Capítulo Diez

(Seis meses atrás)

El primer episodio:

Draco primero abre los ojos de golpe y luego agita las pestañas lentamente. La luz del techo le llegaba directamente sobre el rostro, lo que causaba que cada vez que sus párpados se levantaran lo atacase un intenso dolor de cabeza alojado principalmente en la parte frontal.

Su boca estaba seca y el frío se extendía por todo el largo de su espina dorsal.

Conforme se va acostumbrando a la luz, sus dedos se deslizan curiosos intentando averiguar donde se encontraba y casi al instante distingue la alfombra. Estaba en el suelo, entre la cama y una butaca en la que usualmente leía.

No sabía qué hacía ahí realmente. Frunce el ceño y pone de su esfuerzo para hacer memoria por unos buenos minutos hasta que los recuerdos comienzan a reunirse de a poco en su cabeza.

Recordaba que había llegado de San Mungo demasiado tarde como para tener ganas de cenar al menos, así que se estaba por vestir con el pijama cuando sintió que el mundo daba infinitas vueltas alrededor suyo. Había querido alcanzar su varita o al menos el borde de la cama para afirmarse, pero todo se volvió borroso y cuando quiso dar un paso ya era todo negro.

Confundido, se incorpora lentamente, como temiendo que el mundo volviese a girar y cuando finalmente está de pie se lleva una mano a la cabeza como acto reflejo, como si así el dolor se pudiese disipar.

Se sienta sobre la cama y conjura un tempus que le indica que eran exactamente las seis de la mañana.

Maldice y como aún estaba con la ropa del día anterior, comienza a desabrochar los botones de su camisa para así poder recostarse unas horas antes de ir a trabajar.

Draco ni siquiera tiene tiempo para pensar en las posibles causas de la pérdida de conciencia repentina, cuando escucha el sonido de la aparición en su habitación.

Harry Potter con el cabello despeinado, la chaqueta del traje de auror abierta, desgarrada y quemada, de pronto estaba frente a él.

—¡Buenos días! –exclama el pelinegro con el dibujo de una sonrisa en el rostro. Draco sube la vista hacia él. Mirándolo con más detenimiento puede ver sangre que corría por un lado de su cabeza y la horrible quemadura en un brazo. —¿Ya te vas al trabajo o vienes llegando? –agrega, como quien llega de la tienda de enfrente.

Draco lo mira pasmado y por un minuto piensa que se estaba imaginando todo el asunto, pero Harry camina hasta él y deja un tierno beso en sus labios.

—Literalmente, acabamos de terminar con una misión. Hace como dos minutos–explica lo que el rubio estaba a punto de cuestionar.. Draco agita su varita para atraer una poción para quemaduras hasta él—Tráfico de dragones.

—¿Y los dragones te quemaron el cerebro, Potter? ¿Por qué no fuiste directamente a San Mungo? –El antiguo Slytherin, con el insistente dolor de cabeza, suspira molesto y resignado a partes iguales, ya acostumbrado a las improvisadas ideas de Harry y reuniendo fuerzas, comienza a examinar la quemadura del brazo.

—Para allá voy. –responde, haciendo una mueca cuando Draco desinfecta la herida con un movimiento de varita.

—¿Y qué te frena? ¿Sabes lo peligroso que podría ser ese golpe en la cabeza? –apunta hacia la cabeza del moreno que ya había dejado de sangrar.

Harry rueda los ojos y el desgraciado suspira como si él le estuviese reclamando por nada.

—Me dirás que soy un cursi, pero quería alcanzar a decirte buenos días antes de que te fueras al trabajo…–confiesa, quitándose la camisa raída. —Llevo dos semanas fuera, por si no lo recuerdas.

Draco abre la boca para replicar, pero finalmente su semblante se relaja y esboza a penas una sonrisa, conmovido.

—Sabes que si no hubiese estado aquí, entonces estaría en San Mungo. Precisamente a dónde ibas, cariño –responde, enrollando los brazos alrededor de su cuello con cuidado de no pasar a llevar ninguna de sus posibles heridas. —Yo también te extrañe, por cierto.

El pelinegro lo aleja un poco para fijar sus ojos sobre él y luego deja un suave beso en sus labios. Draco corresponde a su beso y la única razón por la que no lo manda de un empujón a San Mungo para que lo chequeen, es que sabe que el motivo por el que el Harry pasó primero a casa fue porque seguramente su misión había sido arriesgada. Y cada vez que una misión era demasiado peligrosa, Harry volvía cuanto antes a casa con Draco porque no podía quedarse con esa sensación en el pecho de que podría haber muerto sin haber estado unos minutos con el rubio.

—¿Todos los día fue así?

—Oh, no, no. Fueron dos semanas tranquilas hasta que enfrentamos a unos cuantos magos, que en un minuto de desesperación soltaron un par de hambrientos dragones que, Draco, joder por pura suerte no estaban en su etapa de adultez.

El rubio clava los orbes grises sobre los verdes de Harry que aún parecían estar inyectados de adrenalina.

—Por suerte eres inmortal –comenta, ocultando lo rápido que latía su corazón ante el relato. Harry sonríe antes de besar su frente.

—¿Tú cómo estás? Te ves algo pálido –dice, preocupado —No me dijiste si ya te ibas al trabajo o venías de él.

—Es que no me siento muy bien. Anoche me ocurrió algo extraño.

—¿Qué te pas… aahg –Harry no termina su pregunta debido a que se sujeta de pronto el costado de la cabeza, con una expresión de dolor en el rostro.

Draco entonces sube una ceja.

—Vete ahora al hospital. Yo me daré una ducha y voy para allá. –ordena, viendo como la herida de su esposo volvía a sangrar. Era una irresponsabilidad retenerlo un par de minutos más.

—No es nada ¿Qué te ocurrió?

—Vete. -ordena

—Joder. ¿Estás enfermo?

—No. Me siento cansado pero luego me haré un chequeo.

—Vamos los dos entonces.

—Potter, si no te vas ahora voy a transformarme en dragón y a lanzarte fuego como no muevas el culo.

—Joder, que exagerado –Harry rueda los ojos. Le dedica una última sonrisa y le levanta el dedo medio antes de aparecerse en San Mungo.

Draco, que se había incorporado para apuntar con el índice hacia Harry, vuelve a sentarse sobre su cama. Suspira, bebe una poción para el dolor de cabeza y se dirige al baño para una ducha.

Segundo episodio:

—Buenas tardes, señorita, caballeros. –Había dicho el mesero una vez él, Nott y Agnes estuvieron sentados alrededor de una de las mesas del restaurante al que usualmente iban a almorzar. —Permítanme, por favor, entregarles el menú para que puedan escoger su orden. –Agregó el chico de cabello rubio y enormes ojos azules.

—Buenas tardes. Gracias –dijeron los tres casi al unísono, el chico solo asintió con la cabeza y se dirigió a otras mesas mientras ellos decidían.

—¿Qué se les antoja? –pregunta Draco tomando la carta que casi se sabía de memoria.

—Emmm… Se me antoja risotto al pesto, pero no sé –responde la chica, dudosa.

—A mí al mesero –musita Theodore más para él que para el resto, con la vista fija en el chico que iba de una mesa a otra. —Quiero decir ¿El mesero es nuevo?

—Theodore, ese chico debe tener unos veinte años… -Draco rueda los ojos ante la mirada divertida del ojiverde.

—Y yo solo tengo veintinueve así que no exageres.

—Como mucho tiene veinte, Theo –Agnes mueve la cabeza negativamente antes de señalar a otro mesero que atendía una mesa tras el moreno. —Pero ese está como el pan, mira.

Draco fija sus ojos en el menú, sin embargo, solo alcanza a leer un par de platos antes de que las letras se volviesen borrosas.

—Joder Agnes, tienes razón. –dice Nott.

—Hablando de chicos lindos. ¿Cómo está Harry, Draco? –pregunta la chica con las cejas en alto y una sonrisa pícara que le hace fruncir el ceño y olvidar su problema visual.

—Voy a fingir que solo escuché la mitad de lo que dijiste, Agnes, y que esa mirada sucia que tienes no se debe a que te estás imaginando a mi esposo. –le dice el rubio, subiendo la vista hacia sus amigos con las cejas en alto mientras ignoraba el repentino retortijón en el estómago. —Y está bien, gracias por preguntar, que considerada.

Tanto la chica como Theodore sueltan una carcajada.

—Hace un mes llegó a mi departamento y –Agnes, quien estaba a cargo del departamento de heridas provocadas por criaturas, le guiña un ojo —que suerte tienes, Draco. Tuve que examinar unas heridas en su espalda.

—¿Por los rasguños de dragón?

Theodore se larga a reír a la vez que Agnes asentía.

—Exacto –la chica suspira —Tiene un abdomen muy marcado.

Draco le dedica una mirada de todo menos agradable.

—Lo sé, Agnes.

—Todos los aurores en realidad –Agnes continúa. —Longbottom y Weasley.. uff.

Draco abre la boca para opinar al respecto, sin embargo, su estómago vuelve a doler tanto que tiene que reprimir un quejido.

—Voy y vuelvo –avisa levantándose para dirigirse al baño.

Cuando cierra la puerta tras él, se dobla sobre sí mismo debido al intenso dolor. Siente ganas de vomitar pero duele tanto que ni siquiera se atreve a dar un paso por miedo a intensificarlo y se mantiene en la misma posición por al menos por diez minutos.

Cuando el dolor comienza por fin a apaciguarse, camina hacia los lavabos, acto seguido bebe un poco de agua. Se mira al espejo y en su reflejo puede ver como el color se le ha ido por completo de la piel. Se sentía tan adolorido y agotado que tuvo que apoyarse en la pared para descansar.

—¿Draco? –la voz de Theo llega tras la puerta y no espera respuestas para abrirla y pasar. —¿Qué ocurre? Llevas varios minutos aquí y… oh ¿Estás mal?

—Me he sentido mal de pronto.

—¿Qué te duele? –pregunta el ojiverde, adoptando rápidamente un perfil profesional que lo lleva a sacar su varita y realizar uno que otro hechizo de diagnóstico. — A modo muy general, estás bien.

—Debe ser que necesito descansar.

Theodore se lo queda viendo un instante de manera inquisitiva, como si sospechara que le estuviese mintiendo.

—¿Ya te había pasado antes?

—Esto no, pero hace un mes me desmayé. Sin embargo, fue solo estrés, me hice un chequeo y salió todo bien –comenta.

—Deberías tomarte la tarde, Draco.

El rubio lo encuentra una excelente idea porque hasta los párpados le pesaban.

—Eso haré. Le enviaré una lechuza a mi secretaria para que cancele las citas que quedan.

—Me parece.

Y así luego de una rápida despedida a Agnes, Draco se aparece en la sala de su casa, sintiéndose aliviado de no haber sufrido despartición con lo cansado que se sentía.

Sube las escaleras hacia su habitación, y antes de tomar el pomo de la puerta sabe que Harry se encuentra dentro.

—Hola, Harry –saluda, encontrando al pelinegro en bóxer abotonándose una camisa —¿Tan temprano en casa?

El moreno le dedica una amplia sonrisa.

—Lo mismo digo.

—¿A dónde vas? –pregunta curioso, despojándose inmediatamente de su túnica.

—A una reunión en Francia. Como soy el jefe de aurores debo presentarme también. –Comenta, escogiendo un par de pantalones oscuros en reemplazo de su traje de auror.

—¿Te quedas allá? –pregunta Draco, mientras agitaba su varita para que el pijama llegase hasta sus manos. El pelinegro mira confundido de la ropa de dormir hacia Draco.

—Vuelvo. Sólo serán unas horas. Además este mes a penas te he visto la cara –dice, colgándose una túnica oscura con detalles verde esmeralda que hacían juego con sus ojos. El chico frunce el ceño —¿Te sientes bien, Draco?

—No, por algo he vuelto temprano.

—¿Qué te ocurre? –Harry lo mira con los ojos entrecerrados.

—Nada importante. Algo que comí o estrés derechamente. –Explica el rubio poniéndose el pantalón de dormir.

—Me quedo contigo.

—No, ve a la reunión. Yo necesito dormir un poco solamente.

Harry deja de vestirse y se sienta en la cama para observarlo.

—No tienes buena pinta.

—Siempre tengo buena pinta.

—Puedo avisar que voy a faltar.

—No voy a morir, Harry –El rubio se tapa con las sábanas —Has dicho que tardarás unas horas. Me dormiré ahora y cuando vuelvas seguro seguiré durmiendo.

Harry lo observa sin convencerse.

—Ron puede ir en mi reemplazo. –insiste.

—Que terco eres. –Draco rueda los ojos —Ve a la reunión y antes de volver pasas por algo para la cena. –El pelinegro parece dudar y antes de que se negase nuevamente el rubio vuelve a hablar —Si ocurre algo te envío un patronus.

—¿Lo prometes?

—Que sí, Potter.

Harry finalmente se incorpora.

—Bien, iré pero cualquier cosa me avisas ¿si?

—Sí. Que te vaya bien en la reunión.

—Nos vemos, Draco. –Harry da un par de pasos para besarle la frente-

—Nos vemos, Harry.

El rubio se duerme casi al instante, y cuando abre los ojos un par de horas después se siente tan renovado y lleno de energías que ni recuerda haber tenido un malestar, pasando por alto el chequeo.

Tercer episodio.

—¡La cena está lista! –Anuncia Harry desde el primer piso.

—¡Voy! –responde Draco desde el baño del dormitorio, intentando que su voz sonase de lo más normal, porque en situaciones así se mantiene la calma para que la desesperación no entorpezca el procedimiento.

Vuelve a toser e igual que las veces anteriores, siente el metálico sabor de la sangre entre su lengua y el paladar. Escupe sobre el lavabo y la saliva, en efecto, sale con restos del líquido escarlata.

Quizás ir inmediatamente con un medimago era lo recomendado, pero él era ya medimago y no sentía ningún otro síntoma asociado alguna grave enfermedad.

—¡¿Piensas venir este año a cenar?! –la voz de Harry se oye nuevamente desde la primera planta —¡Oí por ahí que los champiñones se echan a perder con facilidad!

—¡Que ya voy!

Draco alcanza su varita y con sumo cuidado extrae una especie de hilo plateado desde su brazo para depositarlo dentro de un envase de cristal previamente desinfectado.

Se dirige a su estudio y escribe una nota a Theodore que se encontraba de turno, para que analizara la muestra.

Esperaría la respuesta mientras cenaba. Si necesitaba dirigirse al hospital terminaría tranquilamente su cena y luego iría al lugar. Si la respuesta era positiva entonces aguardaría hasta mañana para realizar algunos exámenes, y es que no podía negar que eran algo extraño los aislados síntomas de las últimas semanas.

Cuando llega a la cocina, se encuentra con Harry comiendo de la pasta que había preparado.

—Al fin.

—Estaba ocupado.

—Lo noté –el ojiverde sirve vino en las copas que había junto a los platos —Antes de salir de la oficina, me he encontrado con Hermione y ¿Qué no adivinas lo que me ha dicho?

—Si sigue insistiendo que nos quedemos al crup no quiero escuchar –Harry no dice nada y deja la copa de vino a medio camino antes de que toquen sus labios —No me lo creo. ¿Le has dicho que si, Potter?

—No, no tiene nada que ver con el crup. –Harry bebe un sorbo antes de proseguir —Lo que pasa es que el jefe del departamento de Seguridad Mágica jubilará en unos meses, y Hermione ha escuchado de que es posible que me nombren a mí.

—¿Estás de joda? –Draco sonríe alcanzando una de las manos del pelinegro, quien negaba con la cabeza.

—No es nada seguro, así que tampoco me haré ilusiones pero sí posible.

—¡Felicidades! –le dice el rubio.

—Sólo queda esperar unos cuantos meses.

Cuando la cena termina, Draco quiere contarle al moreno lo que había ocurrido en el baño, sin embargo, decide que mientras no recibiera respuestas de Theodore no lo preocuparía por nada. Y es que para que iba a darle malas noticias cuando acababa de recibir una tan buena.

Unas horas después, un insistente sonido en el cristal de su ventana lo despierta. Entre la oscuridad de la noche, reconoce inmediatamente una de las lechuzas de San Mungo. Se dirige a recibir el pergamino que tenía en una de las patas y cuando lo abre el corazón comienza a latirle con rapidez.

"Draco, te adjunto los resultados de la muestra porque si te la comento doy por seguro que no me creerás.

Por favor, mantén la calma y ven inmediatamente. Hablé con Ernie sobre el tema y ya he preparado una habitación para ti, no puedes estar en ese estado en tu casa. Es más, me pregunto por qué no has venido antes.

Mi turno acaba de terminar, pero estaré en mi despacho esperando a que llegues. Nos vemos

-Theo"

Si Draco no despierta a Harry es únicamente porque estaba seguro de que Theodore había estado ligando con un jodido interno y confundió las muestras, porque los resultados que le enviaban no podían ser de su caso. No porque se resistiera a creer que podría estar gravemente enfermo, sino porque según las conclusiones médicas, él debería estar apenas respirando y con ayuda de un hechizo por si fuera poco.

Así que sin perder tiempo se aparece en el despacho de su amigo.

—¿Podrías dejar de pensar en sexo aunque sea por una noche, Theo?

El aludido, quien se encontraba en su escritorio, se sobresalta y le dedica a Draco una mirada de suma confusión, como si se hubiese la frase completa. Además, el rubio lo observaba de brazos cruzados y echando fuego por los ojos.

—¿Ah?

—Que has confundido las muestras.

—¿Cómo dices? No –Theodore se incorpora.

—¿Te parece que estoy tan mal como dicen los resultados?

Theo abre la boca para responder, pero tiene que darle la razón al rubio. Alguien con los resultados que envió ni fuerzas tendría para aparecerse ni para verse tan furioso como estaba el rubio en ese minuto.

—He tenido una noche muy lenta. Ha sido mi única muestra y ni me despegué de ella. –le escupe, agitando su varita para quitarle el abrigo al rubio y así hacerle un rápido chequeo.

—Es imposible que esos resultados sean míos.

—Pues si tú no extrajiste la muestra a alguien más, entonces esos resultados son tuyos. –Theodore toma el brazo de su amigo y realiza el mismo procedimiento que Draco hizo horas antes. —Repitámoslo.

—Bien.

Y luego de que los resultados estuvieron listos, Draco observa a su amigo con una sonrisa de suficiencia mientras al otro no le cabía la confusión en su semblante.

—Es imposible que la haya confundido, Draco. No había otras para confundir –insiste el chico, volviendo a tomar el frasco con la nueva muestra.

—Estoy sano como un crío –dice, conjurando un tempus y que le quedaran pocas horas para iniciar su turno sin haber dormido lo suficiente no consiguieron desanimarle.

—Los críos tienen mocos –le dice el otro, mirando molesto ambas muestras, como si de pronto se fuese a manifestar alguna explicación. —No las confundí, Draco.

—La podemos repetir.

—¿Por qué mandaste a analizarla de todos modos? –pregunta Theodore con una ceja en alto.

—Ah sobre eso… Sentí dolor intenso a la altura de los pulmones ¿si? Y luego hubo tos con sangrado.

—Pueden ser muchas cosas –dice Theo rascándose la barbilla.

Draco está a punto de repetirle que eso da lo mismo si no presentó otras complicaciones y que una poción bastaría. Sin embargo, sin diagnóstico no hay qué recetar.

—Según esto, estoy demasiado bien –Draco siente nuevamente un peso sobre los hombros —Lo que sea que haya sido el sangrado debió haber salido en el examen…

—Exacto.

—Si el sangrado se hubiese provocado por alguna herida esto lo hubiese detectado.

—Si –Theodore asiente para enfatizar su respuesta —Y hasta donde sé, no tienes la habilidad de la súper curación.

—Repitamos la muestra.

—Repitámosla.

Y así, la primera hoja del expediente de Draco se escribió esa noche.

Cuarto episodio.

Draco ni siquiera se acordaba de cómo lo había hecho para contactar a Theodore. Sólo recordaba haber estado demasiado mareado para poder levantarse de su cama, la cabeza le dolía mucho como para tener los ojos abiertos por demasiados segundos, le daban retortijones bastante dolorosos en el estómago y aunque no se hubo tomado la temperatura, sabía que tenía fiebre por las nubes.

No sabía si su amigo había tardado horas o había llegado en el mismo instante a su casa, sólo sabía que estaba junto a él y a Ernie y que ambos murmuraban un sinfín de cosas que no lograba entender, y es que los escuchaba como si estuviese sumergiendo la cabeza en agua.

Supuso que estaba en un muy mal estado si no lo habían trasladado a San Mungo de inmediato.

Lo habían despojado de sus ropas he intentaba bajar la fiebre con una poción de tanto en tanto.

Al final él había sucumbido al dolor y al cansancio. Cuando abrió los ojos Ernie ya no estaba y Theodore lo miraba desde una butaca junto a su cama.

—Draco ¿Me oyes? –pregunta Theodore, acercándose inmediatamente a él cuando nota que ha abierto los ojos.

Draco sólo asiente con la cabeza, cerrando los ojos de nuevo, sintiendo que se dormiría otra vez.

—¿Te duele algo?

—Todo –responde a duras penas.

—No es necesario ir a San Mungo, hemos decidido no moverte ¿bien?

Draco quiere asentir pero no puede mover ni un mísero músculo.

Theodore vuelve a hablar pero su voz suena lejana mientras él se deja llevar nuevamente por el sueño.

Quizás abre los ojos minutos después pero a él le pareció muchísimo más tiempo, no obstante, sabe que sigue siendo de madrugada porque la habitación estaba totalmente a oscuras salvo por la tenue luz de la mesa de noche y la de la varita de Theodore que flotaba a su lado para iluminar un libro que leía.

—Theo –lo llama. Escucha su voz rasposa y debe cerrar los ojos cuando el otro baja el libro y la luz le llega directo al rostro. —Descansa un rato.

—¿Cómo te sientes? –pregunta su amigo, ignorando sus palabras.

—Igual –responde. Además sentía que estaba dentro de un caldero con todo el fuego encendido. Las sábanas se le pegaban al cuerpo de forma desagradable y una gota de sudor bajaba por su frente. Quiso alzar la mano para alcanzar su varita y limpiarse porque odiaba esa sensación, sin embargo, ni siquiera eso tan simple puede hacer. —¿Tienes sueño?

Theodore niega con la cabeza mientras que sus ojos caídos decían lo contrario.

—Si no te quieres ir, ve por algo para dormir al armario y si quieres te acuestas a mi lado –le sugiere, aunque usualmente las sugerencias de Draco sonaban como a orden.

Nott al principio parece que va a negarse, pero lo piensa por un momento y le parece una excelente idea, puesto que podría descansar para atenderlo mañana y no lo descuidará ni un segundo.

—Jamás imaginé que me invitarías a dormir contigo –se burla el medimago —Cuando llegue Harry podemos dormir los tres –agrega con un sonrisa maliciosa luego de volver con un pijama del armario —Por mí no hay problema.

Draco quiere dar algún comentario mordaz pero no tiene ánimos ni siquiera de cambiarse a una posición más cómoda. Abre los ojos un segundo para percatarse de que Theodore se había puesto uno de los pijamas de Harry pero los vuelve a cerrar.

La última vez que los abre, se siente de maravillas. Como si jamás hubiese ocurrido lo de la noche anterior. Tiene ganas incluso de incorporarse y salir a correr un rato para luego ir a trabajar.

Conjura un tempus que le indica que son las seis de la mañana, así que decide intentar conciliar el sueño nuevamente para luego ir a San Mungo con ánimo suficiente para realizar la enorme lista de exámenes que probablemente Ernie y Theodore le insistirían en que se hiciera. Sin embargo, solo alcanza a cerrar los ojos antes de escuchar el sonido de la aparición en su habitación. Cree que es Ernie pero antes de incorporarse para verificarlo escucha la voz de Harry, quien se supone no llegaría hasta mañana.

—¿Draco?

Todo se volvió una discusión que sólo lograba marear más a Draco. Harry insistía en explicaciones sobre lo que acababa de ver, pero Draco solo intercambió una mirada con Nott para que mantuviera la boca cerrada y se fuese, mientras no podía desconectar su mente del episodio que había tenido.

Claramente quería decirle a Harry que algo le estaba ocurriendo, pero no sabía por dónde comenzar y toda la energía que había logrado reunir se había esfumado.

Horas más tarde, cuando se apareció en el despacho de Nott, su amigo lo miró de forma reprobatoria.

—¿Por qué no le has dicho, Draco? –pregunta confundido y algo desesperado —Se aparecerá por acá y será mi fin. Cree que nos hemos enrollado y seguro encuentra un vacío legar para cruciarme el culo, Draco.

—No te hará nada, Theo.

—¿Por qué no le has dicho? –insiste.

—¿Sabes lo que tengo? –el ojiverde niega con la cabeza —Hasta que no tenga claro mi diagnóstico prefiero no decirle. Es probable que lo asciendan y así que para qué lo distraeré con algo ambiguo.

—Seguro no se distrae sabiendo que su esposo le ha puesto los cuernos. –dice sarcástico el moreno.

—Nadie le ha puesto los cuernos.

—Pero él no lo cree.

—Sólo sé que si le digo dejará de lado todo para intentar apoyarme en algo que no tengo claro ¿Has visto que son episodios aislados? –argumenta del rubio —Prefiero buscar una solución rápido y luego contarle lo que pasa.

—Es jodidamente normal que quiera estar a tu lado, Draco…

—No quiero que pierda su oportunidad para ser jefe del departamento de seguridad mágica por algo que puedo solucionar luego. Además, yo ya le he explicado que entre tú y yo no ha pasado nada, y pues no me cree.

—Porque llegó a su casa y te encontró en bóxer y a mí a tu lado… con su pijama… joder, Draco ¿por qué no me dijiste?

—Eso da lo mismo. –el rubio rueda los ojos y despega la espalda del asiento para acercarse más al escritorio de su amigo —Así que ni una palabra de esto a nadie, Theo, tienes que prometerlo.

—Eres mi paciente –suspira —aunque no lo creas cumplo con las normas.

—Cuando tenga un resultado específico le diré a Harry, y para ese entonces supongo que ya habrá creído que entre tú y yo no ha pasado nada.

—Lo dudo, pero es tu decisión.

—Además, Harry seguro le cuenta a Hermione y a Ronald. Hermione le contará a Pansy y harán todo un espectáculo junto con Blaise. Y Ronald que dice ser capaz de guardar un secreto, se le saldrá, estoy seguro. Y los Weasley –Draco se lleva una mano al rostro —Los Weasley son todo exageración. En un parpadeo tendré a Molly en mi casa con lágrimas todo el tiempo tejiéndome un montón de sweaters… Y George, que para animar el ambiente, llevará mercadería de su tienda lo que solo logrará ponerme los pelos de punta y Granger llenará mi biblioteca de libros sobre el tema que… bueno, eso no malo. Para qué hablar de Harry, que ya es un culo inquieto, irá de arriba abajo todo el día y Ginevra, en un intento de ayudarlo a canalizar esa energía lo invitará a los entrenamientos de Las Arpías, se darán cuenta de que lo suyo igual hubiese funcionado así que planearan su boda para cuando yo me muera, porque claro, Harry no se casaría nuevamente mientras esté vivo… más le vale. –Draco suspira —ya me vi, Theo.

El aludido lo mira con las cejas en alto.

—Creo que estás siendo dramático… Además ¿Por qué Molly tejería sweaters?

—Por todas las futuras navidades en las que no estaré. -Contesta como si fuese la cosa más obvia del mundo.

—Me has convencido. No diré nada –le dice su amigo —Pero creo que ese no es el mejor camino.

—No cambiaré de opinión. Mientras menos lo sepan mejor.

—Bien.

Draco se incorpora para salir de su despacho y volver a su casa.

—Por cierto, tendrás que cerciorarte de que Potter no venga a lanzarme una imperdonable. –Theodore suspira —Si me asesina, podrá eximirse de culpa con facilidad. Nadie dudará de él, Draco. Todos creerán que fue un accidente.

—No morirás, Theo. Adiós.

—Adiós.

El rubio deja el despacho cerrando la puerta tras él.

Theodore se deja caer sobre su silla y cierra los ojos intentando asimilar todo lo que estaba ocurriendo con respecto a su amigo.

—Potter me matará, estoy seguro –musita para sí mismo luego de un suspiro, esperando no volver a enfrentarse al semblante furioso del auror.

Sin embargo, tres meses después tienen que cruzar miradas nuevamente, y a pesar de que para ese entonces ya no habrá ningún malentendido, de todas formas tendrá que darle malas noticias.

Hola! Quería pedir disculpas por la tardanza y agradecer a quienes hayan llegado hasta aquí.

Muchísimas gracias por leer!

-M