Capítulo 20.
Bella
Tres veces me había encontrado de frente con Edward y tres veces fue las que me esquivó alegando mucha tarea. Al principio no me molestó demasiado, sin quererlo, mi pensamiento se encontraba con Jacob todo el rato. Sin embargo, a la cuarta vez que me lo crucé pude atestiguar que ni siquiera me miró. Me estaba ignorando, me hacía el vacío y pretendía que fuera consciente de ello.
A lo largo de la mañana, conforme iba analizando la situación, comprendí que debía estar muy molesto conmigo. Era imposible que supiera el cambio que se estaba produciendo en mi interior. Me había encaprichado de Jacob, sí ¿Tan endeble es el amor que se resquebraja así de rápido? ¿O quizás lo que yo sentía por Edward no había sido nunca amor y por eso era tan enclenque que se desmoronaba al primer beso de otro hombre?
Me imaginé romper toda relación con Edward, no volver a estar acurrucada en sus brazos, no poder volver a sentir su aliento en mi nuca, su piel fundida con la mía; no poder perderme en su mirada oscura y su sonrisa de luna llena. Me apeteció más que nunca introducir mis dedos en sus caracoles de pelo negro y juguetear con ellos. ¿Podría haberse acabado ya todo eso? ¿Acaso había dejado de quererme? Un pánico intenso se apoderó de mí y tiré sin querer los utensilios que llevaba en las manos. Todos me miraron, incluido Edward, que apartó de mí la vista en cuanto yo lo miré a él. Gesto que no sirvió más que para acrecentar el miedo a perderle que me acababa de entrar.
Caí en la cuenta –ya lo había olvidado- que posiblemente Edward hubiera visto la escena de pasión que viví con Jacob. Puede que viera cómo le entregaba a él toda mi disponibilidad para el sexo. Quizás me viera devolverle ese beso tan apasionado.
Se me encogió el corazón en el pecho. El día en que vi cómo las gemelas disfrutaban del cuerpo de Edward me sentí tan mal que me dieron ganas de hacer verdaderas locuras. Sin embargo nuestra relación luego siguió igual, son los gajes del oficio.
Claro que, por otra parte, jamás vi que Edward se apasionara con ellas, ni que les besara con el arrobo con el que lo hice yo. No podía engañarme a mí misma, me había enamorado, aunque solo fuera un poco, de Jacob Black; Edward jamás se enamoró de las gemelas. Y como no podía engañarme a mí misma, tampoco podría engañarle a él.
No obstante, la mera idea de perder a Edward para siempre, hizo que se esfumara todo lo que creía sentir por el señor Black. Comencé a verle como lo que era, un rico sin escrúpulos que había venido a disfrutar de la invitación de otros ricos y a llevarse todas las vivencias que pudiera.
Lo había visto por fin y entre la servidumbre se comentaba, que había empezado a cortejar a las condesitas. Y se reían por aquí abajo de que no se atrevía a hacerlo con las dos a la vez, sino que iba tonteando con ellas por separado.
No me importó tanto, al fin y al cabo ¿Qué esperaba? si no era más que una simple doncella, un buen coño donde correrse recién levantado y punto. Ni siquiera merecía la pena dedicarle el más mínimo de mis pensamientos.
Con Edward era diferente. Con Edward me bullía el alma y no solo la piel, cada vez que uníamos nuestros cuerpos. A Edward lo amaba de verdad y ahora estaba a punto de perderlo.
Corrí a buscarle. Lo encontré casi al final del pasillo, largo, estrecho y bañado en la penumbra, que unía la cocina con la entrada de atrás del caserón. Le llamé en cuanto lo vi, se volvió y, aunque no pude verle del todo la cara, percibí una gran tristeza en él. Como si estuviera derrotado.
No se movió; simplemente me esperó con los brazos caídos y el semblante serio. Se decía que en ese pasillo habitaba el alma de una doncella que murió a manos de uno de los antepasados Denali y que arrastraba su alma en pena, ululando en las noches más tristes del invierno. Por eso hacía siempre tanto frío en ese corredor lúgubre y por eso, de vez en cuando, una brisa helada te sorprendía en la nuca. Yo nunca lo creí, pero ese día sentí la esencia del miedo y la tristeza en aquel pasillo.
Lo recorrí a paso ligero mientras imaginaba que el fantasma se me echaría encima en cualquier momento, pero no fue así. En realidad mi miedo procedía del interior de mi misma, de la duda de la magnitud del enfado de Edward.
Cuando estuve frente a él vi que sus ojos, aunque tristes, permanecían serenos, o al menos esa era su intención, pues yo bien sabía que la incertidumbre le recomía.
- ¿Qué te pasa Edward? - me aventuré a preguntarle.
- ¿Acaso no lo sabes ya? – contestó con dureza.
- No, no lo sé, ¿qué diablos te ocurre conmigo? –mentí, quería asegurarme.
- Pues si no lo sabes, o no lo quieres saber, esta conversación no tiene ya mucho sentido. – Se dio media vuelta dispuesto a marcharse. Lo tuve que retener cogiéndole del brazo.
- Edward, dímelo, aunque pueda imaginarlo – le supliqué.
Se lo pensó, pero era un ser noble, no le gustaba las medias tintas y en el fondo estaba sufriendo.
- Te vi con Black.
- Tú más que nadie sabes cómo es este lugar – le remarqué estas palabras con una mirada cargada de intención, intentando que intuyera que yo sabía lo de las gemelas y sus jueguecitos de tres.
- Es diferente.
- ¿Es diferente, por qué? – empecé a enfadarme.
- Porque vi cómo le mirabas, cómo te entregabas por completo a él, cómo le besabas – se le mudó el color del rostro a un rojo intenso. Apretaba la mandíbula y luchaba por no estallar de la ira que le provocaban los celos. Se desprendió de mi brazo como quien se quita un bicho con asco.
- No eres justo Edward – intenté rebatirle, pero sabía que en cierta forma tenía razón.
- ¿El qué no es justo? Yo detesto a las hermanas, me utilizan, se aprovechan de mí, me repugnan… - me miró con cierto desprecio – pero tú… tú a él no… estás loca por él igual que todas las putas hembras de este caserón. Todas os lo queréis meter entre las piernas y mira por donde es mi novia la única que lo ha conseguido.
Sonó tan bien la palabra novia en sus labios… era la primera vez que la usaba para referirse a mí, ni siquiera yo creía que llegábamos a ser novios, pero por lo visto él sí que lo tenía claro. Hasta ahora, porque terminó su frase y dejándome con la palabra en la boca se marchó sin darme opción a reaccionar.
¿Era aquello el final? ¿Se olvidaría de mí a partir de ese momento? Un soplo frío me bañó la nuca, me asusté y salí corriendo para cruzar el pasillo de vuelta a toda velocidad. Volví a sentirme sola, pero esta vez la soledad se me anidó en el estómago y ya no pude desprenderme de esa sensación desagradable.
Quería llorar, de hecho estaba segura que parte del nudo que me impedía respirar se desharía con el llanto, más me fue imposible soltar una lágrima. Iba a resultar que era tan dura como mi madre.
