Capítulo 28

Tanya, desde que Black le pidiera que se casara con él a la orilla del lago y bajo las estrellas, vivía más en la ensoñación que recreaba su propia boda que en la vida real.

No quería adelantarse a nada, pero no había podido evitar viajar a la ciudad a visitar la tienda de telas de los hermanos Cullen para ver algunos tejidos y tendencias de moda en los vestidos de novia. Había sido muy fácil convencer a su hermana de que se quedara, con la excusa de que simplemente iría a ver unas cintas para el pelo. Lo que no tenía nada claro es cómo le iba a explicar lo suyo con Jacob, cómo le haría entender que lo amaba hasta el punto de estar dispuesta a traicionarla a ella, la uña de su carne desde que nacieron.

En la vida hay decisiones que cuesta tomar, pero hay que afrontarlas y en este sentido lo tenía ya muy claro. Esperaría a que Jacob volviera de Italia para aclararlo todo y mientras, iría preparando a Kate subliminalmente. Sabía que tarde o temprano terminaría entendiéndolo todo.

Uno de los criados apareció sigiloso interrumpiendo sus cavilaciones, eran detestables. Portaba una nota sellada.

- Doña ¿Tanya? – siempre hacían lo mismo esos memos, nunca estaban seguros de quién era ella y quién su hermana y por eso en vez de afirmar su nombre, lo preguntaban.

Tanya asintió con la cabeza y extendió la mano sin mirar al criado para que éste le entregara la nota. En ella pudo leer su nombre escrito con la elegante letra de su amado. Era una letra de trazo firme y ampuloso que denotaba seguridad, fortaleza y sensibilidad. A lo largo de estos días había tenido la oportunidad de recibir varias de estas notas para citarse a escondidas con él.

La abrió con ansiedad, seguramente él pretendía despedirse de ella en un encuentro íntimo antes de su viaje a Italia. Decía así:

Desearía que mi paloma volase a mi nido a las seis para arrullarme el corazón con su belleza.

Jacob.

Él era así, siempre tan poético, siempre tan romántico, tan escueto y directo, tan enigmático. Llenó sus pulmones de aire y suspiró.

El señorial y vetusto reloj de la entrada estaba a punto de anunciar las seis con sus densas campanadas. Tanya corrió escaleras arriba y, justo cuando iba a llamar a la puerta de los aposentos de Black, apareció su hermana.

- ¿Tú qué haces aquí? – le increpó.

- He venido a ver a Jacob – dijo Kate con un tono de superioridad impropio al hablar con ella - ¿Y tú? ¿Se puede saber qué se te ha perdido en su puerta?

- Me citó él – dijo sacando del escote el papel doblado, aún caliente, con las palabras del italiano.

Kate frunció el ceño y, con idéntico gesto, sacó de su escote un papel exactamente igual al de su hermana.

Se miraron perplejas la una a la otra sin saber cómo actuar, en ellas se cocinaba toda una amalgama de sentimientos encontrados que ni ellas mismas conseguían entender.

- "Desearía que mi paloma volase a mi nido a las seis… " – recitó Kate como si de un poema se tratase...

- "…para arrullarme el corazón con su belleza". – terminó Tanya mientras le subía toda la sangre al rostro.

Se intercambiaron los papeles. No había lugar a dudas, el mismo papel, el mismo texto, la misma letra, pero dirigido a diferentes nombres.

De todos los sentimientos que luchaban por salir a flote la ira fue el primero y comenzó a arderles en el pecho a ambas con la misma intensidad. Kate llamó a la puerta con sus nudillos.

- Adelante – se escuchó desde dentro.

En ese momento el reloj comenzó lúgubre a dar la primera de las seis campanadas que marcarían un antes y un después en sus vidas.

Lo que contemplaron al abrir la puerta les inhibió la respiración durante un instante eterno y el corazón de ambas crujió al unísono, provocándoles un dolor tan intenso que las dejó paralizadas.

Sin embargo, en ese momento lo entendieron absolutamente todo. Habían sido los monigotes de un juego macabro urdido por el rencor y la venganza durante quién sabe cuántos años.

- Pasad hermanitas, pasad – dijo Eleazar con sorna y con un brillo loco en los ojos – no os quedéis en la puerta. Uníos.

Sin ser del todo conscientes de ello, las manos de las gemelas se entrelazaron entre sí buscando el apoyo de la empatía.

Sobre la cama, Jacob Black, desnudo y a cuatro patas, las miraba sonriente con un gesto de burla más fingido que real. Tras él, Eleazar, vestido pero con los pantalones por las rodillas, lo enculaba con movimientos violentos y una expresión victoriosa que culminaba en una amplia sonrisa de júbilo.

Ambos llevaban ridículos pañuelos en la cabeza anudados al estilo de los piratas, como cuando de niños jugaban los tres hermanos a las faldas de su madre.

- Pero pasad, malas pécoras – volvió a decir Eleazar mostrando una mueca enajenada – no os quedéis en la puerta, disfrutad del espectáculo.

Las hermanas se habían quedado paralizadas ante la visión más horrenda y estrambótica que jamás imaginaron que podían contemplar. En su sangre, la ira había sido consumida por un cóctel mucho más potente de desilusión y frustración.

Eleazar reía a carcajadas mientras penetraba en lo más profundo, con signos de auténtico dominio, al hombre a quien ambas amaban. Al único hombre que habían querido jamás y que posiblemente sería el único. El hombre que apenas horas antes les había susurrado bellas y románticas palabras y había endulzado sus oídos con promesas de amor eterno.

Y ahora, aquel hombre, estaba siendo humillado y sometido por su hermano Eleazar, quien no dejaba de mirarlas entre risas de auténtico demente.

- ¿De verdad creíais que Jacob Black era vuestro príncipe azul? – Estalló en carcajadas mientras seguía con los movimientos de la copulación y gotas de sudor le perlaban el rostro - ¿Tan estúpidas podéis llegar a ser? ¡ja, ja, ja! ¿Queréis saber quién es en realidad vuestro amado caballero Jacob Black? – las miró con una interrogación en los ojos, pero ellas no contestaron - Es un puto muerto de hambre de los arrabales de la ciudad, un puto guapo, con una buena polla y mejor culo, pero un puto al fin y al cabo, que le ha comido el rabo a medio condado.

A las hermanas les sobrevino un frío repentino que recorrió toda su piel e incluso su interior. Eleazar siguió con su discurso:

- ¿Sabéis cuántos hombres se han corrido en su ojete o en su boca? ¿Sabéis por cuántos miserables ha sido enculado vuestro prometido? – estalló en espasmódicas carcajadas mientras lágrimas de verdadero júbilo le rodaban por las mejillas.

Se le torcieron los ojos y le mudó el rostro, pero continuó hablando.

- ¡Oh qué placer saborear a la vez la venganza y el orgasmo! – Bajó su espalda hacia el cuerpo de quien hasta ese momento había sido Black y su pubis se arqueó en movimientos febriles, como el de los perros cuando copulan, mientras introducía y sacaba su pene erecto del culo de Jacob. Gimió fuerte, con un placer que en absoluto parecía fingido. Y una vez eyaculado dentro, se quedó así un rato más, mientras el falso italiano seguía aguantando de rodillas el peso del muchacho.

El corazón de ambas se quebró en dos mitades cada uno, dejando tras de sí cuatro gajos de corazón sangrante y dolorido y un reguero de desilusión con el que habrían de cargar durante toda su existencia.