Capítulo 24
La noche era fresca pero agradable y el rocío nocturno conseguía destilar de cada arbusto un penetrante aroma a vegetación. El murmullo de la fiesta se escuchaba lejano y los grillos llamando a sus hembras ponían la banda sonora a la noche.
La hermosa tez blanca de Tanya hacía sombra a la luna, quien, lejos de sentirse celosa, la bañaba con su luz mortecina. Su cabello rubio, recogido en un elaborado moño y adornado con perlas y piedras preciosas lucía ahora de un color plateado, casi mágico.
Ella y Black habían escapado sin que nadie, ni siquiera su gemela, se percataran de la huida. Tan solo pretendían unos momentos a solas para beberse a besos y lamerse con los ojos.
- Mi ansiada Tanya, esta noche refulges más que la luna.
- ¿De veras?
- Jamás, en mi vida, había contemplado tanta belleza en una sola persona – le dijo mientras le sujetaba la barbilla y la obligaba a mirarle.
A ella se le derretían los ojos y el pubis con la mera presencia de Black. Su mirada de agua de arroyo le hacía agua su ansiedad más interna. Comenzó a respirar más intensamente, quería comérselo a besos.
- ¿Te ha parecido hermosa también mi amiga la pelirrojita?
- Tiene una belleza singular – cuidó mucho sus palabras, sabía que el más mínimo desliz podía hacer que Tanya estallara en ira – pero la suya es una hermosura vulgar, tú eres sofisticada querida, eres como esas flores exóticas tan difíciles de conseguir, eres tan… salvaje – fue acercando su boca a la de ella y bajando el tono de voz – capaz de hacer enloquecer a cualquier hombre.
Ella se separó un poco para preguntarle.
- ¿Y mi hermana?
- Mi adorada Kat… - rectificó - Tanya, el parecido de tu hermana Kate con el tuyo es asombroso, eso no lo vamos a negar, pero para mí es como si fuera una copia burda, muy bien conseguida, sí, pero copia al fin y al cabo. La verdadera obra de arte eres tú, la original eres tú, Tanya y en estos momentos te deseo con todo mi ser.
- ¡Oh Jacob! qué bonito todo esto que dices, ojalá pudiera creerte.
- ¿Acaso te he mentido alguna vez? – La apretó con su cuerpo en un abrazo intenso mientras sus bocas estaban a punto de rozarse – sabes que estoy loco por ti, por tus besos, por tu belleza única, por tu corazón cruel. Tanya, dame lo que quiero de ti, dámelo todo.
- Soy toda tuya Jacob, cada pedazo de mi piel, de mi corazón, de mi pensamiento, es tuyo, desde el primer momento en el que te vi.
Se fundieron en un beso profundo y apasionado que dejó a Tanya con la cabeza embotada. Era la primera vez que se enamoraba y no podía imaginar que este sentimiento fuera tan agudo.
Black introdujo las manos por el escote de la muchacha y le sacó ambos pechos del vestido. Los pezones rosados brillaron en la penumbra y se mostraron enhiestos y dispuestos a ser succionados por la cálida boca del italiano.
Eso fue lo que hizo. Mientras la pasión se le desbordaba por las manos, que tanteaban ansiosas la carne tierna de la muchacha, sus labios abrazaron el pecho pequeño de Tanya. Ella gimió y se retorció como una serpiente dispuesta a atacar, pero Jacob no la dejaría.
Él siempre tenía que llevar la iniciativa, con lo que le gustaba a ella tener la voz cantante… pero reconocía que la sumisión a la que la sometía la introducía en un mundo nuevo de secretos carnales que la excitaban. Se dejó hacer, sabía que si quería conservar cerca a aquel maravilloso hombre debía sucumbir a sus deseos y cumplir con ellos, con todos ellos. Jacob Black sería para ella y para nadie más.
Tanya buscó con zozobra la parte delantera del pantalón de él hasta que se agarró como una garrapata al bulto que sobresalía. Apretó la mano y él soltó un leve gemido. Jacob le retiró la mano con brusquedad, volvía a dejar claro que era él quien mandaba.
La hizo arrodillarse sobre el banco de piedra del jardín junto al que se encontraban, y la puso a cuatro patas. Se sentó tras ella y, no sin esfuerzo, retiró las diversas capas almidonadas del vestido hasta dejar su flor abierta, húmeda y despampanante, a su vista. De nuevo la luz de la luna hizo brillar el rocío del deseo que goteaba de ella. Acercó la cara y le respiró justo ahí, inhalando y exhalando para que ella pudiera sentir el aliento caliente en su zona erógena. Ella se removió un poco y echó el culo hacia atrás, le ardía el chocho y necesitaba con urgencia que él se lo bebiera.
Lejos de hacerlo, Black mordió fuerte una nalga y luego otra, dejando la señal de dos hileras de dientes sobre su carne. Se desprendió de su cinturón y, a modo de látigo, le azotó las nalgas con violencia hasta dejarlas tan rojas como la manzana de Eva. A pesar de que ya había yacido con Black en varias ocasiones, Tanya seguía sin acostumbrarse a desdibujar la frontera que une placer con dolor.
El dolor le sabía a dolor y el placer a placer y no entendía muy bien por qué su amado se empeñaba en mezclarlos. Aguantó con una mueca sus juegos crueles, de sobra sabía que merecía la pena.
Tras cansarse de los azotes y los muerdos, el italiano introdujo la lengua por la carne rosácea de Tanya y absorbió toda la viscosidad que destilaba. A la vez le metió un dedo por el ano y lo dejó dentro, moviéndolo rítmicamente. A la condesita le vibraba el cuerpo y se retorcía gatuna queriendo cada vez más velocidad, más tamaño, más verga.
Cuando creía que tendría un orgasmo repentino él paró bruscamente, se levantó y se situó frente a ella, que seguía a gatas. Bajándose los pantalones hasta las rodillas dejó al descubierto, frente a la cara de Tanya, una polla latente y violácea que, aunque ya conocía, no podía dejar de asombrarla. Black agarró la cabeza de la chica con firmeza y le insertó su inmenso pene en la boca. Allí lo mantuvo meneándolo, sin llegar a sacarlo, con movimientos lentos y cortos mientras ella lo miraba con descaro.
"Pocas mujeres, ni siquiera las profesionales, se comen una verga como lo hace una Denali" - pensó Jacob mientras encerraba los ojos de puro placer. Se moría por correrse allí mismo, se preguntaba si en ese caso le hubiera dado alguna arcada o se hubiera tragado el semen a borbotones sin rechistar. Pero debía contentar a Tanya, era una diosa del placer y lo mismo sabía darlo que obtenerlo. No obstante, le introdujo durante un rato más el falo por la boca, aguantando mentalmente el acceso de la eyaculación.
Al sacarla, los ojos de Tanya brillaban deseosos, sabiendo que ahora le tocaba gozar el inmenso miembro de Jacob por el coño, como más le gustaba. Deseó que lo hiciera en esa misma posición, como lo hacen los caballos, era como mejor le rozaba el alma. Sin embargo el caballero tenía otros planes para ese momento.
Junto al banco de piedra, donde se encontraba ella de rodillas, se erigía un árbol joven, aún flexible, que extendía una de sus ramas sobre ellos, como queriendo tocarlos. Black, retirándose del cuello el pañuelo de seda azul marino que vestía, la hizo bajar del banco y la colocó contra el árbol. Le anudó la prenda en una de las muñecas con una sonrisa repleta de deseo y de algo más, algo oscuro que Tanya no terminó de identificar. Pasó el pañuelo por encima de la rama dándole una vuelta y obligando a la muchacha a subir el brazo por completo. Anudó la otra mano con un lazo fuerte. Quedó totalmente inmovilizada de brazos, "así no podré acariciarle" – pensó ella.
- ¿Qué demonios haces Jacob? – le pidió explicaciones.
- Es un juego gatita, ya sabes que me gusta jugar contigo, que me apasiona tu cuerpo de ninfa de los bosques, tu torso de sirena, tus piernas de amazona…
Todo aquello lo hizo susurrándole al oído en un tono meloso y embriagador que la convenció por completo. Se dejaría hacer, todo fuera por ese amor, el único que le pareció verdadero. Le sonrió y le puso ojillos gatunos, dándole la conformidad que él no necesitaba.
A su espalda, con suavidad y muy lentamente, él le pasó las manos por los hombros que el vestido dejaba al descubierto y las bajó hacia sus pechos. Los apretó y amasó durante un buen rato mientras seguía susurrándole cuán hermosa era y lo sumamente enamorado que estaba de ella.
La desnudó por completo. Su piel, más blanca que la de la piedra del banco, refulgía en todo su esplendor a la luz plateada de la luna y al contraste con el color oscuro del tronco del árbol parecía la estatua de una venus de mármol que había cobrado vida.
Él la contempló extasiado, disfrutaba de la belleza femenina como si fuera la expresión máxima de una obra de arte viviente. Si bien, tanto blanco dañaba a la vista, quizás un poco más enrojecida quedaría mejor.
Agarró de nuevo el cinturón y esta vez empleó toda su fuerza para descargar un latigazo sobre la espalda que le dejó una marca escarlata. Ella se quejó, le había escocido de veras, pero a Black pareció no importarle o justo lo contrario, le alentó a seguir flagelándola con una violencia desgarradora.
- Basta – dijo entre sollozos – esto es más que un juego.
- Mi palomita – contesto acariciándole con dulzura el rostro – sabes que me gusta, déjame continuar un rato.
- No, para ya, me estás dañando, esto no es divertido.
- Oh, ya lo creo que es divertido – sonrió de medio lado en un gesto diabólico – es divertidísimo.
Y haciendo oídos sordos continuó maltratándola mientras a ella le rodaban lágrimas amargas por las mejillas.
Cuando Black cesó su juego morboso la libido de Tanya hacía tiempo ya que había muerto, pero su vulva aún persistían los restos de su miel del deseo. La penetró fuerte y con desesperación, como si se le hubiera ido de las manos una excitación incontrolable. A la vez, sus manos rudas palpaban por aquí y por allá, como queriéndole robar la piel.
A Tanya le había cambiado el humor, si no hubiera estado atada se hubiera marchado en ese mismo momento. Sin embargo, penetración tras penetración, su cuerpo comenzó a reaccionar y empezó a esperarlo desde dentro. Sus embestidas eran violentas y rápidas, justo como a ella le gustaban, y su polla se había puesto tan dura que la llenaba por completo.
Comenzó a salivar por arriba y por abajo y se le iba escapando el aliento del deseo en suspiros de placer. Sus pezones se pusieron duros como rocas y se electrizaron. No lo esperaba en absoluto, no tan pronto, pero le llegó un orgasmo brutal, casi doloroso, que se iba acrecentando cada vez que Jacob entraba en ella.
Su vagina se contrajo en movimientos fuertes que abrazaban el miembro de Black, como si quisiera y al momento no quisiera, mantenerle dentro de ella. Gimió tan fuerte que tuvo que morderse ella misma su propio brazo para no ser oída por los invitados de la fiesta. A él debieron gustarle tanto sus convulsiones internas que se le disparó la excitación en fuertes chorros de viscosidad.
Lo que le gustaba del italiano, además del tamaño de su polla, era que sus eyaculaciones eran asombrosamente abundantes. Jamás conoció a hombres que la hicieran rebosar de aquella manera y siguieran moviéndose así. Cuanto más semen entraba en su cuerpo, iba subiendo la intensidad de su orgasmo. Cada vez que le metía su miembro latente la llenaba un poco más y, llegó un momento, en el que la abundancia era tal que, cada vez que la sacaba, se le escurría entre las piernas un manantial de esperma que bajaba lentamente desde el muslo hacia la rodilla y que terminaría llegando hasta el mismo suelo para sembrarse en la tierra del jardín.
Jacob gemía en su oído con esa voz de lobo enfermo que se le ponía cada vez que se corría. A ella le gustaba, le nacía como del centro del pecho, eran gemidos singulares, como todo él.
Cuando le sacó la polla, ésta aún se convulsionaba y Tanya se encontraba más que satisfecha. Sin embargo él decidió que se podía seguir un poco más y, abriendo una nalga con una mano y sujetándose la verga con la otra, para atinar a la primera, la introdujo de golpe en el culo de la muchacha. Ella creía que no podía ser posible continuar con ese orgasmo infinito, pero se equivocaba, con esa entrada impetuosa en su carne más oscura, aquel hombre había conseguido avivar el fuego de su éxtasis y todo su cuerpo se movía solo en espasmos de amor intenso. Mientras, el italiano seguía rellenándola con su crema como si fuera un bizcochito recién horneado. Le parecía que oía el latir efusivo del corazón de él, o lo sentía cada vez que se aproximaba a su piel.
Cuando paró, ninguno de los dos tenía fuerzas para nada más, jadeaban y suspiraban mientras la sangre les transitaba ligera por todo el cuerpo. Él le mordió la oreja con sumo cuidado y le susurró un "te quiero" que apenas le salía de la voz. Casi sin fuerzas, desanudó el pañuelo y se desplomaron ambos sobre la dureza cruel del banco de piedra. Estaba muy frío, sin embargo, sus pieles aún bullían y casi agradecieron la calma que les produjo el contacto helado.
Se besaron con más amor que pasión, fue un beso lento de lenguas perezosas que le removió algo por dentro a Tanya, esponjándole el estómago.
