CAPÍTULO 6


Un Nuevo Comienzo.


Hinata no quería despertar. Y no lo habría hecho de no haberle dado la luz del sol en la cara, arrancándola de un dulce sueño lleno de música, risas y un momento perfecto y efímero con Toneri.

Se puso la mano sobre los ojos, intentando protegerlos del sol, pero su luz continuó abriéndose paso hasta que la hizo abandonar el sueño.

Desorientada y molesta, se incorporó. Poco a poco cayó en la cuenta de que no estaba en su habitación en Tsuchi, pero eso no la molestó. Más bien, se sintió a salvo.

Perezosamente se estiró con todas sus fuerzas, como un gato. Aquella cama era tan buena, tan calentita que quizás, si se recostaba de nuevo, podría recuperar parte de aquel sueño tan agradable.

Pero al volver a apoyar la cabeza en la almohada, los recuerdos de los últimos seis meses la asaltaron. Volvió a incorporarse, completamente despierta.

¡Estaba casada!

Casi con temor, miró el lado de la cama que ocupaba su marido. Afortunadamente lo encontró vacío.

Dios bendito, cuánto le había cambiado la vida, pensó, frotándose los ojos.

Hanabi, sus padres, Toneri... todos habían desaparecido, dejando en su lugar a Hanae y a Naruto.

¡Hanae! ¿Dónde estaba Hanae? La niña siempre se despertaba mucho antes del amanecer. De un salto, descalza, corrió a la cuna. La niña estaba allí, tan quieta que temió que le pasara algo.

Con cuidado puso la mano en el pecho de la niña y contó sus respiraciones: una, dos, tres... Estaba durmiendo más profundamente que nunca, y estaba bien. Un ángel, pensó acariciándole el pelo, nacida en un infierno, dormía ajena al mundo y sin una preocupación, como si comprendiera que su matrimonio con Naruto había llevado la estabilidad a sus vidas.

Hinata se pasó una mano por el pelo. Al igual que Hanae, ella también estaba agotada y había necesitado desesperadamente dormir. Estaba tan cansada la noche anterior que nada habría podido despertarla. Ni siquiera...

«Cuando te haga el amor, Hinata, te prometo que lo sabrás.»

La sangre le palpitó en las sienes al imaginarse sus enormes manos sobre ella, y con el corazón en la garganta, miró dentro del camisón. Nada parecía distinto en su cuerpo.

«Cuando te haga el amor, Hinata, te prometo que lo sabrás.»

—Eres tonta —se dijo—. Te ha dado su palabra.

Con un suspiro, se sentó en el borde de la cama. Mejor no seguir pensando en eso. Aún faltaba un mes. Treinta días. Setecientas veinte horas. Mucho tiempo para conocer a su marido.

Un poco más tranquila, miró a su alrededor. La habitación estaba ahora bañada por la luz del sol. Un poco de leña ardía en la chimenea, única fuente de calor de toda la habitación. No había ni un jarrón con flores, ni un cojín que animara la estancia. A la luz del día, parecía todavía más áspera.

Sus baúles no tardarían en llegar y podría añadir un toque de hogar aquí y allí. Por el momento, se conformaría con abrir las pocas bolsas que había llevado consigo del tren.

El estómago le protestó ruidosamente, y se dio cuenta de que no había comido nada desde el desayuno del día anterior. Hambrienta y dispuesta a empezar su nueva vida, decidió vestirse y desayunar antes de que se despertara Hanae.

De la maleta sacó un vestido azul zafiro de lana, con cuello alto y mangas largas. Era uno de sus vestidos más sencillos, y lo había metido en la maleta convencida de que iba a servirle, pero al comprobar lo espartano de cuanto la rodeaba, se sintió demasiado vestida.

Pero no iba a preocuparse por algo así, de modo que se vistió, vertió un poco de agua en el palanganero y se lavó la cara.

Luego hizo la cama y ahuecó las almohadas, pero al llegarle el turno a la de Naruto, se dio cuenta de que su olor aún seguía impregnado en ella y se la acercó a la nariz para beber aquel aroma. El pulso se le aceleró.

Rápidamente volvió a colocarla en su sitio. Luego, después de echarle de nuevo un vistazo a Hanae, abrió la puerta y salió a la habitación principal.

Como el dormitorio, aquella habitación grande y rectangular estaba desnuda hasta el extremo, pero ya tenía la cabeza llena de ideas: cortinas en las ventanas, flores y quizás una nueva alfombra. Se acercó a la chimenea, en la que también ardía un buen fuego, y extendió los brazos para calentarse.

Con un suspiro, saboreó el momento de calma y satisfacción. Todo iba a salir bien.

Un disparo rompió en mil pedazos la serenidad de la mañana, poniéndole el corazón a todo galope.

— ¡Naruto! ¡Jiraiya!

Pasaron unos segundos y no obtuvo respuesta. ¿Es que la habían dejado sola? Agachando la cabeza, iba a entrar de nuevo al dormitorio cuando oyó la voz enfadada de Naruto fuera de la casa.

— ¡Nagato, ya he dicho todo lo que tenía que decir! —le oyó gritar.

Saber que Naruto andaba cerca le dio valor para volver a estirarse. Seguramente no había de qué preocuparse. Al fin y al cabo, estaban en mitad de un territorio salvaje, y no en Tsuchi. En las novelas había leído que la gente disparaba cada dos por tres en aquellas tierras.

Corrió a la puerta principal, la abrió y salió al porche. Vio a cuatro jinetes de perfil enfrentados a Naruto, que estaba en la puerta del granero. Los jinetes llevaban ropa vieja y cubierta de polvo, y el sombrero les ocultaba casi todo el rostro.

Naruto parecía furioso, con la mano puesta en el revólver, enfrentado con firmeza a aquellos cuatro hombres.

A su lado estaba Jiraiya, con un arma humeante en la mano. Otros dos vaqueros flanqueaban a Jiraiya a Naruto, con las armas en la mano.

Incluso desde la distancia pudo ver que la expresión de su esposo era salvaje, casi fiera.

Todos los demás, incluido él, estaban tan concentrados en aquellos cuatro hombres que no se dieron cuenta de que había salido, ni de que había cerrado la puerta.

Uno de los cuatro jinetes, corpulento y de cuello fuerte, fue quien habló.

—He venido para hablar, Uzumaki.

— Y yo no tengo ganas de conversación, Nagato —contestó Naruto entre dientes.

El hombre llamado Nagato se inclinó hacia delante en la silla.

—Estás en deuda conmigo, Uzumaki.

—Yo no te debo nada.

—Arruinaste mi vida.

—Eso lo hiciste tú solo —contestó Jiraiya. Toda la dulzura que Hinata había visto en su rostro, había desaparecido.

Nagato parecía destemplado.

— Uzumaki, alguien os va a volar la cabeza a ti y a ese viejo cualquier día.

—Pero no serás tú —espetó Naruto.

Uno de los tipos que acompañaban a Nagato echó mano al arma, pero antes de que el revólver hubiera salido de la funda, Naruto le disparó en la mano. El extraño aulló de dolor y se sujetó la mano herida con la otra.

Hinata sintió que el estómago le daba un vuelco y retrocedió. Había oído hablar de los forajidos que vivían en el oeste, de caza recompensas y del peligro en el que vivían permanentemente, pero no estaba preparada para algo así. El lado oscuro de Naruto era tan distinto al hombre que había conocido la noche anterior que la asustaba.

— Sal de mis tierras antes de que te meta una bala en la cabeza, Nagato —le ordenó Naruto.

Nagato miró a su alrededor. La brisa alzaba pequeñas volutas de polvo.

—Este rancho es tu vida —dijo.

Naruto siguió alerta, empuñando el revólver.

—Este verano hemos tenido sequía —continuó Nagato—. La tierra está seca como una tea. Ya sabes que el rancho de los Aburame ardió la semana pasada.

Naruto empuñó con más fuerza el arma.

—Si mi rancho arde, tú morirás. Nagato sonrió.

—Hombre de Hierro Uzumaki. Intocable. Sin debilidades. Naruto no contestó.

—Pero incluso el hierro se funde a la temperatura adecuada —sentenció.

En dos zancadas, Naruto se plantó ante el caballo y tirando por la solapa del guardapolvos, arrancó al tipo de su montura y le colocó el cañón de su arma en la sien. Tres revólveres volaron de sus fundas y apuntaron a Naruto. Jiraiya y los tres vaqueros apuntaron con sus rifles.

— ¡Diles que tiren las armas! —gritó Naruto, apretando contra la cabeza de Nagato

— ¡Ahora!

—No me asustas —contestó él, pero había palidecido.

— Entonces, no eres tan listo como yo creía. Uno, dos...

— ¡Tirad las armas! —gritó Nagato.

Los hombres dudaron, y pasaron diez segundos cargados de tensión. Cualquiera de aquellos tipos podía disparar a Naruto, pero parecía enfadado por esa posibilidad, no asustado.

Hinata retrocedió hasta que su espalda tocó la puerta. Esperaba que se desencadenara un tiroteo en cualquier momento, y miraba a Naruto y a Nagato alternativamente. Naruto empezó a apretar el gatillo.

— ¡Tirad los malditos revólveres! —gritó Nagato.

Uno a uno, sus hombres fueron soltando las armas y dejándolas caer al suelo. Jiraiya las recogió y las echó dentro del granero, fuera de su alcance.

Hinata respiró aliviada.

Naruto le quitó a Nagato el arma de su funda y lo empujó hacia el caballo.

—Fuera de mis tierras.

Nagato tropezó y se tomó un momento para sacudirse el polvo de la ropa. Al ir a sujetar las riendas, se volvió hacia la casa y vio a Hinata. En un principio se quedó inmóvil, como si no pudiera dar crédito a lo que veía. Luego una sonrisa aceitosa se dibujó en sus labios y se llevó la mano al ala del sombrero.

—Había oído decir que te habías casado, Uzumaki —dijo—, pero no me lo había creído.

Naruto volvió la cabeza. La ira que ensombrecía su mirada la hizo encogerse. Jamás la habían mirado de ese modo.

—No sabía que fuera tan bonita —continuó Nagato.

Naruto flexionó los dedos sin dejar de mirarla. Ella también estaba paralizada, demasiado asustada como para moverse. Riéndose, Nagato montó.

—Espero que no sea demasiado duro para ella vivir aquí.

—Entra en la casa —le ordenó Naruto.

Asustada, entró rápidamente y cerró la puerta. Con las manos sudorosas, dio unos cuantos pasos en la habitación.

Segundos después de oír alejarse los caballos, Naruto abrió la puerta y la cerró de un golpe a su espalda.

Las piernas le temblaban pero se irguió. No iba a dejarse asustar por su propio marido.

—¿Tienes idea de lo que has hecho? Su voz era glacial, casi amenazante.

—No pretendía inmiscuirme.

—No deberías haber salido.

—Oí los disparos.

Naruto apretó los dientes, obviamente intentando controlarse.

—A partir de ahora, cuando lleguen visitas inesperadas, te quedarás dentro de casa y sin hacer preguntas.

— Supongo que tendremos visitas de vez en cuando, y no sé por qué no voy a poder salir a recibirlas.

—Esta es mi tierra y mi casa, y espero que cualquiera que viva en ellas obedezca mis órdenes. ¿Queda claro?

Su voz reverberó en la habitación y Hanae rompió a llorar.

Hinata solo pudo mirarlo en silenciosa rebeldía, sorprendida y dolida porque la hubiera hablado de ese modo.

—¿Queda claro?

Las lágrimas le ardían en la garganta.

—Sí —musitó.

—Bien.

Dio media vuelta y salió, dando de nuevo un portazo. Hinata se llevó las manos a las mejillas. Le ardían.

—Dios del cielo —susurró—. He cometido el error más grande de mi vida casándome con Naruto Uzumaki.


Naruto llegó al granero, se detuvo y se frotó la cara con las manos. ¿Qué diablos lo había empujado a comportarse así?

Sabía bien la respuesta, se dijo, pasándose la mano por el pelo-: el miedo había desatado su ira.

No debería haberle gritado de ese modo a Hinata, pero cuando ese hijo de perra la había mirado así, algo peligroso y frío se había desatado en su interior.

No era culpa de Hinata haber salido al porche y haber presenciado aquella escena. Recibir a las visitas era deber de una buena esposa, pero ello no le había impedido dar rienda suelta con ella a una irá destinada a Nagato.

Se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente. La conocía hacía menos de veinticuatro horas, pero la idea de perderla lo había trastornado por completo. Nagato había dado en el clavo: tenía una debilidad.

Con el sombrero en la mano, dio media vuelta y volvió a la casa. Tenía que aclarar las cosas con Hinata.

Abrió la puerta y entró. La encontró en el dormitorio, junto a la cuna de Hanae, con la niña apoyada en el hombro. Lo miró al verlo entrar, y en su expresivo rostro pudo ver hasta qué punto le había hecho daño.

La niña comenzó a llorar de nuevo y Hinata le susurró algo suave al oído mientras le daba suaves palmadas en la espalda.

Tenía que encontrar las palabras necesarias para aclarar lo ocurrido, pero lo que se oyó decir fue: —Me voy al extremo sur de la propiedad.

—Bien.

Apretó los puños, molesto por su propia ineptitud y se acercó un poco más.

—He pensado que a lo mejor querías venir conmigo.

Ella retrocedió. —No. Gracias.

Naruto apretó los dientes y miró a su alrededor.

—Quizás sea mejor que te quedes. Tienes muchas maletas que abrir.

—No voy a deshacer el equipaje —contestó ella.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, con el estómago hecho un nudo.

—Que no voy a poder quedarme.

Naruto la miró mudo, y el silencio se erigió entre ellos como el más sólido muro de ladrillo.

—Konohagakure no es lo que yo esperaba —lo oyó decir con voz temblorosa.

—Soy yo quien no es lo que esperabas — replicó dolido, y dejó el sombrero.

Demonios... ¿cómo había sido capaz de estropearlo todo tan pronto? Hinata parecía un cervatillo herido, y pensar que él había sido la causa de ese dolor era odioso.

Tenía que relajarse e ir con cuidado, si quería reparar el daño que había causado entre ellos—. ¿Qué quieres hacer?

—Creo que debo marcharme —la serenidad de su voz lo afectó más que las amenazas de Nagato—. Hay otras mujeres, mucho más fuertes que yo y mejor dotadas para esta tierra... y para ti.

«No puede haber otra mujer como tú.» Aquellas palabras se le quedaron en la punta de la lengua, pero no las pronunció.

Tenía que saber que era especial, perfecta. —Comprendo.

—Tengo un poco de dinero ahorrado —se apresuró a añadir—. No te pediré nada.

A pesar de su propósito de hacer las cosas despacio, se acercó a ella en tres rápidas zancadas y apoyó las manos en sus hombros. El corazón le galopaba en el pecho.

—No debería haberte gritado. Estoy acostumbrado a repartir órdenes entre mis hombres, y voy a necesitar algo de tiempo para cambiar de forma de actuar.

Los ojos de Hinata se humedecieron. — Yo no puedo pretender que cambies. Te ha ido bien precisamente por ser quien eres, y esa es precisamente la razón por la que creo que debo marcharme. No estoy hecha para esta vida. Pensé que podría, pero no puedo.

Naruto tomó entre los dedos un mechón de cabello que se había escapado del lazo y lo acarició entre sus dedos encallecidos.

—No vas a ir a ninguna parte —dijo con voz acerada.

Tenía que compensarla, conseguir que se diera cuenta de que aquel era el lugar en el que debía estar.

Ella retrocedió y respiró hondo. —Eso debo decidirlo yo, no tú.

— Ayer ya tomaste la decisión al casarte conmigo.

—Pero en realidad no sabía cómo eran las cosas aquí. No me esperaba tiros, amenazas y problemas de esa clase.

— No pienso permitir que huyas al menor asomo de problemas.

—No estoy huyendo, sino siendo razonable.

—Huir es tu estilo —la desafío. Hinata enrojeció.

—Yo no huyo —contestó, tensa. Prefería su ira a su temor.

—Huiste de algún problema en Tsuchi.

Ella se quedó inmóvil y, aunque no contestó, Naruto se dio cuenta de que había dado en el blanco.

—Huiste.

—Lo hice por el bien de Hanae. Tsuchi no era un lugar bueno para ella.

—Así que todo esto es por Hanae.

—Sí.

En el Este debía haber ocurrido algo más de lo que ella le había contado, pero descubrirlo tendría que dejarlo para más adelante. Por el momento, tenía suficiente con convencerla de que se quedara.

—Lo de dejar Tsuchi tendría que ver con Hanae, pero lo que está ocurriendo aquí y ahora tiene que ver con nosotros.

— ¡Es demasiado peligroso vivir aquí! Habrías matado a Nagato si te hubieras visto obligado.

— Desde luego. Y habría arrastrado su cadáver hasta la ciudad como ejemplo para cualquiera que tuviese la idea de que podía venir a mi casa y amenazar a mi familia.

— ¡Pero eso es una salvajada!

—Así es la vida aquí.

—Yo no puedo vivir así.

—Estamos casados para lo bueno y para lo malo.

—No puedo hacerlo —insistió. Él volvió a acercarse.

—Sí que puedes.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.—No soy la esposa que tú necesitas.

—Eres la esposa que quiero —dijo, y la obligó a mirarlo—. Deshaz el equipaje, Hinata, porque no vas a huir de mí.