Capítulo 22

Bella

Se acercaba el día de la fiesta, fecha que todos esperábamos como agua de mayo. Unos para divertirse a lo grande en un acto social sin parangón, otros para que se acabara aquel delirio cuanto antes. Los criados estábamos agotados entre los preparativos, la recepción de invitados y la atención diaria a los mismos. Además, el día clave prometía una jornada laboral intensa e interminable.

El cansancio había hecho estragos en los rostros de algunos de los sirvientes, sobre todo de los más mayores y, el conde, al que no se le escapaba nada, optó por contratar temporalmente a tres lacayos y dos criadas más para que ayudara en las tareas de mayor peso.

Y a mí, al cansancio se me sumaba una revolución de intensos sentimientos que me iban minando la energía. Por una parte estaba la situación con Edward, totalmente en ruinas desde nuestra última conversación. No nos habíamos vuelto a dirigir la palabra y él ni siquiera me miraba. Yo deseaba con todas mis fuerzas que volviera todo a su lugar, sin embargo él no estaba por la labor. Posiblemente había dejado de amarme o simplemente se había dado cuenta de lo enclenque que había sido lo nuestro.

Además, yo tenía mi orgullo. Mi madre, desde que era yo una cría me había repetido hasta la saciedad que el orgullo hay que tragarlo de vez en cuando, que nos puede herir a nosotros mismos. Pero mi dignidad la consideraba por encima de todo, incluso de mi integridad física y no podía evitar enarbolar la bandera del orgullo, cuando entendía que me menoscababan la dignidad.

Con Edward estaba sucediendo precisamente eso. Que me ignorara me lo estaba tomando como una ofensa personal a mi dignidad y había llegado un momento en el que casi prefería tragarme el dolor de saber que ya no quedaba nada entre nosotros, pero no permitiría que me siguiera humillando de aquella manera. Así que comencé a hacerle desprecios delante de otras personas, algo que no ayudaba y, yo lo sabía, a aclarar la situación entre nosotros.

Por otra parte, después de la fiesta me correspondían los primeros días de descanso junto a mi familia. Habían pasado tan solo tres meses, pero me parecía que había transcurrido todo un año desde que viera a mi madre y a mis hermanos por última vez. Me emocionaba solo pensar en abrazar a mi madre, aunque también le tenía un miedo atroz a su primera mirada. No sabía si, mi ya perdida castidad, saldría a relucir ni cómo se lo iba a explicar.

Tampoco tenía claro si echarle en cara que me hubiera traído a este lugar o agradecérselo de corazón. Eran sentimientos muy contradictorios los que me bullían en el pecho por aquellos días.

Además, quedaba el escabroso asunto de mi maldita participación en la fiesta por capricho de las endiabladas condesitas. El plan ya estaba previsto, me lo habían repetido hasta la saciedad. Después del banquete - pues para éste se necesitaban cuantas más manos posibles mejor - con la ayuda de otra de su criada de referencia, me vestía y me peinaba para bajar al salón del baile, donde estarían todos los invitados. Me presentarían como la hija de un comerciante viudo que no había podido asistir él mismo a la fiesta.

Las indicaciones de las hermanas fueron claras: no debía parecer demasiado inteligente ni interesante y me dejaron muy claro que la farsa duraría apenas un par de horas o como mucho tres, que no me pensara que iba a disfrutar de su fiesta como si fuera una persona de la alta sociedad. Si habían hecho todo aquello por mí era simplemente para lograr sus objetivos. Objetivos que yo no sabía muy bien cuáles eran, aunque tenía claro que estaban relacionados con alguna broma pesada a su hermano Eleazar.

Aquello me causaba un desasosiego incómodo aunque no podía negar que una parte de mí se imaginaba muy satisfecha con mi elegante vestido verde.

Llegó el día de celebración de la fiesta. Me había acostado, como la mayoría de los criados, cerca del amanecer. Pocas horas después nos encontramos casi todos en las cocinas tomando café bien fuerte para poder continuar con una jornada que se adivinaba muy dura. Cuando llegué, vi que Edward estaba ya desayunando y reía sin parar, como solía hacerlo conmigo en la intimidad, mostrando todos sus dientes y achinando los ojos. Conversaba con una de las criadas nuevas que había contratado don Charlie Denali para reforzar el servicio. Era una muchacha insulsa, de tez pálida, pero no pálida blanca, sino pálida enfermiza, de grandes labios sin color y nariz un tanto ancha, que la hacía parecer boba. Sin embargo sus ojos, unos ojos grandes y marrones, muy expresivos, miraban a Edward, mi Edward, como si fuera una deidad a la que orarle de por vida.

Supe que Edward me vio por el rabillo del ojo; lo supe porque en cuanto entré y saludé a los demás, su musculatura se puso tensa, sin embargo siguió hablando y riendo con la muchacha, exagerando los ademanes y ampliando su sonrisa. Quería que me sintiera celosa. Y me sentí, vaya si me sentí; una parte de mi quería coger a esa mosquita muerta del cabello y arrastrarla hasta el jardín para darle patadas hasta hacerla sangrar. Una parte muy violenta y muy infantil, está claro. Los celos se me hicieron una madeja de lana áspera que se instaló en mi garganta; pero con la ayuda del café y las expectativas del día, logré tragarla.

La verdad es que por dentro me bullía la sangre, que se me iba envenenando a cada carcajada de él, pero por fuera fui capaz de mostrar la más absoluta frialdad y desinterés.

Terminé mi desayuno tan rápido como pude y me marché a hacer mis tareas, que hoy eran copiosas. Además, de sobra sabía que los dos tortolitos debían ponerse al tajo igual que todos, con lo cual, poco tiempo para sus risas les quedaba ya. Claro que… también habían podido pasar la noche juntos. Los nuevos criados, aunque temporales, habían pernoctado en la mansión. Al pensar aquello, un desgarrador retortijón me recorrió el bajo vientre, los celos se me estaban anidando ahí tan solo de pensarlo.

Desde el incidente con Edward, había olvidado por completo a Black, ya no pensaba en él. Sin embargo esa mañana lo vi fumando en su balcón y no puede evitar extasiarme mirándolo. Llevaba el cigarro muy despacio a sus labios y lo besaba con detenimiento mientras respiraba por él. Las volutas de humo eran, literalmente, un suspiro materializado, que se perdía en la suave brisa del amanecer.

Mi cuerpo volvió a desearlo, pero Edward volvió a aparecer en mi mente riendo con la otra muchacha y se me oprimió de nuevo el pecho. Antes de dejar de observar a Black comprobé cómo sus fríos ojos zarcos se clavaban en los míos.

Aquel sería un día muy largo.

Me desplomé rendida en el lecho. Sabía que debía vestirme rápido o las víboras rubias me despedazarían con sus colmillos afilados, más el día había resultado más que agotador y mi mente no pudo evitar evadirse y subyugarse al sueño. Me desperté por los golpes que Ángela, la criada personal de las condesitas, propinó a mi puerta.

- Venga… que te están esperando ¿Acaso quieres que se pongan hechas unas furias?

- Dios no quiera. Me he quedado dormida, estoy muerta.

- Ya, así vamos todos, ellas como se levantan al medio día…

No conocía mucho a Ángela, pero empaticé con ella desde el primer momento. Era más o menos de mi edad, algo mayor quizás; sonreía con asiduidad y estaba un poco contrahecha. Aunque me duela decirlo, era la criada más fea de toda la casa. Ya se habían encargado Kate y Tanya de elegir a una criada personal que no les hiciera sombra. O podían ser aún más crueles, pensarían que la fealdad de Ángela realzaría su belleza. El caso es que la muchacha, para mi tenía mucho mérito. Las suyas debían de pasar atendiendo personalmente a las dos arpías. Seguro que la humillaban y la vejaban hasta físicamente. Pero ella, con toda la elegancia de la que era capaz, seguía sonriéndoles a diario.

No pude evitar aprovechar el momento para sonsacarle algo, mientras me colocaba el vestido.

- ¿Sabes algo de lo que tienen pensado hacer conmigo esta noche?

- No sé nada, delante de mí solo cuchichean.

- Ya, y si lo supieras no me lo dirías – alegué con un gesto de comprensión, al fin y al cabo yo hubiera hecho lo mismo en su situación.

- Tú solo intenta pasar lo más desapercibida posible – dijo mientras me soltó el pelo, cepillo en mano – aunque con este pelo tan hermoso no sé muy bien cómo vas a poder hacerlo.

- Trae, ya me lo cepillo yo, soy una criada, igual que tú ¿Recuerdas?

- Con este vestido… ¿Quién lo diría? – Lo dijo con auténtica admiración, sin rastro de envidia, nobleza en estado puro – estás preciosa Bella, en serio, creo que mucho más que ellas.

- Espero por mi bien que estés mintiendo Ángela – pero en sus ojos ya veía yo que lo decía con total sinceridad.

- Ten cuidado querida, no te dejes arrastrar por una falsa ilusión y huye en cuanto se hayan cansado de ti. Con tanto galán deseando colarse entre sus faldas seguramente será rápido – se le escapó una sonrisa maliciosa.

- Espero que sí.

Al mirarme en el espejo del pasillo no reconocí la imagen que me devolvía y me quedé admirándola, paralizada, como si de otra persona se tratase. Y no una persona cualquiera, parecía una verdadera dama, de las de alta sociedad, una elegante, con estilo y elegancia personal.

La tela del vestido no solo devolvía, sino que incrementaba los destellos de luz que en él se reflejaban. Curiosamente, el verde de la tela convertía mis ojos en luceros, que refulgían al mismo ritmo que el atuendo. Todo podía haber quedado así, en una chica bonita con un vestido bonito. Pero era algo más. Hacía tiempo que no llevaba el pelo suelto y ya ni siquiera recordaba lo bonito que era. Más allá del cepillado diario, no le dispensaba mayores cuidados, pero no importaba, se mostraba brilloso y exuberante y caía en una cascada de ondas marones rojizas sobre la piel pálida de mi rostro, cuello y escote.

Sin buscarlo me vino a la mente un episodio de mi infancia en el que varias niñas de la aldea me insultaban por tener el pelo rojizo.

- Pelo de bruja, pelo de calabaza- me decían.

- No te acerques a nosotras que las pelirrojas dan mala suerte.

- No doy mala suerte, en mi casa no tenemos mala suerte y yo estoy siempre allí – intenté excusarme.

- ¿Ah no? Tu padre se murió y sois más pobres que las ratas, no tenéis ni para comer, eso es por tu mala suerte – dijo Anita la panadera.

Que me mentaran a mi padre era excusa suficiente para sacar a relucir toda la violencia contenida que atesoraba desde su muerte. Le di su merecido y algo más. Le pegué tanto que, si no hubiera sido una chiquilla, la podría haber matado. Fueron varias las semanas que lució en el rostro, y en otras partes de cuerpo, las señales moradas que indicaban que con Bella no había que meterse.

Con ese acto avergoncé a mi madre y medio pueblo nos dio la espalda, pero aún hoy, aunque me arrepiento de no haber sido capaz de controlar mis impulsos, sigo pensando que ella misma se lo ganó. No solo por las palabras que dejó escapar en ese momento, que al fin y al cabo, era crueldades típicas de críos, sino por la cantidad de tiempo que me hizo reflexionar sobre si el color de mi pelo sería la condena de mi familia y la causante de la muerte de mi padre.

Ahora sabía que la suerte se la ganaba uno, no iba en el color del cabello de nadie.

- Pareces una de ellos – dijo Ángela volviéndome a la realidad y mirando al espejo con la misma admiración que yo.

- ¿Una de quién?

- Una invitada más, una señorita de bien… y de dinero.

- Por poco tiempo, a ver lo que dura esto, vamos.

Recorrimos el pasillo a paso rápido en dirección a los aposentos de las hermanas que, tras la cena, se estarían acicalando aún más. Justo antes de llegar nos salió al paso don Charlie Denali, como si nos hubiera estado esperando.

No sabía muy bien qué excusa poner ni cómo explicar todo aquello, pero no hizo falta. El conde, por alguna razón que desconozco, sabía el papel que me había tocado representar aquella noche.

Nos hizo pasar a un pequeño vestíbulo que hacía las veces de nudo entre pasillos. Había allí varios espejos situados estratégicamente, de forma que otorgaban a los corredores mayor luminosidad y hacía que fueran aún más largos de lo que ya de por sí eran.

El conde estaba impresionado con mi presencia, se lo vi en esos ojos tan fáciles de leer. Él, que habría conocido a cientos de mujeres hermosas a lo largo de su vida y, sin embargo, me repasaba de arriba a abajo una y otra vez como si yo no fuera real.

- Ya lo dije en una ocasión, Bella – dijo con ese rostro adusto suyo, pero con una expresión amable asomándole a los ojos – eres un verdadero capricho de pelo rojizo.

- Se lo agradezco señor Denali – no sabía ni qué decir ni cómo excusarme – pero esto no ha sido idea mía.

- Sé de sobra de quién es la idea, pequeña – resaltó esta palabra en un tono excesivamente paternal que jamás le había escuchado ni con sus nietos, a Ángela le extrañó igual que a mí porque mudó la expresión de la cara y no daba crédito – lo que no saben es que les puede salir el tiro por la culata… en fin, boberías de mujeres… de mujeres bobas.

Sacó de su bolsillo una pequeña caja enfundada en piel marrón, la abrió entre la expectación de ambas y extrajo de ella una joya como jamás había imaginado que existiera. Era un rubí más rojo que la sangre, engarzado en la mínima plata posible capaz de soportar su peso. Se deslizaba por una fina cadena, también de plata, nada ostentosa.

Con delicadeza me levantó el pelo, no sin antes recrearse en su tacto y me colocó la joya. Sin duda fue concebida para lucir sobre una piel tan blanca como la mía, de forma que pareciera que iba abrochada sobre el mismo escote. Los dos pechos y la piedra en medio, solos los tres, en perfecta armonía.

- Esta joya fue de mi madre, Bella – y se perdió en un pasado muy lejano del que tardó en volver - tenía el pelo tan escarlata y hermoso como tú. Durante mi infancia se los vi lucir en cada fiesta, el rubí y su melena. Ningún otro color de cabello merece bailar con esta joya. Por eso lo llevarás tú esta noche.

- Pero señor – intenté quejarme, me daba verdadero pavor que se perdiera, o peor, que a las hermanas las corroyera la envidia – a sus nietas no les va a gustar este… exceso – no se me ocurrió llamarlo de otra manera.

- Exceso, sí querida, tú lo has dicho, pero lo que es un verdadero exceso es tu belleza, esta piedra no hace sino resaltarla, pero en sí misma no es más que un pedazo de mineral – me miró a los ojos y colocó una de sus manos arrugadas en mi hombro, como para infundirme confianza – no te preocupes, está todo arreglado. – Y continuó con determinación - Hoy, después de más de medio siglo, esta joya volverá a lucir en el palacio de los Denali.

Y se marchó sin más, dejando tras de sí una estela de misterio y autoridad que quedó flotando en el aire unos segundos, en los cuales, ni Ángela ni yo nos atrevimos a movernos.

- Vamos – me empujó Ángela – se van a poner hechas unas basiliscos como sigamos tardando.

- O cuando vean lo que llevo en el cuello.

- Si el conde dice que está todo arreglado, lo está, por eso no te preocupes.

- Tú sabes más de lo que aparentas saber.

- Yo no sé nada Bella. Aunque, si lo supiera, tampoco te lo diría – me guiñó el ojo.

En ese momento dudé si quien había colocado a aquella muchacha al lado de las hermanas habían sido ellas mismas o su abuelo, al fin y al cabo, era el patriarca, debía estar informado de todo y quién mejor que una criada impuesta por él para enterarse del más mínimo detalle. Pensé que debía investigarlo más adelante.

Al llegar a los aposentos de las hermanas leí la envidia en sus ojos. Esa envidia malsana e infundada que corroe un poco el corazón y disminuye su calidad. Aunque a sus rostros no asomó ni pizca de esa envidia, más bien al contrario, me miraron con desprecio, como si fuera vestida con harapos; en realidad solían hacer aquello con casi todo el mundo, con un gesto aprendido desde ve a saber qué temprana edad.

Ellas iban recargadas hasta el exceso, tanto de joyas como de maquillaje. Se habían colocado perlas y diamantes hasta en el pelo. Y los polvos blancos de la cara y el colorete de labios y mejillas les hacía parecer muñecas de porcelana inertes.

Se mostraban hermosas, tampoco lo iba a negar; a sus esbeltos cuerpos se les ceñían los vestidos de raso rojo acentuando sus curvas femeninas. Estaba segura de que en la cena habían sido la admiración de todos los presentes, aunque habían llevado otras ropas más discretas.

También estaba segura de que ellas pretendían hacer su entrada triunfal a la hora del baile, querían que los músicos tocaran una pieza especial cuando ellas comenzaran a bajar por las escaleras que llevaban al salón principal, donde se encontrarían todos los presentes, entre ellos Jacob Black, que abriría mucho los ojos y la boca en señal inequívoca de admiración a su belleza.

Qué asco me daba aquella situación. Y yo tendría que bajar tras ellas, como una mosquita muerta que ni siquiera sabía bajar unas escaleras con los zapatos de tacón. Esperaba de corazón que todos los brillos que se habían colocado encima captaran realmente toda la atención y pasara yo como parte del mobiliario, totalmente desapercibida.

- Tanya mira lo que tenemos aquí– dijo con su voz afectada una de ellas - ¿Crees que a Elearcito le gustará esta ramera?

- Espero que sí, lo nuestro nos ha costado adecentar a esta chusma – apuntó la otra mientras me rodeaba para comprobar cómo me había arreglado.

Ambas clavaron sus ojos en el rubí que me había colocado el conde, pero no se dignaron a hacer el más mínimo comentario, como si fuera transparente, como si no existiera. Tanto mejor, pensé yo, por un momento creí que me lo arrancarían del cuello como gatas rabiosas.

- ¿Quién te ha arreglado el pelo así? – la envidia le asomaba a la voz.

- Yo misma señora – contesté como toda la humildad de la que fui posible mientras agachaba la cabeza.

- ¿Seguro que no has sido tú, Sarita?

- No señora, cuando llegué ya estaba peinada – se excusó la criada – pero mire esas ondas, están totalmente desfasadas – y me miró con complicidad.

- Sí, eso es cierto, van a pensar que es una cateta venida a más.

- Maquíllala un poco, no pueden pensar que es una de nuestras criadas de piel mortecina. Pero sin excesos, con un poco de brillo en los labios y algo en los ojos basta.

- Descuide señora, será lo más discreto posible sin que parezca que va con la cara lavada como la servidumbre.

- ¡Exacto!