Capítulo 21
A Kate no le fue nada fácil desprenderse de Tanya. Comenzó a ser consciente de cuánto dependían la una de la otra y de cuán poco individuos eran. Quería ir cuanto antes a la biblioteca a reunirse con Black, quien a lo largo de todo el día le había manifestado sus sentimientos con suma sutileza y con gestos que solo ella podía interpretar. Intercambiaron miradas, sonrisas y leves roces. Ni siquiera Tanya, que le leía el pensamiento, supo de lo que ocurría entre ambos.
Las hermanas dormían juntas y era muy arriesgado esperar a que Tanya se durmiera para marcharse y aventurarse a que se despertara y no la viera en la cama. Siempre podía inventar algún malestar o insomnio, no era la primera vez que sucedía, pero prefería estar completamente tranquila.
Por eso utilizó ración doble de la hierba de hipérico y valeriana que los médicos le recomendaban a su madre, para una tisana que llevó a su hermana después de la cena. Fue un engaño, sí, ella misma tomaba té mientras que Tanya se llevaba al estómago la mezcla infernal del sueño. Al menos descansaría, pensó, más que ella misma y se rió para sus adentros.
Efectivamente Tanya no tardó mucho en conciliar un sueño profundo. La observó durante un rato largo y cuando se aseguró de que no despertaría, se arregló el cabello y se dirigió tan sigilosa como pudo, hacia la biblioteca.
Allí se encontraba Jacob, tan enigmático como siempre. Era el hombre más atractivo que había visto en su vida y, a la vez, el único con el que sentía que no llevaba las riendas de la situación. Le observó desde el quicio de la puerta, leía. Casi siempre estaba leyendo, debía de ser un hombre cultísimo y sin embargo no demostraba esa superioridad ante los demás.
Se imaginó hincándole el diente en el cuello, arañando su espalda, arrancándole de la piel toda esa concupiscencia que lo envolvía y que lo hacía tan enigmático. Por fin iba a saber a qué sabía Jacob Black y cómo gemía en el sexo. Por fin lo tendría entre sus piernas, lo dominaría sin piedad hasta extraer el mayor orgasmo que una mujer podría darle en su vida.
Se le iba poniendo húmeda la entrepierna, eso era una buena señal. Fue cuando Black, como un macho de león que hubiera olido su flujo vaginal, volvió la cabeza hacia la puerta para mirarla con sus ojos de azul infinito. Dejó el libro sin preocuparse por la página por donde se quedaba y le sonrió con amplitud. Ella le devolvió la sonrisa.
Él se levantó y fue hacia ella. Con un gesto espontáneo la levantó con sus fornidos brazos y le mordisqueó los labios con los suyos hasta que le introdujo la lengua. Kate le devolvió el beso con toda la profundidad que pudo alcanzar y le sujetó la cabeza con ambas manos.
Jacob le cogió las manos, la dejó en el suelo y le dio la vuelta. Le recogió la larga cabellera rubia y comenzó a lamerle la nuca mientras cuchicheaba:
- Has tardado mucho, creí que no ibas a venir, que te arrepentirías, que no querrías nada conmigo.
- ¿Y cómo no iba a quererlo?
- Me hubieras desordenado el corazón Kate – le mordió justo en el nacimiento del pelo y ella gimió - tanto como quiero desordenar yo el tuyo.
- Ya lo has desordenado Jacob.
- Quiero desordenarlo aún más Kate, mi adorada Kate.
Siguió mordiendo el cuello hasta bajar al hombro izquierdo, donde también metió el diente, cada vez con más fuerza. Le sujetaba los brazos por encima del codo con sus manos fuertes, con lo que la muchacha se encontraba prácticamente inmovilizada.
Intentó darse la vuelta para besarle de nuevo, pero él no se lo permitió. Fue abriéndole el vestido poco a poco, desabrochando los botones de la espalda con parsimonia pero con seguridad, a la vez que seguía enrojeciendo toda la piel de sus hombros bocado tras bocado.
Ella quiso de nuevo girarse para quitarle a él la camisa, pero volvió a girarla y a bajarle las mangas del vestido dejándola con toda la parte superior del pecho al desnudo.
Aunque los pechos de la muchacha no eran desbordantes, sino más bien de tamaño medio, los pezones eran grandes y rosados y se mostraban enhiestos sólo para él. Los tocó con delicadeza para pellizcarlos con fuerza después.
Le dio la vuelta pero no para besarla, como a ella le hubiera gustado. Había que reconocer que los besos de Black eran realmente adictivos. Kate volvió a poner las manos junto a las orejas de él, sujetándole la cabeza, ahora que lo tenía de nuevo de frente, y una vez más le retiró las manos, esta vez con un deje de rechazo al que la muchacha restó importancia.
La soltó para desabrocharse la bragueta y dejar al descubierto una polla gruesa y palpitante como no había visto muchas Kate, a quien se le abrieron los ojos como platos sin poder disimular la admiración.
- ¿Te gusta verdad? – Dijo él con prepotencia y una media sonrisa en la boca - Pues venga, cómetela. – y con toda la fuerza de sus manos la obligó a arrodillarse.
De sobra sabía Kate cómo se chupaba una polla, eran varios centenares las que habían pasado por su boca, pero aquella era de una plasticidad y turgencia sin igual, todo un prodigio de la naturaleza. Se dispuso a meterla en la calidez de su boca cuando Black le agarró la cabeza empujándola hacia sí para que se introdujera todo su falo de golpe.
Kate llevaba bien lo de las arcadas, suficientes vergas se habían corrido ya en su lengua, sin embargo, la fuerza con la que arremetió la de Jacob le produjo una acceso de angustia que no se marchó porque él seguía moviéndole la cabeza para darse gusto. La sensación que tenía Kate no era la de estar haciéndole una mamada, sino la de que se la estaba follando por la boca.
Sin embargo Jacob se cansó pronto de su boca y decidió sacársela. Cuando lo hizo, un hilo transparente de saliva y semen premonitorio siguió uniendo su lengua con la polla de Black. Se la restregó por los labios entreabiertos; al fin y al cabo, Kate tenía intención de darle el máximo placer a su amante y quería parecerle lo más sensual posible, así que se dejó hacer. Él se agarró el pene y, como si fuera una porra, le pegó en el moflete un par de golpes fuertes que le hicieron cerrar los ojos y apretar lo labios.
La obligó a que se levantara de nuevo y le sacó el vestido por las piernas tirándolo hacia un lado. A la vez, él se desprendió de sus pantalones y su camisa quedando así los dos desnudos completamente.
Kate pensó que ahora empezaba lo bueno. Le gustaba tantísimo Jacob Black que la vulva se le inflamaba a la vez que las ganas de tenerlo dentro de sí. Ese hombre desbordaba erotismo y sensualidad y una vez que había probado su tranca firme, ardía de morbo por sentirla correrse entre sus carnes.
Ya no hubo más besos para decepción de la muchacha, quien solo besaba en ocasiones excepcionales, cuando el hombre en cuestión le gustaba especialmente. Y Jacob era uno de esos individuos a los que le hubiera gustado follarse mientras no paraba de besarle. Pero él mandaba, no era a lo que estaba acostumbrada, pero también le producía un morbo especial que la situación se desarrollara de forma diferente.
Él la colocó sobre el sofá, arrodillada de espaldas, de manera que su culo quedaba totalmente a la altura del prometedor pubis del muchacho. Kate esperaba una buena embestida desde atrás pero ésta no llegaba y la expectación era máxima, además de ponerla nerviosa.
Fue cuando él la acarició con delicadeza con sus manos grandes deslizándolas despacio desde los hombros hasta la cintura y al llegar al culo comenzó a azotarla con violencia. Los golpes se sucedían uno detrás de otro y a Kate empezó a incomodarla, pero no se atrevió a protestar por si él decidía acabar con el juego. Volvió la cabeza para pedirle explicaciones con la mirada y él no le contestó más que una amplia sonrisa y una mirada cargada de lascivia. Se notaba que estaba muy excitado y Kate pensó que mejor sería aguantar el dolor y no romper aquella magia de la que sólo disfrutaba él.
Siguió con los azotes a dos manos cada vez más fuertes. La piel del culo de Kate estaba en carne viva, enrojecida y ardiente, pero esas señales desaparecerían pronto. Movió el trasero incitándolo a entrar de una vez y Black no pudo resistirlo más.
Agarró toda la mata de pelo de Kate y la enroscó en la mano izquierda mientras que con la derecha controló la cadera de la muchacha y la penetró de golpe, con ímpetu, a la vez que atraía su cuerpo de piel blanca hacia él, con las dos manos.
Le metía la polla y se la sacaba con rapidez y ardor, como si fuera la última vez que podría disfrutar de un buen chocho jugoso como el de la condesa rubia. A Kate al principio le molestó que la cabalgara de aquella forma, tomando como rienda su propia cabellera, pero resultó que su espalda se arqueaba en una postura especial que hacía que el nabo de Black le apretara las tripas hasta darle un placer diferente a todo lo que había obtenido en mucho tiempo. Ni siquiera el muchacho de las cuadras, con su potente polla, le había entrado tan adentro ni con tanto ímpetu como lo hacía Jacob.
Aquel hombre era un ser nacido y criado para el sexo, era un verdadero animal de follar. Kate pensaba en todo aquello y se le mojaba cada vez más el coño. Con cada embestida, cada vez más fuerte, y su posterior salida, se escuchaba un sonido acuoso, como el chof chof del barro al meter los pies e intentar sacarlos.
Kate no quería terminar tan rápido, pero sintió las convulsiones internas de su orgasmo, que parecía que se extendían desde su útero hasta sus extremidades. Fue un orgasmo largo y violento, tanto como el acto en sí. Se vio obligada a jadear, porque el corazón le bombeaba tan rápido que se le iba a salir del pecho y su sangre necesitaba oxígeno. Su cuerpo se iba agotando cuando sintió que Black le explotaba dentro mientras se la metía aún más fuerte y gemía de puro placer.
Le sacó la polla, aún tiesa y brillante por los restos de flujo vaginal y semen y se sentó en el sofá. Con ambas manos la agarró por la cintura y la sentó sobre él mientras su verga enhiesta se introducía poco a poco por el culo.
El orgasmo ya casi perdido de Kate se reavivó y esta vez fue ella la que botó sobre el miembro, aún duro de Jacob. Ese hombre era un verdadero salvaje. Jamás, había conocido a nadie que después de eyacular con la abundancia con que lo había hecho él, siguiera con la polla tan dura y con más ganas de sexo.
Sentía su pene entrando y saliendo de su carne más prieta y el ano le bullía de excitación. Menuda porculada le estaba haciendo Black, el que no quería nada con ella al principio. Cada vez que salía y entraba de su cuerpo se le iba escurriendo por el coño parte del semen tibio que él le había regalado.
O tuvo varios orgasmos o fue uno largo y continuado, no lo tenía muy claro, pero sabía que así no podría seguir por mucho tiempo, pues se le iban agotando las fuerzas y ya apenas podía respirar. Jacob la agarró aún más fuerte de la cintura y con sus potentes brazos la impulsó hacia arriba y hacia abajo para penetrarle el culo con más fuerza, hasta que él mismo volvió a correrse dentro de su carne, aunque por diferente agujero. Mientras la polla se le movía a grandes espasmos en el interior de Kate y soltaba varios chorros de semen, le mordió la espalda. Ella lo sintió, pero se mezclaba el dolor con el placer y no fue consciente de que sangraba hasta bastante después, cuando todo se calmó un poco.
Cuando se levantó de Black, éste aún seguía teniendo la polla más dura que una piedra y a ella, que ya tenía el culo cerrado, le resultó algo molesto sacarla.
Se arrojó a sus brazos exhausta, él tenía los músculos laxos y la abrazó con pereza mientras la besaba en la boca y hacía que bailaran sus lenguas. Después Kate se recostó en su pecho y miró como, muy lentamente, el pene perdía la maravillosa erección que tanto placer le había proporcionado. Solo esperaba que él hubiera gozado tanto como ella.
Se abandonó a un dulce sueño acurrucada entre la piel de Jacob y su respiración pausada. Despertó horas más tarde tumbada en el sofá y con el cuerpo frío, a pesar de que Jacob, antes de marcharse, le había colocado encima el vestido que anteriormente le había quitado.
Se vistió a la ligera y entró con suma cautela en su habitación, donde su hermana, aún bajo los efectos de la tisana sedante, se removió entre las sábanas al sentir su presencia, pero sin llegar a despertar.
Desde aquella noche no faltaron ocasiones para que Black y Kate hiciera y deshicieran el amor en cualquier estancia de la mansión, en cualquier momento del día y con cualquier estado de ánimo.
A las gemelas se las veía muy contentas, y todos dieron por hecho que se debía a la proximidad de la gran fiesta en honor a su diecinueve cumpleaños, o tal vez porque la casa se mostraba realmente bulliciosa con tantos invitados interesantes.
Lo cierto es que, por primera vez desde que nacieran, habían logrado separarse la una de la otra en algunos momentos. Ya no se las veía juntas a todas horas e incluso decidieron que sería mejor vestir cada una a su antojo, en lugar de pelear cada día por el consenso de un mismo hato.
Eran agradables con todos los invitados, hasta con las jovencitas que habían acudido con el único objetivo de encontrar un buen esposo. Sonreían por doquier y había entre la servidumbre quien aseguraba que las había visto suspirar por las esquinas, como si estuvieran enamoradas.
