Capítulo 26
A pesar del velo de intimidad con el que el conde de Denali intentó cubrir la muerte de su hija, fue la comidilla de todo el condado durante los siguientes días, sobre todo por las circunstancias extravagantes en las que se había producido y, especialmente, había sido descubierto el cadáver.
El sepelio se había celebrado al día siguiente sin mucha pompa y tan solo entre la familia y los pocos amigos que quedaban en la casa tras la fiesta del día anterior. Se decretó el luto en la mansión y el silencio reinaba en prácticamente todas sus estancias. Si bien, a la hora de la verdad, y excepto su propio hijo y su padre, a la fallecida no se le tenía ni mucha ni poca estima. Simplemente era una desconocida más de la saga Denali, por la que no se vertieron muchas lágrimas.
Entre las personas ajenas a la familia, que aún se encontraba en el castillo, estaba Jacob Black, amigo e invitado especial de Eleazar Denali, con quien apenas se le veía coincidir.
En la servidumbre se cuchicheaba sobre su cortejo a una de las gemelas, pues eran muchos los que lo habían visto en pleno acto amatorio con una de ellas. Pero nadie tenía muy claro con cuál de las dos, pues ni quienes llevaban en la casa sirviendo durante años eran capaces de diferenciar a las hermanas.
Estaban también los más mal pensados, que hablaban de un doble juego de cortejo con ambas a la vez, pero por separado, pero nadie pudo demostrar esto; era hablar por hablar. Otros rumoreaban de lo estúpido que era el tal señor Black que, pudiendo gozar de las dos hermanas a la vez bajo las mismas sábanas, se conformaba sólo con una de ellas.
El caso es que él seguía allí y tanto Kate como Tanya estaban encantadas con su presencia y suspiraban por las esquinas absortas de amor.
- Mi querida… - la miró fijamente y continuó –… Kate, esta mañana tu rostro luce como una estrella.
- No me mientas Jacob, el negro no me favorece nada, odio este color oscuro y anodino que me envejece el alma.
- Te equivocas mi palomita – la cogió de la mano y la obligó a girar hasta que la falda del vestido se infló de aire - el negro realza el color líquido de tus ojos y el dorado de tus cabellos, deberías vestirlo más.
- Uhi, calla, calla – el rubor le iluminó las mejillas y se le escapó una sonrisilla juguetona y satisfecha – no queremos más muertos por aquí.
Se le acercó gatuna y se pegó a su cuerpo.
- Y ¿tu hermana?
- Tranquilo, la he enviado a la ciudad por unas cintas para el pelo, no llegará hasta bien entrado el medio día.
- Entonces tenemos el resto de la mañana para nosotros.
- Toda para nosotros.
Allí mismo, en los aposentos de las hermanas, le perdieron el respeto al luto recién vestido y lo tintaron del blanco de sus pieles y del rojo de las heridas que Black le gustaba infringir a su palomita en sus juegos amatorios. Tuvieron que ahogar gritos de dolor y después de placer, bajo las mismas almohadas que tantos secretos de las hermanas conocían ya.
Se traspasaron el uno al otro litros y litros de saliva entre sus bocas ansiosas. Se besaron y se miraron hasta fundirse en un solo ser y no quedó pedazo de piel que no intercambiara tacto. Ya exhaustos sobre la cama, que soportó embestidas y delirios, Black la miraba intensamente y le susurraba lindas palabras que conseguían llenarle el corazón de amor a la muchacha.
- Mi querida palomita, la belleza personificada, mi alma, mi juego, mi vida, me voy en unos días a Italia.
- ¿Cómo? ¿Te marchas? ¿Ya? – Kate se puso tensa - ¿Tan pronto?
- Tengo que resolver unos asuntos de negocios en mi tierra, pero no me gustaría irme sin saber que tu corazón me pertenece – le acarició el rostro apenas sin rozarla.
- Sabes que mi corazón es tuyo Jacob – le temblaba el labio de abajo de la emoción - lo fue desde el primer día que te vi y eres lo único en este mundo que no estoy dispuesta a compartir.
- Mi adorada Kate, solo podré irme si me llevo de ti una promesa.
- Lo que tú desees, amor mío.
- Solo podré marcharme tranquilo si sé que a mi vuelta serás mi esposa.
Kate no se esperaba aquello. Jamás, ni en sus sueños de niña, había pensado en el matrimonio como una posibilidad real. De hecho, tanto ella como su hermana, se habían hecho la firme promesa de no separarse jamás por ningún hombre y para ello habían decidido no casarse nunca. Pero esto era diferente, esto era amor verdadero, amor que le insuflaba vida directamente en la sangre. Si ponía en una balanza el amor por Black y por su propia hermana, aunque le sangraba el alma, se veía contestándose a sí misma que prefería a Jacob que a su propio reflejo. Le contestó turbada y con los ojos empañados.
- Tienes mi firme promesa de que te esperaré y a tu vuelta estaré dispuesta, solo para ti, para ser tu esposa de por vida.
Black le besó la frente, los labios, las mejillas, los ojos, la nariz y la apretó fuerte en un abrazo que la llenó de calor.
Cuando llegó Tanya con las cintas para el pelo, Kate dormía exhausta y desnuda en su cama.
- ¿Se puede saber qué haces durmiendo a estas horas? Y ¿Desnuda?
Kate despertó perezosa y sonriendo. Llenó su pecho con un suspiro profundo y mintió a su hermana mientras volvía el rostro hacia la almohada, incapaz de mirarla directamente.
- Oh, me he follado otra vez al chico de las cuadras, ese de la polla tan gorda.
- El chico de las caballos me ha acompañado a mí a la ciudad, no has podido follártelo – dijo Tanya perspicaz, frunciendo el ceño.
- ¿Ah sí? Pues será otro, también de polla bien dura - uno que pasaba por aquí, yo qué sé Tanya, ¿Acaso crees que puedo acordarme de todos los criados que deambulan como espíritus por esta casa?
- Mira que eres puta hermanita – ambas se rieron con una sonrisa idéntica.
- Pero puta, puta, no lo sabes tú bien – contestó Kate.
