CAPÍTULO 7


Domar


Hinata dejó a Hanae en la cuna antes de enfrentarse de nuevo a Naruto.

—¿Y si yo no estoy de acuerdo? —le preguntó, irritada por su determinación.

—Para lo bueno y para lo malo, Hinata.

—Sí, pero...

—Nada de peros.

Era cierto que había prometido hacerlo, y no era propio de ella arrugarse ante el primer indicio de dificultad. Pero tenía la impresión de que no había sido la ira lo que había provocado la reacción de Naruto, sino el temor, lo cual era ridículo. Naruto Uzumaki no le temía a nada.

—No tienes por qué ser tan mandón conmigo —le advirtió, cruzándose de brazos—. Escucho a las personas cuando explican las cosas con calma y de un modo racional.

Naruto suspiró frustrado.

—Esta tierra es implacable. El camino que va desde aquí hasta el pueblo está bordeado por las tumbas de los hombres que la subestimaron. Lo sé porque he tenido que cavar sus fosas.

Ella dio un paso hacia él.

—Puede que tenga mucho que aprender, pero el único modo de hacerlo es si tú me hablas, si me explicas las cosas. ¿Qué ha pasado hoy? ¿Quién es Nagato?

Naruto frunció el ceño y tardó un momento en contestar.

—Los Nagatos del mundo son asunto mío, no tuyo.

— ¿Cómo quieres que comprenda si no me explicas nada?

— No hay nada que entender respecto a Nagato. Es mi problema, no el tuyo.

—Una esposa de verdad comparte las cargas de su marido.

Él la miró fijamente.

—Tú y yo sabemos que aún no eres para mí una esposa de verdad. Sus palabras le escocieron.

—Eso no es justo. Solo te he pedido un mes.

—Tres semanas y seis días — corrigió—. Pero no me refería a la cama —se acercó un poco más—. Sé que me ocultas algo. A Hinata las rodillas le temblaron.

—¿Por qué dices eso?

—Niégalo.

— Tsuchi es... es el pasado —balbució—. Yo estoy hablando del presente.

—Y yo estoy hablando de confiar.

— Yo confío en ti —contestó, alzando la barbilla.

—¿Ah, sí?

—Sí.

— Entonces, ¿por qué te marchaste de Tsuchi para casarte con un hombre como yo?

La pregunta le sorprendió.

—Tienes mucho que ofrecer a una mujer.

—Tengo una vida dura que ofrecer, y una mujer no deja la alta sociedad por la vida de un rancho a menos que tenga un buen motivo para hacerlo.

—A lo mejor simplemente quería algo distinto.

—Esto no es distinto —tomó su mano y le dio la vuelta, y trazó con un dedo la suave línea de la vida de su palma—. Anoche te estuve observando mientras dormías, y cuanto más estudiaba tu rostro, menos entendía que me hubieses elegido a mí.

—Nos ofrecías una casa.

— Eso podrías haberlo encontrado en Tsuchi. No puedo creer que no pudieras encontrar un marido allí.

El pecho se le contrajo.

—No quería quedarme en esa ciudad.

—¿Porqué?

Lo miró a los ojos y sintió una profunda necesidad. Intentó soltarse para escapar de su escrutinio.

—Ya no era mi sitio.

Él no la soltó.

—No huyas de mí.

Naruto tenía razón al decir que huir era su estilo. Primero de Tsuchi, luego de la violencia que acababa de presenciar y, en aquel momento, de la verdad.

Pero con su huida había conseguido mantener a salvo a Hanae.

—No ocurrió nada.

—La confianza es un camino de dos direcciones, Hinata. Hasta que no puedas confiarme tu pasado, no esperes que pueda confiarte yo mis preocupaciones.

La garganta le dolió por una inesperada tristeza.

— ¿Y eso a qué nos conduce? ¿A llevar vidas separadas?

Naruto siguió mirándola una eternidad y luego tomó su rostro entre las manos.

—Puede que aún no confiemos el uno en el otro, pero sí que tenemos esto.

Y la besó en la boca, animándola a entreabrir los labios con la lengua. Ella intentó permanecer serena, pero una sensación cálida y deliciosa se extendió por todo su cuerpo.

Había luchado durante meses por mantener el control de su vida, pero en los brazos de Naruto un caos muy dulce la estaba esperando, algo que la asustaba hasta la médula.

Naruto se separó de ella y Hinata parpadeó varias veces. Había entregado el corazón en una ocasión y solo había obtenido amargura, y sin embargo allí estaba, aferrándose a un extraño.

—No quiero sentir nada por ti —susurró, más para sí misma que para él.

—¿Tan malo es eso? Hinata cerró los ojos.

—No entraba dentro de nuestro trato.

Él trazó la línea de su mandíbula con un dedo.

—Estoy dispuesto a volver a negociar.

—Eres un hombre peligroso, Naruto Uzumaki.

Naruto, sonriendo de medio lado, la besó en la frente y recogió el sombrero.

—Pero solo en el buen sentido.


Una hora más tarde, Hinata había dado de comer a Hanae, la había metido en su cesta y se había aventurado a salir a la cocina. Dejó la cesta sobre una gran mesa redonda de madera y se acercó a la cocina de leña. Una cafetera llena la esperaba junto a un plato de galletas... trabajo de Jiraiya, seguramente.

Se sirvió una taza y comió una galleta. Con algo en el estómago y la distancia de Naruto, los nervios se le calmaron lo suficiente para darse cuenta de que su amenaza de marcharse había nacido del resentimiento y no del miedo, así que ya más tranquila, decidió ponerse manos a la obra y empezar organizando la cocina.

Dejo la taza en el fregadero, ya lleno de media docena de platos resecos, y entro en la despensa. El polvo cubría los sacos de judías, harina y sal.

Unas mugrientas latas de manteca de cerdo y azúcar estaban abiertas y acompañadas de cucharas sucias, fuentes llenas de harina vieja y un batidor de mantequilla que no debía haber visto la luz del día desde hacía meses.

Excrementos de ratones salpicaban el suelo. Hinata movió despacio la cabeza.

—Este desastre me va a llevar casi todo el día.

Durante los meses que había estado secuestrada con Hanabi, sus padres les habían asignado una pequeña cantidad de dinero que llegaba para el alquiler y la comida, pero no para tener servicio contratado, así que había tenido que aprender a recoger los huevos, batir mantequilla, ordeñar y cocinar comidas sencillas.

En un principio todas aquellas responsabilidades la habían desbordado y culpaba a sus padres por tratar a sus hijas de aquel modo, pero en aquel momento dio las gracias al cielo por poseer aquellas exiguas habilidades.

Se volvió a Hanae, que la miraba atentamente.

—¿Qué te parece si antes echamos un vistazo al rancho? Ya limpiaremos luego la despensa. Sé que tienen una vaca lechera aquí, pero ¿crees que tendremos tanta suerte como para que también haya gallinas?

Hanae emitió uno de sus ruiditos y Hinata, riendo, la tomó en brazos y, con ella apoyada en la cadera, salió por la puerta trasera.

—Vamos a disfrutar un poco del sol.

Y envolviendo a Hanae en otra manta, salió. Aquella mañana de octubre era fría y el olor a nieve parecía impregnar el aire.

Hinata se dejó invadir por la paz de aquellas montañas de color púrpura y cumbres nevadas que lo presidían todo en la distancia. Una brisa suave y fría mecía la hierba y el sol le calentaba el rostro. Qué distinto era aquello de las calles abarrotadas de Tsuchi. Aquella tierra salvaje poseía en sí misma la promesa de un gran futuro.

Entonces recordó la mirada de Nagato, y su recuerdo estropeó la perfección del paisaje. Incluso las rosas tenían espinas.

Dejó a un lado aquella preocupación y se obligó a pensar en sus tareas. Miró a su alrededor y descubrió entusiasmada que había un gallinero a unos cien pasos de la casa. Aunque envejecido y decolorado por el sol, la pequeña construcción parecía sólida. Dos gallos la miraron y cacarearon.

Echó a andar hacia allá cuando cayó en la cuenta de que no llevaba cesta.

—¿Cómo me las voy a arreglar con Hanae y los huevos? —musitó.

—Las mujeres indias utilizan una especie de saco para llevar a los niños —dijo Jiraiya a su espalda—. Así tienen las manos libres.

Sorprendida, Hinata se dio la vuelta. El hombre seguía llevando el arma, pero la dureza había desaparecido de su rostro arrugado.

—¿Un saco? —preguntó, sonriendo. Jiraiya le hizo una carantoña a la niña.

—Es un pañuelo en el que sujetan al niño. Se lo atan en torno al torso para poder tener siempre las manos libres —dejó el rifle apoyado en la pared del gallinero, se quitó los guantes de trabajo y extendió los brazos hacia Hanae. La niña se inclinó encantada hacia él—. Puedo hacerle uno, si quiere.

— Sería maravilloso, si no es demasiada molestia. Jiraiya sonrió.

—Claro que no.

Hinata se volvió al gallinero.

—Quiero empezar a ser útil.

—Nunca falta el trabajo por aquí. Con la falda recogida para crear una especie de cesto, entró en el gallinero.

—¿Se ocupa usted de la casa, Jiraiya?

—Sí, pero no soy buena ama de casa.

Hinata metió la mano bajo la gallina y el animal se enfadó, pero Jiraiya le dijo unas palabras y la gallina volvió a acomodarse.

—Yo tampoco sé demasiado, pero, si no le parece mal, querría hacerme cargo de llevar la casa.

— Me parece estupendo. Sé que a los vaqueros no les importará que sea otra persona la que les prepare la cena.

—¿Para cuántas personas hay que cocinar? Un gallo cacareó estirando las alas, pero Jiraiya lo apartó.

—Ahora, casi ya en invierno, solo estamos Naruto, yo y un par de hombres más. Luego, en primavera, unos quince hombres vendrán para ayudar con el ganado, y se quedarán hasta el otoño. Hace casi una semana que se han marchado.

Hinata sacó tres huevos más de debajo de las gallinas.

— De aquí a la primavera habré tenido tiempo suficiente de entrenarme.

—Aprenderá rápido.

Hinata miró la colección de huevos que llevaba en la falda.

—Podría hacer unas galletas. Jiraiya sonrió.

—A los hombres les gustaría mucho.

—¿Hay algún plato que a Naruto, a usted y a los hombres les guste en particular?

No es que supiera cocinar demasiados platos, pero armada con su libro de Cómo ser la mejor ama de casa, se sentía capaz de casi cualquier cosa. Al fin y al cabo, cocinar era solo cuestión de seguir instrucciones. Jiraiya se encogió de hombros.

— Siempre que esté caliente y no demasiado duro, valdrá.

La confianza con que Jiraiya le hablaba la animó a hacerle más preguntas.

— ¿Cuánto tiempo llevan Naruto y usted viviendo aquí?

—Casi ocho años.

—¿Y nunca echa de menos su casa y a la gente?

—Prefiero los arbustos a las personas. Miró de nuevo los huevos que llevaba, una docena ya, y decidió atreverse con otra pregunta.

Dejó la taza en el fregadero, ya lleno de media docena de platos resecos, y entró

—¿Por qué amenaza ese Nagato a Naruto? Naruto no quiere que me preocupe, pero si quiero ser una buena esposa para él, necesito entender lo que está ocurriendo.

Jiraiya se la quedó mirando un momento antes de contestar.

—Naruto y Nagato se conocen desde hace mucho tiempo.

—¿Cómo se conocieron?

— Sus caminos se cruzaron hace años, y digamos que no están de acuerdo en algunas cosas.

—No está siendo muy explícito, Jiraiya.

— Lo único que necesita saber es que Nagato está loco y que es peligroso como una serpiente. Si alguna vez lo ve, eche a correr, y no se le ocurra pensar que puede engañarlo o enfrentarse a él, porque no podrá.

Hinata se quedó pensativa un instante, pero justo entonces les llegaron las risas y las voces de los hombres desde el jardín delantero.

Jiraiya sonrió.

—Me parece que los chicos están con un caballo cabezota. Vamos a dejar los huevos en la cocina y veamos qué se cuece.

Entraron en la cocina, dejaron los huevos en el fregadero y salieron al porche delantero.

En el centro del corral, uno de los vaqueros estaba sentado en la tierra cerca de un caballo gris. Naruto y otro de los vaqueros estaban apoyados en la valla y se reían.

Incluso a aquella distancia, Hinata se sorprendió de lo distinto que parecía Naruto.

En su elemento se mostraba relajado, con el sombrero echado hacia atrás y los brazos cruzados desenfadadamente sobre el pecho. Parecía más joven, despreocupado incluso, y el corazón le latió un poco más deprisa al mirarlo.

Cuando el nombre que estaba dentro del cercado terminó de sacudirse el polvo de los pantalones, otro de los vaqueros le gritó:

— ¡Vamos Shikamaru! ¿Es que vas a dejar que ese potro te mangonee? Hinata frunció el ceño y miró a Jiraiya.

—A lo mejor no deberían reírse. ¿Y si se ha hecho daño? Jiraiya se rió también.

—No se preocupe por Shikamaru. Tiene un trasero duro como la piedra.

Shikamaru, un hombre enjuto y de piel curtida, se levantó, recogió el sombrero y se sacudió también la camisa. No parecía dolorido, sino enfadado.

—Naruto, esa yegua es un mal bicho. No merece la pena domarla. Deberías soltarla.

La yegua relinchó, como si supiera que ella era el tema de conversación, y con la cabeza bien alta recorrió al trote el corral, moviendo su cuerpo de líneas esbeltas con un donaire natural. Una gruesa melena le cubría parcialmente los ojos.

Naruto movió la cabeza.

—Te rindes demasiado pronto, Shikamaru. Es una belleza. Shikamaru se colocó el sombrero.

—Pues mi trasero no opina lo mismo.

El otro vaquero se echó a reír. Como Shikamaru, llevaba pantalones de loneta, camisa de franela y zahones de cuero. Su cuerpo largo y delgado estaba reducido a músculos y huesos, seguramente de tanto romperse la espalda a caballo, dedujo Hinata. Llevaba un pañuelo rojo y sucio al cuello, un sombrero de ala ancha.

Jiraiya lo señaló.

—Ese es Lee. Claro como el agua y capaz de echarle la cuerda a un bicho desde veinte metros de distancia —parecía al menos una docena de años más joven que Naruto—. Tiene veintipocos años, pero es uno de los mejores trabajadores que conozco.

Hinata estudió sus curtidos zahones y su ropa cubierta de polvo. Naruto se acercó a Shikamaru.

—Déjame enseñarte cómo se hace.

De buen humor, Lee le dio con el codo en las costillas a Shikamaru cuando este ocupó el lugar de Naruto en la valla.

—¿No te parece que ya estás un poco viejo para domar caballos salvajes, Naruto? —le gritó—. Un abuelete como tú podría romperse una costilla. Sería mejor que Shikamaru volviera a intentarlo.

Todos los hombres se rieron mientras Naruto se acercaba a la yegua rebelde que se había detenido al otro lado del corral. Piafó y golpeó el suelo con la mano.

Riendo también, Naruto se caló el sombrero.

-Mirad y aprended, chavales.

-Pues no es que a ti las damas se te den demasiado bien- comentó Shikamaru.

-Pues a las del Golden Beehive no parece caerles mal- dijo Lee poniéndose las manos junto a la boca para que llegara su voz.

-Tengo entendido que a Shion le parece un encanto- siguió Shikamaru con la broma.

Cuando Lee vio a Hinata, su sonrisa se desvaneció. Rápidamente se quitó el sombrero y le dio con él a su compañero en el pecho.

-Calle, que hay una señora delante-dijo en un susurro.

Los hombres se dieron la vuelta cuando Hinata y Jiraiya, con Hanae en los brazos, llegaron a la valla. Las sonrisas de los vaqueros desaparecieron y se pusieron rojos como la grana. Shikamaru se quitó de un manotazo el sombrero y sacó pecho.

Hinata intentó no reírse al ver la pareja. Parecían muchachos de colegio a los que acabaran de pillar metiendo una rana en el cajón de la profesora.

Naruto se dio la vuelta y, al verla, la alegría de sus ojos se transformó en algo que le recordó a las ascuas del fuego.

Orgulloso, Jiraiya alzó un poco más a la niña.

-Muchachos, os presento a la señora Uzumaki y a su hija, la señorita Hanae.

Hinata apartó la mirada de Naruto cuando los hombres se acercaron, sombrero en mano, mirándola a ella y a Hanae como si no hubieran visto una mujer o un bebé en su vida.

Lee fue el primero en hablar.

-Bienvenida, señora. Soy Rock Lee.

Se quitó el guante de trabajo, y tras limpiarse la mano en la polvorienta camisa, se la tendió a Hinata. Parecía un poco áspero visto de cerca, pero había una amabilidad sincera en su mirada.

Hinata estrechó su mano sin dudarlo.

-El placer es mío, señor Lee. Shikamaru sonrió.

-Aquí no hay señores que valgan, madam- dijo, ofreciéndole su mano.- Soy Shikamaru Nara, pero llámeme Shikamaru.

Hinata sonrió.

-Me alegro de conoceros a los dos.

Quería causarles buena impresión a los trabajadores de su marido, pero no sabía qué clase de protocolo se aplicaba en aquel caso.

Hanae rompió el silencio con uno de sus gorgoritos al ver acercarse a Naruto, y le dedicó una de sus desdentadas sonrisas. Él le contestó con una carantoña.

—Buenos días otra vez, Hinata —la saludó. Entonces fue ella quien enrojeció.

—Buenos días.

Naruto le guiñó un ojo.

—Volveré en cuanto haya domado a esa potra.

—Pareces muy seguro de conseguirlo — contestó ella, ladeando un poco la cabeza —, y ella no parece confiar demasiado en ti.

Los vaqueros se sonrieron a hurtadillas. Naruto se encogió de hombros.

—Mi trabajo consiste en hacerle comprender que puede confiar en mí. Antes de que ella pudiera contestar, volvió a echar a andar hacia la yegua.

— Llevas tres temporadas intentando domarla, y por ahora no has tenido suerte— dijo Jiraiya.

Naruto recogió las cuerdas del suelo.

—Este año va a ser diferente.

Shikamaru se quedó cerca de Jiraiya y Hanae. Parecía encantado con la niña y había empezado a entretenerla haciendo tonterías. La niña se reía, encantada.

Lee siguió cerca de Hinata, con la mirada clavada en la punta de sus botas.

— Señora Uzumaki, sobre lo que he dicho antes... lo de Beehive, quiero decir... es que no era del todo cierto que Naruto haya visitado ese lugar. Lo que quiero decir es que va a ser un buen marido.

Hinata se compadeció de él; el pobre lo estaba pasando fatal, pero aun así, no pudo resistirse a tomarle un poco el pelo.

—Me temo que no he oído prácticamente nada de lo que has dicho —mintió—, y me gustaría que lo repitieras. Siempre se disfruta con un buen chiste.

Él la miró con una mezcla de alivio y sorpresa.

—Oh, no, madam. Lo que quiero decir es que... no era un buen chiste, señora Uzumaki.

Ella contuvo la sonrisa.

—Llámeme Hinata. Señora Uzumaki parece demasiado formal aquí. Obviamente más relajado, Lee asintió.

—Gracias, madam.

Los dos volvieron su atención al corral justo cuando Naruto empuñaba las riendas de la yegua y ponía la mano en el pomo de la silla. Rápido como un gato, metió un pie en el estribo y subió.

En cuanto el peso de Naruto llegó a la silla, la yegua aplastó hacia atrás las orejas y comenzó a cocear y saltar, coreada por los gritos de los hombres.

Hinata se ensombreció los ojos con la mano y contuvo la respiración. Era impresionante la fuerza de aquel caballo, que bien podría lanzar al suelo a Naruto y partirle el cuello.

Y eso era precisamente lo que parecía pretender. Escupía y pataleaba a toda velocidad, girando en el corral, levantando nubes de polvo. Naruto perdió el sombrero, pero siguió pegado a la silla y sujetando las riendas.

— ¡Demuéstrale quién manda aquí! —le gritó Lee.

Hinata, los vaqueros y Hanae contemplaron el combate en silencio. Los segundos se convirtieron en un minuto y luego en dos. Los músculos de la espalda y los brazos de Naruto parecían hechos un nudo bajo la camisa sudorosa. Al poco, agotada y chorreando de sudor, la yegua empezó a cansarse de pelear.

Solo cuando la vio avanzar calmadamente al trote, soltó Hinata el aliento que había estado conteniendo. El corazón se le había disparado como si ella también hubiera estado luchando.

Lee se rió, echándose hacia atrás el sombrero.

— Habría jurado que no ibas a conseguir domar a esa yegua después de lo del año pasado.

—¿Qué pasó? —preguntó Hinata.

—Pues que cuando intentó domarla, ella lo tiró al suelo, y antes de que pudiera volver a levantarse, le mordió en el hombro —le explicó con una sonrisa.

—Jiraiya quiso pegarle un tiro, pero Naruto no se lo permitió —añadió Shikamaru.

El sudor le escurría a la yegua de todo el cuerpo y Naruto seguía sujetando con firmeza las riendas. El animal se puso al paso.

—Parece que le has gustado, Naruto—dijo Shikamaru. Naruto le guiñó un ojo a Hinata.

—Ya era hora.

Al oír la voz de Naruto, la yegua volvió a echar hacia atrás las orejas.

—Pues a mí no me parece que esté muy contenta —dijo Hinata—. A lo mejor la malinterpretas.

Naruto le dio unas palmadas en el cuello.

—No creo.

Pero antes de que Hinata pudiera contestar, la yegua se detuvo y alzándose sobre las patas traseras, lanzó a Naruto al suelo.