CAPITULO 3


NEGOCIANDO


¡Verano!

Hinata se quedó petrificada. Había dado por sentado que dispondría de algo de tiempo...tiempo para conocer a su marido, antes de que llegasen a compartir la cama.

Una ola de pánico la sepultó y recibió la mirada penetrante de Naruto. El señor Uzumaki tenía mirada de cazador, aguda y directa, que absorbía hasta el último detalle de su persona.

Se había sentido descentrada desde el momento de conocerse. Su expresión, una extraña mezcla de sorpresa y anhelo, la tenía en alerta.

Pero ya era demasiado tarde para echar a correr. Le gustase o no, estaba casada con un extraño.

—¿Está lista para irse a casa, señora Uzumaki? —le preguntó con una nota de orgullo.

«Señora Uzumaki...» Qué extraño y qué definitivo sonaba. La gente seguía mirándolos con descaro y mezcla de sorpresa y divertimento.

—Eh... sí.

—Está un poco pálida.

—Es que me siento un poco... descentrada. Todo está ocurriendo tan rápido.

—No me gusta perder el tiempo. Si hay un trabajo que hacer, lo hago.

Hinata sintió que las rodillas le flaqueaban, y estaba segura de que hubieran cedido bajo su peso de no haberla sujetado Naruto Uzumaki.

No era un hombre guapo, pero emanaba una fuerza que la asustaba y la excitaba al mismo tiempo. No se parecía a ninguno de los hombres que había conocido y por instinto sabía que debía vivir bajo su propio código.

Jugaba bajo sus propias reglas.

—Traigo la leche —dijo el señor Sarutobi. Aliviada por la distracción, Hinata se obligó a sonreír.

—Gracias.

El señor Sarutobi inclinó la cabeza y se sonrojó.

—No ha sido molestia ninguna. Cuando le he dicho a mi mujer que era para la pequeña, ha mezclado cereales molidos en la leche. Supongo que le parecerá bien.

—Perfecto —contestó ella.

—Se la dejó en esta mesa.

—Gracias de nuevo, señor Sarutobi.

—¿Necesitan habitación para esta noche?

—No —contestó Naruto —. Volvemos al rancho —miró a la gente, que seguía examinando a Hinata con la boca abierta, y frunció el ceño—. Tengo demasiado trabajo para perder el tiempo.

Hinata solo pudo asentir.

—Bueno, si cambian de opinión, aquí serán siempre bien venidos —dijo el señor Sarutobi—. Siempre tenemos la habitación número seis reservada para usted, señor Uzumaki.

El recepcionista le miró como si deseara decir algo más, pero no lo hizo. Hanae comenzó a protestar.

—¿Me disculpa? La niña tiene hambre — dijo Hinata.

Él la soltó y ella fue en busca de su bolso, que estaba en la silla junto a la capa, y mirando a la niña sacó el biberón envuelto en un paño limpio. Se sentó con ella en el regazo, echó la leche y ajustó la tetina. La niña empezó a protestar más enérgicamente, consciente de lo que la esperaba.

—Tiene buenos pulmones —dijo Jiraiya riendo.

—Sí —contestó Hinata—. Y un apetito igual de bueno.

Naruto se acercó a ellos. Hinata no necesitó levantar la mirada para saber que estaba a su lado sin perderse detalle, y las manos le temblaron un poco al ponerle a Hanae la tetina en la boca.

Jiraiya se sentó junto a ella.

—¿Me dejaría darle de comer a mí? Hace tiempo que no lo hago, pero seguro que no se me ha olvidado. Incluso me he lavado las manos —añadió, mostrándoselas.

La mirada de Jiraiya estaba tan llena de esperanza que no se pudo resistir, así que retiró el biberón de la boca de Hanae y le colocó a la niña en los brazos.

Hanae se echó a llorar, enfadada por la interrupción, pero Jiraiya la acopló sin ponerse nervioso en el hueco del brazo y hablándole para calmarla, volvió a acercarle el biberón a los labios.

La niña siguió comiendo inmediatamente.

Hinata sintió que se relajaban sus músculos.

—Se le dan bien los niños.

Sin apartar los ojos de Hanae, Jiraiya se encogió de hombros.

—Naruto siempre me encarga el cuidado de las terneras y de cualquier cría abandonada que encuentra en el rancho. Me gustan los pequeñajos.

Hinata se acercó un poco.

—Jiraiya, los niños no son como las terneras o lo animalillos.

—¿Segura? Llevo un hueso estupendo en mis alforjas para que pueda entretenerse. Hinata contuvo la respiración.

—¿Un hueso? Jiraiya, no se le puede dar un hueso a un niño tan pequeño.

Naruto puso una mano inesperadamente en su hombro y ella dio un respingo por la sorpresa antes de volverse a mirarlo. El se quitó el sombrero y lo lanzó sobre su capa.

Su densa melena rubia le llegaba hasta los hombros y la risa le brillaba en los ojos, confiriéndoles una mirada menos fiera y más accesible.

—Le está tomando el pelo.

—¡Oh!

Jiraiya sonrió.

—Señora Uzumaki, Hanae está bien. He cuidado de una buena cantidad de criaturas humanas y nunca he permitido que les ocurriera nada. Ande, levántese, estire las piernas y charle con su nuevo marido. El estómago le dio un vuelco.

—Pero...

El señor Uzumaki tiró de su muñeca con suavidad pero con firmeza.

—Deje de preocuparse —dijo, y la condujo hacia un rincón.

Pero al darse cuenta de que las miradas y los cuchicheos los seguían, frunció el ceño y la condujo a otro pequeño hueco, protegido de las miradas curiosas.

Cuando se detuvieron allí, todo rastro de humor se había desvanecido de sus ojos. Estaba mirándola como un hambriento miraría a una comida en un restaurante de cinco tenedores.

Hinata sintió que el corazón se le aceleraba y se obligó a mirarlo.

—¿Qué puedo hacer por usted, señor Uzumaki?

Muy despacio, rozó su mejilla con una mano encallecida.

—Ya es hora de que empiece a llamarme Naruto.

Sentir su contacto le nublaba el pensamiento.

—Bueno... yo... no sé. Me parece un poco informal. Mi madre nunca ha llamado a mi padre por su nombre de pila.

—No estamos en el Este, Hinata. Aquí las cosas son de otro modo. Llámame Naruto.

—De acuerdo... Naruto —contestó, e hizo ademán de marcharse—. Si no quieres nada más...

Pero él puso las manos en sus hombros para detenerla.

—La ceremonia del matrimonio no está acabada hasta que el marido besa a la mujer —dijo con suavidad.

Ella fue a sugerirle otra cosa, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, la besó en los labios.

Sabía a algo salado y vagamente a whisky. El beso resultó agradable, parecido a los pocos que había intercambiado con Toneri. Incluso agradable.

Al menos le hizo recuperar la confianza en sí misma. Quizás Naruto Uzumaki no fuese tan intimidante como le había parecido en un principio, y sin pensar, se relajó contra su cuerpo y apoyó la mano en su pecho.

Naruto debió tomar su gesto como una invitación, y un gemido hondo reverberó en su pecho. Su beso se volvió más insistente y un deseo sin disimulos irradió de él. Aquello dejó de parecerse por completo a los tímidos contactos con Toneri.

Oh, Dios...

Aquella invasión le puso patas arriba los sentidos. Naruto comenzó a explorar la profundidad de su boca, y en algún momento, entre la confusión y el miedo, empezó a disfrutar del beso.

Sin darse cuenta, se había aferrado a su vieja camisa de algodón para no dejarse arrastrar por las emociones. No estaba segura de qué temía más: si a él, o si a los sentimientos primitivos y desconocidos que amenazaban con desbordarla.

Sin avisar, se separó de pronto, y una sonrisa oscura se dibujó en sus labios. Luego le apartó un mechón de la frente mientras seguía con la mirada puesta en sus labios.

—Será mejor que nos vayamos a casa — dijo con voz rasposa.

Un bebé en verano.

Al asimilar el significado de sus palabras, tuvo que pelear para que la voz no le temblara.

—¿Cuánto tiempo se tarda en llegar al rancho?

—Una hora.

—Es menos de lo que imaginaba —contestó. Él le apretó un poco más los hombros.

—¿Hay algún problema?

—No... sí —enrojeció.

—Habla claro, Hinata.

Habría dado lo que fuera por derretirse y desaparecer en aquel preciso instante y evitar tener que hablar de asuntos tan personales.

—Sé que quieres tener un niño para el verano y yo estoy encantada con ello —los labios aún conservaban su sabor y seguía teniendo acelerado el pulso—. Pero necesito algo más que un par de horas para... bueno, ya sabes.

Suavemente empujó su barbilla para obligarla a mirarlo.

—¿Qué me estás diciendo?

—Me refiero a... esta noche.

—¿Sí?

¿Cómo era posible que no entendiera a qué se refería?

—Preferiría dormir en... otra habitación.

—¿Por qué? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Necesito un poco de tiempo para conocerte.

—Eres mi esposa.

—Sí, pero acabamos de vernos por primera vez. Sé que nos hemos escrito algunas cartas, pero me gustaría que nos conociéramos antes de...

—¿Conocernos?

—Sí, ya sabes... pasar algo de tiempo juntos... charlar...

—¿Charlar? —Repitió con incredulidad—. Pero si estamos casados.

—Tenemos toda la vida por delante — explicó, frustrada—. ¿No podemos esperar un poco antes de... ya sabes?

—¿Cuánto tiempo necesitas? —preguntó con aspereza.

—Dos meses.

Naruto frunció el ceño todavía más.

—Te doy dos semanas.

—Seis.

Era increíble: estaba negociando su propia noche de bodas.

—Un mes es mi oferta final.

Y a juzgar por su expresión, así iba a ser.

—Un mes —repitió, ofreciéndole la mano para sellar el trato.

—Ni un solo día más, Hinata —le advirtió, estrechándola.

Su nombre sonaba muy sensual cuando lo pronunciaba él, y se le erizó el vello de los brazos.

—Te lo prometo.

Él asintió satisfecho y juntos volvieron a donde Jiraiya estaba dándole el biberón a Hanae. La gente seguía en el vestíbulo, y unos cuantos más se les habían unido en la calle y miraban a través de la ventana.

Justo entonces una mujer irrumpió por la puerta principal. Era alta y llevaba un vestido azul de algodón almidonado, con un cuello alto y rematado con encaje.

Llevaba un sombrero hongo inclinado sobre la cabeza y una pequeña limosnera adornada con perlas.

—Señor Uzumaki —lo llamó, acercándose con un marcado clic clac de sus zapatos sobre el suelo de madera—. He venido en cuanto me he enterado.

Hinata sintió que Naruto apretaba la mano con que la guiaba por el codo para indicarle que había oído a la mujer, pero no contestó. Siguió avanzando hacia Jiraiya y Hanae.

La mujer sacudió en el aire un delicado pañuelo de encaje.

—Señor Uzumaki —insistió con más firmeza. Naruto suspiró con resignación y se volvió.

—Señora Senju.

La mujer miró entonces a Hinata y se quedó boquiabierta.

—¿Qué desea, señora Senju? —preguntó Naruto inquieto.

La mujer se recuperó enseguida, y sin apartar la mirada de Hinata contestó:

—Todos habíamos oído que quería casarse, pero yo... nosotros no esperábamos... no esperábamos que fuese una dama.

—Señora Senju, le presento a mi esposa, Hinata. Y ahora, si nos disculpa...

La señora Senju lo ignoró y le tendió la mano a Hinata. Llevaba unos guantes de encaje.

—Me llamo Mei Senju. Mi marido es el propietario de la tienda de ultramarinos y yo soy la presidenta del comité de la nueva escuela. Vivimos en la casa grande y blanca de al final de la calle. Seguro que la vio al llegar.

Hinata negó con la cabeza.

—Lo siento, pero estaba un poco distraída.

—Es comprensible, querida. Yo pretendiendo que reparara en la arquitectura local cuando usted venía a conocer a su marido — se llevó la mano a los labios y bajó la voz—. Nadie se había enterado de que pretendía casarse hasta hace un par de horas.

Hinata miró a Naruto preguntándose por qué habría mantenido en secreto su llegada.

—Y dígame, Hinata, ¿de dónde es usted?

—Señora Senju —interrumpió Naruto —. Ya habrá tiempo más delante para que Hinata y usted charlen tranquilamente. Ahora queremos irnos a casa.

Entonces Hanae lanzó uno de sus gorgoritos. La mirada de la señora Senju los abandonó a ambos y miró a la niña.

—¡Un bebé! ¡Con lo que a mí me gustan! Y se acercó decidida a Jiraiya, que sostenía a la niña en brazos con gesto protector.

—Pero qué preciosa eres —le decía a Hanae la señora Senju, haciéndole carantoñas.

La sonrisa de Hanae desapareció y comenzó a hacer pucheros.

—La está asustando —protestó Jiraiya, apartándola.

—Tonterías. Los niños se vuelven locos conmigo.

Mientras Jiraiya mascullaba algo entre dientes acerca de las metomentodo, la señora Senju seguía haciéndole cosquillas a la niña bajo la barbilla.

—¿Es suya, señora Uzumaki? —preguntó sin volverse.

Por primera vez desde el nacimiento de Hanae, Hinata contestó sin vacilar.

—Sí.

—Así que es usted viuda —dedujo la señora Senju—. Parece tan joven y tan delgada para haber tenido una hija y haber enterrado a un marido... ¿Qué edad tiene, querida? Naruto se interpuso entre ambas.

—Tenemos que irnos a casa.

—Pues no sé por qué tiene tanta prisa, señor Uzumaki —replicó la señora Senju, molesta—. Seguro que a la señora Uzumaki le gustaría venir a mi casa a tomar una taza de té. El viaje desde la estación de tren es largo y polvoriento.

—Me encantaría —contestó Hinata mientras tomaba en brazos a la niña.

Aún no estaba preparada para quedarse a solas con su marido y una taza de té le vendría bien para calmar los nervios.

—En otra ocasión —replicó Naruto.

Hinata frunció el ceño desilusionada, pero no pudo ignorar los años de enseñanza de su madre contra los desacuerdos en público.

—Desde luego.

Pero la señora Senju no parecía tener las mismas nociones.

Su esposa se merece una bienvenida adecuada, señor Uzumaki, y estoy seguro de que comprenderá que necesita conocer a sus nuevos vecinos.

Naruto se caló un poco más el sombrero.

—Pero no hoy.

—Es usted un hombre imposible, señor Uzumaki —espetó, y volvió su atención a Hinata—. No se preocupe, querida, que ya me ocuparé yo de que sea usted bienvenida a esta ciudad aunque sea lo último que haga.

Gracias por su amabilidad, señora Senju —contestó Hinata. La mujer tocó el piececito de Hanae y sonrió.

—Si necesita cualquier cosa, no dude en acudir a mí.

—Gracias de nuevo.

Con Hinata y Hanae a su lado, Naruto echó a andar.

—Ni a mí ni a Naruto nos ha invitado nunca a tomar el té —se quejó Jiraiya, riendo.

—¿Y por qué iba yo a invitar a dos brutos a tomar el té a mi casa? —espetó, tirando del cuerpo del vestido, que se le subía sobre las redondeces del abdomen.

Jiraiya no le hizo caso, pero Naruto estuvo a punto de detenerse. Hinata pareció querer decir algo, pero debió cambiar de opinión y salió.

El cielo estaba azul y cristalino y el sol brillaba con fuerza mientras caminaban hacia una carreta cargada hasta los topes de provisiones cubiertas con una lona. Parecía haber sido construida para cargar y no para viajar en ella, y a Hinata no le hizo mucha gracia tener que subirse a ella. Dos días de traqueteo en un tren la habían dejado agotada y con agujetas.

Naruto debió presentir sus dudas, porque se detuvo antes de subir.

—Supongo que estás acostumbrada a tomar el té y a mujeres como la señora Senju.

Efectivamente, era todo lo que había conocido. Trabajar en la clínica de Toneri había sido todo un respiro para ella.

—Sí.

Naruto se frotó la barbilla, como buscando las palabras correctas.

—Sé que Konoha no es un lugar como Tsuchi, y la señora Senju es lo más parecido que tenemos a lo que tú estabas acostumbrada. Yo preferiría que me pateara un caballo antes de tener que tomar el té con ella, pero no voy a impedir que tú lo hagas. No sé cuándo volveremos al pueblo, de modo que si quieres quedarte un par de horas más e ir a visitarla, puedes hacerlo.

Hinata se sintió conmovida. No podía entender ese deseo, pero lo estaba intentando.

—Preferiría ira casa. Hinata sonrió.

—Engancharé la carreta.

Risas y voces provenían del hotel. La gente congregada en la acera se había triplicado.

Las mujeres ahogaban risitas cómplices, y los hombres se daban unos a otros con el codo en las costillas, como si compartieran algún chiste, y aquella camaradería le recordó a Hinata que era una intrusa. ¿Conseguiría deshacerse alguna vez de la sensación de extrañeza que llevaba meses asediándola?

Jiraiya iba sonriéndose.

—Yo voy a salir ya para asegurarme de que la cena esté preparada para cuando lleguéis.

—¿No viene con nosotros?

—¿Para qué necesitáis a un perro viejo como yo? Así tendréis tiempo de iros conociendo.

—Claro —susurró. La incomodidad de la carreta ya no le pareció tan molesta, sino el hecho de tener que quedarse a solas con su marido.

Un mes. Se le hizo un nudo en la garganta.

—¡Naruto Uzumaki, perro traidor! —lo llamó una voz sonriente desde un poco más abajo—. ¡Yo vengo al pueblo por provisiones y me entero de pura casualidad que te has dejado echar el lazo!

Hinata miró más allá de Naruto. Un hombre flaco y desgarbado con un sombrero de ala ancha avanzaba hacia ellos, la mano extendida. A su lado iba una mujer vestida con mucha sencillez.

Su constitución era fuerte y llevaba el pelo rosa sujeto en un simple moño. Una cesta llena de manzanas colgaba de su brazo. Como el hombre al que acompañaba, sus ojos brillaban de risa.

Naruto sonrió con sinceridad al estrechar la mano del hombre e inclinar la cabeza ante la mujer.

—Y que lo digas, Sasuke, Sakura, espero que no permitas que este bala perdida se meta en ningún lío.

—Hago todo lo que puedo —contestó la mujer, sonriendo.

Hinata dio un paso hacia delante e instintivamente se alisó la falda con las manos. Quería causar buena impresión.

Naruto puso una mano delicadamente en su espalda.

—Hinata, te presento a nuestros vecinos, Sasuke y Sakura Uchiha. Su rancho está al norte del nuestro.

Cuando Sasuke y Sakura la miraron, sus sonrisas desaparecieron y a Sasuke se le descolgó la mandíbula.

Hinata les tendió una mano.

—Encantada de conocerlos.

Sakura fue la primera en recuperarse, y tras limpiarse la mano en la falda, estrechó la de Hinata.

—Es un placer, señora Uzumaki.

—Llámeme Hinata. Esta es Hanae. La mirada de Sakura se llenó de dulzura al mirar a la niña.

—¡Pero qué preciosidad! ¿No es un primor, Sasuke?

—Desde luego— contestó su marido, aún mirando a Hinata como en trance.

—Sasuke y yo no hemos sido bendecidos con hijos, pero nos encantan los niños —explicó Sakura — Espero que vengáis a visitarnos antes de que llegue el invierno.

—Me encantaría —contestó Hinata, que no entendía por qué Sasuke seguía mirándola de ese modo.

Sakura le dio con el codo en las costillas.

—Sasuke Uchiha, que no has sido criado en un granero. Deja de mirarla como si nunca hubieses visto una dama. ¡Ten modales!

Sasuke murmuró algo ininteligible.

—Es tu esposa —repitió, mirando a Naruto.

Sí, Sasuke —contestó él, pasándole un brazo por los hombros. Su contacto la hizo estremecer.

Sasuke se apartó un poco el sombrero empujándolo con un dedo y sin dejar de mirar a Hinata como si no pudiera dar crédito a lo que veía.

—Lo siento. Es que cuando decías que algún día te gustaría casarte, yo me imaginaba a alguien más... fuerte.

Con una sonrisa, Sakura pasó el brazo por el de su esposo y lo zarandeó un poco.

—Será mejor que nos despidamos ya — dijo, sonriéndole a Hinata—. Espero verte muy pronto.

Sasuke salió por fin de su estupor y enrojeció hasta el pelo.

—Sí, tenemos que irnos. Hay mucho que hacer.

Naruto asintió y se despidieron.

Cuando ya se alejaban, Sasuke se inclinó hacia su esposa y le dijo algo más alto de lo que pretendía:

—No resistirá ni el primer invierno.