CAPÍTULO 5
Noche de Bodas
Mientras aclaraba el jabón del cuerpecito de Hanae, sus manos rozaron las de Naruto. Una energía insospechada pasó a su cuerpo, desbordando sus emociones como un carro demasiado cargado de manzanas. De pronto su buen humor desapareció y la habitación se quedó como hueca.
Pasaron un par de minutos antes de que se atreviera a mirar a Naruto y, al hacerlo, descubrió que él también la miraba, fijamente. También lo había sentido. Por un instante, solo oyó el latido de su propio corazón y la respiración lenta de Naruto.
El grito de deleite de Hanae al volver a patalear en el agua fue lo que la sacó de aquel trance.
Rápidamente terminó de aclararla y buscó una toalla.
— Pásamela, que la seco y le pongo el camisón.
Naruto la depositó sobre la toalla y vio a Hinata llevar a la niña a la cama, secarla y ponerle un camisón de algodón, que por cierto le costó abrochar.
Una vez terminado, colocó a la niña en la cuna y la besó en la frente. Hanae parecía contenta, mirando con sus ojazos a Hinata mientras se chupaba el puño.
—Y ahora, señorita, es hora de dormir. Hanae, obedientemente, bostezó.
Naruto se levantó por fin y se secó las manos en la toalla que había utilizado con Hanae.
—Todos hemos tenido un día muy largo, y nos vendrá bien dormir.
Hinata se volvió hacia la cama. Su mullido colchón y las suaves almohadas parecían reclamar su cuerpo cansado, pero no tenía el valor suficiente para meterse en la cama con Naruto.
—Yo creo que me voy a quedar a leer un rato —dijo, cerrándose un poco más la bata—. No sé por qué, pero no tengo sueño.
Él frunció el ceño.
—Pues a juzgar por las ojeras que tienes, yo diría otra cosa.
—Las ojeras y la falta de sueño es algo que acompaña siempre a los bebés.
Además, tengo la costumbre de leer un poco antes de irme a dormir.
Naruto miró la cuna. Los ojos de Hanae se cerraban en aquel momento.
—Acaba de quedarse dormida.
—Podría despertarse y asustarse al desconocer el sitio. Mejor me quedo un rato levantada —sacó un libro encuadernado en piel de la maleta y se sentó en la mecedora junto al fuego—. ¿Por qué no te acuestas tú? Yo no tardaré.
Ahogó un bostezo y le dedicó una brillante sonrisa antes de abrir el libro. Los ojos le picaban y apenas podía concentrarse, pero la lectura era la única táctica dilatoria que tenía.
Ojalá Naruto se quedara pronto dormido. En cuanto cerrase los ojos, se acostaría.
Empezó a leer mientras Naruto se quitaba el chaleco y lo colgaba de uno de los postes de la cama. Hinata se esforzaba por no apartar la mirada del libro, pero la mente era ya otra cosa. Releyó la misma frase tres veces, pero no fue capaz de encontrarle ningún sentido.
Naruto se había sentado en el colchón y se quitaba una de las botas, que luego dejó caer al suelo.
-Seguramente mañana me pasaré buena parte del día fuera —dijo mientras dejaba caer la segunda bota
—. Volveré al atardecer.
Pasó la página sin haberla leído.
—No te preocupes por nosotras. Estamos acostumbradas a arreglárnoslas solas.
—Jiraiya se quedará aquí.
—Bien —miró a Naruto cuando empezaba a desabrocharse la camisa, y tuvo que humedecerse los labios
— Pareces cansado. Tienes que irte a dormir.
—Te esperaré.
—No te preocupes, que yo puede que tarde un rato.
Naruto se sacó la camisa por la cabeza. —¿Cuánto rato?
La luz de la lámpara brilló en su piel bronceada e iluminó el vello del pecho que le llegaba hasta la cintura. Luego se ocupó del pantalón.
Hinata vio cómo se desabrochaba el cinturón. Nunca había visto a un hombre desnudo, y no parecía capaz de controlar la curiosidad.
—No mucho. Una hora o algo más.
Oyó el tejido resbalar por sus piernas, y la curiosidad le ganó la partida: levantó la mirada. Atónita descubrió que no llevaba calzoncillos, ni largos ni cortos, y enfrentada por primera vez con la imagen de un hombre desnudo, Hinata no pudo evitar mirar boquiabierta.
Como si estuviera esculpido en mármol, su cuerpo le recordó al de los dioses griegos y los guerreros míticos. Con la boca seca estudió su desnudez, desde sus hombros perfectamente redondeados hasta su virilidad.
—La curiosidad mató al gato —dijo él.
Entonces vio la sonrisa con que se lo había dicho, y deseó que el suelo se la tragara de inmediato.
—Yo... yo... lo siento —balbució, poniéndose de pie de golpe, con lo que el libro cayó al suelo, y decidió, mientras se volvió hacia la chimenea, que aquella cama iba a ser el último lugar en el que durmiera aquella noche. La mecedora era algo rígida, pero serviría.
Con las manos en las mejillas, vio cómo las llamas bailaban en el tejido de su bata.
Su madre nunca le había hablado de lo que ocurría en un dormitorio entre un hombre y una mujer, pretextando siempre que esa tarea tendría que recaer en su futuro marido. Gracias a algunos detalles que le había dado Hanabi, tenía una vaga idea de lo que ocurría, pero había detalles que se le escapaban por completo.
Desde luego, en aquel momento habría dado su mano derecha por contar con el consejo de una mujer experimentada.
Entonces oyó los pasos descalzos de Naruto que se acercaban, pero no se atrevió a volverse y se cruzó de brazos.
Él apoyó las manos en sus hombros.
—Hinata, vas a tener que acostumbrarte a verme vestido y desnudo.
—Es que soy... muy tímida.
—Yo no.
Ella suspiró. —Ya me he dado cuenta.
—Has debido ver a tu primer marido desnudo.
— ¡Por supuesto que no!
Él murmuró algo sobre lo locos que debían estar los hombres de ciudad y luego se acercó más a ella.
—Ven a la cama.
—En cuanto te pongas la pijama.
—No uso pijama.
— Ya... claro —murmuró. Debía estarle pareciendo una histérica—. Necesito unos minutos. Quiero acabar de leer el capítulo que tengo empezado.
Él acarició su pelo, ya casi seco.
—Te doy cinco minutos antes de apagar la luz.
Y le apretó suavemente los hombros antes de volver a la cama. Lo oyó meterse bajo la ropa y ahuecar la almohada.
Hinata siguió contemplando las llamas unos segundos más. Su calor le estaba abrasando la piel, pero no se movió. Quería asegurarse de que había tenido tiempo suficiente de taparse.
Por fin dio un paso hacia atrás, con cuidado de mantener baja la mirada, recogió el libro y lo abrió por cualquier parte.
—Debe ser un libro muy bueno —le oyó comentar.
—Es mi favorito.
—¿De qué se trata?
—Es de aventuras.
—¿Interesantes?
—Mucho.
Hubo un momento de silencio y albergó la esperanza de que se hubiera cansado ya de esperar.
—Hinata...
—¿Sí? —se sobresaltó, y lo miró por primera vez
Tenía las manos bajo la nuca y sus ojos brillaban divertidos.
—Tienes el libro cabeza abajo.
Hinata hubiera querido morirse. Qué bien. Con toda la dignidad de que fue capaz, le dio la vuelta.
—Hinata, ya es hora de que te acuestes.
—Es que no tengo sueño.
—Vamos, a la cama.
—Pero...
—¿Quieres que vaya a buscarte? —la amenazó, haciendo ademán de levantarse. Hinata se levantó como accionada por un resorte.
—No te muevas, que ya voy.
Avanzó despacio hasta su lado de la cama, intentando mantener la mayor distancia posible, apartó la ropa y se metió boca arriba. Las sábanas estaban heladas, lo cual conseguía que relajarse fuera todavía más difícil, mirando al techo y con las manos recogidas sobre el pecho.
—¿No te vas a quitar la bata?
—Es que tengo un poco de frío.
—Yo puedo calentarte.
—No, no... la bata está bien.
Naruto sopló la lámpara y la apagó. La habitación quedó a oscuras, excepto por el resplandor del fuego que ardía en la chimenea. Cuando se volvió, no hizo movimiento alguno, ni intentó tocarla.
—Estás muy tensa.
Hinata flexionó los dedos. —No. Estoy perfectamente relajada.
—Entonces, acércate a mí.
Del respingo, casi saltó de la cama.
—¿Qué?
No se lo dijo una segunda vez, sino que estiró un brazo y tiró de ella y la colocó de lado, pegada a su cuerpo, dejando el brazo sobre su cintura.
—Así está mejor.
Hinata intentó soltarse.
—Pues no sé...
—Es donde debes estar.
— ¿No estamos forzando un poco las cosas?
—Estamos casados —contestó él con suavidad.
Hinata hubiera querido gritarle que era virgen, que no tenía que estar en aquella cama, que todo era para ella insoportablemente íntimo y que hasta el día de antes toda su experiencia con los hombres se limitaba a algún casto beso y a caminar de la mano.
Pero aún no podía decirle todo eso. Necesitaba tiempo para encontrar el modo de contarle el escándalo que la había llevado hasta él.
Atrapada y sin poder huir, se quedó acurrucada en los brazos de Naruto y, poco a poco, su respiración honda y profunda junto con el calor de su cuerpo fueron surtiendo efecto.
Los nervios que tenía hechos un amasijo en el estómago fueron perdiendo tensión y los párpados empezaron a pensarle. Tsuchi y su familia quedaban cada vez más lejos.
— ¿Naruto? —susurró, temiendo que se hubiera quedado ya dormido.
—¿Sí?
Su voz sonaba perfectamente clara.
— ¿Por qué no te has casado con alguna mujer de Konoha?
—No hay muchas mujeres disponibles en estas tierras.
— ¿Y por qué pusiste el anuncio en el periódico de Tsuchi?
—En el de Tsuchi, en el de Otogakure, Sunagakure, Kumogakure... puse anuncios en todos los periódicos.
— Ah —hizo una pausa, en la que no pudo evitar que se insinuaran los celos—. Debiste recibir docenas de respuestas.
—Media docena.
—Y seguro que todas tenían más experiencia en la vida de un rancho.
—Sí.
Se sentía totalmente fuera de lugar.
—¿Y por qué me elegiste a mí, sabiendo que nunca había vivido en un rancho?
—Porque me gustó tu letra. Hinata se echó a reír.
—Estás de broma.
—No —contestó él—. Por tu letra deduje inmediatamente que eras una mujer culta y educada, y yo quiero que mis hijos sean hombres inteligentes y bien educados.
Niños en verano.
—Ah.
Sintió que ponía la palma de la mano en su vientre.
— Estás delgada como un junco. Cuesta trabajo imaginar que hayas tenido un niño. Hinata contuvo la respiración.
—¿Fue duro el parto? El pecho se le contrajo.
—No.
—Eso es bueno.
La mentira le pesaba dentro como una piedra. Pronto sus mentiras iban a ponerla en una posición en la que iba a ser imposible obtener el perdón de Naruto.
—¿Por qué has venido tú hasta aquí? —preguntó él, deslizando una mano por su muslo.
—Quería volver a casarme.
—No me refiero a eso. Una mujer con criados y buena educación no necesita venir a un sitio como Konoha para encontrar un buen marido. En Tsuchi hubiesen hecho cola para casarse contigo.
—No creas.
—¿Por qué no? En tus cartas nunca me explicaste por qué querías dejar el este.
—Tsuchi puede parecer grande comparada con Konoha, pero en muchos sentidos es como un pueblo. Corrían rumores sobre mi familia —aventuró—. La gente dejó de querer relacionarse con nosotros.
Esperó, tensa como un arco, a su siguiente pregunta.
—Y esos rumores, ¿tenían que ver contigo?
—No tengo nada de lo que avergonzarme.
—No es esa mi pregunta. Ella suspiró.
—Mis padres habían contraído muchas deudas —dijo con sinceridad—. Habían gastado mucho el año pasado, confiados en que sus inversiones fueran rentables. Pero como no fue así, tuvieron que abandonar apresuradamente la ciudad para evitar a sus acreedores y a una posible pena de prisión.
—¿Y qué tiene que ver su deuda contigo?
—Pues que soy culpable por asociación, supongo.
—¿Dónde están ahora?
—En Kumogakure, creo.
Naruto rodeó de nuevo su cintura.
—¿No lo sabes con certeza?
La indiferencia de sus padres había formado parte de su vida desde la infancia, y ya no la afectaba.
—Terminarán por hacerme llegar noticias suyas. Siempre lo han hecho así.
—¿Y por qué no fuiste con ellos? —preguntó, y la ira hizo aparición en su voz.
—Así era más fácil. Podían viajar mucho más rápido —rozó el dorso de su mano con las yemas de los dedos—. Cuando mis padres se marcharon, descubrí que nadie estaba dispuesto a ayudarme. Al día siguiente vi tu anuncio y decidí responder.
—¿Contestaste a otros anuncios? —quiso saber.
— Solo al tuyo. Suspiró hondo.
— Debías estar desesperada para correr tanto riesgo.
—Lo estaba.
—¿Te has preguntado si no vas a lamentar haber venido hasta aquí, tan lejos de todo lo que te es familiar?
—No voy a hacerlo —contestó.
Naruto guardó silencio, mientras sus cuerpos daban y absorbían calor. Su olor era una intensa combinación de tabaco y almizcle que la rodeaba, y no pudo evitar pensar en lo diferente que era a la colonia dulzona de Toneri.
Todo en ellos dos era tan opuesto como la noche y el día. Antes de que llegasen los problemas, Toneri se había mostrado siempre encantador, ingenioso, un compañero agradable, y ella había tenido la sensación de conocerlo mejor que nadie. Había sido cariñoso con ella cuando sus padres nunca lo habían sido. Pero, al final, su debilidad y su engaño habían demostrado que era exactamente igual que sus padres.
Naruto no era el tipo de hombre que la cortejaría con dulces palabras o regalos caros. Decía lo que pensaba y tenía la impresión de que siempre iba a saber cuál era exactamente su situación con él. Aun así, había tantas cosas que desconocía de él, tantas preguntas aún sin respuesta.
Pero a diferencia de lo que habían hecho todos los demás, les había abierto las puertas de su casa a Hanae y a ella, algo por lo que siempre le estaría agradecida.
Bostezó. Estaba tan cansada y aquella cama era tan deliciosa... a lo mejor incluso cerraba los ojos un momento.
Se acurrucó más al calor de Naruto y los párpados se le volvieron cada vez más pesados hasta que terminaron por cerrarse. Cuando el sueño la envolvía ya por completo, tuvo la vaga sensación de que Naruto le acariciaba el pelo, y fue curioso, porque aquella sensación suavizó sus preocupaciones.
Justo entonces, le oyó suspirar y sintió que su mano le cubría un seno.
Los ojos se le abrieron de par en par. ¿Y si se quedaba dormida y Naruto utilizaba la ocasión para aprovecharse de ella?
El fuego crepitaba y siseaba. ¿Podría confiar en estar a salvo de sus avances mientras dormía? Cambió de postura, de pronto incómoda con tanta cercanía.
—¿Qué pasa? —preguntó él, medio dormido.
—Si me duermo, si bajo la guardia, podrías... bueno, ya sabes, y yo no me daría ni cuenta. Naruto volvió a acercarse.
—Cuando te haga el amor, Hinata, te prometo que lo sabrás.
