CAPITULO 2


EL ENCUENTRO


—Naruto Uzumaki, si no te conociera bien, diría que estás nervioso.

Quien le tomaba el pelo era Jiraiya, capataz de Naruto y amigo desde la primera vez que condujeran una partida de ganado siete años atrás.

Naruto tuvo que bajar la cabeza para mirarlo, ya que apenas llegaba al metro sesenta.

—Estoy molesto.

Era cierto que no podía recordar una sola ocasión desde hacía años en la que se hubiera sentido tan tenso, pero no estaba dispuesto a admitirlo, ni siquiera ante Jiraiya.

Los ojos castaños de su barbudo amigo brillaron divertidos.

Hace mucho que te conozco, muchacho, y cuando tienes ganas de estrellar el puño contra la pared, es que estás nervioso.

Naruto se recostó contra la vieja pared del café, e intentando no prestar atención a la alegre música de piano ni al humo que salía de su interior, intentó relajarse.

—¿Y no tienes otra cosa de la que preocuparte, viejo?- Jiraiya se rió, a pesar de la expresión ceñuda de Naruto.

—El coche ya se ha retrasado en otras ocasiones —bromeó.

—Sí.

—Y tú no eres el primer tipo en el mundo que va a casarse.

—No.

—Llegará más tarde o más temprano.

—Sí.

Naruto miró calle abajo. Estaban en la avenida principal de Konoha, flanqueada a ambos lados por un peculiar grupo de edificios, casi todos construidos con madera reciente.

Ya no era la comunidad que dependía de media docena de rancheros, y había empezado a crecer.

El precio del ganado estaba alto, y muchos hombres con la pretensión de hacerse ricos rápidamente se habían instalado en Konohagakure.

Solo en el último año, había florecido en el pueblo una ferretería, un registro de la propiedad, un hotel y una herrería.

El café y la tienda de ultramarinos, los establecimientos más antiguos del pueblo, se habían beneficiado de aquel auge, y en primavera se abriría la primera escuela.

Las carretas pasaban traqueteando por Konoha, junto a la acera de tablones recién construida por la que iban y venían vaqueros y media docena de mujeres.

El número creciente de ellas estaba domando Konoha, transformando aquella salvaje ciudad ganadera en un buen lugar en el que un hombre podía formar una familia.

Aquella idea le hizo fruncir el ceño y mirar a través de la puerta de cristal que cerraba el café lleno de humo al juez Misumi Tsurugi, a quien había hecho ir especialmente para la boda. Estaba sentado a la mesa con tres vaqueros, una copa de licor junto a sus fichas rojas y azules de póquer.

La mirada de Jiraiya aterrizó también en el juez.

—Aún puede sostener las cartas en la mano, pero reconozco que tienes una hora o como mucho dos antes de que se desmaye.

—Ojalá hubiera algún hombre de iglesia en el pueblo que hubiera podido celebrar la ceremonia. A las mujeres les gustaba esa clase formalidad.

—Tiene la nariz más roja que un pimiento.

El juez estrelló la mano en el tablero de la mesa y pidió otra botella.

Naruto apretó los dientes.

Esperar nunca había sido lo suyo, y estaba más tenso que la cuerda de un arco.

—Si la diligencia no llega aquí con mi novia antes de que Tsurugi pierda el conocimiento, tendré que pasar aquí la noche. No quiero perder otra mañana de trabajo.

—Otras veces has perdido días —contestó Jiraiya —. Lo que pasa es que te pone de los nervios no ser tú quien lleva las riendas por una vez.

Jiraiya tenía razón en parte, pero lo que más nervioso lo estaba poniendo aparte de la espera era aquella sensación inquietante e incómoda que tenía en la boca del estómago... una sensación que no lo había abandonado desde el día que le pidió a Hinata Hyūga que se casara con él.

Sabía cómo manejar renegados, sequías y tormentas, pero no a una novia.

Jiraiya dejó caer su mano huesuda en el hombro duro como la piedra de Naruto.

—Tranquilízate. Estás más tenso que la cuerda que tiraría de una Becerra atascada en el barro.

Naruto se permitió una breve sonrisa.

—En cuanto me haya casado, todo volverá a ser como antes.

Jiraiya se rascó la barba gris. —Una esposa suele cambiar las cosas. No se suelen adaptar tan bien como los hombres.

—La mía, sí.

—¿Tú crees?

—Desde luego. Hinata Hyūga tiene muy claro que nuestro matrimonio es una especie de acuerdo comercial. Ella y su niña tendrán un hogar, y yo tendré hijos.

—Bueno... siempre y cuando le dejes muy claro cuáles son tus planes, supongo que tu esposa será manejable.

Esposa.

Qué extraña sonaba aquella palabra unida a su nombre. Jamás se le había ocurrido pensar en tenerla hasta un buen día en la primavera anterior, mientras recorría a caballo su propiedad.

El rancho Myōboku tenía una extensión de cincuenta millas. Aquel día de abril contemplaba con orgullo las suaves colinas, la casa y los establos que había construido con sus propias manos, venciendo al mal tiempo y a los ladrones, e incluso derramando en ocasiones su propia sangre para hacerse con aquellas tierras.

Pero también en aquel momento, como arrastrada por la brisa, le llegó una profunda sensación de soledad. A pesar de todo el trabajo, no tenía con quién compartir su éxito.

Estaba Jiraiya, eso sí, y unos cuantos hombres más leales y honrados que trabajaban para él, pero no había niños a los que enseñar a montar o a echar el lazo, o para llenar la casa.

De pronto no le pareció bien que un hombre a punto de cumplir los treinta y seis no tuviera hijos.

Fue entonces cuando decidió poner un anuncio y conseguir una esposa que le diera hijos.

Claro que no podía empezar a crear generaciones futuras hasta que llegase su novia. Del bolsillo del chaleco sacó el reloj de oro que se había comprado de segunda mano en Otogakure el mes anterior.

El reloj estaba labrado con delicadeza, pero lo que más le gustaba era su aspecto usado, como si hubiese pasado de padre a hijo, y se imaginó a su propio hijo con aquel reloj, cuidándolo.

Las dos y diez. La diligencia llegaba ya cuatro horas tarde. ¿Cuándo diablos iba a llegar?

Cerró la tapa del reloj y miró de nuevo al interior del café.

—Ese maldito juez no va a mantenerse despierto si no lo obligamos a que se tome café.

Jiraiya se encogió de hombros.

—Supongo que un poco de café no le sentará mal.

—Tienes razón.

Se guardó el reloj en el bolsillo, entró en el café y se acercó a él. El suelo estaba pegajoso por el licor que se derramaba.

El juez se estaba llevando un vaso a los labios cuando Naruto le sujetó el brazo.

—Ya basta por hoy, juez. Quiero que esté sobrio cuando llegue mi novia.

El juez le miró con los ojos inyectados en sangre. Se había quitado el cuello duro y se había desabrochado la chaqueta, de modo que su dilatado vientre caía por encima del cinturón.

—Vamos, señor Uzumaki, ¿desde cuándo le regatea un par de tragos a un hombre?

—Un par de tragos no son el problema. Diez o doce, sí.

—Puedo celebrar una boda hasta con los ojos cerrados —contestó, rozándose la sien con los dedos —. Lo tengo todo aquí.

Naruto lo obligó a ponerse de pie.

—Si se desmaya, no importará lo que tenga en la cabeza. Vamos afuera, a que le dé el aire. El juez protestó.

—¡Pero es que estoy ganando!

—Pues entonces es el mejor momento para dejarlo.

El vaquero mal encarado que estaba sentado a la derecha del juez lo miró fijamente.

—El juez dice que quiere quedarse, y yo pretendo recuperar parte del dinero que me ha ganado.

Naruto lo miró a los ojos.

—En otra ocasión —contestó, deslizando la mano hasta la funda de su revólver.

El vaquero miró primero los billetes arrugados que estaban en el lugar que ocupaba el juez y luego la mano de Naruto, como calibrando si merecía la pena pelear o no.

Hubo un momento de tensión antes de que decidiera por fin ponerse de pie y hablarles a los hombres que observaban la escena.

—No tengo ganas hoy de matar a Uzumaki —dijo entre dientes.

—Lo más probable es que fueras tú el que se fuera —contestó Jiraiya. El tipo dijo algo ininteligible y salió del café.

El juez se dejó arrastrar por Naruto entre hipidos.

—Naruto, ¿qué es lo que tiene que asusta tanto a la gente?

—No lo sé.

Pero Naruto no pudo pensar en ello porque justo entonces la diligencia apareció al principio de la calle. Cubierta de polvo, parecía llegar en buen estado, a excepción de una de las ruedas traseras, a la que le faltaban algunos radios.

Inoichi Yamanaka, un escocés de pelo color arena, iba conduciendo el coche, tal y como llevaba haciendo los últimos cinco años.

Parecía cansado y detuvo al tiro con un hondo suspiro.

—Tu prometida ha llegado —dijo Jiraiya desde detrás del juez que a duras penas se mantenía de pie.

—Sí —contestó Naruto, con aquel nudo al que no conseguía acostumbrarse—. Ocúpate de Tsurugi, Jiraiya.

—¿Y perderme la llegada de tu novia? De ninguna manera. Vamos contigo.

Naruto no discutió y echó a andar hacia la diligencia. Las espuelas tintineaban suavemente y las colas de la gabardina aleteaban en la brisa mientras caminaba.

Al llegar al coche, se pasó la mano por la áspera barbilla. Ojalá se hubiera tomado la molestia de visitar al barbero mientras esperaba. Aun en las mejores circunstancias, no era precisamente un tipo guapo.

Se quitó los viejos guantes de cuero y suspiró. Le gustara o no, ya no podía hacer nada por mejorar su aspecto. Su futura esposa tendría que acostumbrarse.

Jiraiya llegó a su lado seguido por el juez, a quien apoyó contra un lateral del coche antes de saludar al conductor.

Inoichi los saludó desde el pescante.

—Creía que no llegábamos. Uzumaki estrechó su mano.

—Yo también empezaba a temerlo.

—Perdimos una rueda cerca de Singingwoods y he tardado casi toda la mañana en repararla.

—¿No has tenido más problemas?

—Todo ha ido suave como la seda, amigo.

—Bien.

No le habría importado que Inoichi tuviese más preocupaciones que compartir, porque charlar con él le calmaba los nervios.

Pero como no había nada más que decir, se volvió a la puerta y al echar mano al pomo, una mujer de sombrero azul sacó la cabeza por la ventanilla, lo miró un instante y luego buscó a alguien entre la gente.

Era la mujer más hermosa que había visto nunca. El sol se reflejaba en su pelo oscuro y lo hacía notar que tenía toques azules. Su piel tenía la textura de la porcelana y sus labios de dibujo perfecto eran de un rosa incomparable. Sus ojos tenían color gris que le recordaban la nieve en invierno.

Naruto oyó a Jiraiya contener la respiración. ¿O habría sido él mismo? Jiraiya le dio con el codo en las costillas.

—No puede ser la tuya. Es demasiado bonita.

Por un instante sintió una enorme desilusión, pero rápidamente se deshizo de ella. Claro que tenía que ser su novia. Las mujeres no solían ir a Konoha.

—¿Señora Hyūga? —preguntó, llevándose la mano al ala del sombrero.

Ella dejó de buscar y lo miró. El miedo brilló en sus ojos color perlas y se encogió un poco.

—Sí —dijo con cierto temor.

Diablos... parecía tan joven y frágil. Era casi increíble que pudiera ser ya viuda y tener un hijo a su cargo. Su juventud le recordó de nuevo que él ya pasaba de los treinta y cinco.

—Soy Naruto Uzumaki.

La vio palidecer sensiblemente y asentir.

Naruto se preguntó brevemente si debería haber elegido a la mujer de Sunagakure, con tres hijos y doce años de experiencia en el trabajo de un rancho, pero enseguida rechazó la idea. Le gustaba el aspecto de Hinata Hyūga. Mucho.

Jiraiya lo empujó hacia delante.

—No deje que lo asuste, señora. Sé que Naruto no es un tipo guapo, pero cuando se lava mejora mucho.

Unas líneas de preocupación se dibujaron en su frente.

—Ya.

—Deja de decir tonterías, Jiraiya.

Naruto abrió la puerta mientras ella intentaba levantar en aquel reducido espacio la cesta que llevaba a su lado en el asiento. Se oyó entonces el llanto de un bebé.

Instintivamente Naruto quiso quitársela de las manos.

—Déjeme ayudarla, señora.

Sus miradas se encontraron y la vio dudar, pero Naruto no se sintió ofendido. Más bien le gustó su precaución. Una buena madre se preocupaba por sus retoños.

—Tendré cuidado —le prometió.

Aún tardó un instante en entregarle la cesta.

—Gracias.

Su voz era suave, culta y clara.

Alzó el cuco y miró al bebé, que estaba envuelto en una manta rosa. Estaba chupándose un puño y lo miró sin temor, con unos enormes ojos tan grises como los de su mamá.

Naruto sintió una inesperada necesidad de protegerla. Aquella niña no era suya, pero sabía que iba a tratarla como si lo fuera.

—Será mejor que me vaya acostumbrando a manejar bebés. Quiero que llenemos la casa de ellos.

La señora Hyūga enrojeció.

—Sí.

La niña hizo uno de sus ruiditos y Jiraiya se asomó a la cesta.

—¿Es niña?

—Se llama Hanae —anunció la señora Hyūga con orgullo. Jiraiya asintió.

—Buena cosa. No hay nada peor que un chico guapo. Le zurran cada dos por tres.

La señora Hyūga sonrió.

—Gracias, señor... eh...

—Nada de señor. Todo el mundo me llama Jiraiya.

—Jiraiya.

Con la cesta en una mano, Naruto le tendió la otra a la señora Hyūga, que dudó un poco antes de aceptarla con determinación.

Pero tropezó con la capa negra al bajar del coche, con lo que tuvo que apoyarse en su hombro. Naruto la levantó sin dificultad por la cintura y la depositó en el suelo. Era ligera como una pluma, así que le sorprendió notar el volumen firme de su pecho.

—Un poco de viento fuerte se la llevaría por los aires —dijo, y su voz sonó más áspera de lo que pretendía.

—Soy más fuerte de lo que parece.

Estaba nerviosa, sin duda. Lo podía decir por lo rojas que tenía las mejillas y la forma en que se mordisqueaba el labio inferior, pero hacía todo lo posible por ocultarlo.

Tenía carácter.

El juez se llevó la mano al sombrero y se separó del coche. El hedor a alcohol era enorme.

—Soy el juez Misumi Tsurugi—anunció con una voz pegajosa—, y voy a tener el placer de casarla a usted y al señor Uzumaki hoy.

—¿Hoy? —repitió ella, algo desconcertada—. Pensé que antes nos tomaríamos unos días para conocernos.

Naruto tiró suavemente de su codo.

—Con tanto que hacer como tenemos en el rancho, no tengo tiempo que perder. Además, cuando antes acabemos con la ceremonia, antes volveremos al ritmo normal.

Miró la cesta de la niña y la preocupación volvió a marcase en su rostro. Naruto temía que fuese a echarse atrás, así que fue un alivio oírla contestar:

—De acuerdo.

—Supongo que el vestíbulo del hotel podría servir —dijo, señalando con la cabeza—. Jiraiya, ayuda al juez a cruzar la calle.

—Claro, jefe.

Con la cesta de la niña en una mano y el brazo de su prometida en la otra, Naruto cruzó la calle polvorienta en dirección al hotel. Las faldas de la señora Hyūga sonaban al apresurarse para poder seguir su paso. Naruto aminoró la marcha.

Nunca le había preocupado lo que pensaran los demás, pero notó el modo en que la gente, especialmente los hombres, se paraba para mirar a la señora Hyūga.

Desde luego era la mujer más refinada que había puesto el pie en Konoha... un pez fuera del agua. Caminaba con los hombros echados hacia atrás y la cabeza erguida, no con soberbia pero sí con el aire reservado a las personas que se han criado entre dinero.

Tenía que admitir que se sentía orgulloso de llevar a una mujer como ella del brazo. Ansioso por casarse, no quería que ninguno de sus vecinos se acercara con ánimo de entablar conversación.

Además, el juez no estaba para aguantar mucho tiempo más, así que tuvieron suerte de que nadie les hiciera parar.

El hotel no era un establecimiento lujoso, pero estaba limpio y tenía fama de dar bien de comer. Sus suelos de madera brillaban y había un asiento circular tapizado en el centro del vestíbulo.

El recepcionista era Asuma Sarutobi, un hombre de pelo castaño y mejillas regordetas.

Atrapado tras el mostrador, estaba rodeado de al menos una docena de hombres y mujeres que le pedían habitación o que querían obtener la respuesta a alguna pregunta. Pero al ver entrar a Naruto, se acercó para atenderle.

—No se preocupe por mí, señor Sarutobi —le dijo él.- Sólo quiero tomar prestado un rincón del vestíbulo para celebrar una breve ceremonia matrimonial.

El recepcionista enarcó las cejas.

—¿Quién se casa?

—Yo.

El señor Sarutobi se quedó con la boca abierta y la gente que se arremolinaba en torno al mostrador quedó muda.

Miraban primero a la señora Hyūga, luego a Naruto y de nuevo a ella. Varias mujeres cabecearon despacio y un hombre masculló algo de que la gente rica era capaz de comprarlo casi todo.

—De acuerdo, señor Uzumaki —contestó el recepcionista, mirándolo por encima de la montura de las gafas, incapaz de disimular su sorpresa.

Naruto dejó la cesta sobre el asiento circular, se quitó el guardapolvo y se dirigió a la señora Hyūga.

—Jiraiya nos ha preparado una buena comida. Comeremos de camino al rancho.

—¿No nos quedamos aquí esta noche? — preguntó, aterrorizada de nuevo. No quería asustarla, pero no era hombre de palabras bonitas.

—Hay demasiado trabajo en el rancho.

La niña empezó a llorar y la señora Hyūga la tomó en brazos. La pequeña, tras haber conseguido la atención que pretendía, se calló.

La señora Hyūga se tomó su tiempo en colocarle la chaquetita de punto rosa, como si anduviera dándole vueltas a nuevas preocupaciones. Tardó en contestar, pero cuando lo hizo, fue para decir:

—De acuerdo.

Besó a la niña en la frente y volvió a dejarla en la cesta, dedicándole una sonrisa que a Naruto le encogió el corazón.

Hanae sonrió.

La señora Hyūga se quitó el sombrero y soltó el broche dorado de su capa para quitársela de los hombros y dejarla en una silla junto al sombrero.

Luego volvió a tomar en brazos a la niña.

Naruto respiró hondo al contemplar su figura, desde sus pechos redondeados y generosos hasta la estrecha curvatura de su cintura y sus caderas. Aquel vestido verde de viaje se le ceñía en los lugares adecuados. Hacía mucho que una mujer no le despertaba la sangre de aquella manera.

—Juez, empecemos —le dijo con brusquedad.

El juez, que seguía teniendo hipo, sacó una vieja Biblia del bolsillo.

—Queridos hermanos...

La gente del vestíbulo mantenía la distancia, pero guardaba silencio. Habían formado un semicírculo y miraban abiertamente.

El juez ahogó un eructo.

—Perdón.

La señora Hyūga estaba al lado de Naruto, pero con cuidado de no tocarlo. Apenas le llegaba a la altura del hombro y su olor a rosas le llegaba suavemente a la nariz.

—Adelante, juez —insistió Naruto, deseando acabar con todo aquello.

El juez se tambaleó hacia atrás y hacia adelante, con un ojo abierto y otro cerrado, como si intentase enfocar la mirada.

—Nos hemos reunido aquí hoy para unir a un hombre y a esta mujer en sagrado matrimonio —hizo una pausa—. ¿Alguien tiene algo de beber? Tengo la garganta seca.

La señora Hyūga cambió de posición a la niña.

—A Hanae le vendría bien un poco de leche. Va a empezar a pedir comida en cualquier momento.

Naruto apretó los puños.

—Señor Sarutobi —lo llamó — Envíe a alguien al restaurante a buscar un poco de leche.

El conserje reaccionó inmediatamente.

—Enseguida, señor Uzumaki.

El juez tosió.

—Estaba pensando en algo un poco más fuerte que la leche.

—Usted puede esperar.

—Pero a la niña le van a dar su leche —se quejó.

—Primero, la ceremonia.

—¿Acepta usted, señora... —se detuvo y frunció el ceño—. Señora, creo que he olvidado su nombre.

—Hinata Hyūga. El juez parpadeó.

—Sí, eso es. ¿Acepta usted, Hinata Hyūga, a Naruto Uzumaki como legítimo esposo?

—Sí —contestó tras una breve pausa.

Naruto dejó escapar el aliento que había estado conteniendo; aún no podía creerse que fuese a tener esposa.

—¿Acepta usted, Naruto Uzumaki a... a ella como legítima esposa?

—Sí, acepto.

— 1. Entonces, por los poderes que me ha conferido el estado de Konohagakure, los declaro marido y mujer. 2. Puede besar a la novia.

Naruto miró a Hinata. No le hacía demasiada gracia lo de besarla en una habitación llena de gente que no se perdía detalle de lo que hacían.

Su esposa le miró con los ojos muy abiertos y preocupados, como si acabara de salir del colegio. Pero era viuda y no virgen, con una criatura que demostraba que sabía lo que ocurría en una cama entre hombre y mujer.

Hubiera querido tocarla, pero maldijo su falta de intimidad. Deseaba llegar a casa.

El juez carraspeó.

—¿Ya puedo tomar una copa?

Naruto asintió, buscando un lugar más reservado en el que poder besar debidamente a su esposa.

—Dígale a Ibiki en el café que yo corro con sus gastos de esta noche. El juez sonrió, dejando al descubierto unos dientes amarillentos.

—Muy agradecido, señor Uzumaki —contestó, rozando con la mano el ala de su sombrero—. Señora Uzumaki.

Naruto no le prestó mucha atención. Se sentía bien, como si acabase de conducir una partida de ganado y hubiera sacado un buen pellizco en la subasta.

—Señora Uzumaki, vámonos a casa. Creo que, si empezamos esta noche, tendremos el primer bebé en verano.