Capítulo 18
Bella
Un día después de lo sucedido con Black no podía arrancar de mis pensamientos las sensaciones tan intensas que me provocó el mero tacto de sus labios y su mirada que, aunque del color del agua helada, me consumió en un ardor del que aún no me había logrado deshacer.
Además, el exabrupto de Edward conmigo no me estaba ayudando en absoluto a aclarar mis ideas. Sabía que debía estar nervioso por la cantidad de trabajo que estos días se nos venía encima, pero tampoco era una excusa para haberme rechazado de esa forma. De hecho, debería haberse alegrado de verme y no pareció que fuera así.
Tal y como me sucedía a mí con el señor Black, le podría estar ocurriendo algo similar a él con otra persona. Podría haber sido cualquier invitada, con las mosquitas muertas nunca se sabe, parece niñas bien, educadas y puras y luego llevan bajo sus ropajes a la bestia más puta del condado; como las hermanas Denali, pero escondida.
Las gemelas no cesaban de buscar a Black y éste las rechazaba una y otra vez con toda la elegancia que le era posible. De hecho, en el servicio se comentaba lo extraño que era aquello, pues pocos hombres, por muy atractivos o fieles que fueran, se les escapaban a las víboras rubias.
Se mostraban muy nerviosas y a mí eso me alteraba bastante, pues no se les había olvidado que se habían gastado un buen dinero en un vestido que era para mí y que aún no alcanzaba a comprender ni el por qué ni cómo iba yo, una criada, a lucirlo en la fiesta.
La verdad es que el vestido, a pesar de haberle quitado todos los abalorios y encajes, era precioso. Su absoluta sencillez lo hacía aún más hermoso y, aunque estuviera feo siquiera pensarlo, me quedaba como guante a la mano. Resaltaba el color de mi piel, de mi pelo y de mis ojos de una forma verdaderamente extraordinaria, como si fuera pura brujería. Me lo había probado cada noche y me parecía que cada vez me quedaba mejor.
Para mí estaba siendo un motivo más de desasosiego saber que tendría que lucirlo en la fiesta y, sobre todo, no tener claro qué se llevaban las hermanas entre manos conmigo y en qué medida me vería perjudicada por sus caprichos.
Perdida en esas reflexiones me encontraba, mientras realizaba mis tareas de limpieza en la zona de invitados, cuando de uno de los aposentos salieron una señora y su hija ataviadas con vestidos muy elegantes que parecían realmente incómodos. La muchacha se quejaba a su madre de no poder respirar por lo apretado que le había colocado el corsé y la madre le hacía ver, cargada de razones, que la belleza hay que lucharla y un buen marido también.
Tras ellas, con aire de despreocupación, salía el padre, el señor Clearwater, un empresario gordo y bajo, medio calvo y sudoroso, que había hecho fortuna a base de la crianza de puercos.
Por lo visto, el engorde de cerdos se le daba tan bien como engordarse a sí mismo, o quizás su dieta consistiese solo en la ingesta de dicho animal. El caso es que su abdomen parecía un embarazo a término. No pude evitar preguntarme cómo diablos se abrochaba los pantalones, dado que era imposible que desde la perspectiva de sus ojos porcinos pudiera ver más debajo de su tremenda panza.
Le costaba caminar y también respirar y se notaba que no estaba muy acostumbrado a ese tipo de ropa, pues su cuerpo se movía bajo ella como si de una armadura se tratase. Su oronda constitución contrastaba con la de su esposa, una mujer de carácter aparentemente hirsuto y huesuda de cuerpo y mente.
Mientras que madre e hija me ignoraron como si fuera transparente, el señor Clearwater se me quedó mirando como quien acabara de descubrir una onza de oro en el estiércol.
Se le abrió la boca como a un bobo, sacó la lengua un par de veces entre sus labios gruesos, se los relamió y se dio un buen trago de saliva.
- Adelantaos vosotras – le dijo a su mujer – ahora bajo.
- De acuerdo, pero no te demores demasiado – contestó ella – es importante que demos la imagen de familia unida.
Me entró un miedo atroz, pues de sobra intuía las intenciones de aquel ser jadeante que tanto me repelía. Pretendí marcharme agachando la cabeza, pero se interpuso en mi camino mientras se le salían los ojos de las órbitas y movía la boca como un insecto.
- Ven aquí, pastelito de nata – dijo con un tono grave, forzado.
Me agarró por la cintura con más fuerza de la que le imaginaba y me arrinconó en la pared. Con excesiva ansiedad me abrió la camisa, dejando entrever mi protuberante escote blanco. Se terminó de volver loco e introdujo toda su rolliza y sudorosas cara entre mis tetas. En ese instante pensé que, por cosas tan desagradables como esa, no merecía la pena este trabajo; me acordé de mi madre ¿qué pensaría ella al respecto?
Me sacó los pechos y los espachurró el uno contra el otro, sobándolos como un avaro a los billetes manidos. Su lengua viscosa me mojaba la piel y ya no tenía muy claro qué era saliva y qué su sudor.
Fuera de sí, se metió un pezón en la boca y lo succionó con excesiva fuerza, me estaba haciendo daño y se me escapó un quejido de dolor. Se cambió al otro, aunque me dio la sensación de que le excitaba dañarme.
Una de sus manos me soltó el pecho para buscar a tientas, como una serpiente ciega e impertinente, por debajo de mis faldas y por dentro de las bragas. Me restregó la palma sin ninguna delicadeza por el pubis e introdujo un par de dedos que movió dentro de mi cuerpo. Sacó la mano, algo que me produjo cierto alivio, se olió los dedos y los lamió con mirada extraviada. Me sonrió con una mueca desencajada y, mientras se desabrochaba los pantalones con una mano, me dio la vuelta con la otra quedando yo de cara a la pared. Me levantó las faldas y él mismo me quitó las bragas sacándolas sólo por una pierna. Intentó penetrarme desde esa postura, pero su protuberante panza impedía que su pene, erecto pero mínimo, entrase en mí.
Este hecho pareció molestarle bastante. Me agarró del cuello con violencia y me obligó a bajar la cabeza, de forma que mi cuerpo se quedara arqueado y mi culo todo abierto para él.
Intenté pensar en otra cosa, pero se me hacía bastante difícil en tales circunstancias. Solo de imaginar su semen pringoso dentro de mí me dieron arcadas. Tampoco era la primera vez que me hacían algo así, pero, sin saber exactamente por qué, en las otras ocasiones mi piel se mostraba medio dispuesta, pero con aquel hombre se me estaba haciendo cuesta arriba.
Volví a acodarme de Black. Tuvo que ser el destino, porque dudo de la magia de mi pensamiento, pero en ese momento pasó él por la puerta al salir de sus habitaciones que estaban justo al lado. Tuvo que escuchar alguno de mis gemidos de dolor y desagrado porque se asomó para mirar dentro de la sala. Fue mi salvación.
- Señor Clearwater, ¡Qué alegría verle por aquí! Sabía que se encontraba por estos lares porque acabo de cruzarme con su hija y su esposa – recalcó esa palabra – por cierto, su hija es deliciosamente hermosa – mintió, se lo noté.
El obeso obseso, avergonzado, se subió con torpeza los pantalones y saludó a Jacob con la misma mano que había restregado momentos antes por mi coño.
- Encantado de saludarle señor Black.
Mientras, yo me arreglé la falda como pude y volví a cerrarme la camisa. Se me subieron los colores a las mejillas de vergüenza. Hubiera preferido que el italiano no me viera en aquellas circunstancias, aunque le agradecía de todo corazón la interrupción.
Después del fugaz saludo, el señor Clearwater huyó tan rápido como su organismo seboso se lo permitió, mientras terminaba de adecentar su ropa sin mucho éxito.
Era regla no escrita que la servidumbre de la casa estábamos al servicio de señores e invitados para cualquier asunto, eso lo sabíamos todos, pero no pude dejar de darle las gracias a Jacob por haberme salvado de semejante cerdo jadeante.
- Gracias – murmuré repleta de vergüenza.
- No hay que darlas, un capricho como tú debería ser sólo un manjar de dioses.
Lo dijo en un tono de voz arrullador mientras me miraba fijamente, sin condescendencia, sin lástima, como si me admirara.
Me dispuse a marcharme de nuevo, pero se interpuso en mi camino. Era un hombre muy alto y corpulento, pero sus movimientos eran gráciles como los de un felino, parecía que se deslizaba en el aire. Volvió a coger mi barbilla entre su mano y me miró de la misma forma penetrante que el día anterior. Se me diluyó la conciencia en sus ojos y mi corazón comenzó a bombear con fuerza, hasta depositar toda la maldita sangre de mi cuerpo en la cara.
Al ver mi rubor en las mejillas blancas sonrió. Era una sonrisa de autoafirmación, un gesto con el que se decía a sí mismo que había conseguido el efecto deseado, el que siempre conseguía en las mujeres y, a pesar de ello, era una sonrisa tremendamente seductora que me mantuvo paralizada.
Deslizó su mano hacia mi quijada y por mi cuello, en una caricia al principio, hasta agarrarme de la nuca con contundencia y asirme de la base del pelo con fuerza. Lo que parecía un gesto violento me causó igual estupor que fascinación. Acercó su cara a la mía y me atrajo hacia sí con determinación.
En esta ocasión el beso no fue en absoluto suave. Abrió mis labios con los suyos y deslizó su lengua por el interior de mi boca. Palpó con ella todo mi interior y comenzó un baile de lenguas y saliva, tórrido y sensual, que amenazaba con un final apoteósico.
La otra mano se deslizó por mi cintura y me aferró a su cuerpo. No tenía escapatoria, pero tampoco me hubiera decidido por ella. El sabor de su boca me recordó a la frescura de una cueva con arroyo, a un día de nieve, a la niebla de lo alto de las montañas, al aire limpio del amanecer.
Allí, prendida a su boca, bien podría haberme quedado eternamente, si bien, mi cuerpo estaba ansioso de más Jacob. Mis manos traviesas acariciaron su pecho sobre la camisa y palparon con asombro la firmeza de sus pectorales. Quise seguir explorando y le recorrí los costados y hasta donde llegaba de la espalda, porque a pesar de estar de puntillas, era tan corpulento que mis brazos no alcanzaban toda su complexión.
No era de dejarse llevar por una mujer, me di cuenta enseguida. Era dominante y posesivo y los movimientos de su cuerpo lo evidenciaban. No me dejó seguir explorándole. Sin despegar su boca de la mía aprisionó mis muñecas con sus manos, me obligó a levantar los brazos y a juntarlos entre sí. Después le bastó una mano para sujetar mis dos muñecas, algo a lo que no opuse resistencia; me mostraba expectante a todo lo que Jacob Black quisiera hacer conmigo.
Deslizó lenta pero firmemente una mano por mi cadera y bajo la falda. En lugar de detenerse, como lo había hecho el porcino Clearwater, hizo caso omiso a mi hirviente oquedad, para detenerse en el vientre, luego en las nalgas y por debajo de la blusa, hasta llegar a mis pechos, que le esperaban ansiosos y con los pezones erizados. Pellizcó fuerte uno y el otro y se me volvió a escapar un gemido, aunque esta vez no era de dolor ni mucho menos.
Me bebí toda el agua de sus besos pero aún tenía sed. A él no le importó demasiado, pues resbaló su boca por mi mejilla y me dejó la lengua huérfana. Siguió el camino hacia la oreja y allí me susurró dulces palabras, con ese acento meloso suyo, que me derritieron. Me contorsioné como una gata en celo, dejando libre mi cuello. Gemí.
Noté una presencia conocida cerca, distinta a la de Jacob y entreabrí los ojos. Me pareció que Edward se asomaba a la puerta y que en sus ojos bailaba una gran decepción, pero estaba tan confusa y todo aquello era tan difuso, que pensé que serían imaginaciones mías; y si no lo eran, ya le daría vueltas más tarde, ahora sólo quería gozar.
Y vaya si gocé. Sin esperarlo me llevó en volandas como quien carga una tela y me introdujo en la penumbra de su habitación. La cama, que tenía que arreglar yo, se mostraba deshecha y nos invitaba a bailar entre sus sábanas, que aún desprendían ese olor mágico de los sueños de Jacob.
Aprisionada entre la cama y su cuerpo volví a saborear la miel de su boca que se diluyó por la sangre y empezaba a emponzoñarse. No me dejaba respirar, su peso me asfixiaba y su lengua impedía que una bocanada de aire entrara en mis pulmones.
La excitación y el agobio crearon en mi cerebro una mezcla explosiva de miedo y deseo. Una sensación extraña de querer huir y quedarme a la vez. Algo tenía muy claro, yo no estaba controlando nada, ni la situación ni mi cuerpo ni mis sentimientos ni siquiera lo que pensaba. Me tenía totalmente a su merced.
Le sujeté el rostro, separándolo de mi cara y nos miramos. La escasez de luz dotaba a sus ojos de un brillo sepulcral, como de fuego fatuo. Terminó de robarme la poca conciencia que ya me quedaba y no me importó si aquel demonio se quedaba para siempre con mi alma, con tal de que me follara en aquel preciso instante.
Como si hubiera escuchado mis pensamientos y mis deseos fueran órdenes, se deshizo de su ropa tan rápido como lo hizo con la mía, de forma que apenas fui consciente de que estábamos ambos desnudos hasta que me arropó con su piel. El calor que emanaba de ella me puso a mi aún más caliente de lo que ya estaba y arranqué a sudar. Seguía aprisionada bajo toda su musculatura, tan dura y potente como me pareció que era su polla, ahora libre, sin calzón que la aprisionara.
Con sus manos sujetaba las mías, inmovilizándome por completo. Y con sus rodillas abrió mis piernas y presionó su pubis con el mío. Su verga, dura y tiesa, me palpaba la humedad sin darme el capricho de entrar. Mi chocho era un volcán en erupción que iba soltando la lava del deseo lentamente.
Mi cuerpo se movía bajo Black intentando atrapar su órgano sexual, pero éste era un maestro de la evasión y jugueteaba conmigo. Mientras, volvía a besarme el cuello y los hombros, dejando un rastro de saliva a su paso e inoculándome más dosis de pasión de la que mi frágil corazón podía soportar. Se me acercó al oído y me susurró con voz de ultratumba:
- ¿Quieres que me meta dentro de ti?
A lo que yo asentí con rápidos y cortos movimientos de cabeza.
- Si lo hago, ya nunca podrás volver a sacarme de ti, me quedaré contigo para siempre.
- Asumo los riesgos, entra – casi lloriqueaba - penétrame, soy toda tuya.
- No sé si merezco tal honor.
- ¡Fóllame Jacob! – dije entre suspiros mientras levanté el pubis una vez más en el último intento de capturar su polla entre mi labios vaginales.
Con la cabeza de su verga, que noté gruesa y resbaladiza, tanteó la entrada a mi infierno personal, pero seguía sin atreverse, así se lo hice ver.
- ¿Acaso no te atreves a entrar?
Escuché una especie de risa gutural que salió de su garganta. Se reía de lo que acababa de decir. Quizá me excedí, pero en aquellas circunstancias olvidaba por completo quién era, me volvía libre.
Introdujo tan solo la cabeza en mi coño, era muy gruesa, me pareció como una bola gorda y caliente. La sacó y metió varias veces, pero solo la punta. Me encantó, pero quería más y mi cuerpo saltaba buscándolo. Él, perverso, seguía reteniéndome con sus caderas.
Ya jadeaba yo cuando en el momento más inesperado me penetró con toda la longitud y la fuerza de su polla, en una embestida violenta que me cortó la respiración. No sé si era dolor o placer, o las dos cosas. Él se quedó dentro, como absorbiéndome la vida con su vara mágica y yo comencé a jadear, quería más.
Moví la musculatura por dentro, abrazándole desde lo más profundo de mi misma. Le gustó. Me soltó las manos, que debía de haberse quedado sin sangre, pues sentí un hormigueo por los dedos que me indicaba que empezaban a revivir. Me sujetó el culo y las caderas y, atrayéndome hacia él, me penetró con ímpetu una y otra vez.
Metió su cara en mi pelo, que andaba revuelto como un matojo de algas y allí se escondió como un niño después de una travesura, como si yo no estuviera, como si toda aquella pasión no fuera más que un acto del más fiero onanismo solitario.
Gimió para sí, pero en mi oído y pronto supe que estaba cerca de alcanzar el éxtasis. Apremió al ritmo. Yo me moría de placer, pero me dio la sensación de que aquella vez no iba conseguir el orgasmo, quizás el ritmo era demasiado apresurado y violento, o quizás estaba demasiado pendiente de lo que hacía sobre mi Jacob.
Susurró unas dulces palabras que no entendí porque las dijo en aquella lengua suya tan tierna. Su polla se volvió aún más dura y me embistió con desesperación. Pronto sentí todo el torrente de semen navegando en mis profundidades, un torrente que no cesaba y que cogía fuerza con cada acometida.
Seguía entrando y saliendo de mi cuerpo y alimentando mi oído y mi deseo con su aliento tibio a borbotones. Su cuerpo se tensó sobre mí, se quedó rígido, cesó de moverse y acto seguido sus músculos se distendieron y todo su peso cayó sobre mi sin apenas dejarme respirar.
Yo no había llegado al final, pero me sentía cansada y satisfecha. Él comenzó a mover sus dedos entre mi pelo y a exclamar Oh Bella, dulce Bella; lo dijo arrastrando las palabras, como en un sueño agradable. A mí me entró un escalofrío intenso y guardé ese instante en el archivo de mi memoria. No recordaba haberle dicho mi nombre, pero había sido todo tan confuso…
Tuve que empujarle un poco para que se apartara de mí, pues me estaba ahogando. Se desplazó quejumbroso hacia un lado pero su poderoso brazo aún me aprisionaba.
Caímos en un sueño abisal que nunca supe cuánto duró. En él, las imágenes de mi madre y hermanos se mezclaron con las de Edward y Jacob y en un momento dado apareció Charlie Denali por medio. Todo era un barullo confuso de situaciones extrañas y personas conocidas, mezcladas entre sí. Hasta que desperté sobresaltada y me encontré con los ojos curiosos de Black que me miraba sonriendo. No dijo nada, me dio un beso profundo, con lengua y un pellizco cariñoso en el carrillo, como el que se le da a los niños. Se vistió y se marchó.
Yo hice lo mismo, con la intención de hacer la habitación. Terminaba de abrochar mi blusa y recogerme el pelo cuando las hermanas lascivas entraron en la habitación.
Descorrí las cortinas y abrí la ventana temiendo lo peor.
- ¿Has visto al señor Black? – dijo una de ellas en un tono más que imperativo.
- No señora, acabo de llegar y aquí no había nadie, voy a hacer la habitación – mentí.
Me miraron de arriba a abajo pero no debieron encontrar, gracias a Dios, ningún indicio de lo que acababa de suceder.
