La intensa oscuridad en la habitación logra hacer que se sienta perdido, aun cuando sabe perfectamente que se encuentra recostado sobre la cama de su cuarto.
Lleva horas intentando conciliar el sueño, pero finalmente se convence de que no lo logrará y que tampoco valdrá la pena.
Se siente inquieto y asustado, y no sabe si la tormenta que azota con fuerza los cristales de su ventana lo tranquiliza o aumenta sus nervios porque podría tratarse de un mal presagio.
Se pregunta por milésima vez si la decisión que estaba por tomar era la correcta, sin embargo, un pero después de cada sí le asalta y teme que tarde o temprano se encuentre diciéndose que no, porque si lo hace entonces no queda nada. Solo esperar.
Se envuelve todavía más con las sábanas y suspira. Las horas pasan lento pero de todas formas se sorprende cuando el despertador suena, recordándole más que nunca que todo era real.
Harry se siente muchísimo mejor al ver a Ron y a Hermione en San Mungo cuando ingresa a la sala de espera. Por un segundo, desea tener nuevamente once años para correr hacia ellos, pasar los brazos por sobre los hombros de ambos y abrazarlos sólo porque sí, pero se contiene y se limita a caminar hacia ellos.
Hermione le regala una pequeña sonrisa para animarlo y Ron le da dos palmaditas en su espalda cuando ya está suficientemente cerca.
—Todo saldrá bien, Harry.
—Narcissa está adentro, con Draco. –le informa Hermione. —También Dimitri.
Harry se estremece al oír el nombre del chico pero intenta alejar todo sentimiento de arrepentimiento de su ser.
—Estaremos contigo, Harry. –le dice Ron antes de apretar su hombro.
Harry asiente. Lo sabe. Siempre están con él en las buenas y en las malas. Estuvieron con él cuando emprendió camino en busca de los horrocruxes y están con él ahora que a Draco le dejan sin ni un sentimiento. Con vida.
Draco sube por las escaleras nada más entran a la casa. Anuncia que va a vestirse algo más cómodo y no le dedica mirada alguna.
Harry lleva cuatro días viéndolo a unos ojos grises desprovistos de luz, los mismos ojos que ha visto por años pero vacíos, como si se tratase de un muñeco.
En cuanto Dimitri Melnikov rompió la maldición, a Draco sólo le bastaron un par de minutos para despertar, lo suficiente para que el ruso le recordara a Harry que estaba la posibilidad de que volviese a predominar la maldición, porque la Marca Tenebrosa en su tiempo se aceptó con voluntad y eso hacía más potente la magia negra.
Harry había asentido sin ganas y había quitado la vista del hombre para mirar a Draco, a quien encuentra en el momento exacto en que empieza a parpadear. En cuanto el pelinegro lo ve, su primer impulso fue de correr a abrazarlo pero no quiere hacerle daño. Su cuerpo probablemente seguía delicado.
Narcissa fue la primera en hablar y Draco la saludó como si acabara de despertar de una siesta. Harry entonces se atrevió a susurrar su nombre y en cuanto le mira sabe que nunca más será el mismo. Después de un insípido saludo, le pidió que llamase a un medimago para evaluarlo. Cuando la revisión acabó, Draco se mantuvo callado, mirándolos a ambos, pero sin hacer ni un comentario. Su mirada fue más bien sugerente, como si se preguntara por qué no se iban si el medimago ya les había advertido que estaba lo suficientemente bien para volver a casa en cuatro días.
Después de unos minutos Harry oye pasos en las escaleras y no tarda en ver a Draco ingresando a la sala dónde él estaba. Le sonríe, es su forma de demostrarle que está todo bien, pero el rubio no le devuelve la sonrisa.
—¿El elfo ya tiene lista la cena?
—No, pero yo te puedo cocinar. Dime qué quieres comer.
—¿Cuál es el sentido de eso si hay un elfo que cocina más rápido? -Harry asiente.
—Bien, bien, le diré. ¿Algo en especial?
—Lo que sea, me da igual. –responde —Estaré leyendo. Mañana supongo que tendré que volver al trabajo.
—Acabas de salir del hospital. Vuelve la próxima semana.
—Lo pensaré. -sus ojos grises se clavan en los de él antes de agregar: —Que el elfo me avise cuando la cena esté lista.
Era la primera tarde calurosa después de meses.
En la oficina del auror no se oía sonido alguno más que el de la pluma contra el papel y la suave melodía de una radio a la que Harry no le presta mayor atención. No había nadie más en el departamento de aurores puesto que todos habían acabado su turno, pero a Harry le gustaba quedarse de último para planificar el día siguiente. Nunca había sido demasiado organizado, pero desde que obtuvo el cargo de jefe de la oficina de aurores había puesto de su esfuerzo para que el departamento no se fuese abajo por su culpa.
De todas formas, no tuvo que entretenerse mucho tiempo esa tarde. Había tenido un día muy tranquilo así que no tardó en terminar todo lo que tenía pendiente.
Había almorzado con Hermione, y su amiga le había invitado a su casa luego del trabajo, así que decide escribirle una nota a Draco para avisarle que llegaría tarde a casa. Mientras escribe prefiere no pensar en que a Draco no le preocupa ni le interesa si llega tarde o no, pero Harry siente que debe mantener ciertas costumbres y esa es una de ellas.
Se imagina a Draco en ese mismo minuto leyendo en la biblioteca de la casa, porque es lo único que hace durante todo el día si no está en su despacho.
Cuando la lechuza se aleja con la misiva, Harry ingresa a la red flu y no tarda en aparecer en la sala de sus amigos.
—Harry, que bueno que ya has llegado –le dice Ron desde el sofá meciendo calmadamente a su hijo en sus brazos. —Si no ceno en los próximos minutos moriré de hambre, y tú serás el único culpable.
—Ja ja llegué temprano, no te quejes –le responde acercándose al chico —¿Qué tal el día libre?
—Perfecto. Dormí hasta tarde y fue lo mejor. Luego me pasé el día en casa de mis padres y Rose no se quiso venir conmigo así que dormirá en La Madriguera esta noche.
—¿Cómo están tus padres?
—Bien, bien. Mi padre consiguió un móvil ¿lo dije bien? Y ha estado llamando a números al azar. Mi madre sólo quiere que se despiste para destruirlo.
—Lo conseguirá pronto –opina. —¿Y Hermione?
—Fue a la tienda a comprar todo lo que yo olvidé.
—Una lista, Ron, no cuesta nada. –le dice, recibiendo al pequeño Hugo que le entrega su amigo y que duerme plácidamente.
—Sí, sí para la próxima. –responde caminando hacia la cocina, Harry le sigue intentando caminar lento para no despertar al pequeño. —¿Puedes creer que las comidas me salen casi como las de mi madre?
—No, Ron, nadie puede igualar la comida de Molly.
—Dime eso cuando pruebes la cena. –lo desafía —¿Qué hay de Draco?
Harry no alcanza a responder porque Hermione se aparece justo en ese momento en la cocina. Lleva una pequeña bolsa colgando en un brazo y Harry imagina que tiene un hechizo expansible.
—Harry, hola. Que bien que has llegado. Ron piensa que se desmayará si no come luego.
—Eso me ha dicho.
—Bien, vayan a sentarse, que llevo los platos.
—Déjame ayudarte –se ofrece Hermione pero Ron le besa la mejilla y niega con la cabeza. —¿Cómo estuvo el resto del día, Harry?
—¿Qué hago con este niño? –bromea el pelinegro. Hermione agita su varita y no tarda en aparecer un pequeña cuna junto a ellos.
—Recuéstalo ahí, por favor.
—Estuvo tranquilo el día. Sólo trabajo de oficina. ¿Y el tuyo?
—Lo mismo –responde la chica mientras Ron se sienta junto a ellos, con tres platos levitantes siguiéndole.
Probablemente había sido el vino, o que Ron realmente tenía un talento culinario, pero la cena transcurrió en un parpadeo. Conversan sobre las últimas noticias que ha publicado El Profeta, a lo que Hermione comenta "Que bueno que has dejado de leerlo, Harry. Con la nueva dirección parece una revista de farándula y no un periódico serio" y hablan sobre la nueva obsesión de Ron, jugar a los bolos, quien ya había hecho llorar a Rose una vez por lanzar mal. Cuando llegan al postre hablan del futuro. Harry les comenta que tiene un par de ideas que podrían implementar en el departamento de aurores y Hermione le dice que no sólo están buenas, sino que podrían darle un pase directo a que lo promovieran a jefe del departamento de Seguridad Mágica. Por otra parte, sus amigos tenían planes de mudarse a una casa más grande y cerca de algún colegio muggle para los niños antes de que tuviesen la edad suficiente para entrar a Hogwarts. Ron comenta que no cree que sea necesario, puesto que él aprendió todo de su madre y cree que todavía es capaz de enseñarle a sus nietos, pero Hermione insiste en que hay cosas del mundo muggle que Molly no puede enseñarles.
Cuando los tres se trasladan a la sala junto a la estufa para beber unas cuantas cervezas, Hermione pregunta, intentando sonar casual, por Draco.
—Draco, bueno. -Harry suspira con cierto pesar —Como saben renunció a su trabajo y hasta hace unas semanas dedicaba todo su tiempo a una investigación sobre la maldición de la marca, pero he notado que cada vez se interesa menos en ella.
Harry se mira las manos que sostenían la botella de cerveza y sube la vista cuando Hermione se aclara la voz.
—¿Por qué está haciendo una investigación? ¿Ha presentado síntomas de… bueno, de la maldición? -pregunta, inquisitiva.
—No. Pero me ha comentado que hubo un caso similar en algún lugar de África y otro en Filipinas por lo que quiere saber más. O quería.
Hermione frunce el ceño un momento, reflexiva. Luego le mira.
—Me envías una lechuza con los detalles, me gustaría ver de que tratan los casos.
Harry asiente.
—Además, siento que hace la mayoría de las cosas solo por costumbre o porque son necesarias. -explica. —Me refiero a que, no ha descuidado su aseo personal ni su apariencia, pero si está todo el día en casa podría usar ropa más cómoda y no las túnicas de siempre. Ocurre lo mismo en la cena. Todas las comidas las come en su despacho a excepción de la cena. Cenamos juntos, pero no creo que quiera hacerlo de verdad, sino que mantiene la costumbre.
—Puede que lo haga por ti -comenta Ron.
—Ron, Draco no siente nad… -luego se lo piensa y asiente —Es cierto. Ron tiene razón. Quizás no lo hace porque realmente quiera, sino que lo hace porque puede que recuerde que si estuviese bien haría eso por ti. No ha olvidado los sentimientos, solo que no puede sentirlos.
Harry medita un instante sobre las palabras de su amiga y luego asiente, sorprendido.
—Tienen razón… La verdad -recuerda Harry —Eran pocos los días que teníamos la oportunidad coincidir en el almuerzo, pero nunca nos perdíamos la cena.
Ron le sonríe y le da dos palmadas en el hombro para animarlo.
—Ya no puede querer, pero recuerda que lo hizo.
Harry asiente, sintiendo una punzada de dolor y emoción en su pecho. Era tan injusto que Draco estuviese pasando por eso.
—Esa debe ser la razón por la que sigue compartiendo cama conmigo. -comenta más para él, pero sus amigos también escuchan. Se siente conmovido hasta que ve el amago de sonrisa en el rostro de Ron.
—Supongo que el sexo ya es historia -comenta ganándose un fuerte codazo en las costillas por parte de Hermione.
—Ronald ¿No puedes tener un poco de tacto? -le regaña, regalándole una miradita avergonzada a Harry.
—Si, Ron, te has pasado. -asiente con las cejas en alto —Pero para tú información no del todo.
—¿Ah no?
—Es una necesidad también, Ron. -le recuerda la chica.
—Y, sí. No es como si tuviese deseos de hacerlo, sino como si las ganas le interrumpieran sus tareas y solo quiere quitárselas de una vez.
—Vale, al menos así ya reduces las pajas -salta de nuevo y Hermione se incorpora negando con la cabeza.
—¿Me recuerdas por qué me casé contigo, Ron? ¿Harry, quieres otra cerveza?
—Si, Herm. Gracias. -Luego mira a Ron con las cejas en alto. —También quiero que me recuerdes por qué somos amigos.
—Harry, esperemos a que se duerma y nos vamos. -se burla, acercándose al pelirrojo para besarle la mejilla.
Los tres comparten un par de cervezas más antes de darle fin a la velada.
Cuando Harry llega a casa se encuentra a Draco en la habitación. Estaba recostado sobre la cama con los ojos cerrados, pero no parecía estar durmiendo.
—Hola, Draco -le sonríe Harry besando su frente. Draco abre lentamente los ojos hasta posarlos sobre él.
—Hola. ¿Cómo ha estado la cena?
—Bien. Te extrañamos.
—No mientas -le dice sin gracia —De todas formas, no me apetecía ir.
Harry asiente y comienza a quitarse la túnica para vestirse el pijama. Cuando está listo se sienta a un lado de la cama y mira a Draco.
—Lo lamento, por cierto, no volveré a faltar a la cena ¿si?
Draco se encoge de hombros.
—Está bien, Harry. No tengo problemas con eso.
—Me gusta cenar contigo, Draco.
El rubio asiente y se incorpora para meterse bajo las tapas de la cama. Harry va al cuarto de baños para lavarse los dientes y cuando vuelve con su esposo se recuesta junto a él.
—¿Cómo va tu estudio?
—Lo dejaré. -suelta como si nada. A pesar de que Harry ya se lo esperaba, de todas formas se sorprende ante la noticia.
—¿Por qué?
—Ya sabes que la maldición no se puede romper… Ahora solo evita efectos, si dejamos de lado los sentimientos, pero si vuelvo a sentir quiere decir que ya no funciona el contra hechizo de Dimitri. -le recuerda —Lo único que he encontrado sobre ella es que se cierra y no sé a qué se refiere eso realmente. La única persona que lo ha logrado, según mis lecturas, está muerta y no me interesa pasar horas buscando información sobre si escribió algún libro o un artículo de ello en alguna vieja revista de medimagia.
—Draco, yo puedo buscar los libros por ti ¿sí?
—No, gracias. -Draco niega con la cabeza, soltando un bostezo. —Por cierto, necesito hablar sobre algo.
—Claro, dime -dice Harry, sintiendo que está a punto de recibir una mala noticia.
—Sabemos de que es probable que la maldición vuelva. No sólo es magia negra, la hizo un mago con siete horrocruxes. No se romperá tan fácilmente.
—Lo sé, pero Dimitri dijo que se podía hacer nuevamente.
—Si, se puede. Pero es sobre eso que quiero hablar. Necesito que me prometas algo. -Harry asiente, desesperado porque continuase. —Que firmarás un pergamino que tengo en mi despacho que te da absoluto derecho a decidir qué hacer conmigo si vuelvo a quedar bajo la maldición y no estoy bien para comunicarme o hablar. Porque si eso llega a suceder, Harry, debes rechazar cualquier procedimiento que intente mantenerme con vida.
Harry siente que algo le oprime el pecho con fuerza y no le deja respirar. Su primer instinto es negar con la cabeza, pero sólo se queda congelado.
—Pero… -es lo único capaz de decir antes de que Draco le interrumpa, tan impasible como si hablaran del último partido de quidditch de un equipo que ni siquiera les gusta.
—Harry, es imposible que la maldición se rompa. Llevo semanas buscándolo. Es cierto que Dimitri puede realizar el hechizo nuevamente, pero el conjuro volverá a pedir algo a cambio. Esta vez me quedé sin sentimientos, pero una segunda vez podría dejarme sin magia y yo no sé vivir sin magia, Harry. No quiero seguir así.
—Draco…
—Quiero que me lo prometas. -le dice, con una débil luz en los ojos que roza la tristeza. Como si el cuerpo de Draco se rehusara a no sentir.
—Yo… -le dice y siente que las palabras queman. —Sólo no quiero que sufras, Draco.
—Sólo te pido que me lo prometas. -Harry le mira a los ojos, pero la vista se le nubla con las lágrimas y cuando corren por sus mejillas se da cuenta de que la presión en el pecho es demasiado para soportarla. Quiere llorar e intenta aguantar todo lo que puede, pero Draco estira los brazos hacia él.
—No hay problema con que llores, Harry. -le dice, adivinando lo que sentía —Sé que yo también lo haría.
Harry se esconde en su cuello y agradece que Draco lo estreche más contra él y no rompa el abrazo. Sabe que en ese minuto Draco no puede sentir nada, pero de todas formas sus labios dejan un cortito beso sobre su cabeza.
Siente que pasa horas abrazándolo y ruega para que transcurran otro par de horas más, pero se incorpora, se limpia la nariz y en silencio se vuelve acomodar junto a Draco. Ambos recostados con la vista en el cielo raso que estaba encantado para que se viese el cielo, como en el Gran Comedor en Hogwarts.
—Es extraño -dice de pronto Draco. Harry le mira. Siente todavía sus mejillas húmedas y calientes y los ojos hinchados.
—¿Qué cosa?
—Es como si los sentimientos estuviesen ahí pero no pudiese atraparlos, aun cuando lo intente. Recuerdo perfectamente como se siente todo. -desvía la vista del techo para mirarlo a él a los ojos. —Recuerdo amarte y recuerdo ser feliz, recuerdo la sensación, pero no puedo sentirla ni un poco, es como si solo la rozara.
El rostro de Draco no evidenciaba nada más que pasividad y Harry sentía que a él en cualquier minuto le atacarían de nuevo las ganas de lanzarse sobre su pecho para echarse a llorar hasta quedarse dormido. Sin embargo, sin quitarle la vista de encima, le mira intentando transmitirle toda la sinceridad que puede.
—Haré todo lo posible, Draco, para buscar la manera de que vuelves a sentir. -le jura.
—Perderás tu tiempo. Eres malo para leer y yo no encontré nada al respecto. -le responde. Es un simple comentario, pero Harry piensa por un segundo de que si hubiese sonreído habría sido uno de los usuales comentarios sarcásticos de Draco.
—Lo haré por ti, créeme. -promete.
—No tienes idea de lo que hablas. -dice el rubio tapándose más con las mantas —A dormir.
—Buenas noches, Draco.
—Buenas noches, Harry.
