CAPÍTULO 8
Piano
— ¡Naruto! — Gritó Hinata.
Naruto oyó el miedo en su voz mientras intentaba que el aire le entrase en los pulmones. La caída lo había dejado sin respiración.
Oyó el frufrú de sus faldas y que le apartaba el pelo de la frente, pero era incapaz de abrir los ojos para darle a entender que estaba bien y que en cualquier momento volvería a respirar.
Con el pecho lacerado por un dolor muy intenso, ordenó a sus pulmones traidores que volvieran a funcionar. La cabeza le daba vueltas y sentía el pulso acelerado.
—Naruto, por favor, háblame —le rogó ella.
El dolor palpable en su voz lo empujó a esforzarse y por fin consiguió tomar una dolorosa bocanada de aire. El pecho le ardía, pero el oxígeno le ayudó a deshacerse de la presión de los músculos. Tomó una segunda bocanada de aire, luego una tercera, hasta que por fin pudo inspirar y expirar con normalidad.
—Gracias a Dios... —musitó Hinata.
Su preocupación lo conmovió. Merecía la pena haberse caído, y así se lo habría dicho si no tuviera la cabeza como si se la hubiera pisoteado un toro.
— Naruto, ¿me oyes? —le susurró Hinata cerca del oído. Qué bien olía.
Haciendo un esfuerzo, abrió los ojos. El sol brillaba con fuerza a espaldas de Hinata, que no era más que una figura borrosa de piel blanca y rizos oscuros. Parpadeó varias veces y su perfil fue haciéndose más nítido.
—Hinata —la llamó con voz rasposa.
— Sí —contestó ella, con los ojos acuosos—. ¿Estás bien?
Intentó incorporarse, pero le dolían las costillas y supo que se debía haber estropeado un par de ellas.
—Estoy bien —dijo, aún sobre el polvo.
— ¿Puedes mover los pies? —preguntó Shikamaru, que estaba agachado a su lado y con el ceño fruncido.
Naruto movió las piernas y los brazos.
—Me duelen de lo lindo, pero funcionan. Lee le mostró dos dedos.
—¿Cuántos hay? - Naruto entrecerró los ojos.
—Dos.
— Entonces, sobrevivirás —diagnosticó, aliviado—. Pero tienes una brecha en la cabeza. Necesitarás un par de puntos.
Naruto se incorporó despacio con una mueca. La sangre caliente le rodó sobre la costra de polvo de la mejilla.
— Sería mejor que siguieras tumbado — sugirió Hinata. Naruto se palpó la cabeza con la mano.
—Estoy bien.
Hinata le limpió el polvo de la cara.
—¿Seguro? No tienes buen aspecto.
Los vaqueros lo rodearon, y ninguno dijo lo que todos estaban pensando. Caídas de las que los hombres quedaban paralíticos sucedían cada dos por tres a hombres como Naruto Uzumaki. Aquella mañana había tenido suerte.
—Naruto, no es propio de ti que un animal te pille desprevenido —dijo Jiraiya.
Naruto miró a la yegua, que lo observaba todo desde el otro lado del corral, dispuesta a saltar si se le acercaban.
—Hay siempre una primera vez para todo.
— Voy a soltarla —dijo Jiraiya.
Naruto había dado por sentado que la yegua se había rendido al fin, y por eso se había caído. Se lo merecía.
—No. Se queda.
Shikamaru se colgó las manos del cinturón por el pulgar.
—Estas cosas pasan cuando se está más pendiente de lucirse que de lo que se tiene en las manos —le regañó.
No necesitaba que ni Shikamaru ni nadie le recordara que se había dejado distraer por Hinata. Los cientos de golpes que llevaba en el cuerpo no iban a permitirle olvidar tan fácilmente su error. Estiró los brazos y movió los dedos.
—Estaba en lo que hacía.
—Montabas como un novato con zahones nuevos. La suerte te ha salvado el pellejo hoy.
— Ya basta —espetó Hinata, enfadada—. Naruto necesita que se le atienda, y no conversación.
Él apretó su mano para tranquilizarla.
—No tiene sentido enfadarse.
—¿Que no? Sé lo que es una caída peligrosa, Naruto Uzumaki —espetó, pero él se dio cuenta de cómo le temblaba la mano al apartarse un mechón de pelo.
—He tenido media docena de caídas peores que esta, pero siento haberte asustado, cariño.
A pesar de lo pálida que se había quedado, enrojeció.
—Estate quieto, que quiero echarle un vistazo a ese corte.
— Es usted un poco mandona, señora Uzumaki.
—Estoy en mi derecho —sacó un pañuelo limpio y adornado con encaje del bolsillo y le limpió la brecha—. Habrá que darte un par de puntos.
Lo que él verdaderamente querría era volver a disfrutar de aquellos labios.
—Ya me han dado puntos otras veces.
—Podías haberte abierto la cabeza.
—Te pones preciosa cuando te enfadas — le susurró. Hinata enrojeció.
— ¡No estoy enfadada! —contestó, apretando con el pañuelo sobre la herida—.Sujétate esto para que no te manches todo de sangre.
Él obedeció, guiñándole un ojo.
— Sí, madam.
Hinata se volvió hacia Jiraiya.
—¿Tiene algo con que pueda cerrarle la herida? Jiraiya asintió.
—Claro, señora Uzumaki. Hanae y yo vamos a buscarlo.
—Bien. Shikamaru, Lee, ayudadme a levantarlo.
Los dos vaqueros lo levantaron sin demasiados miramientos. Las costillas seguían doliéndole, pero la cabeza y la visión se le habían despejado.
Hinata le pasó un brazo por la cintura e intentó que echase parte de su peso sobre ella. Algo que a Naruto le gustó mucho.
Las atenciones de Hinata le complacían. Podía haberle dado los puntos Lee, como ya había hecho media docena de veces, pero no iba a renunciar a las atenciones de su esposa tan fácilmente. Aún no se le había olvidado su intención de dejarlo, así que necesitaba sentirse cerca de ella.
—Creo que debería sentarme un poco. Hinata lo miró a la cara buscando síntomas de desmayo.
—Vamos dentro. Naruto asintió.
—Tú mandas.
—Los chicos y yo tenemos más experiencia en cortes y heridas — se quejó Shikamaru.
—Hinata puede ocuparse de eso a partir de ahora —contestó Naruto.
—Lo que deberíamos hacer a partir de ahora es encargarte a ti los ponis —bromeó—. Si los pies te arrastran por el suelo, la caída no puede ser tan grave.
Naruto y los demás se echaron a reír, y siguieron con unos cuantas bromas hasta que se dieron cuenta de que Hinata no se reía.
—Debería daros vergüenza, hacer chistes de una cosa tan seria.
—Solo se están divirtiendo un poco, cariño —los defendió Naruto.
Por respeto hacia Hinata, los vaqueros ocultaron la risa y bajaron la mirada.
—Lo siento, Hinata —dijo Lee—. No queríamos faltarle al respeto, pero hemos visto a Naruto sobrevivir a una estampida, un tornado y un tiroteo, y un chichón en la cabeza no nos ha parecido muy peligroso.
—A lo mejor deberías tomarte el resto del día libre, Naruto — sugirió Shikamaru, intentando no reírse.
El invierno se acercaba y había vallas que arreglar, pero la idea de pasar la tarde a solas con Hinata en el dormitorio le ganó la partida. Una vez le hubiese dado los puntos, quién sabe lo que podría pasar...
—Os veré más tarde, muchachos.
Una vez más, Shikamaru y Lee tuvieron que esforzarse por disimular la risa. Cuando llegaban a la puerta, Lee gritó: -Estaremos aquí fuera si nos necesitas, Naruto.
— Sí —añadió Shikamaru—. No tienes más que darnos una voz si necesitas que te echemos una mano.
—Lo tengo todo bajo control —contestó Hinata con firmeza.
Naruto dejó que Hinata lo metiera en la casa y lo sentara despacio en una silla de la cocina.
—Voy por algo para limpiarte la herida. Jiraiya estaba en la puerta del dormitorio con Hanae en los brazos.
—He sacado toallas limpias, aguja e hilo, agua y güisqui. ¿Seguro que puede ocuparse de ello?
—Sí, Jiraiya, gracias. Ya he cosido heridas antes —contestó Hinata—. ¿Le importaría cuidar de Hanae por mí? En cuanto haya acabado con Naruto, iré a buscarla.
— No hay prisa. Los muchachos están deseando jugar con ella.
Jiraiya y Hanae salieron, y Hinata llenó una palangana de agua y preparó la aguja y el hilo.
Mientras Naruto miraba el pañuelo que le había dado para ver cuánto sangraba y volvió a colocárselo en la herida.
— ¿Te enseñó tu primer marido a coser heridas?
Hinata parecía totalmente concentrada en enhebrar la aguja.
—No. Mi padre.
—¿También era médico?
—No. Era un borracho. De vez en cuando, si bebía demasiado, se caía, y más de una vez se abrió la cabeza. Mi madre y mi hermana nunca fueron capaces de coserle, así que tuve que aprender yo.
—Nunca pensé que los ricos se preocuparan por la factura del médico.
—Todas las fortunas tienen sus límites — dejó la aguja enhebrada sobre la mesa y humedeció la toalla—. A mi padre le gustaba el juego, además de la botella, y cuando sus acreedores empezaron a cobrarse sus deudas, no quedó dinero para médicos —le explicó, no sin cierta amargura.
Examinó la herida antes de limpiarle la sangre y el polvo.
—¿Quieres un poco de whisky? Te dolerá menos —le ofreció. Él se limitó a apretar los puños.
—Tú cóseme.
Ella enarcó una ceja pero no discutió, buscó la aguja y se colocó entre sus piernas. Sus muslos la rozaban y sus pechos quedaban a la altura de sus ojos. Habría disfrutado enormemente de tenerla tan cerca, de no ser porque ella, con mano firme, empezó a coser. Naruto contuvo la respiración mientras ella pinchaba una vez y después, otra.
Necesitó cuatro puntos para cerrar la herida, y cuando Hinata terminó con el último nudo, el sudor le empapaba la espalda.
Parecía un poco más pálida, pero no había perdido la calma. Con delicadeza le apartó el pelo y examinó el trabajo.
—No tendría que quedarte mucha cicatriz, pero supongo que tendrás un buen dolor de cabeza.
Teniéndola a ella tan cerca, apenas lo notaba porque no podía dejar de pensar en pasarle las manos por la cintura y acabar en su trasero.
—Estoy bien.
Echó un poco de whisky en otra toalla limpia y se la colocó en la herida. Él respiró hondo.
—Lo siento, pero es el único modo de asegurarse de que la herida está limpia de verdad.
Esperó a que cesara la quemazón y luego intentó sonreír.
—Jiraiya habría dicho que me lo merezco, por descuidado.
La emoción se le agolpó en los ojos tan rápido como una tormenta de verano cubre el páramo, y echó hacia atrás la cabeza como intentando controlar las lágrimas. Incapaz de hablar, se concentró en limpiarle la frente.
Sorprendido, Naruto tomó su mano.
—¿Qué pasa, Hinata?
—Nada —contestó un instante después—. Estoy bien. Es la reacción por el susto que me has dado.
—Hinata...
Las lágrimas rodaron por sus mejillas y respiró hondo.
—Hace dos horas estaba dispuesta a hacer las maletas y dejarte —intentó sonreír—. Y ahora, al pensar que podía haberte perdido... Sé que estoy comportándome como una idiota, pero he perdido a tanta gente...
—A tu marido.
Aquellas palabras le dejaron un gusto amargo en la boca. Y es que odiaba la idea de que pudiera echarlo de menos.
— Sí. Toneri, claro, pero también mis padres y mi hermana. De un modo u otro, todos se han marchado de mi vida para siempre.
Naruto tomó sus manos y la acercó todavía más.
—Yo no voy a ir a ninguna parte.
—Nadie puede controlar el futuro.
—Yo me niego a vivir atemorizado, y tú tampoco deberías hacerlo.
Ella dibujó con un dedo el primer botón de su camisa, perdida en sus pensamientos.
—Deberías tener más cuidado.
— Soy demasiado malo para morir —contestó él, acariciándole el pelo. Hinata sonrió por fin.
—Tú no eres malo. Un poco insoportable quizás, pero malo no. Soltó sus manos y la tomó por la cintura.
—Si soy insoportable es porque quiero que no te pase nada. No quiero perderte, Hinata.
Aún llorando y manchada de polvo, su rostro era tan elegante, tan delicado, que tuvo la sensación de que aquella mujer no estaba hecha para vivir allí, pero era demasiado egoísta para dejarla marchar.
La acercó aún un poco más, hasta que sus senos estuvieron a punto de rozar su pecho. Ella apoyó las manos en sus hombros, confiada. Tenerla tan cerca y desearla tanto lo consumía.
Le había prometido esperar un mes, pero había aprovechado cada oportunidad que se le había presentado para tocarla. La espera se extendía ante él sin fin, como los páramos.
Quizás con saborearla solo una vez podría satisfacerse. Sólo un momento.
La besó en la boca, y ella lo aceptó inmediatamente, abrazándolo. Tan suave, tan dulce... allí, solos, la conexión entre ellos era intensa y todo parecía posible.
La sangre le corría por las venas a gran velocidad, amortiguando el dolor de las costillas, cegándolo a todo lo que no fuera ella. Acarició el interior de su boca con la lengua, obligándose a ir despacio, a saborear, cuando lo que deseaba era devorar.
No pudo contenerse y con una mano le acarició un seno. Ella arqueó levemente la espalda, presionando contra su mano. Pero Naruto quería más, y le desabrochó los botones del vestido para besarle los pechos por encima de su fina enagua, hasta que sus pezones se endurecieron como las cumbres de la montaña. Un suave gemido se le escapó de los labios, y aquella respuesta lo llenó de placer.
— Señorita Hinata, han llegado sus cosas del pueblo —anunció Jiraiya desde fuera.
Su voz la sobresaltó y rápidamente se echó hacia atrás y abrochó los botones del vestido.
—No puedo creer que hayamos sido tan descarados.
—Estamos casados —replicó Naruto, frustrado—. Además, Jiraiya siempre es de lo más inoportuno.
—Yo diría más bien lo contrario —contestó ella, que parecía incapaz de abrocharse los botones por lo que le temblaban las manos.
Antes de que pudiera escabullirse, Naruto tomó su cara entre las manos para un último beso, suave como el roce de una pluma, pero lleno de promesas.
Le concedió un instante para que se colocara la falda y luego, con la mano puesta en su espalda, la acompañó al porche.
—Veamos lo que has traído.
Se encontraron con una carreta cargada de cajas y muebles. Lee y Shikamaru ya habían retirado la lona y habían descargado cuatro delicadas sillas, dos mesas ricamente labradas y tres cajas.
Hinata se colgó del brazo de Naruto. Estaba entusiasmada como una chiquilla.
— ¡Qué maravilla!
Él se dejó arrastrar por su entusiasmo.
—Ya veo que sí.
Inoichi, el conductor de la diligencia, saltó del pescante para saludarlos.
— Señora Uzumaki —dijo, llevándose la mano al ala del sombrero—, en este viaje traía menos carga de lo habitual de Otogakure, así que he podido traer sus pertenencias antes de lo que esperaba.
—Muchísimas gracias —exclamó Hinata, y tras abrazar impulsivamente al conductor, corrió a examinar la carga.
Inoichi tosió. Estaba rojo como la grana.
—De nada.
Naruto se guardó las manos en los bolsillos con una sonrisa.
—A mí también me deja sin palabras. Inoichi se frotó la nuca.
—La gente en el pueblo no sabe hablar de otra cosa. Las señoras están pensando en venir a hacerles una visita dentro de un par de semanas si no la lleva antes por allí.
—Qué alegría.
— Sienten tanta curiosidad por ella como por sus enseres. Naruto elevó los ojos al cielo.
—Lo que me faltaba... un grupo de cacatúas revoloteando por mi casa.
Estudió el grupo de muebles y cajas mientras Hinata permanecía ansiosa junto a la carreta. Aún desde la distancia, podía ver que los muebles eran de calidad, nada que ver con los trastos útiles pero descarnados que tenía en la casa y que él mismo había construido.
Sintiéndose cada vez más incómodo, se acercó a Hinata.
—Ya sabía yo que era demasiado bueno para ser cierto.
—¿El qué? —preguntó ella, sonriendo.
—Que me hubiera casado con una mujer que supiera viajar con poco equipaje.
Ella se echó a reír.
—Pues lo creas o no, vendí la mayor parte de lo que tenía en Tsuchi hace meses para poder pagar el alquiler.
Detestaba saber que se había visto obligada e vender sus cosas.
—Pude salvar mis piezas favoritas, y ahora me alegro mucho. Estos muebles harán nuestra casa más cómoda.
Nuestra casa. Naruto experimentó un calor en el corazón, una vez helado a las posibilidades de un hogar, y se la quedó mirando un momento, absorbiendo hasta el último detalle de su persona. Hinata le había hecho desear mucho más de la vida.
Jiraiya se acercó y le entregó la niña a Hinata.
—Van a descargar un piano.
— Pesa mucho —advirtió ella—. En Tsuchi hicieron falta cinco hombres para cargarlo.
Hanae sonrió al oír la voz de Hinata y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Un piano? —preguntó Naruto mientras Jiraiya se subía a la carreta. Hinata abrazó a la niña.
—Sé que es una extravagancia, pero no he podido dejármelo allí. Me lo regaló mi abuela y quiero que Hanae aprenda a tocarlo.
La música iba a llenar su casa. Naruto se imaginó una Navidad con Hinata al piano y sus hijos e hijas rodeándola.
—Le encontraremos un buen sitio.
Naruto y Inoichi acudieron a la parte trasera de la carreta y, junto con los demás, deslizaron el piano hasta bajarlo. Aterrizó con un sonoro golpe. Los martillos golpearon las cuerdas y crearon un extraño sonido.
Jiraiya hizo una pausa para recuperar el aliento.
—Espero que sepa tocar este trasto. No me gustaría pensar que me he dejado los riñones por algo que solo va a servir para llenarse de polvo.
Hinata sonrió.
— He pasado horas muy buenas tocando ese piano. Naruto le entregó a Jiraiya un taburete redondo.
— Entonces, toque algo para nosotros, señora Uzumaki.
—¿Aquí fuera?
—¿Por qué no?
— Sí, por favor —dijo Jiraiya, colocando el taburete delante del piano—. Toque algo.
—Muy bien.
Hinata le entregó a Hanae y tomó asiento. Luego se colocó las faldas como si estuviera en el salón de una gran residencia y no sobre la tierra en mitad de ninguna parte. Flexionó los dedos y los posó sobre las teclas de ébano y marfil.
Tocó dos o tres notas y escuchó.
—Está desafinado por el viaje. Nada de lo que toque va a sonar demasiado bien.
— No nos importa —contestó Naruto — Anda, toca.
Hinata comenzó a interpretar una melodía suave y profunda que parecía emanar de lo más hondo de su corazón. Incluso cerró los ojos, perdiéndose en la música.
La melodía rodeó a Naruto, transportándolo a un mundo desconocido para él. De pronto recordó a dos damas que había visto una vez en hacía ya mucho tiempo, caminando por la acera, sus faldas voluminosas meciéndose a cada paso. Tan cerca de él habían pasado que olió su perfume a lilas, pero ni siquiera repararon en él, parado en la calle, el sombrero inclinado con respeto.
Desconcertado por el recuerdo, se obligó a volver al presente.
Hinata siguió tocando unos minutos más antes de darse cuenta de que todo el mundo se había quedado callado. Dejó de tocar y los miró avergonzada.
—Lo siento. Me he dejado llevar. Lee se echó hacia atrás el sombrero.
—Muy bonito.
—De alta sociedad —añadió Shikamaru.
Hinata miró a Naruto.
—Y no os ha gustado nada. Lee se encogió de hombros.
—No es eso; es que no es exactamente de mi gusto.
—Me recuerda a una profesora con cara de vinagre que tuve una vez —añadió Shikamaru. Hinata se echó a reír.
—¿Qué clase de música os gusta? Lee se colgó las manos del cinturón y se acercó al piano.
—¿Conoce Las dulces praderas? Ella negó con la cabeza.
—¿Y La vieja cabaña en la montaña?
—A lo mejor, si tararearas algunas notas — sugirió.
—Es así.
Lee la tarareó.
Hinata escuchó atentamente y tocó un par de teclas en el piano que se parecieron a lo que Lee había cantado. Animado, volvió a empezar desde el principio y Hinata rápidamente captó la melodía.
Los demás hombres se unieron al coro. Lee y Shikamaru incluso se pusieron a bailar.
Naruto estaba sorprendido por la facilidad con que Hinata se había ganado el corazón de sus hombres. Había llevado luz a sus vidas.
Sin embargo, al verla rodeada de mesas, sillas y alfombras propias de la alta sociedad de Ishikawa, se preguntó si aquel mundo incivilizado y duro no terminaría por extinguir algún día su luz.
