Capítulo 23

Después de la opípara cena servida en la mansión Denali, todos los invitados se hallaban charlando de forma animada en el salón principal, donde solían celebrarse los grandes acontecimientos desde hacía más de tres siglos.

Había una especie de revuelo generalizado, de excitación entre los presentes por lo que podría ocurrir aquella noche. En acontecimientos del calado social como aquel se llevaban a cabo los mejores acuerdos comerciales, quizás por el ambiente distendido. Se podían observar diversos grupos de caballeros fumando y charlando animadamente sobre negocios prósperos y dinero.

También era una ocasión especial para lograr acuerdos matrimoniales ventajosos. Para lo cual las madres habían preparado a sus hijas de modo que parecieran flores tiernas en aquel jardín de tanta mala hierba. Por su parte, los más jóvenes, muchachos y muchachas en plena pubertad, sonreían maravillados del lujo esparcido en aquel magnífico salón y buscaban ávidos la mirada suave del amor.

Y luego estaban los que buscaban el placer por el placer; comer en abundancia, beber los mejores caldos, fumar exquisito tabaco y, como no, disfrutar del exceso de los placeres carnales que aquella francachela prometía. Pero claro, eso tenía que esperar, hasta la media noche no era muy lícito, ni conveniente, perderse por las habitaciones del caserón.

La sala del baile era inmensa, ocupaba más de la mitad de la superficie del castillo y daba todo al exterior. Se encontraba vestida con las mejores alfombras procedentes de los más exóticos países. Las ventanas eran vidrieras de colores de diversos motivos. Igual reflejaban un pasaje religioso como descubrían una misteriosa historia de alto contenido erótico. Y esto tenía una explicación: en origen, todas las cristaleras fueron encargadas específicamente para mostrar los pasajes más representativos de la biblia. Sin embargo, con el paso de las generaciones de diversos Denali, y a medida que la familia se volvía cada vez más promiscua, conforme se iban rompiendo ventanas, se iban reemplazando por otras vidrieras más modernas y que reflejaran el carácter sexual que envolvía la sangre del condado Denali.

El salón estaba ampliamente iluminado y mostraba toda su magnificencia y esplendor. Sin ninguna duda, aquella fiesta se recordaría durante años en la sociedad decadente de entonces, cuando se amasaban fortunas y no se sabía en qué gastarlas.

Se concentraban en aquella sala las joyas más valiosas y presuntuosas de todo el condado. No importaba si realzaba la belleza de quienes las lucían; lo que interesaba era enviar el mensaje claro de la abundancia y el bienestar social y económico, aunque no fuera del todo cierto. De hecho, algunas joyas que se lucían aquella noche no eran de sus propietarios, sino que había joyeros que las alquilaban por unos días a cambio de avales de mansiones enteras.

Los invitados se hallaban dicharacheros por los efectos de los licores que habían sido servidos en la cena. La orquesta tocaba una música suave, de ambiente, sin mucha estridencia ni ritmo. La sala se hallaba ampliamente iluminada y las piedras preciosas refulgían por doquier.

En un momento dado, no un momento cualquiera, sino un momento especialmente escogido por las gemelas Denali, la música cambió radicalmente su cadencia para hacerse más animada y ampulosa; también tocaron los músicos en un volumen mucho más alto y con gran brío. Con un efecto óptico muy bien conseguido, algunas luces de la sala se apagaron y se prendieron las de lo alto de la escalera, justo en el momento en el que hacían aparición las dos anfitrionas de la fiesta.

Todas sus miradas se dirigieron a ellas, que bajaban despacio, hablando entre sí, en una actuación de fingida indiferencia. Sus joyas se iluminaron y sus cabelleras rubias reflejaron la luz, como tanto les gustaba.

Justo al pie de la escalera, en primer término, se encontraba Jacob Black y su amplia sonrisa, dirigida a las hermosas hermanas. El murmullo había cesado y ahora todos miraban hacia arriba.

Conforme iban bajando despacio, recogiendo las faldas de sus vestidos con ambas manos y riéndose entre ellas, las luces de la escalera se iban encendiendo a su paso. Cuando llevaban un tercio de la escalera bajado, apareció tras ellas, tímida y con el alma encogida, Bella. Su rubor era intenso, pero la gracilidad de sus movimientos, nada regios, más naturales, la dotaban de una frescura de la que las hermanas adolecían.

Los allí presentes dejaron escapar un murmullo ahogado en forma de exclamación callada. Muy pocos de los allí presentes sabían quién era aquella muchacha, aparentemente amiga de las gemelas Denali y con toda la pinta de ser una dama elegante de la alta sociedad.

Contrarrestaban su elegancia de movimientos y su sencillez con los ademanes recargados de las anfitrionas, las cuales dejaron de ser diana de las miradas, para comenzar a pasar inadvertidas. Sin embargo ellas creían que todos las miraban a ellas, como era de esperar.

El servicio al completo, curioso y amante del chismorreo, no podía perder la ocasión de observar lo que sucedía en la fiesta, para luego cotillear durante varios días sobre todo lo acontecido.

Los criados que no estaban presentes en el salón del baile se encontraban escondidos tras cualquier puerta entreabierta, mirilla o rendija que les dejara observar. Entre ellos Edward, quien no pudo evitar dejar escapar una expresión de asombro y admiración que procedía directamente de lo más profundo de su ser, al percibir la belleza rabiosa de Bella.

De sobra sabía lo hermosa que era la muchacha que él mismo había tenido el honor de desvirgar, aunque ese acto le hubiera costado haberle ofrecido, desde el primer beso que le dio, su corazón en bandeja. De sobra conocía como brillaba su pelo al atardecer, cuan ágil era su cuerpo o cómo su mirada era capaz de competir con los mismísimos rayos del sol. Y sin embargo, se encontraba admirándola como si de un fantástico descubrimiento se tratara, como si fuera una visión celestial.

Se le avivó de golpe todo el sentimiento y lo sintió tan intenso que le dolió en el pecho. Debía arreglarlo con ella, era una mujer extraordinaria y no solo por su admirable belleza. Se desprendió allí mismo de sus absurdos rencores y decidió amarla aquella misma noche, si ella y el cansancio se lo permitían.

También se sorprendió Black de la beldad que bajaba tras las hermanas. No la reconoció al instante, sino que supo que esa cara le sonaba, pero se sentía incapaz de ubicarla. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para dirigir su mirada a las hermanas en lugar de a la muchacha a la que todos estaban admirando en ese preciso instante.

Cuando las gemelas llegaron al último escalón por bajar, Black, con una sonrisa de oreja a oreja y ojos de admiración un tanto exagerada, cedió una mano a cada una de las hermanas en un gesto de caballerosidad que ellas aceptaron de buen grado.

Se sucedieron los saludos forzados, las presentaciones, los halagos y las conversaciones ampulosas en las que en casi todo momento sólo participaban los hombres. A Bella la avasallaron a preguntas de las que, en la mayoría de los casos no importaban las respuestas. Supo sortear la situación fingiendo una timidez extrema que en aquellos momentos sintió como parte de sí misma.

Cuando los invitados se cansaron de la falta de respuestas y de la novedad, siguieron con sus asuntos y Bella pudo sentirse un poco más libre, menos observada.

Bella

Los valses habían comenzado a sonar y las parejas danzaban con entusiasmo las primeras piezas. Los encajes de los vestidos volaban por todo el salón. Yo había logrado esconderme en un rincón. Sabía que no podría decir que no a una invitación de cualquier caballero de la sala a compartir un baile, pero de momento ya nadie se fijaba en mí. Cierto que había intentado mimetizarme tras un arreglo floral descomunal que se había elaborado para la ocasión y que había sido colocado cerca de la orquesta. Desde esa posición más cómoda comencé a observar y, casi diría, que a divertirme un poco.

Vi como el padre de las gemelas desvariaba ya, ebrio y tambaleante, introduciendo la mano bajo las faldas que no debía y obteniendo por respuesta diversos respingos y malas contestaciones. Supuse que no tardaría en subir a las habitaciones y llamar a alguna criada, si no se dormía antes por algún pasillo.

Comprobé cómo Charlie Denali se iba acercando a los distintos grupos de personas y conversando con ellos con la amabilidad y elegancia que le eran conocidos. También le observé coquetear con varias mujeres que se quedaban boquiabiertas ante su presencia imponente. Todos sabían que era el verdadero anfitrión y a quien debían agradecimiento por aquel festejo sin parangón.

Vi cómo la madre obtusa de Eleazar y las gemelas asomaba la cabeza por una de las puertas que daba al pasillo y perdía su mirada en el espacio aéreo sobre las cabezas de los presentes, sin mirar a nadie, sin mudar la expresión de su rostro. No tardaron mucho un par de criados, bajo las órdenes del conde, de dirigirla con suavidad de nuevo a sus estancias, donde seguiría marchitándose su juventud de loca.

No pude evitar fijarme en varios apuestos caballeros jóvenes que mariposeaban de un lado a otro, cortejando a cuantas más jóvenes doncellas mejor, para ampliar sus posibilidades.

También comprobé con gran sorpresa, cómo las gemelas mudaban su mirada cuando hablaban con Black; le ponían ojillos de cordero degollado. Reconocí esa mirada boba en la mía propia cuando hablaba con Edward. Era ese mirar de sentirse perdidamente enamorado de alguien. ¿Acaso estaban Kate y Tanya enamoradas de Jacob? No las creía capaces de sentir amor por nadie. Que les gustaba estaba claro, pero esos ojos eran muy diferentes a los que empleaban para observar al resto de sus interlocutores. Ni siquiera con Edward, cuando se encapricharon con él y lo asaltaban en cada esquina.

Además, pude observar con tranquilidad a Eleazar, una persona escurridiza y tímida que mostraba todo su encanto en un acontecimiento social como aquel. Debía ser una conducta aprendida por la alta sociedad. Como un papel que interpretar cuando se estaba en una fiesta. O realmente estaría disfrutando de verdad. Estuvo hablando con varios caballeros, con puro y copa de coñac en mano. Imaginé que charlaban de negocios, o de noticias económicas, o incluso de asuntos militares. Al poco tres de los cinco hombres del grupo se marcharon y se quedó sólo con uno de ellos. Fue cuando las maneras de ambos se afeminaron y sus miradas se desprendieron del velo espeso de una hombría fingida. Vi al Eleazar en esencia; un ser sensible y subyugado, cruel y generoso a la vez, que en ese momento intentaba seducir a otro varón que parecía mostrarse interesado y receptivo.

Luego me perdí en mi misma, mirando hacia dentro o hacia la nada. Mi cuerpo se relajaba de la tensión de la hora anterior y entré en una especie de sopor de ojos abiertos.

Fue cuando una sombra se me acercó por detrás, tras el adorno floral y me susurró algo al oído, de tal forma que sentí un aliento cálido en el cuello. No le entendí muy bien pero supe que era un piropo y también supe de quién procedía. Me di la vuelta y me topé de bruces con la mirada de Jacob Black y también son su sonrisa embriagadora.

Me tendió una mano invitándome a bailar. Justo lo que había estado temiendo.

- Preferiría no hacerlo, no sé bailar.

- Me sentiría muy desdichado si me negara un baile. De hecho creo que sería la única dama que me lo ha negado en toda la noche. – Puso cara de pena fingida, sacando un poco el labio inferior y entrecerrando los ojos.

- Verá, es que… no sé bailar.

Al decir aquello vi que cambió de expresión girando ésta a la sorpresa.

- ¿Bella?

Asentí con la cabeza mientras un torrente de sangre me inundaba las mejillas por dentro. Hasta entonces no me había reconocido. Fue en ese preciso instante cuando supo quién era yo realmente. Algo en él se relajó. Bajó los hombros y su sonrisa pareció más sincera, menos fingida.

- Pero… pero si tú eres una criada…

- Sí señor, lo soy.

- Pero entonces… - no daba crédito a lo que sucedía, no lograba entender qué hacía yo fingiendo ser una dama de la alta sociedad. - ¿Cómo es posible?

- Las condesas se empeñaron.

- ¡Ah! ¡Esas malas pécoras! – al instante se arrepintió de haberlo dicho, pero como el daño ya estaba hecho, sonrió de nuevo y su risa se mudó a carcajada. – Lo que no inventen ellas… y seguro que nada bueno. Ven vamos a darles celos.

Di un respingo, la mera idea de encelar a las víboras me puso pálida. Lo que menos quería en ese momento era ponerme en su campo de visión, por si se les había olvidado ya su propósito conmigo. Pero él me agarró de la mano y tiró de mí hacia sí mismo. Antes de que pudiera ser consciente de nada me encontraba bailando por el salón mecida por una especie de brisa hipnótica que le daba vuelo a mi falda y a mis pies.

Fue increíble. Entonces me expliqué el gusto que tienen los señoritos por el baile. Jacob me guio en todo momento. Daba igual si yo sabía bailar o no, lo importante era que él me apretaba contra sí y movía sus pies con gran maestría. Era tal la energía que desprendía y la determinación con la que se movía que mis pies y, tras ellos todo mi cuerpo, le seguían sin ningún tipo de duda.

En mi vida había conocido algo más mágico que aquello. Fue como si la música nos apretara un resorte y nos convirtiésemos en humo que giraba y giraba en amplias volutas al compás de la melodía. Me entraron ganas de sonreír primero y de reír a carcajadas después. Y lo hice, me reí muchísimo. Sabía que el salón estaba repleto de personas que podrían estar mirando, pero yo me sentía dentro de una burbuja junto con Jacob. Como si su membrana transparente pudiera hacernos invisibles e inaudibles al resto de invitados.

Me vino a la mente la expresión "que me quiten lo bailao" que de pequeña le oí decir varias veces a mi padre. Y en ese momento la entendí perfectamente. Ya se podía hundir el mundo, que yo me llevaría al fin de los días ese maravilloso baile.

Jacob olía deliciosamente bien, percibía más su propio olor corporal que el de su perfume, y era aquel más agradable que éste sin ninguna duda. Una de sus manos me agarraba con firmeza de la cintura y la sentí caliente. La otra era el timón que manejaba el barco y su dulce balanceo. Metió su cara en mi pelo y me susurró:

- Jamás en mi vida había visto tanta belleza en una sola persona, Bella.

- Gracias – atiné a decir, aunque no añadí nada más porque no tenía nada más que decir.

- Ojalá pudiera llevar conmigo tu exquisita belleza.

No terminé de entender si hablaba en sentido figurado o había expresado el deseo de llevarme con él. Me hice la tonta, o la sorda, o la loca. No me apetecía meterme en aquel berenjenal. Además, aunque Black era un hombre de un gran atractivo, todo lo que muchas mujeres hubieran deseado para sí, a mí me parecía que no era del todo trigo limpio, que escondía algo. Eso no me gustaba. Y tampoco me gustaba tanto él en esencia. En realidad Edward no tenía nada que envidiarle a Jacob Black, más bien era al contrario.

Eché la cabeza hacia atrás para desprenderme de sus susurros y cerré los ojos para disfrutar del baile. Solo quería girar sin parar, volar, sentirme viva.

La pieza terminó con una cadencia suave y la magia se esfumó. Se me hicieron presentes todas las personas que nos miraban, más de las que yo esperaba. Al fin y al cabo, eran muchos los que habían danzado a la vez que nosotros. Y entre todas las miradas destacaban precisamente, las de Kate y Tanya, repletas de ira y de celos, de violencia contenida.

- ¿Ves? Lo hemos conseguido, les hemos dado celos. – Me dijo Jacob al oído con picardía para acto seguido, sonreírles con candor y dejarme sola en medio del salón.

No faltaron caballeros que me invitaron a bailar y me dije ¿por qué no? Qué me quiten lo bailao, mientras me carcajeaba por dentro.