Capítulo 25
Bella
Había logrado volver a esconderme entre los adornos florales, esta vez en una zona con menor luz, en el otro extremo del salón. Me dio la sensación de que el champán estaba afectando a unos y a otros más de lo recomendable. Me alegré de no haber bebido cada vez que me acercaban una copa. Me mojaba los labios y al menor descuido la dejaba en cualquier sitio. Solo me faltaba que la embriaguez me nublara la mente. Aunque si hubiera sabido lo que me esperaba, más me hubiera valido darme algún trago.
Kate se acercó a mí con sus malas formas habituales preguntándome por su hermana.
- No la he visto señora – contesté con mi habitual sumisión.
- Pues no se ha podido esfumar, tú que estás aquí sin hacer nada podías haberte fijado por dónde se marchaba, yo tengo que atender a mis invitados.
"Y evaluar a quién te meterás entre las piernas, zorra" – pensé para mí y bajé la vista para que no adivinara lo que se me cruzaba por la mente.
- Me pareció ver que se iba por el jardín con…- rectifiqué, no quería ser yo la causante de ningún disgusto familiar – no sé con quién señora.
- ¿Qué se le habrá perdido a esa tonta en el jardín en plena fiesta? – Contestó airada – ya está follando sin mi otra vez – me agarró del brazo con fuerza y tiró de mí – anda ven, vamos a buscarla.
Justo antes de cruzar el umbral de la puerta que daba al jardín, Tanya entró con el maquillaje de los ojos corrido y apestando a sexo y a semen. Algunos mechones de cabello se le habían soltado del moño, dándole un aspecto algo salvaje, pero otorgándole esa belleza misteriosa de mujer colmada.
Kate se plantó con los brazos en jarras ante ella y en un gesto de imitación natural, Tanya hizo exactamente lo mismo. Parecían dos imágenes en espejo, un antes y un después.
- ¿Dónde te habías metido?
- Estaba tomando el fresco, ya sabes, el champán, que no lo tolero muy bien.
- Ya, ahora a follar a lo salvaje le llamas borrachera.
- Ya, déjame, me divertía un rato.
- ¿Con quién si puede saberse?
- Con… - dudó pero recuperó la compostura – no sé ni cómo se llama, además, no merece la pena, se ha corrido enseguida.
- Deberías haberme avisado, el niñato se está poniendo hasta arriba de champán y vino, no se le va a empinar como tardemos más.
- A Eleazar no se le empina ni harto de café – casi escupió Tanya.
- Venga vamos, nos reiremos un rato. Y arréglate un poco, pareces una puta de los arrabales.
Me llevaron prácticamente a empujones a uno de los salones de arriba, en la planta de los dormitorios y allí esperamos hasta que apareció Eleazar con claros síntomas del inicio de una embriaguez.
No se mantenía muy bien en pie y aunque pretendía parecer serio la sonrisa se le aflojaba por la comisura de los labios
- ¿Qué os pica ahora? ¿Para qué me habéis mandado llamar? ¿Os vais a perder vuestra propia fiesta?
- Qué mal pensado eres hermanito ¿no puedes pensar ni por un momento en que nos preocupamos por ti?
- ¿Precisamente hoy? Permíteme que lo dude. ¿A cuántos infelices os habéis metido entre las piernas hoy ya?
- A más que tú seguro, que no te comes ni un rosquito.
- Y precisamente por eso te traemos un bollito recién horneado, pelirrojo, como a ti te gusta.
Eleazar me miró de arriba a abajo, sentí en su mirada un atisbo de admiración a lo que siguió su desinterés propio por las mujeres. Arrugó el gesto y con desprecio les dijo:
- Dejadme en paz y volver a vuestra estúpida fiesta. Jacob Black preguntaba por una de vosotras, no sé por quién será, no le he prestado demasiada atención. A ver si os lo va a robar alguna de las solteritas de oro de allí abajo.
Se tensaron ambas, pero se recompusieron pronto.
- En serio Eleazar, queremos que disfrutes esta noche, mira que culito tiene esta zorra – entre las dos me levantaron la parte de atrás del vestido dejando entrever mis piernas desnudas - ¿Qué tal si nos demuestras que te has convertido en todo un hombre?
- Sí – una de ellas le pasó la mano por la barbilla con un gesto de superioridad - ¿Qué tal si comprobamos que ya eres suficiente hombre cómo para merecer tu parte de la herencia?
- Sois un par de brujas ladinas, merecéis una muerte lenta y dolorosa en la hoguera.
- Ja ja, ja, mira quién habla, ¿En la hoguera no ardían los maricones?
- Shhh, calla hermanita – apuntó Kate en un tono teatral – Que Eleazar dejó esos malos vicios hace tiempo… ¿No ves que se queda sin herencia si juega con varones? El abuelo lo dejó muy clarito.
- Y ¿quién te ha dicho que me gustan los hombres? – Replicó Eleazar – es más, ¿De verdad crees que al abuelo le importa con quién se acueste cada uno de nosotros?
- Para no gustarte tonteas mucho con ellos.
- ¡Claro que le importa! ¿Crees que dejará morir su apellido con un desviado hipocondríaco como tú que no tendrá descendencia nunca?
- Mira Eleazar, a cualquier hombre hecho y derecho se le empinarían las ganas con una zorra como ésta. Fóllatela, es nuestro regalo, no nos defraudes.
Ambas pusieron cara de defraudadas, se miraron la una a la otra y acto seguido estallaron en carcajadas. No pude evitar ponerme en su lugar y sentí pena por él. Su crueldad no tenía nada que envidiar a la de sus hermanas, pero frente a ellas, se le veía un ser desvalido. Si bien, me mantuve en mi lugar sin abrir la boca, solo hubiera servido para empeorar la situación.
- Folláosla vosotras, de eso también sabéis un rato.
- Fóllatela o se lo contamos todo al señor conde de Denali.
- Todo… todo – añadió la hermana entrecerrando los ojos.
- Y ¿Qué es todo si puede saberse?
- Mmmm, veamos… todo pueden ser tus incursiones a esa casa de citas del arrabal.
- Donde no se ve ni a una mujer – apostilló la otra.
Eleazar las miró con un odio que, de haber sido un puñal, les hubiera desgarrado la piel allí mismo, pero calló. Por lo visto esa excusa ya la tenía preparada y no le merecía la pena mostrársela a sus hermanas.
- Todo también pueden ser esos negocios turbios que te llevas entre manos…
Eleazar ni se inmutaba, quería oír hasta el final. En el fondo parecía elevarse sobre un pedestal de autosuficiencia desde donde las miraba con odio, sí, pero también con pena y desprecio.
- O todo pueden ser tus intenciones de comercializar el compuesto del agua del manantial a espaldas del abuelo – comentó tajante y triunfal.
- El muchacho dio un respingo, por lo visto, eso sí que no se lo esperaba.
- Estamos seguras de que precisamente eso no le va a gustar nada.
- ¿Te la vas a follar ya o le vamos con el cuento al abuelo?
- ¿Qué sabéis vosotras de eso?
- Mucho más de lo que te gustaría, Elearcito, recuerda que en esta casa se escucha todo y se sabe to–do.
Lo habían derrotado, esto último debió de dejarlo sin argumentos. En ese momento una pareja de invitados pasaron ante la puerta con claros signos de embriaguez y con intenciones de disfrutarse mutuamente. Miraron hacia nosotros y nos saludaron con sonrisas bobas.
- Aquí no tenemos intimidad ¡Qué asco de gente! – Se adelantó Tanya – mejor vamos para allá.
Abrió una puerta que daba a una de las antesalas de los dormitorios, la de la loca Irina, la tía de los muchachos. Ante la visión que encontramos se me ahogó un grito en la garganta que logré guardar presionando mi boca con ambas manos.
Los tres abrieron mucho los ojos y a los tres les mudó el rostro hacia la misma sonrisa maliciosa y enfermiza. Como si el horror de lo que vimos les causara un placer enfermizo instantáneo. En sus ojos el asombro se transformó en gozo.
De la lámpara colgaba el cuerpo inerte de la tía, que había decidido dejarse esta vida en un alarde estrambótico de mausoleo colorista. Sus ojos abiertos e inertes nos miraban con sorpresa y angustia. La piel del rostro había perdido todo el color y reflejaba cierto tono azulado blancuzco que me aterrorizó. De la boca medio abierta se escapaba un hilillo de saliva que había escurrido hasta el vestido y dejado un pequeño rodal en el escote. Aunque apenas imperceptible, el cuerpo pendulaba levemente, como bailando un fantasmagórico vals lento.
En su ya, por todos sabida, excentricidad, había adornado su cadáver flotante con una guirnalda maquiavélica de gatitos asfixiados y tiesos, muertos desde hacía días. El blanco inmaculado del pelo de los cachorros secos contrastaba con la cuerda de llamativos colores con la que había ahorcado a los animalillos y a sí misma.
Los tres hermanos miraban el cadáver de su tía como si de una obra de arte se tratase. En lugar de aterrorizarse como yo, o apenarse por la pérdida de su familiar, se mostraban fascinados por la visión de la muerte personificada.
- Más loca no podía estar – Kate rompió el silencio con una sonrisa maliciosa mientras daba una vuelta lenta alrededor del cuerpo colgante. – tampoco nos va a extrañar ahora que terminara así.
- Así terminaréis vosotras, como todas las mujeres de esta familia, locas y desquiciadas, colgadas de una lámpara o azotadas por alguien aún más perturbado que vosotras.
Tanya se estremeció y ardió de furia. Agarró a su hermano de la chaqueta y con una fuerza que jamás creí que pudiera poseer, arrinconó a Eleazar con violencia entre su cuerpo y la ventana. Se estaba cocinando una situación cada vez más absurda y mi miedo crecía por momentos. Porque aunque en aquel instante yo no era más que una mota de polvo al trasluz, tarde o temprano alguno de los tres volvería su atención a mí. Me hubiera gustado desvanecerme, volverme etérea y huir corriendo hacia el abrazo cálido de Edward, si es que a aquellas alturas él estaba dispuesto a ofrecérmelo.
Eleazar sonreía en un gesto que me parecía totalmente fuera de lugar. En vez de mirar a su hermana, tenía sus ojos fijos en el cadáver flotante de la tía. Tanya ardía de furia y le clavaba las uñas en la chaqueta. Fue cuando Kate estalló en una serie de carcajadas histéricas y afectadas haciendo aspavientos con las manos. Se acercó a la ventana junto a sus dos hermanos le agarró con fuerza la entrepierna a Eleazar.
- ¡Pero mira, pero mira, pero mira lo que tenemos aquí!
Tanya lo soltó para ver a qué se refería su gemela, quien seguía riendo fuera de sí.
- Ahora resulta que al niñato se le empina la polla – tuvo un acceso de risa – pero no se la pone dura un buen coño, no, lo que se la pone dura es verle la cara a la muerte de cerca.
Tanya apartó la mano a su hermana para asirse ella misma a los genitales del joven Eleazar.
- ¡Oh! Y menudo ejemplar – por lo visto su furia había desaparecido como por arte de magia - ¿Y si nos aprovechamos del enano como en los buenos tiempos?
La cara de Eleazar era todo un poema, de ella se habían desvanecido el odio, la rabia y la sorpresa. Tan solo una risilla cómplice y perturbada le asomaba al rostro. Fui incapaz de traducir lo que se le estaba pasando por la mente en aquel momento, aunque presentía que tampoco me hubiera gustado saberlo.
Él mismo se desabrochó las ataduras del pantalón y dejó al aire una verga mucho más grande y potente de lo que aparentaba tener. Las hermanas se asieron a ella meneándola con movimientos diestros y el placer comenzaba a inundar a Eleazar, quien no dejaba de mirar la cara inerte de su tía mientras esbozaba una sonrisa bobalicona.
- Ya creía que se habían olvidado por completo de mí, cuando Kate se volvió de repente y me llamó.
- Tú, ven – ordenó – aquí, sobre la mesa, boca abajo.
La mesa era de cristal translúcido y estaba situada justo debajo del cadáver. Entre las dos hermanas subieron las faldas de mi elegante vestido y me rasgaron, haciéndome bastante daño, la ropa interior. Mis agujeros íntimos quedaron al descubierto para sus juegos morbosos, pero una vez más, preferí dejarme hacer y que mi mente se trasladara a otro lugar.
- Vamos Eleazar, mira donde te vas a correr hoy, en una mujer de verdad.
- No voy a caer en vuestros juegos absurdos – su voz no sonaba muy convincente.
- ¿No?, tu polla no piensa lo mismo, imagina corriéndote en ese culito prieto y caliente, solo para ti, mientras nosotras miramos como el chiquitín se hace un hombre.
- Dejadme en paz, estáis enfermas.
- ¿Enfermas? ¿Nosotras solo? ¿Estás seguro?
- ¿Lo prefieres así?
Noté cómo algo cortaba mi carne limpiamente y cómo un hilillo de sangre tibia me manaba de la nalga. Kate había utilizado un abre cartas puntiagudo para cortarme con total impunidad. Intenté moverme pero su otra mano pétrea me mantenía con más autoridad que fuerza física.
La visión de la sangre en mi piel blanca debió impresionar a Eleazar, quien me agarró de las caderas y me penetró por el ano sin lubricante ni piedad, haciendo que soltara un grito de dolor. Sabía que cuanto más me tensara, más me dolería e intenté aguantar callada mientras él entraba en mí con desesperación, como si quisiera terminar pronto.
Sabía que las hermanas venenosas estarían disfrutando de lo lindo. No podía verlas pero escuchaba sus risitas ahogadas de mironas.
Eleazar subió el ritmo de sus movimientos y la violencia de los mismos, sentí la dureza previa a la eyaculación dentro de mis tripas, pero ésta tardaba en llegar. Dejó de agarrarme el culo y sus manos tocaron mi cara y se instalaron alrededor de mi cuello. Sus dedos eran finos pero fuertes y me estaba dejando de sin respiración. Al principio pensé que sería una de sus manías de loco Denali y que me soltaría, pero no lo hizo. Intenté zafarme, pero las hermanas me sujetaron los brazos.
La sangre se me amontonaba en la cabeza y la cara me ardía, perdí toda la sensibilidad de mi cuerpo excepto de pulmones para arriba. El pecho me ardía por dentro, notaba cómo el niñato seguía penetrando en mí con violencia pero sin sentir nada. Los oídos me zumbaban y la luz se me iba apagando. Intenté abrir los ojos y una visión espantosa se metió en mi retina. En el cristal sobre el que iba a morir asfixiada se reflejaba el cadáver volante de Irina. Sus ojos desorbitados y sin vida y sus manos abiertas hacia mí, me invitaba a viajar con ella al averno de los promiscuos. Quise cerrar los ojos pero no pude y, sin embargo, la oscuridad se cernió sobre mí. Creí perder la consciencia.
Estuve en aquella oscuridad lo que me pareció una vida entera, pero no debieron de haber pasado más de unos segundos cuando desperté entre un gran ajetreo, libre ya de mis ataduras.
El conde de Denali había irrumpido en la escena. Lo primero que pude escuchar en mi despertar fue que me dejaran tranquila. A grandes voces reprendía a sus tres nietos como a perros y, éstos, sinceramente humillados, bajaban la cabeza y, si hubieran tenido, hubieran metido el rabo entre las piernas.
Me volví justo para contemplar con desagrado cómo Eleazar, a pesar de la regañina, eyaculaba sobre sí mismo y sobre la lujosa alfombra que vestía el suelo, a la vista de todos los presentes.
Unas manos fuertes me ayudaron a moverme y me bajaron la falda con delicadeza. Le miré a los ojos y pude leer en ellos una amalgama de rabia infinita, violencia contenida y un amor profundo hacia mí. Edward me acarició el rostro y una lágrima le bailó en la pupila, aunque logró que no se les escapara.
Varios criados estaban allí presentes y el resto posiblemente estaría intentando evitar que los invitados curiosos se inmiscuyeran más de lo necesario.
Charlie, con la voz autoritaria que le era propia, más el enfado sumado, ordenó a Edward que bajara el cadáver de su hija y justo en ese momento, entró Félix, primo de los tres tunantes e hijo de la muerta. Prorrumpió en sollozos de desesperación y expulsó todo el aire de sus pulmones en un grito fuerte mientras acariciaba su rostro contra las piernas inertes de su madre.
El viejo se acercó a mí con ojos tristes e interrogantes, había dulzura y preocupación en ellos.
- ¿Cómo te encuentras, pequeña?
Mi garganta no pudo articular palabra, asentí mirándolo directamente a los ojos y estableciendo esa conexión extraña que ya había experimentado en alguna que otra ocasión con él. Le agradecí con todo mi corazón su preocupación por mí y el hecho de haber llegado a tiempo para salvar mi vida.
- Atendedla como merece – ordenó a las compañeras allí presentes.
Otras manos amigas me dirigieron por los pasillos y yo, un tanto obnubilada, me dejé hacer, dando gracias de seguir viva.
Tras un baño reconfortante y con todo el barullo de sentimientos encontrados que atenazaban mi pecho, me metí en la cama ayudada por la calidez de mi amiga Alice.
Ya en la soledad de mi celda apenas sí podía entender lo ocurrido. Quería, necesitaba romper a llorar y liberarme de la carga emocional que me atenazaba el corazón, pero me resultaba imposible. Sabía que las lágrimas que no echara se me pudrirían dentro agriándome el carácter, pero no salían. ¿Por qué me costaría tanto llorar?
Era ya tarde, la madrugada había avanzado tanto que el alba no debía retrasarse mucho. Los ecos de la fiesta habían enmudecido y, salvo algún cuchicheo en los pasillos o correntía clandestina, parecía que la mansión descansaba. Pero yo me había instalado en una duermevela caótica que me recordaba una y otra vez lo ocurrido, a la que le añadía pinceladas de horrores oníricos de mi propia cosecha.
Me dio un vuelco el corazón cuando llamaron a mi puerta tan suave que dudé que fuera otra de mis pesadillas. Pensé que las arpías Denali habían venido a vengarse, o a abusar de mí, o a matarme. Me asusté tanto que me metí entre las sábanas como una cría, apretando mucho los ojos y los dientes, deseando con todo mi corazón que el monstruo de debajo de la cama no existiera.
Una mano repleta de ternura acarició la parte de mi cabello que no se encontraba bajo la protección ficticia de las sábanas. Noté su peso en la cama. Salí de mi escondrijo para encontrarme con los ojos cálidos y reconfortantes de Edward y jamás pensé que me alegraría tanto de verlo.
Me sonrió con candidez, con su boca de luna creciente y abrí la cueva de mi cama para que se metiera dentro. Su calor, su respiración pausada, su brazo rodeando mi cuerpo, su aliento tibio, su latir lento, fueron como un bálsamo para mis terrores.
Solo al contacto con su piel lo supe todo. Supe de su miedo a perderme, de su perdón, de sus celos. También supe que amaba más allá de lo explicable, tanto como yo a él. Y una certeza cruzó fugaz por mi mente para instalarse en lo más profundo de mí: quería a ese hombre y quería que estuviera en mi vida, fuese como fuese.
Era la primera vez que me planteaba el futuro como algo cierto, todo lo anterior no habían sido más que divagaciones sobre lo que me gustaría que me ocurriera alguna vez, sueños inciertos, adornados con más o menos fantasía. En esta ocasión era un pensamiento sólido y realista: haré todo lo posible para que Edward y yo podamos seguir juntos.
Me acarició el rostro, como si él también adivinara mis pensamientos y me besó en la frente. Pero yo busqué su boca y me perdí en su cálida saliva. Nos dimos un beso de abismo, de esos en los que la conciencia se pierde, sueña, viaja a otra dimensión para volver loca de amor.
Aquella noche Edward no buscaba mi cuerpo, ni yo el suyo, no hubiera podido. Aquella noche nos dormimos con los labios pegados y el corazón latiendo al unísono. Fueron los primeros compases de la melodía que regiría nuestras vidas.
