CAPITULO 4
Más Mentiras
Hinata iba sentada tiesa como un palo junto a su flamante marido en el pescante de la carreta, con Hanae en los brazos, en dirección a su nueva casa. Cada bache del polvoriento camino la lanzaba contra el muslo y el costado de Naruto, ambos duros como la piedra, lo que le recordaba el beso primitivo y apasionado que habían compartido en el hotel. Viéndole llevar las riendas con aquellas manos fuertes y capaces, no podía dejar de recordar cómo la había acariciado.
Ojalá Jiraiya no se hubiera ido por delante, dejándolos solos. Su animada charla la habría ayudado a calmar los nervios.
La carreta pasó por encima de una raíz y volvió a rozar la pierna de Naruto. Como había hecho en todas las ocasiones, se apartó.
Naruto llevaba la mirada fija en el camino, pero notó que sostenía con más rigidez las riendas.
—¿Lo echas de menos? —preguntó. Su voz sonaba tensa. Era la primera vez que hablaba desde que salieron del pueblo.
—¿A quién?
—A tu primer marido.
Hinata cambió de postura. No le era fácil mentir.
— Intento no pensar en él.
Le vio arrugar el ceño, y supo que su respuesta no le había satisfecho, con lo que se preparó para otra.
— Solo hablaremos de él una vez —dijo Naruto tras aclararse la garganta—, pero quiero saber algo sobre él.
Hinata miró a las montañas, y sus pensamientos volaron hacia Toneri, el único hombre al que había querido... el hombre que sería su marido si las circunstancias fuesen distintas.
— Se llamaba Toneri —dijo. Las mentiras no parecían tan horribles si se entretejían con la verdad.
—¿Cómo os conocisteis?
—En una fiesta hace dos años. Él acababa de volver de estudiar medicina en el norte, e iba a abrir su consulta en Tsuchi.
— Era médico —dijo él, casi para sí mismo.
— Sí. Los jueves pasaba consulta en una sala de la iglesia. Yo me ofrecí a ayudarlo, y tardamos poco en enamorarnos.
Las ruedas de la carreta giraron una docena más de veces antes de que le preguntara:
—¿Cómo murió?
De pronto, los ojos se le llenaron de lágrimas. Toneri estaba vivo y sano, pero lloraba por el amor que habían compartido.
—Preferiría no seguir hablando de Toneri. Quizás aquella fuese la última vez que pronunciaba el nombre de su prometido.
Naruto carraspeó.
—Lo querías mucho.
—Sí.
Él asintió, serio.
— Supongo que parte de ti seguirá queriéndolo siempre —dijo con aspereza.
A Hinata le resultaba vejatorio seguir albergando sentimientos hacia Toneri, después de haberla dejado en la estacada de aquel modo.
—Él fue mi pasado. Tú eres mi futuro. Naruto se volvió a mirarla, apretando los dientes.
— Hanae preguntará por él.
Un sabor amargo le llenó la boca. No quería que Hanae supiera de Toneri, un hombre que podía o no ser su padre.
—Él no la quería. Naruto frunció el ceño.
—¿Por qué no?
Sorprendida por su propio candor, contestó:
—No encajaba en sus planes.
Naruto guardó silencio unos minutos y, al final, dijo: —Yo soy el único padre que Hanae conocerá, y ya la considero hija mía, así que, si tú quieres, no le hablaremos de él.
Hinata sintió que la garganta se le cerraba.
—Lo que acabas de decir significa mucho para mí.
Y sin pensar, puso la mano en su pierna. Fue una caricia de ternura y gratitud, y en aquel momento tuvo la sensación de que se conocían de toda la vida. Sin bajar la mirada, Naruto cubrió su mano con la suya y la apretó.
Naruto la había apoyado y ayudado más en unas pocas horas que Toneri en seis meses. Su marido se merecía saber la verdad, y lamentó no tener el valor suficiente para contárselo todo. Apartó la mano, más avergonzada de sí misma de lo que se había imaginado posible.
Siguieron en silencio durante otros dos o tres kilómetros antes de llegar a la entrada principal del rancho. Detuvo la carreta en la puerta hecha de troncos. En lo alto, grabado a ruego, colgaba un letrero de madera en el que se leía Myōboku Ranch, que se bamboleaba suavemente con la brisa.
Acres y acres de hierba acariciada por el sol se extendían hasta donde podía alcanzar la vista, rematados por unas altas montañas de púrpura y gris tocadas de nieve.
Hinata se colocó la mano sobre los ojos para disfrutar del paisaje.
—Es precioso.
—Cuando vi por primera vez estas tierras, pensé que las montañas eran nubes de tormenta. Se parecían mucho a las que habíamos visto en Sunagakure subiendo por el río, antes de la tormenta.
—Creo que nunca me cansaría de mirarlas.
—Yo nunca me he cansado —corroboró él. Hinata miró de nuevo a su alrededor.
—¿Cuánta tierra es tuya?
—Tengo dos mil quinientos acres, más o menos.
—Es difícil imaginar tanta belleza.
—No te dejes engañar. Es una tierra salvaje y peligrosa.
En la distancia vio una pequeña columna de humo ascendiendo hacia el cielo.
—¿Es esa tu casa?
—Sí.
—¿A qué distancia estamos?
—A un kilómetro y medio.
—¿Tanto? —Consciente de pronto del aislamiento, apretó a Hanae en los brazos—. Es tan distinto de Tsuchi... Allí las casas se tocan unas con otras.
—A mí nunca me han gustado mucho las ciudades. Me parecen jaulas.
No podía imaginárselo viviendo feliz en una ciudad, desde luego. Necesitaba extensiones por las que vagar como los animales salvajes. Pero ella nunca se había considerado encerrada en una ciudad hasta aquel momento.
Naruto movió las riendas y los animales echaron a andar. Cuando llegaron a la casa, el sol se escondía ya tras las montañas, bañando la tierra en fuego.
La casa era de madera y de un solo piso, con un viejo apartadero necesitado de una mano de pintura, un tejado muy inclinado y un amplio porche lleno de barriles y cajas. No había ni una brizna de hierba ni una flor alrededor. Resultaba un lugar más adecuado para rudos vaqueros que para una joven familia.
A la derecha de la casa había una cabaña de buen tamaño hecha de troncos, que debía ser el almacén. A la izquierda estaba el granero, con las puertas abiertas de par en par. Dentro y a cada lado de la pared, había varias cuadras, pilas de heno y sacos de arpillera que debían estar llenos de grano. En la pared que daba al este, estaba el gallinero.
Hinata volvió su atención a la casa y se esforzó por imaginar sus posibilidades: mecedoras en un porche ordenado y limpio, jardineras llenas de flores y cortinas en las ventanas.
—Es... bonita —dijo en voz baja. Él carraspeó.
—Estoy construyendo otra mayor en lo alto de la colina, que estará lista antes del invierno. Los niños necesitan espacio.
Las mejillas le ardieron.
Jiraiya salió apresuradamente de la casa.
—Ya era hora —se quejó, extendiendo los brazos para que le diera a la niña.
Hinata se la entregó sin dudar.
—Tendrá hambre cuando se despierte.
—Ya tengo su biberón preparado y caliente —contestó él.
—¿Seguro que no son demasiadas molestias?
Jiraiya la tapó bien con su manta para que no se enfriara con el aire fresco de la noche.
— ¡Ja! Estará de suerte si se la devuelvo.
Hinata lo vio entrar con ella en brazos. Era increíble el cariño que mostraba hacia la niña en tan poco tiempo.
Naruto ató las riendas, echó el freno y bajó de un salto.
—Echa de menos a sus propios hijos.
—¿Dónde están?
—Murieron. Perdió a sus tres chicos en la guerra y a su mujer y a su hija de unas fiebres.
—Qué horror.
Sujetándola por la cintura, la ayudó a bajar.
—No suele hablar de ello. De hecho, hasta hoy no me había dado cuenta de que le gustasen tanto los niños. Me parece que nuestra niña le ha tomado el pan debajo del brazo.
Nuestra niña.
Emocionada por unas palabras tan sencillas pero tan llenas, no fue capaz de contestar, y solo pudo mirarlo con los ojos llenos de lágrimas.
Naruto se quedó inmóvil.
—Ven que te enseño la casa —dijo torpemente.
—Sí.
Conduciéndola suavemente con una mano puesta en la espalda, la guió a la habitación principal. Dos mecedoras y una silla estaban dispuestas en torno a una gran chimenea de piedra en la que ardía un buen fuego. Una vieja alfombra cubría el suelo y el tiro de la chimenea estaba adornado con la cabeza disecada de un oso. Una gruesa capa de polvo cubría todos los muebles, y el olor a humo y a hombres era denso. Aquel lugar necesitaba desesperadamente una limpieza.
Naruto señaló con la cabeza una puerta que había junto a la chimenea.
—Voy a enseñarte tu habitación para que puedas refrescarte.
Hinata se quitó la capa.-Estupendo.
Era una estancia de tamaño medio, con una estufa de leña en un rincón y una gran piel de oso cubriendo el suelo de planchas de madera. Al fondo, había una mecedora y una cuna.
Hinata se acercó y tocó los barrotes de delicado labrado, maravillándose de su suavidad.
—Es preciosa.
Naruto permanecía apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
—La he encargado especialmente para la ocasión, junto con la cama.
—¿La cama?
Curiosamente, Hinata no había reparado en aquella preciosa cama de caoba. Tenía cuatro sólidos postes que casi tocaban el techo bajo y un grueso colchón. Estaba hecha con sábanas recién lavadas, mantas de pelo y unas mullidas almohadas.
Hinata se acercó y pasó una mano por el áspero edredón. Una camisa de trabajo colgaba de uno de los postes y un par de botas usadas asomaban debajo.
De pronto, la habitación se volvió mucho más pequeña y la cama mucho más grande.
—¿Es tu habitación?
Cerró la puerta con suavidad.
—Sí.
Hinata apartó la mano de la cama como si quemara.
—Es... bonita.
—Es una extravagancia. Llegó hace dos semanas, pero ya me tiene totalmente malcriado.
Hinata consiguió sonreír.
—¿Podrías mostrarme dónde voy a dormir yo durante este mes?
—Aquí.
—No quiero echarte de tu habitación.
—Y no me vas a echar.
—¿Pero dónde vas a dormir?
—Aquí.
Hinata palideció.
— Pero... pero yo creía que ibas a darme un mes —balbució.
Sus ojos brillaron con un sentido del humor que no se imaginaba que poseyera.
—Dije que no te haría el amor durante un mes, pero no que no fuese a compartir la cama contigo.
—¿Vamos a dormir juntos? —graznó.
No parecía ni sofisticada ni mundana, que era como debía mostrarse una viuda, sino muy nerviosa.
Naruto se quitó el sombrero y los guantes y los dejó sobre la silla.
—Estamos casados.
—Lo sé, pero creo que camas separadas sería lo mejor. Cuatro semanas no es tanto tiempo.
—No hay otra cama en la casa, y mis días de dormir a cielo raso se han terminado.
—¿Y en el granero? —sugirió—. El heno puede servir muy bien de colchón. Naruto avanzó un paso.
—Empieza a hacer frío por las noches.
Ella retrocedió otro paso. —Pues a mí me pareces un hombre duro. El aire fresco no te haría ningún daño.
Se acercó otro paso con una media sonrisa.
— Empiezan a dolerme los huesos —contestó, aunque su cuerpo no parecía ni mucho menos darle problemas.
Hinata retrocedió otro paso y fue a tropezar con la mesilla. La lámpara se tambaleó y tuvo que sujetarla para que no cayera.
—¿Y el barracón? Seguro que hay alguna cama libre, y que se está calentito.
— Sí, y acompañado de un montón de vaqueros. No quiero ni pensar lo que tendría que aguantar si pasara allí mi noche de bodas.
Hinata se mordió el labio.
—Entonces, quizás podría dormir yo en el salón delante del fuego.
Él bloqueó el camino. —Eso no estaría bien.
—No me importa —dijo; estaba empezando a sentir un miedo irracional—. Estoy tan cansada esta noche, que voy a dormir como un tronco.
Y para dar más realismo, bostezó.
Naruto puso las manos en sus hombros y rozó su cuello.
—Hinata, esta noche vas a dormir conmigo.
—¿Ah, sí? —intentó desafiarlo, pero él no pareció intimidarse.
—Te he prometido que no voy a hacerte el amor durante un mes, y yo jamás falto a mis promesas.
—Me alegro de saberlo —contestó con la voz destemplada.
—Pero quiero que te vayas acostumbrando a sentir mi cuerpo junto al tuyo.
Una descarga de energía le recorrió la espalda. La habitación se volvió de pronto asfixiante. Nunca había visto a un hombre en ropa interior, y mucho menos había sentido su cuerpo en la misma cama durante toda una noche.
Naruto la obligó a mirarlo empujándola suavemente por la barbilla.
—Hace mucho tiempo, ¿verdad?
—¿De qué?
—Desde la última vez que hiciste el amor.
—¿El amor? —repitió, y se humedeció los labios. Le daba mucha vergüenza hablar de esas cosas
—. Sí.
—No te preocupes, que nos saldrá bien.
Naruto tiró suavemente de ella. Su gesto era tierno y al mismo tiempo lleno de poder. Hinata se quedó inmóvil, incapaz de apartar la mirada de sus labios, y cuando él se inclinó, no se apartó.
Aceptó su beso sin pensar, y el contacto con él tuvo el mismo efecto embriagador que había tenido en el hotel.
La respiración se le aceleró, lo mismo que el latido.
Naruto la abrazó con un solo brazo y con la otra mano acarició suavemente su pecho, su pezón, hasta que consiguió que se tensara bajo la lana de su vestido.
La excitación y el miedo chocaron frente a frente, arrastrando a Hinata una tormenta de emociones desatadas. Su cuerpo parecía palpitar con un deseo desconocido, y parecía incapaz de articular un pensamiento coherente.
Él se apartó despacio, no sin antes acariciar sus labios delicadamente con los dientes, lo que le produjo más estremecimientos.
— Se suponía que íbamos a esperar —susurró ella sin aliento.
—Pídeme que me pare y lo haré.
—Basta.
—¿Estás segura?
No.
—Sí.
Naruto retrocedió mientras se pasaba una mano por el pelo. El deseo palpitaba en sus ojos. ¿Y qué iban a hacer ahora?
El llanto de Hanae rompió el silencio. ¿Cómo podía haberse olvidado así de la niña?
Nunca se había dejado arrastrar así por nada, y menos por la pasión. De las hermanas Hyūga, ella había sido siempre la tranquila y controlada, mientras que Hanabi era la dramática, la que flirteaba constantemente con los hombres. Todo el mundo habría imaginado que sería ella la que acabase en Konohagakure con un hombre al que no conocía.
Pero no Hinata. Y allí estaba.
A lo largo de su vida había leído cientos de libros, pero ninguno le explicaba lo que estaba ocurriendo en su interior. Siempre había presumido de saber un poco casi de todo, y sin embargo en aquel momento se sentía completamente perdida.
Con mano temblorosa se alisó el pelo y salió a toda prisa de la habitación. Jiraiya tenía a la niña colocada contra su hombro.
—¿Qué le pasa?
—Le he dado de comer, pero sigue muy enfadada —contestó sin dejar de acunarla.
Hinata la tomó en sus brazos, y su llanto pasó inmediatamente a la categoría de gemido.
— Ha sido un día muy largo para ella — explicó—. Un baño caliente y un buen sueño es lo que necesita.
—Tenemos una bañera —dijo Naruto a su espalda—. Puedo prepararte un baño si quieres.
Se había quitado la chaqueta y estaba apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Sus caderas eran delgadas y su cintura, estrecha. A Hinata se le hizo la boca agua.
—No te molestes por mí, por favor —dijo mientras acunaba a la niña.
Naruto se acercó a ella y colocó la mano en su nuca. Irradiaba energía, fuerza y ternura.
—No es ninguna molestia.
Hinata sentía irritadas las mejillas donde le había rozado su barba, y aún parecía llevar su olor pegado a la piel, y con la boca seca, lo miró a los ojos. Aún estaban encendidos de pasión.
—Gracias.
—De nada, Hinata—contestó en voz baja, y salió de la habitación.
Horrorizada se dio cuenta de que Naruto sabía que le bastaba con mirarla para que ella se derritiera. Y pensar que siempre se había considerado una dama incapaz de quebrantar las normas...
—No tiene buena cara —dijo Jiraiya.
Hinata se sobresaltó como si la hubiesen pillado saqueando el tarro de las galletas.
—Estoy bien.
Jiraiya se echó a reír.
—Ya. Y los burros vuelan.
Dos horas más tarde, Naruto iba y venía por la cocina. Había calentado agua para Hinata y Hanae, y las había dejado en su habitación para que pudieran tener intimidad. Se imaginaba que tardarían media hora o poco más, pero ya llevaban dos allí dentro y se le estaba agotando la paciencia. Tenía que levantarse antes del amanecer y quería acostarse... con Hinata.
—¿Cuánto tarda una mujer en bañarse? — murmuró.
Jiraiya se recostó en la silla y una nube del humo de su pipa ascendió sobre su cabeza.
—Ni idea.
—Lleva horas ahí dentro, y tampoco es que estuviera tan sucia.
— Supongo que las mujeres tienen más que lavarse que los hombres. Y luego está la pequeñaja.
Imaginarse a Hinata desnuda en la bañera era más de lo que podía soportar, y apretó los dientes. Quería darle intimidad, el tiempo de espera que habían acordado, pero demonios, la deseaba de un modo que amenazaba con hacer pedazos su mundo, tan ordenado hasta entonces.
Había trabajado muy duro para dejar atrás su pasado de caza recompensas y llegar a ser un respetado ranchero, pero cada vez que la miraba, un instinto casi animal se apoderaba de él. No podría parar hasta tenerla desnuda bajo su cuerpo, con los ojos nublados de pasión.
Miró la puerta cerrada una vez más.
—No me gusta que no me dejen entrar en mi propia habitación.
—La única cerradura que tiene esta casa es la de la puerta de entrada —contestó Jiraiya, echando más humo—. Si tantas ganas tienes de entrar, entra.
Jiraiya tenía razón. ¿A qué estaba esperando? Había prometido no hacerle el amor durante cuatro semanas, y costara lo que costase, iba a honrar esa promesa. Además, no era tan salvaje como para no poder llevar una conversación civilizada con su esposa.
—Eso voy a hacer.
Con tanta naturalidad como pudo llegó hasta la puerta del dormitorio, pero el ruido del agua lo detuvo.
Imágenes de Hinata se le amontonaron en la cabeza. Se imaginó sus bucles azulados sueltos, recién lavados, cayendo sobre unos senos perlados de gotas de agua.
Dios... oyó otro chapoteo, seguido de una risa femenina. El mes aquel iba a ser el más largo de toda su vida.
Con un hondo suspiro, llamó a la puerta.
— Soy Naruto.
—Adelante —contestó Hinata, sorprendida.
Naruto abrió, pero se detuvo en seco. La escena que se encontró ante sí lo dejó paralizado.
Hinata estaba de rodillas al lado de la bañera, sosteniendo en las manos a Hanae desnuda, que pataleaba y jugaba en el agua. Su esposa llevaba una bata color azul. El pelo húmedo aún le caía a un lado de la cara y unas gotas de agua humedecían el escote en uve de la bata.
Naruto tragó saliva. Ojalá se hubiera quedado en la cocina. Aquella escena iba a perseguirlo durante los siguientes treinta días. Intentó pensar en el lago que quedaba a un kilómetro de la casa, helado en aquella época del año; justo lo que necesitaba para calmar su desbordada naturaleza.
—Si quieres, vuelvo más tarde.
—No. Quédate por favor. Tengo que bañar a Hanae, pero no sé cómo sujetarla y enjabonarla al mismo tiempo —dijo, con una sonrisa tan radiante que le abrasó el corazón.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó tras tener que aclararse la garganta. De un soplido, Hinata se apartó un rizo extraviado.
— Si puedes sostenerla, yo la lavo. Hanae pataleó sonriendo al mirarlo, y una pequeña pompa se formó en sus labios.
Naruto se echó a reír.
—¿Cómo voy a poder decir que no? —se lamentó, arrodillándose al otro lado de la bañera.
Hinata le entregó a la niña, que no paraba de moverse.
— Sujétala por debajo de los brazos. Ten cuidado, que cuando está mojada se escurre mucho.
La sujetó con firmeza y la cabecita de la niña se movió algo descontrolada. Qué frágil era aún, y tuvo miedo de que se le resbalara de las manos.
—No es más grande que un conejito.
—Pero sí más rápida y más fuerte de lo que parece.
Y como si quisiera demostrarlo, Hanae pataleó con fuerza en el agua. Naruto se rió.
—Ya veo, ya.
Se imaginó a Hanae montando a lomos de un pony, sus rizos castaños flotando al viento y sus ojos grises brillando de alegría. Se lo compraría a la primavera próxima.
El orgullo le llenó el corazón al sostener a la criatura en brazos. Hinata, sin dejar de sonreír, hundió el jabón en el agua.
—¿Quién es mi niña?
El jabón que usaba olía a rosas, y Naruto se dio cuenta de que debía tratarse de un lujo que se había llevado de Tsuchi, y mentalmente se hizo un recordatorio de encargar más cuando volviese al pueblo.
— Empezará a gatear antes de que nos demos cuenta —comentó Hinata—. Ya se da la vuelta sola e intenta ponerse a cuatro patas.
Mientras la lavaba, siguió hablando con facilidad, sin los signos de cansancio que antes marcaban su piel. El nexo de unión entre ellos era aún muy frágil, pero estaba empezando a confiar en él, a sentirse más cómoda en su presencia.
Naruto recordó a las mujeres con las que había estado: chicas de alterne y alguna que otra viuda. Habían sido relaciones temporales basadas solo en la necesidad física, de las que siempre había salido sin mirar atrás, enorgulleciéndose del hecho de no necesitar a nadie.
Pero su conexión con Hinata era distinta, más honda, con mucho más significado que las promesas intercambiadas en una boda o que la necesidad sexual... aunque tenía que reconocer que eso también circulaba en buenas dosis por su sangre.
Había algo más entre ellos, algo que no podía identificar. Lo único que sí sabía era que pensar en no tenerla ya en su vida era inimaginable.
Aquella idea no le resultó precisamente reconfortante. Por primera vez, no tenía el control. Y eso lo asustaba.
