mano que me acercara a él y cuando estuve cerca se aproximó demasiado a mí y me levantó la cara con un dedo, obligándome a mirarle directamente a los ojos. Durante unos segundos, ese contacto visual hizo que no supiera ni dónde estaba ni tan siquiera quién era.

- Tienes un rostro perfecto muchacha, tus facciones merecen ser traducidas al arte pictórico.

- Se lo agradezco señor – dije arrobada, sin llegar a entender siquiera qué me estaba diciendo.

- Y tus labios merecen ser vestidos con dulces besos.

Al decir aquello me miró la boca y luego los ojos, después otra vez la boca. Se aproximó tanto que pude sentir su respiración nasal en la mejilla, cálida y suave. Su magnetismo personal me mantenía allí totalmente inmóvil. Olía deliciosamente bien, a sensualidad y elegancia. Con suma delicadeza rozó sus labios con los míos y se detuvo el tiempo en ellos.

Sentí que el corazón me daba varios vuelcos y enseguida el calor del deseo se apoderó de mí. Pero cuando quise devolverle el beso – todo un atrevimiento por mi parte – ya se había separado de mi boca y volvía a mirarme el rostro. Me dedicó una sonrisa abierta, con la que me mostró todos los dientes blancos y los hoyuelos que se le formaban, como a un niño travieso, en las mejillas.

- Puedes retirarte muchacha, espero verte más a menudo de lo que resultaría aconsejable – y me guiñó un ojo.

Me dejó sin palabras, con la mente nublada y la entrepierna húmeda. Sin poder articular una palabra, me marché con una reverencia de cabeza.

Corrí por los pasillos y desatendí mis tareas exponiéndome a una reprimenda, pero necesitaba ver a Edward. El breve instante compartido con el señor Black me había descolocado por completo. Rememoraba el tacto suave de sus labios, su delicioso aroma a hombre limpio y se me henchía el pecho. Me di cuenta que lo que sentía era la culpa materializada, un engaño ruin y miserable hacia Edward, la persona a la que de verdad amaba.

De ahí mi apremio por verle, por tocarle, por mirarle a los ojos. Necesitaba comprobar por mí misma que aún me rabiaba el corazón a su lado.

Lo encontré muy atareado y nervioso. Al principio ni me vio. Yo escondí mi culpabilidad en un rostro afable y al establecer contacto visual lo saludé con profusión y alegría, con un amplio movimiento de mano. Me lo devolvió con desgana, sin sonrisa y volvió a sus caballos. Me decepcioné un poco, esperaba al menos que se pusiera contento de verme.

Me acerqué para besarle, necesitaba compensar un beso con otro, echarle tierra al tacto de los labios del señor Black, que aún me bailaba en la boca. Algunos caballos relinchaban y coceaban las puertas de las cuadras, había allí como una histeria animal colectiva y entonces entendí por qué Edward se mostraba tan nervioso, con la cara desencajada por la preocupación.

- Hola Edward, necesitaba verte, sólo vengo a robarte un beso y me voy, te veo liado.

- Ni te imaginas cuánto, se me están yendo de las manos estas fieras mal domesticadas, son peores que sus dueños.

- Ja, eso habría que verlo, no sabes la fauna que tenemos en el caserón, ya te contaré.

- Lo siento Bella, estoy muy ocupado, vete por favor.

No me esperaba ese exabrupto, aunque no lo dijo de mala manera. Me acerqué, le di un beso en la boca, que él apenas me devolvió y siguió con el trabajo. Ni me miró a los ojos, ni me cogió por la cintura como solía hacer. Fue un beso hueco, como dado a una pared, vacío de sentimiento y pasión, escaso de amor.

Sin quererlo volví a rememorar el beso de Black que seguía presente en mi boca, germinando como una semilla fuerte en tierra fértil. Me asusté, no supe muy bien por qué, pero me entró un miedo tan atroz que corrí como un cervatillo por el jardín posterior, hasta llegar a la casa. Que me faltara el resuello no arregló demasiado el sentimiento que me inundaba, pero al menos sabía que el palpitar rápido y violento de mi corazón se debía al esfuerzo físico y no a otra cosa.