CAPITULO 1


EL ORIGEN


1 de septiembre de 1876

Estimada señora Hyūga:

Le agradezco su segunda carta, que he recibido hoy. En respuesta a lo que me preguntaba, vivo en una finca a una hora de camino de Konoha. El pueblo tiene una tienda de ultramarinos, colegio y un hotel, pero aún se necesitan mujeres como usted para suavizarlo.

Yo prefiero los hechos a las palabras, señora Hyūga, de modo que iré directo al grano: me ha gustado lo que he leído en sus cartas y creo que podríamos adaptarnos bien el uno al otro. No voy a intentar engañarla con promesas de amor eterno, pero le ofrezco mi respeto y un hogar en el que criar a su hija y, Dios mediante, a nuestros propios hijos.

Juntos podemos llevar una buena vida.

Espero su respuesta.

Naruto Uzumaki.

Hinata Hyūga dobló cuidadosamente la carta y rogó al cielo que le enviara una señal de que estaba tomando la decisión adecuada al casarse con aquel hombre. Elevó al cielo gris la mirada, esperando casi ver aparecer un relámpago de luz, un inesperado claro entre las nubes, incluso un arcoíris.

Pero, por supuesto, nada de todo aquello ocurrió.

Molesta consigo misma por su inseguridad, guardó la carta del señor Uzumaki entre las páginas del libro recién comprado que se titulaba Cómo ser la mejor ama de casa, y guardó ambas cosas en la maleta de cuero que descansaba a sus pies. Se pasó las manos enguantadas por la falda del vestido verde oscuro y por tercera vez se ajustó los pliegues de su sombrero de terciopelo.

—No necesito señales. Todo va a salir bien -se dijo en voz baja—.Esto es lo mejor para las dos.

Hinata miró el cesto de mimbre blanco que había dejado junto a ella y sobre el banco de la estación, en el que dormía su sobrina Hanae.

Tenía cinco meses. Tenía una piel tan suave como la seda y su pelo era marrón.

La estación de Tsuchi, Ishikawa, era un hervidero de caballeros vestidos con trajes de lana y abrigos negros y damas con sus capitas cortas adornadas con aplicaciones de cordoncillo.

Todos parecían esperar impacientes, intentando combatir el frío de la mañana mientras llegaba el tren de las nueve, que ya acumulaba un retraso de veinte minutos.

El aire frío y cargado de humedad prometía la llegada incipiente del invierno y mientras se frotaba las manos, Hinata lamentó no estar allí para poder ver las calles de Tsuchi y sus casas cubiertas de nieve.

Había crecido en aquella ciudad, y a pesar de los momentos duros que había tenido que vivir en los últimos meses, los buenos recuerdos le estaban haciendo la partida más difícil de lo que se imaginaba.

Un silbido llegó flotando en el aire, señalando la cercanía del tren. Miró a su alrededor y se encontró con que un hombre vestido de gris la miraba descaradamente por encima del borde del periódico que leía. Irguiéndose un poco, le mantuvo la mirada hasta que consiguió que volviera a la lectura.

El escándalo de la familia Hyūga había sido la comidilla de Tsuch durante meses, y no pasaba un día sin que alguien la señalase por la calle o la mirara con descaro.

Había aprendido a convivir con esa situación y a no achicarse, pero había momentos en los que anhelaba los días en los que su hermana aún vivía y en que ella y Toneri, su prometido, seguían estando tan enamorados.

Hanae se movió dentro de la cesta, abrió los ojos y comenzó a llorar. Hinata la tomó en brazos y, colocándola en el hueco del brazo, le acercó a los labios el biberón de cereales, agua y leche que llevaba en la cesta.

La pequeña cerró los ojos y comenzó a beber, y un suave olor a leche se desprendió de ella, lo que espoleó el valor de su tía y le recordó lo que era verdaderamente importante.

La máquina negra y humeante del tren se fue acercando despacio a la estación hasta detenerse junto al andén, inundando el aire de pavesas negras y olor a sulfuro.

El conductor saltó de la máquina y colocó una escalerilla de madera delante del coche de pasajeros.

Un futuro incierto la aguardaba y sus preocupaciones volvieron a cobrar vida. El miedo le aconsejaba huir con Hanae, pero era consciente de que sus opciones se habían agotado, así que metió a la niña en la cesta, la tapó bien y revisó su billete.

Luego se levantó, orgullosa de que las rodillas le temblaran solo un poco, y avanzó hacia el vagón.

—¡Hinata!

Un hombre alto y delgado, vestido con un traje marrón y un elegante abrigo, se abrió paso en el abarrotado andén. Su pelo blanco, normalmente bien peinado hacia atrás, le caía sobre la frente.

—¡Toneri! —contestó Hinata al verlo, con el corazón alegre.

El doctor Toneri Ōtsutsuki, el hombre al que una vez le prometió amor eterno, corrió hasta alcanzarla.

—Hinata, gracias a Dios que te encuentro a tiempo.

Una brisa fría le movió las faldas y deseó poder acudir a él y abrazarlo, pero no se atrevió a hacerlo.

— ¿Qué haces aquí?

Toneri dio los tres pasos que los separaban y la abrazó.

—No te vayas.

Con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, Hinata temió flaquear.

—Toneri, por favor...

—No pensarías que de verdad iba a permitirte tomar este tren, ¿verdad?

—Después de la última discusión...

—Me equivoqué siendo tan duro contigo —dijo, mirándola a los ojos—. He encontrado una solución a nuestro problema. He estado hablando con el reverendo Umino y me ha asegurado que podrá encontrarle una casa a la niña.

Hinata dio un paso hacia atrás.

—¿Una casa?

Él le apartó un mechón azul oscuro de la frente.

—Sí. Una familia que quiera adoptarla. No conozco aún los detalles, pero el reverendo me ha asegurado que como la niña es tan pequeña y está sana, no tendrá que permanecer mucho tiempo en el orfanato. Dos o tres meses, a lo sumo.

—Pero Toneri...

—No tienes por qué darme las gracias —le interrumpió, tomando su cara entre las manos—. Sé lo duro que ha sido para ti tener que ocuparte de la niña. Debes sentirte muy aliviada.

—¿Aliviada? —repitió, enfadada—. Toneri, ¿te has olvidado de que mis padres hablaron con el reverendo Umino justo después de la muerte de Hanabi? Ya entonces me negué a que enviaran a Hanae a un orfanato.

Toneri apoyó las manos en sus hombros.

—Pero aquel momento era distinto. Tus padres acababan de enterrar a su hija y tú estabas agotada, tanto mental como físicamente. Necesitabas algo a lo que agarrarte.

—Te he dicho ya cien veces que no pienso renunciar a Hanae.

—Admiro tu valor, Hinata —le contestó, no sin cierta exasperación—, pero ya está bien. Esa niña no es asunto tuyo.

—La niña tiene un nombre. Se llama Hanae, y mi hermana murió dándola a luz. Los abuelos de Hanae no quieren saber nada de ella, y su padre ni se ha molestado en reconocerla. Yo soy todo lo que tiene, y no pienso separarme de ella.

Toneri se pasó una mano por el pelo.

—Creía que serías más razonable, una vez hubieras tenido tiempo de reflexionar.

—¿Tiempo de reflexionar? —repitió, indignada.

—No te das cuenta de lo cruel que puede ser la vida, Hinata.

—¿Esa es la razón de que te hayas negado a contestar a mis notas o a verme en estos últimos meses? —una furia poco propia de una dama la asaltó. — Habías decidido dejarme sola para que llegase a la desesperación, ¿no es eso?

—Tenía que mostrarte lo mucho que me necesitas. Eres mi pequeño ratón de biblioteca. Sabes de literatura, historia y arte. Siempre has sido maravillosa con mis pacientes, pero no siempre estás en contacto con el mundo real.

—Me las he arreglado bien estos últimos meses sin tu ayuda.

Toneri volvió a acercarse y bajó la voz.

—Vamos, Hinata. No tan bien. Tus padres se han marchado de la ciudad y ninguna de tus amigas te ha abierto las puertas de su casa. Estás viviendo en una habitación alquilada y has vendido casi todas tus posesiones.

—Cosas que no necesito para vivir.

—¿De verdad? Entonces, ¿por qué has contestado a ese anuncio en el que se buscaba novia?

Ella se encogió de hombros.

—Ya te explicaba en mi nota que me parecía lo más lógico en mi situación.

Lo que no iba a decirle era que había contestado por primera vez empujada por la rabia más que por la convicción, creyendo que él reaccionaría. Pero no había sido así. Y luego el señor Uzumaki había contestado. Y ella le había escrito de nuevo, esperando que Toneri se rindiera.

Pero se equivocó, de modo que decidió escribir una vez más al señor Uzumaki, decidida a conseguir que Hanae estuviera a salvo.

—Te conozco bien, Hinata, y sé que contestaste a ese anuncio para irritarme. Y, para que te sientas mejor, te diré que lo conseguiste. Pero sinceramente, nunca pensé que llevases tan lejos la farsa —se rió como si estuviera riéndole la gracia a un niño—. Pero ya está bien. Es más que hora de dejar de jugar.

Hinata contempló su rostro, unas facciones tan queridas para ella una vez, pero que ahora pertenecían a un extraño.

—Voy a subir al tren.

La sonrisa de Toneri se desvaneció.

—Nunca pensé que fueras a rebajarte hasta el punto de aceptar ser una mujer elegida por carta.

—Muchas mujeres lo son —contestó. Menos mal que su voz sonaba serena.

—Mujeres como tú, no. Eres una mujer bien educada, criada en una buena sociedad.

—¿Para qué sirve la buena educación cuando no tienes ni un céntimo y nadie en quien apoyarte?

—Me tienes a mí.

—Con condiciones. Toneri apretó los dientes.

—Si quieres amor incondicional, Hinata, cómprate un perro. Y no me digas que ese hombre, que ha tenido que poner un anuncio para conseguir esposa, no espera nada de ti.

—Quiere tener hijos.

—Nosotros íbamos a tener hijos propios algún día —contestó, apretando los puños.

Llevaba dos años soñando con tenerlos, y olvidarse de ese sueño había sido la parte más dura.

—Lo sé —contestó con suavidad.

—Y aún podemos, si renuncias a esa niña.

—No.

Toneri maldijo entre dientes.

—¡Estás destrozando nuestros sueños! -Deseaba con todas sus fuerzas que las cosas fueran diferentes, pero no lo eran.

—No voy a abandonar a Hanae.

—No me digas que a ese hombre con el que vas a casarte no le importa el escándalo —espetó.

Ella enarcó las cejas.

—¡No todos los hombres se preocupan tanto por lo que piensen los demás!

El hombre que la había estado mirando antes bajó un poco el periódico, pendiente de todas sus palabras. Dos mujeres habían dejado de hablar y los miraban a hurtadillas.

Toneri bajó la voz.

—Tú no puedes quererlo. El frío se le había metido en los huesos y la hacía temblar.

—El amor no es sustituto de la seguridad. Es una lección que he aprendido bien durante estos últimos meses.

Toneri maldijo entre dientes.

—Tú no estás hecha para la vida en la frontera, Hinata. Estás acostumbrada a las cosas buenas, y en esa tierra olvidada del mundo, te marchitarás y morirás.

—Estaré bien.

—No sabes cocinar —puntualizó, guardándose las manos en los bolsillos.

—Aprenderé.

—Jamás has hecho la colada. Serás un desastre como esposa de un granjero.

Hinata enrojeció.

—Creo que ya he oído suficiente.- El conductor del tren se acercó a ella y tocó el ala de su sombrero.

—Señora, ¿necesita ayuda con el equipaje?

—Sí. Tengo también unas cuantas cajas en la taquilla.

El conductor miró por encima de la montura de sus gafas.

—De acuerdo. Yo me ocuparé. ¿Puedo ver su billete?

—Por supuesto —contestó, tendiéndoselo con mano algo temblorosa. Hanae empezó a llorar.

El conductor asintió.

—Konoha, Konohagakure. Queda bastante lejos de aquí, y no es precisamente una ciudad. ¿Qué la lleva hasta allí?

Le costó trabajo contestar.

—Voy al encuentro de mi futuro marido. El hombre asintió mientras sellaba el billete.

—Desde luego, su futuro marido se ocupa bien de usted.

Hinata sacó a Hanae de la cesta y la abrazó. La niña dejó de llorar.

—No comprendo.

—Asientos de primera clase para usted y para el bebé. Es un verdadero lujo disponer de algo de espacio extra en un viaje tan largo. El tren está lleno a rebosar —le devolvió el billete y recogió la cesta—. Se lo llevaré al asiento. Que disfrute del viaje.

—Gracias.

Solo después de que el conductor se hubiera marchado, miró a Toneri.

—Tengo que irme.

—No estás siendo razonable, Hinata. Dentro un tiempo...

—¡Se me ha agotado el tiempo!- Su tono cortante y fuerte sobresaltó a la niña, que empezó a lloriquear de nuevo. Hinata la acunó para calmarla, pero las rodillas le flaqueaban y se sentía totalmente agotada de tanto luchar.

Toneri apretó los dientes.

—No te haces cargo de la situación en que me has puesto. Mi consulta se ha resentido desde que empezó todo esto.

—No es culpa mía.

—Esta situación es culpa de Hanabi. Era muy propio de ella estropearlo siempre todo. Solo ella podía quedarse embarazada meses antes de casarse con otro hombre.

Hinata sintió sus palabras como una bofetada.

—Para hacer un niño, hacen falta dos personas.

—Las indiscreciones son disculpables en un hombre, pero las mujeres deben guiarse por normas más estrictas, Hinata.

Sus padres estaban de acuerdo con Toneri en ese sentido. Tras descubrir que Hanabi estaba embarazada le habían pegado para conseguir que les dijera el nombre del padre de la criatura.

Al negarse ella, la mandaron al campo con la esperanza de que alumbrara en secreto mientras a todo el mundo le decían que se había ido a Kumogakure a comprar cosas para su ajuar, con la esperanza de salvar su sagrada reputación y la inminente boda de Hanabi.

Pero su hermana murió inesperadamente al dar a luz, dejando a cargo de su familia a una niña a la que nadie excepto Hinata quería.

Hiashi y Hana Hyūga dejaron la ciudad dos días después del funeral de su hija pequeña, pretextando un dolor insoportable, pero Hinata sabía que era la vergüenza.

El corazón se le encogió al mirar a los ojos de la pequeña Hanae, abiertos de par en par y fijos en ella. Su pecho subía y bajaba con rapidez y tenía un delicioso mohín en los labios. Era tan confiada.

Nada de todo eso tiene importancia ya. Toneri miró a la niña con el ceño fruncido.

—Si hubiera muerto con su madre, habría sido mejor.

Hinata retrocedió un paso.

—Ya he oído suficiente —espetó.

Dio media vuelta para marcharse, pero él la siguió hablándole al oído.

—Hanabi tenía muchos amantes. Cualquiera de ellos podría ser el padre, Hinata se quedó paralizada.

—Eso no son más que habladurías.

—No. Hanabi no era la chica inocente que ella pretendía ser. Tus padres creían controlarla pero ella era muy lista y hacía lo que quería cuando quería.

Hinata sintió que no podía respirar.

—Te equivocas.

—Ojalá—contestó con tristeza.

Hinata detectó algo en él, una especie de cambio de actitud, un aura de culpabilidad... y de pronto, se dio cuenta de todo.

—Estuviste con ella.

Él asintió, la mirada baja.

—Sí —la angustia de su voz le confería sinceridad—. Y maldigo el día que me convenció de meterme en su cama.

Hinata creía que ya no quedaba nada que Toneri pudiera hacer y que le hiciera daño, pero se equivocaba. A punto estuvo de venirse abajo, pero con un esfuerzo sobrehumano se guardó la pena y el dolor.

—¿Cómo pudiste?

—Fue en un momento de locura —contestó, apretando los puños—. No fui su primer amante, y ella fue muy complaciente.

Las lágrimas le ardían en la garganta.

—¿Eres el padre de Hanae?

—No. Bueno, quizás. No lo sé — la agarró con fuerza por el brazo—. Por favor, Hinata, tienes que comprender que tengo una reputación que proteger. Si la niña al crecer se pareciera a mí, me arruinaría. Mi consulta, mis pacientes, no tolerarían tal indiscreción. Ahora entenderás por qué la niña no puede quedarse en Tsuchi.

—Comprendo.

Suspiró aliviado.

—Entonces, podrás perdonarme.

—Volveremos a estar como antes —dijo, y la abrazó, sin darse cuenta de lo rígida que estaba—. Te he echado mucho de menos; a ti y a la ayuda que me prestabas con los pacientes.

—Adiós, Toneri.

La confusión se adueñó de su rostro.

—Pero yo pensaba que...

—Pues te equivocas.

—Eres tonta —rabió—. No te habría faltado de nada, si te hubieras casado conmigo.

—Excepto dignidad y respeto.

—Que te servirán de bien poco cuando tengas que arrastrarte para conseguir salir adelante en un rancho olvidado de la mano de Dios.

—¡Viajeros al tren! —gritó el conductor.

Hinata dio media vuelta y subió por la estrecha escalerilla. Tenía la sensación de que sus pies eran de plomo, y necesitó todo su valor para subir al tren.

Con los ojos llenos de lágrimas, se las arregló para sostener a Hanae en brazos y no engancharse las faldas mientras avanzaba a duras penas por el abarrotado pasillo.

En algunos casos, tres pasajeros iban amontonados en un solo asiento, y el aire estaba cargado del olor a cigarros y a comida rancia. Un granjero con los pies puestos en el asiento de enfrente la miró al pasar.

Una mujer vestida de negro y con cuatro críos intentaba mantenerlos en calma un poco más allá.

Alcanzó por fin el compartimiento de primera. En aquel vagón había mucho más espacio que en el otro, el aire resultaba más ligero, la moqueta del suelo más gruesa y las ventanas lucían unas cortinas de un rico tejido.

Encontró su asiento al final del vagón, y junto a él había dejado el conductor la cesta de Hanae.

Aliviada, dejó a la niña bajo la manta. La chiquilla bostezó y, estirando los brazos, emitió sus habituales ruiditos, inconsciente de los enormes cambios que estaban afectando a sus vidas. Hinata se dejó caer en su asiento, sorprendida de encontrarlo tan cómodo y mullido. Entonces miró por la ventana.

Toneri seguía en el andén, erguido. La miró a los ojos por última vez, antes de perderse entre la marea de gente.

Hinata se recostó en el asiento con una mano dentro de la cesta de Hanae. El ruido de las conversaciones inundaba el vagón. Dos asientos más allá iba sentada una pareja de jóvenes, sus cabezas apenas separadas, cuchicheando entusiasmados.

Otra mujer, unos cuantos asientos más adelante, se reía con sus dos hijos pequeños. Al otro lado del pasillo, dos hombres hablaban del precio de la carne.

Entre todo aquel ruido y actividad, se sentía completamente sola. El futuro le parecía incierto y agobiante. La crianza de Hanae descansaba ahora solo sobre sus hombros, y la responsabilidad le pesaba enormemente. Tocó la mejilla de la niña e intentó sonreír.

—Te quiero, muñequita. Digan lo que digan, ahora eres mi hija y eso nadie lo va a cambiar. Hanae le mostró una pompa de saliva y sonrió.

De la maleta Hinata sacó la carta de Naruto Uzumaki y, al contemplar su escritura firme, las preguntas la asaltaron.

Estimada señora Hyūga.

A pesar de lo que le había dicho a Toneri, no sabía mucho de Naruto Uzumaki, y no había sido completamente sincera con él.

Se mordió un labio. Se había mostrado cándida en la mayoría de cosas y había agrandado la verdad solo en una ocasión. O en dos.

Estimada señora Hyūga.

Miró por la ventana. Los almacenes y las tiendas fueron dejando paso a las casas, los cobertizos y por fin las colinas. Dobló cuidadosamente la carta y volvió a guardarla, intentando controlar sus nervios concentrándose en el bamboleo del tren.

«Estimada señora Hyūga.»

La verdad era que había mentido descaradamente al señor Uzumaki. Le había dicho que era viuda con una hija pequeña a su cargo. Había temido que la rechazara si le decía por qué tenía que casarse.

Y rezó por que cuando estuvieran cara a cara y le explicara sus verdaderas circunstancias, fuera capaz de comprender.


Ebisu oficial encargado del telégrafo en Konoha, miró a Naruto Uzumaki por encima de la montura de metal de sus gafas. Naruto y su corpulencia parecían haber inundado la pequeña oficina.

Ebisu siempre había recibido un buen trato por parte del señor Uzumaki en los siete años que hacía que se conocían, pero el enorme ranchero le daba un miedo de muerte.

Uzumaki había trabajado muy duro para construir su rancho y llevaba una vida tranquila desde que se había trasladado a Konoha, pero sus ojos azules parecían horadar los de quien le miraba como si fueran los cañones de un rifle.

La desigual cicatriz que le surcaba la cara desde el ojo izquierdo hasta la comisura de los labios le recordaba a todo el mundo su pasado violento de cazar-recompensas. Había quien decía que había matado a una docena de hombres, pero otros decían que a cientos.

Nadie lo sabía con seguridad y nadie se había atrevido a preguntárselo.

—¿Necesita enviar algún telegrama? — preguntó Ebisu, orgulloso de que la voz no le temblara.

Naruto sacó una nota y se la entregó.

—Exacto.

Llevaba el pelo largo hasta los hombros, lo que acentuaba la línea dura de su mandíbula sombreada por la barba. Llevaba una gabardina de montar sin abrochar que dejaba al descubierto su poderosa figura.

Ebisu le dedicó una débil sonrisa y leyó rápidamente.

—¿Quiere enviar un telegrama al juez?

—Sí.

La curiosidad le ganó la partida. Naruto no era un hombre dado a apelar a la ley a menos que tuviera problemas serios.

—¿Le importa que le pregunte por qué necesita un juez?

—Para una boda.

—¿Quién se casa.

—Yo.

Ebisu abrió los ojos de par en par.

—¿Con quién? —el puñado de mujeres casaderas que vivían a cincuenta kilómetros de allí habían sido advertidas por sus madres de mantenerse alejadas de Naruto Uzumaki —. Es decir, si no le molesta que se lo pregunte.

Naruto lo miró en silencio un instante y después se encogió de hombros.

—Hinata Hyūga.

—No es de por aquí.

—Es de Ishikawa.

— ¿Planea organizar una boda a lo grande?

—No —sacó dos monedas y se las entregó —. Ocúpese de que el telegrama salga ahora mismo. Quiero que el juez esté aquí el viernes.

—Sí, señor.

Sin una palabra más, Naruto salió de la oficina, acompañado por el tintineo de las espuelas.

Desde detrás de los barrotes que protegían su lugar de trabajo, Ebisu lo vio avanzar calle abajo. La gente despejaba el camino a su paso. Unos cuantos se detuvieron a cuchichear mientras él soltaba las riendas de su caballo y montaba.

Ebisu miró la nota.

—Me pregunto si Hinata Hyūga sabrá dónde se está metiendo...