Capítulo 29
Bella
Fue una casualidad muy gratificante descubrir que el conde había decidido a última hora que Edward sería el cochero que nos llevaría a mi pueblo. Y aunque no pude intercambiar ni una sola palabra con él a lo largo de todo el viaje, porque tuve que ir de conversación con el señor Denali, me hacía una gran ilusión tenerle tan cerca. Igual, con suerte, podría presentarle a mi madre y a mis hermanos, aunque lo más probable fuera que él tuviera que ausentarse pronto con los asuntos del conde.
Siempre le podría decir a mi madre al oído que se fijara en el cochero y más tarde le explicaría que era mi amado y amante y que puede que en algún momento fuese su yerno. Aunque eso era fantasear demasiado.
El latido comenzó a acelerárseme en cuanto las primeras casas de la aldea se vieron a lo lejos. Al lado de la mansión Denali, las casas de mi lugar de origen me parecían apenas cabañas cochambrosas de basto adobe. Los niños se arremolinaron al paso del coche, por allí no estábamos acostumbrados a tanto lujo y su visión sería todo un acontecimiento en el pueblo. Mi propia llegada daría que hablar para un par de días.
Tanto bullicio se escuchó en las calles que, cuando Edward detuvo el coche frente a mi casa, mi madre y los niños ya estaban en la puerta con caras tan ansiosas como la mía.
A mi madre la vi cansada pero muy hermosa, con sus ropas de trabajo de colores pardos, ropas pobres pero decentes y elaboradas con esmero y cuidado. Me preocupaba la impresión que pudiera causarle a Edward y ¿por qué no? al señor Denali.
Le di las gracias al conde y salí del habitáculo como un toro del toril lanzándome a los brazos de mi madre, quien me recibió con ese abrazo reconfortante y cálido que había añorado más de lo que yo misma pensaba. Mis hermanos se prendieron a mí con caras sonrientes y grititos de alegría sin contención y me sentí más amada y feliz que nunca.
Mi madre seguía asida a mí, empezaba a agobiarme un poco y ya estaba pensando en desasirme yo sola, cuando toda su musculatura se tensó y se quedó rígida como una piedra y con los ojos abiertos como platos.
Miré hacia donde ella dirigía su visión y vi que el conde había salido del coche y estaba de pie frente a nosotros con una sonrisa abierta en la cara. Mi madre seguía sin reaccionar. Que el mismísimo conde de Denali me trajera hasta mi casa era prácticamente imposible de imaginar, pero la estupefacción de mi madre no era normal.
- Mamá – la zarandeé – el conde, el señor Denali
No me hizo caso, se separó de mí y esperó rígida como una estatua a que el conde se acercara hasta ella con esa sonrisa seductora y sus andares seguros.
Todo sucedió muy rápido, mi madre reaccionó de repente, sacudió la cabeza como para asegurarse de que no estaba viendo a ningún fantasma y acto seguido hizo ese gesto coqueto tan propio de ella y que yo misma había copiado: se colocó tras la oreja el mechón de pelo que le bailaba fuera del moño y se pasó la mano por la parte de atrás de la cabeza, como para recolocar el pelo que podía haberse salido rebelde de su sujeción. El conde extendió ambas manos con las palmas hacia arriba sin apartar sus ojos de los de mi madre.
- Mi adorable Renee, te ves más hermosa que nunca.
- E… Charlie – fue la única palabra que pudo formular mi madre y lo hizo balbuceando.
Todo a su alrededor desapareció, estaban ellos envueltos en su burbuja de nostalgia, no apta para los demás y no había nadie más. Mi perplejidad era absoluta, el conde y mi madre se conocían ¿Cómo? ¿De qué? ¿De cuándo?
Él tomó las manos de ella con gran delicadeza y las besó, ambas.
- Si me hubieras dicho… si me hubieras contado… - el conde expresaba más un deseo que un reproche.
- Lo siento Charlie, lo siento tanto… – a mi madre se le encharcaron los ojos – fue todo tan rápido… no era mi intención ocultártelo, pero los años pasaron y luego él murió, murió sin saberlo. Nunca se lo confesé, fui una traidora. – El llanto se le agolpó en el pecho y comenzó a llorar como jamás la había visto. Se arrodilló en la tierra y hundió el rostro en sus propias manos. – Os traicioné a todos, a ti y a él, a ella y ya no sabía cómo arreglarlo después de tantos años.
El conde la obligó a levantarse con ternura y la empujó hacia el interior de nuestra propia casa, pues no se le escapó que todo el pueblo se agolpaba alrededor para ver la sorprendente escena.
Ya dentro, mi madre seguía hipando y diciendo una y otra vez que lo sentía mucho y daba otra serie de excusas que ni yo ni mis hermanos lográbamos entender.
Finalmente Charlie Denali la agarró entre sus brazos y le ofreció un rincón reconfortante en su pecho. Ella pareció calmarse.
- Se te ocurrió la mejor manera de hacerlo – dijo él obligándola a mirarle a los ojos – me la enviaste para que la reconociera y créeme, la reconocí. Al principio fue tan solo una intuición, luego una esperanza… hasta que se convirtió en una certeza. – Me miró y debió ver la perplejidad escrita en mi rostro, pero siguió calmando a mi madre. - Es tan hermosa como lo fuiste tú a su edad, cuando éramos unos incautos y enloquecimos de amor. –Volvió a mirarme fijamente y nuestros ojos se encontraron y se entendieron – reconocí a mi hija.
Dios mío, no podía creer lo que acababa de escuchar. Charlie Denali ¡¿mi padre?! Eso hacía girar mi vida por completo. Pero girar y girar hasta marearme, y marearme hasta la náusea. Se me agolpaban cientos de preguntas y peticiones de explicación que obviamente no podía exigir en ese preciso instante.
Necesitaba que me diera un poco el aire, ordenar las ideas que se me agolpaban como ovejas al borde de un precipicio. Era una Denali, ¡qué barbaridad! Llevaba la misma sangre que las arpías gemelas y el retorcido de Eleazar. Había mantenido sexo con mi propio hermano, mis sobrinos y en parte, con mi propio padre… me asqueó esta idea, me dio un vuelco el estómago. Tenía ganas de vomitar y de llorar, pero no podía, ambos fluidos preferían emponzoñarme por dentro a liberarme.
¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Qué consecuencias tendría esa noticia? ¿Me reconocería el conde cómo hija legítima? ¿Qué sucedería con mi empleo? ¿Cómo se lo tomarían en el castillo? ¿Cómo lo verían Kate y Tanya? Esta última pregunta me regocijó por dentro.
La duda fluyó por mi sangre envenenándome el corazón. Deseaba gritar pero ni siquiera lo intenté. Fue cuando lo vi. Me sonreía abiertamente y su mirada tuvo el efecto de un bálsamo calmante para mí. Corrí hacia Edward y sus brazos me recibieron con amor y amabilidad.
- Bella, he de decirte algo – me susurró con la boca entre mi pelo – iba a esperar a que volvieras de tu permiso, pero creo que no podré estar una semana con el desasosiego. Además, he visto como te miran los muchachos del pueblo, tengo que decírtelo ahora.
Me separé de sus brazos y lo miré interrogante. Él me sonrió con los ojos y pude ver en su mirada oscura la grandeza de la bondad que albergaba su corazón. Edward era un ser puro, un hombre bueno, tan bueno e íntegro como lo había sido mi padre, o quien yo había creído hasta ese momento que había sido mi padre. Y leí en sus ojos que me amaba como solo aman los seres nobles, con todo su ser. Mis tripas me gritaban desde dentro que yo también le amaba a él con cada pedazo de mí misma.
- Verás… sé que te puede parecer precipitado, que no nos conocemos tanto… pero yo ya sé suficiente de ti como para saber que te amaré el resto de mi vida. – Introdujo su mano en el bolsillo y clavó la rodilla en la tierra del camino. Sacó un anillo sencillo y me lo mostró en la palma de su mano. – Bella, cásate conmigo.
El corazón me dio un vuelco más, jamás me podría esperar algo así. En realidad jamás me pude esperar un día así.
- ¡Sí, Edward! – le dije entre lágrimas que brotaron, como el deshielo en primavera, de mis ojos. Pero eran lágrimas de alegría. – ¡Me casaré contigo!
Se levantó y me dio un beso profundo, cargado de emotividad, alivio y agradecimiento. Nuestras lenguas bailaron un compás lento y profundo que nos introdujo en un ensueño plácido. Y cómo no, nuestros cuerpos comenzaron a reaccionar ardientes, deseosos el uno del otro.
