Harry se había mantenido fiel a su promesa.
Lo primero que había hecho, había sido ir con un psicomago porque sabía que pese al infinito apoyo que recibía de sus amigos y los Weasley, que eran como su familia, no podría seguir sobrellevando el asunto sin ayuda de un profesional. Luego había organizado meticulosamente los horarios en el departamento de aurores para así mantener su trabajo, pero para también tener tiempo de comenzar las lecturas sobre el caso de Draco. Ron y Hermione, quienes siempre se habían repartido las tareas de la casa de forma equitativa, habían llegado a un acuerdo que Harry agradecía totalmente. Ron se había ofrecido a realizar todas las tareas de la casa ya que a él no se le daba bien pasar el día leyendo, a cambio de que Hermione se enfocara un poco más en ayudar a Harry.
Harry se sentía bastante optimista con los resultados. Hermione siempre tenía datos de donde conseguir más libros, así que casi todas las semanas llegaba una lechuza con libros del extranjero. Harry no sabía otros idiomas, y el hechizo que servía para traducir no era su fuerte, pero Draco hablaba varios idiomas así que le insistía en que le tradujera los libros que llegaban.
El rubio había ido perdiendo cada vez más el interés en las cosas. Poco a poco había dejado de vestir las túnicas elegantes que tenía para andar en casa, y las había reemplazado por ropa deportiva. Ya no leía si Harry no le insistía en las traducciones y la mayor parte del tiempo se limitaba a acompañarlo en la biblioteca.
Harry se sentía un poco presionado, pero eso no quitaba que se sintiese esperanzado. Habían encontrado otros casos de maldiciones por marcas, y hasta leyeron un estudio antiguo de un mago oscuro con un horrocrux que había realizado un hechizo similar, sin embargo, hasta el momento las únicas soluciones eran la que ya le habían hecho a Draco. Se hablaba de otra, del conjuro que cerraba maldiciones, pero ni Draco, ni Hermione, ni Theo ni otros medimagos sabían exactamente a qué se refería cerrar una maldición. Harry lo consultó con la profesora McGonagall pero no lo supo, y el retrato de Dumbledore tampoco. El hechizo de cierre se había practicado antiguamente en Tailandia, pero no había escritos sobre el tema.
—¿Me estás hablando en serio?
—Sí, Harry. -chilla la chica emocionada. —Es el nieto del hombre que habla sobre el hechizo de cierre. Podemos ir con él y preguntarle si sabe algo o si al menos tiene algún estudio de su abuelo. Puede que guarde sus pergaminos con notas, quien sabe.
—Hermione, esto es -Harry no lo podía creer.
—No se emocionen. Puede que el sujeto ese no les de nada de información, y de todas formas necesitamos un mago muy poderoso para realizar el hechizo. -ambos voltean hacia la butaca junto a la chimenea.
—Podemos encontrar a alguien. -le dice Hermione a Draco, rodando los ojos.
—Lo sé. Quizás uno de ustedes pueda hacerlo…
—¿Nos consideras poderosos? -se burla Harry haciéndole ojitos a Draco. Hermione sonríe y el rubio solo se encoge de hombros, impasible.
—Pelearon contra Voldemort.
—Harry lo hizo.
—A veces eres demasiado modesta, Hermione. -contesta, bostezando.
—En fin. Tenemos que viajar a Tailandia cuanto antes.
—El fin de semana ¿Te parece? -propone Harry.
—Sí. Tenemos que conseguir a alguien que hable el idioma.
—Yo hablo un poco de Tailandés -comenta Draco antes de que Harry lo mencione. Pero Hermione se muerde el labio, indecisa.
—No de ofendas, Draco
—No me puedo ofender.
—Bien, es solo que ahora que no sientes, eres un poco… emm.. ¿directo? Y eso se puede confundir con hostilidad. No queremos enfadarlo.
—Bien. Tengo un conocido que habla tailandés -les comenta —Envíale una lechuza tú para que no se ofenda con mi hostilidad.
—Que gracioso.
Harry por fin puede retirarse a su oficina luego de una extensa y complicada reunión. Se sienta en su silla e ignora deliberadamente el folder con documentos sobre casos que tiene que firmar antes de archivarlos. Le duele la cabeza y siente un incómodo malestar que lo acompaña desde la mañana.
Cuando salió de casa para ir al trabajo se había quedado mirando a Draco un poco más de lo usual. Estaba delgado y pálido, pero tenía esa apariencia hace días y cuando Theodore le hizo un chequeo se encontraba en perfecto estado. Sin embargo, cuando ingresó a la red flú y se hubo aparecido en su oficina, había sentido el intenso deseo de volver. Sin otra opción, había suspirado y se había dicho que solo era paranoia e intenta tranquilizarse.
Cuando el reloj de su oficina marca el medio día, Harry deja los pergaminos a un lado y avisa a su secretaria que irá a casa a almorzar.
—Amo, Potter -chilla Purie, el elfo doméstico que acompañaba a Draco —Purie no lo esperaba, señor. El amo Draco ya está en su despacho almorzando.
—No te preocupes, pasé por pizza antes, Purie -lo tranquiliza —¿Tu ya almorzaste?
—Purie estaba a punto de ir a comer, señor.
—Ve, yo voy con Draco. -el elfo duda, pero no era primera vez que Harry se negaba a que le sirviera así que opta por obedecerlo.
—¿Qué haces aquí? -pregunta Draco cuando lo ve entrar. Harry levanta las cejas y en lugar de responder prefiere apuntar su cabello.
—Te has peleado con el peine ¿verdad? -Draco lo ignora y continúa comiendo. Harry agita su varita y se acerca al rubio. —Tienes el cabello bastante largo. Si te soy sincero, me recuerdas a tu padre.
—Siempre me he parecido a él.
—¿Lo corto? He practicado.
—Haz lo que quieras, y de paso deshazte de esta comida. -le dice, alejando el plato de él.
—¿No está buena?
—No tengo hambre.
—Debes comer.
—Atrévete a obligarme -le responde, tomando un libro que estaba cerca. —¿Has salido temprano del trabajo hoy?
Harry se deshace del cabello que ha cortado antes de sentarse frente al escritorio y abrir la caja de pizza.
—No, vine a almorzar contigo.
—Ya.
El rubio vuelve la vista al libro y Harry realiza un tempus para verificar el tiempo que disponía antes de volver al Ministerio. Come en silencio y cuando acaba recuerda por qué no comía en casa; se relajaba tanto que se le quitaban todas las ganas de regresar al trabajo. Se dice que quizás podría llegar media hora tarde, nadie lo notaría y no habría problemas con ello.
—Harry -le llama Draco desde el baño.
—¿Mmhh?
—Debemos ir a San Mungo -responde tranquilo, pero el quejido entre palabras no pasa desapercibido por Harry. Se incorpora de un salto y corre hasta el baño. Cuando se lo encuentra, no puede creer que están viviendo lo mismo de nuevo. Draco inclinado sobre el lavabo, con demasiada sangre saliendo de su nariz o de su boca, o ambos, y gimiendo ante el dolor. —¿Recuerdas -se inclina aún más —lo que tenías que hacer?
Harry asiente desesperado y sin esperar más envía un patronus a Theodore y comienza a realizar todos los hechizos que le habían enseñado por si aquello ocurría de nuevo.
La sala de espera de San Mungo ya le era familiar. Harry estaba sentado en la misma butaca que ocupaba siempre, movía la pierna nerviosamente como todas las veces anteriores y subía la vista a la puerta por donde se perdían los medimagos, esperanzado de ver a Nott con buenas noticias.
Ron y Hermione llegan en el momento exacto en que Theodore salía con una expresión de seriedad total. Harry sabe que eran malas noticias porque cuando Draco estaba bien, Nott sonreía.
—Chicos, hola -les dice distraído a sus amigos, acercándose al antiguo Slytherin.
—Harry, me temo que no hay nada que hacer -suspira, apoyándose en la pared, dejando de lado por primera vez el perfil profesional para pasar a ser el amigo de Draco quién le hablaba —Hay que llamar a Dimitri nuevamente lo antes posible. Esta vez Draco no aguantará tanto tiempo.
Harry ni siquiera puede responder, se vuelve a sentar en la butaca y se tapa el rostro con las manos para evitar que caigan lágrimas.
—Draco no quiere que Dimitri intervenga.
—Tiene que hacerlo, no hay nada más.
—Lo sé, Theodore, pero lo prometí. Draco no quiere continuar como está y yo tampoco, solo veo que se apaga cada día -Harry se aclara la voz y sube la vista para mirar a Theo, quién tenía los ojos llorosos —Solo prométeme que no sufrirá.
—¿Me estás pidiendo que no haga nada?
—Harry -interviene Hermione.
—No te pido que no hagas nada. Haz todo lo que puedas para que esté bien, pero si la única opción es Dimitri -a Harry se le cierra la garganta y ya no le importa que caigan lágrimas por sus mejillas.
—Harry -interviene esta vez Ron, pasando un brazo por sus hombros —Aún es temprano para hablar de eso…
—¿De cuanto tiempo hablamos? -pregunta Hermione y Theo suspira con melancolía.
—Está muy grave, chicos, más que la primera vez. -se aclara la voz —Lo tenemos en coma inducido.
—Dime ¿Cuánto tiempo? -insiste la chica y Harry no está muy seguro de querer escuchar la respuesta.
—Una semana… más no.
—Bien. -luego mira hacia Harry —No todo está perdido, Harry. Yo iré esta misma noche a Tailandia para hablar con el mago, ya conseguí a un intérprete. Como mucho tardaré dos días.
Harry la mira perplejo. Casi había olvidado el viaje a Tailandia.
—Es cierto. -dice —Voy contigo.
Pero Hermione niega con la cabeza y lo apunta con un dedo, con la mirada decidida. Harry la conoce demasiado bien para saber que ha descubierto algo.
—Tú irás a Hogwarts.
— ¿A qué? -preguntan Harry, Ron y Theodore al unísono.
—Draco tiene razón. Tú puedes hacer el hechizo, Harry. -la chica asoma una pequeña sonrisa —Eres el dueño de la varita de Sauco.
Harry mira al profesor Flitwick sin poder creérselo.
—Le envié un patronus.
—Me imagino que lo recibió, Harry Potter, pero ella desde ayer que no está en el castillo, vuelve mañana por la mañana -le dice el profesor ofreciéndole galletas para acompañar su té. Estaba igual que hace doce años a excepción de unas cuantas canas en el cabello y el bigote.
—Bien -suspira Harry abatido. —¿Puedo pasar a saludar a Hagrid antes de volver a Hogsmeade?
—Por supuesto. -asiente el hombrecito —Y nada de Hogsmeade, puedes alojar en el castillo.
—Muchas gracias, profesor Flitwick.
Harry pasó lo que quedaba del día con Hagrid. El semigigante tenía un pequeño perro blanco parecido al difunto Fang y no le pareció extraño que la mascota tuviese alas y los ojos púrpuras. Teniendo en cuenta lo mucho que se esforzó en ocultarlo, Harry imaginó que estaba la posibilidad de que no lo hubiese conseguido con los permisos necesarios, pero evitó hacerle preguntas.
En ese minuto Harry se removía incómodo en la cama del pequeño cuarto al que lo había dirigido Flitwick. Habían pasado años desde la última vez que durmió en Hogwarts, pero estaba seguro de que las habitaciones no eran tan heladas como esa. Sin embargo, no era el frío lo que no le permitía dormir, sino que el tiempo. Imaginaba que de haber encontrado a McGonagall hubiese estado de vuelta en San Mungo y podría estar con Draco hasta esperar la llegada de Hermione.
Continúa intentando conciliar el sueño, pero a las seis de la mañana se dice que no lo conseguirá. Se incorpora, se calza los zapatos de dormir y agitando la varita para calentar la habitación, se dirige hasta la ventana. A lo lejos, entre la neblina y los escasos rayos del sol, puede vislumbrar el Lago Negro. Imagina que de haber meditado por un par de minutos más, no se hubiese volteado para vestirse rápidamente. Se sienta frente al pequeño y destartalado escritorio de madera y escribe apresuradamente una carta.
Camina silenciosamente por los milenarios pasillos del colegio, lo que evoca el recuerdo de las numerosas veces que caminó a escondidas cuando era estudiante. Cuando llega a la oficina de la directora, desliza la carta bajo la puerta y luego, decidido, sale a los jardines del colegio.
No podía esperar a que McGonagall llegase para poder pedirle la varita de Sauco mientras Draco estaba frágil tan lejos de él.
Bajo la neblina y el frío de principios de diciembre, Harry llega hasta la Tumba Blanca, donde descansaba el profesor Dumbledore.
Vacila un instante. Se sentía demasiado culpable de irrumpir así como así el lugar en donde descansaba el antiguo director. Lo había hecho una vez, años atrás para dejar la varita de Sauco, pero no por eso dejaba de ser menos difícil.
Suspira, agita su varita y levanta con magia la enorme piedra blanca de la sepultura. No se inclina para ver hacia adentro, sino que deja la piedra levitando a un lado antes de aclararse la garganta.
—Accio varita de sauco.
Harry abre la mano para tomarla, pero pasan los segundos y la varita no llega hasta él.
—Accio varita de sauco -repite, pero nada. Sin otra opción se prepara para inclinarse y tener que mirar dentro al cadáver del profesor. Sabe que está intacto por los hechizos que le han aplicado, pero eso no quita que no quiera ver el cuerpo del antiguo director. Pero debe hacerlo. Mira hacia el interior y como esperaba, ve a Dumbledore en su elegante túnica como si estuviese durmiendo. Sus manos cruzadas sobre su vientre y sus largos dedos entrelazados. Sin embargo, en el lugar en donde debería estar la varita, en el lugar donde el mismo la había dejado años atrás, no había nada.
La varita de sauco no estaba.
