CAPÍTULO 9


Cinsne


Una hora después, Hinata se quedó sin aliento al oír el ruido del cristal al romperse contra la piedra.

Estaba abriendo la caja de libros que acababa de llevarle Naruto y se volvió hacia la chimenea. Jiraiya se había arrodillado junto a los restos de cristal de una figura de un cisne. Era única, pero su verdadero valor para ella era sentimental.

Ahora, había desaparecido.

Las manos huesudas de Jiraiya no sabían qué pedazo recoger.

—Ay, señorita Hinata, lo siento mucho —se disculpó, enrojeciendo. Años de lecciones de etiqueta la ayudaron a disimular su desilusión.

—No pasa nada, Jiraiya.

— Sí que pasa. Debería haber tenido más cuidado

La pena palpable en su voz le contrajo la garganta, se agachó a su lado y recogió un trozo de ala rota.

—No se preocupe. Nunca me había gustado demasiado ese cisne —mintió. Jiraiya intentó unir dos pedazos.

—Era muy bonito. Hinata intentó sonreír.

— Ni se moleste en pensar en ello. Era demasiado cursi, y no pegaba aquí.

—Soy más torpe que un toro. Hinata apretó su mano.

—Si no deja de preocuparse por un trozo inútil de cristal, voy a enfadarme.

Aunque en realidad, lo que temía era echarse a llorar.

El pobre Jiraiya respiró hondo.—Es usted una mujer buena, Hinata Uzumaki.

—Me da demasiado crédito por algo que no lo merece. Hay cosas más importantes en la vida que un trozo de cristal. Ande, salga un rato —dijo, señalando hacia la puerta—. Yo recogeré esto. Sé que tiene muchas cosas más importantes que hacer que sostener mi mano mientras yo abro cajas llenas de tonterías.

Jiraiya la miró un momento más, como si quisiera asegurarse de que estaba siendo sincera y por fin, moviendo apesadumbrado la cabeza, salió.

Hinata esperó a que se hubiese marchado para dejarse arrastrar por la pena.

Recogió de suelo lo que había sido la base de cristal y le dio la vuelta.

El nombre de Hanabi labrado en el cristal apareció ante sus ojos, y aunque no quería, la pérdida de su hermana y de su anterior forma de vida le produjo un hondo dolor. De pronto, todos los cambios que habían puesto patas arriba su vida le parecieron insoportables.

Su vida se había vuelto un tiovivo desde la muerte de Hanabi. Hacerse cargo primero de Hanae, luego el abandono de sus padres y su traslado al oeste no le habían dejado tiempo para lamentar sus pérdidas, y el destrozo de aquel cisne había provocado una grieta en la fachada de serenidad que tan cuidadosamente había erigido.

Comenzó a recoger los trozos. A lo mejor podía arreglarla. Unió dos de ellos. No encajaban. Suspiró intentando controlar las lágrimas. Llorar por algo así era absurdo, pero no pudo evitarlo.

En aquel momento, Naruto entró en la habitación con una mesita de madera de cerezo en las manos.

—Jiraiya dice que ha roto algo.

Rápidamente se secó las lágrimas y respiró hondo. —No es nada.

Naruto dejó la mesa y Hinata lo sintió acercarse por detrás. Luego se agachó junto a ella y contempló el desastre con el ceño fruncido. Tomó un pedazo en la mano y lo examinó. El sol le arrancó destellos de colores.

— Jiraiya dice que parecía un objeto de valor. Hinata sonrió.

—Haz el favor de decirle a Jiraiya que no piense en ello ni una sola vez más. Naruto la miró a la cara como sopesando sus palabras.

Seguro que su mirada azulina podía ver más allá de su sonrisa, y eso no le gustó. No le hacía gracia que se preocupasen por ella sin necesidad.

—Voy a buscar una escoba —dijo, levantándose. Él se levantó también.

—¿Qué ocurre?'

Hinata hizo ademán de irse, pero él se lo impidió.

—Estás disgustada por lo de ese pájaro, ¿verdad?

—No.

—Qué mal mientes —contestó él.

—No tiene importancia alguna, Naruto, de verdad. Estoy bien.

Él murmuró un juramento entre dientes.

—Si eso te ha disgustado —dijo, señalando con la cabeza el cisne roto—, haré que te lo arreglen.

—No, Naruto, no lo hagas, por favor. Le he dicho a Jiraiya que no me importaba.

—Pero sí que te importa.

—Que no, de verdad —insistió.

Hubiera querido apoyarse en él, abrazarlo. Hacía tanto tiempo que las cosas no le iban bien que necesitaba que él le dijera precisamente lo contrario. Pero unos sentimientos tan profundos no formaban parte de su acuerdo. Sí, la atracción sexual entre ellos era intensa. Le había confiado su seguridad y la de Hanae, pero los sentimientos eran un asunto completamente distinto. ¿Cómo podía esperar que Naruto, un extraño para ella en tantos sentidos, comprendiese lo que significaba la pérdida del cisne?

—Debes tener trabajo —le dijo.

— Va a seguir estando ahí dentro de un rato. Intentó soltarse, pero él no quiso hacerlo.

—¿Desde cuándo no comes nada?

—Esta mañana desayuné café y galletas.

—¿Y eso es todo? No me extraña que estés tan pálida. Siéntate —dijo, señalando la mesa de la cocina.

—No tienes por qué preocuparte.

— Alguien tiene que mimarte un poco, ¿no? Y la obligó a sentarse.

De uno de los armarios sacó un plato y lo llenó de galletas y lonchas de jamón.

Luego se lo puso delante. —Come.

Para no despreciar su gesto, tomó un mordisco de jamón, que sorprendentemente resultó estar muy bueno.

—Gracias.

—Ya no estás sola.

—Lo sé.

Naruto la miró con tanta intensidad que sintió que se mareaba.

—¿De verdad?

—Por supuesto —contestó, algo incómoda.

—Entonces, ¿por qué no quieres confiar en mí? —le preguntó colocándole un vaso con agua delante y sentándose junto a ella.

Hinata parpadeó varias veces.

— Yo... yo no te oculto nada —dijo — Pregúntame lo que quieras.

—Primero, come.

Y tomó un bocado, y después otro, esperando que se lanzase a preguntarle todo tipo de cosas, pero él esperó pacientemente a que se hubiese comido al menos la mitad de lo que tenía en el plato.

—¿Por qué te has disgustado tanto por lo de ese pájaro?

—No creas que me he... —suspiró—. Era un regalo que mi padre le hizo a mi madre como recordatorio del día en que nació mi hermana pequeña.

—¿Dónde está ella ahora?

—Murió.

—Lo siento —dijo con suavidad.

Incapaz de hablar por temor a que la voz le temblara, guardó silencio.

—¿Cuánto tiempo hace?

—Menos de un año.

—¿Cómo murió?

Hinata sintió un escalofrío.

—Es una historia muy larga. Él se cruzó de brazos.

—Tengo tiempo.

—Eso forma parte ya del pasado —dijo. Se sentía agotada—. Gracias por la comida.

—¿Por qué no quieres contármelo?

— Porque no hay nada que contar.

—Háblame de Hanabi.

Hinata dejó que acudieran a su cabeza los recuerdos que tanto trabajo le había costado enterrar. Habló con cuidado, como si caminara por el borde de un precipicio.

—Todo el mundo la quería. Era preciosa.

—¿Tanto como tú?

Ella se rió.

—Yo no soy preciosa. Hanabi sí que lo era. Naruto frunció el ceño.

—Te equivocas.

—Tú no conociste a Hanabi.

—No lo necesito. Sigue.- Hinata partió un trozo de galleta pero no se lo comió.

—Mis padres la mimaron desde el día en que nació. Sabían que al hacerse mayor sería toda una belleza y que encontraría una buena pareja.

—Hablas de ella como si fuera una yegua.

—No, no. Mis padres la adoraban. Solo querían lo mejor para ella. Y se habría casado con uno de los hombres más ricos de Ishikawa de no haberse...

Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Como si presintiera sus dudas, cambió de conversación.

—¿Qué planes tenían para ti tus padres?

—¿Qué quieres decir?

—¿Querrían que tú también te casaras bien?

—Bueno, sí, supongo que sí. Nunca hablamos de ello, en realidad. Hanabi era su prioridad.

—¿Han aprobado nuestro matrimonio?- Su mirada tenía tal intensidad que la hacía sentirse incómoda.

—Les escribí contándoles mis planes de casarme contigo, pero al final se hizo todo tan deprisa que me marché de Tsuchi antes de que pudieran contestar.

—¿Y tu primer matrimonio?

No podía mentirle tan descaradamente, y se levantó para mirar por la ventana, hacia las montañas del horizonte.

— Creo que nunca prestaron a Toneri demasiada atención.

—¿Porqué?

— Las obligaciones sociales de Hanabi consumían todo su tiempo. Tenía montones de fiestas a las que asistir y nuestros recursos eran limitados, de modo que no había suficiente capital para tener dos hijas en sociedad. Comprendo que tuvieran que elegir a una.

Naruto murmuró algo ininteligible. ¿Y qué sabían de Toneri? Solo lo vieron en un par de ocasiones, pero habían oído hablar bien de él. Además su familia estaba bien relacionada. Eso siempre había sido muy importante para mis padres.

— Cuando Hanae se case, yo sabré todo lo que haya que saber sobre su prometido, y me importarán un comino las conexiones de su familia.

Aquel paternalismo protector le llegó al corazón. Su padre siempre había sido un hombre muy distante, demasiado ocupado con el juego y sus ambiciones como para preocuparse de a quién eligiera.

—La familia significa mucho para ti.

—Sí.

—¿Provienes de una grande?

La pregunta le recordó que seguían siendo extraños.

— No —se encogió de hombros—. Llevo tanto tiempo estando solo que no sé qué es echar de menos a alguien.

—Pues es horrible, créeme. Algo cambió en su mirada.

—No estamos hablando solo de tu hermana, ¿verdad?

—Echo de menos lo que me era familiar, lo que podía comprender. Sabía qué decir y qué hacer en Ishikawa, pero a la gente no la echo de menos. Ni siquiera a Toneri —se apartó un mechón de pelo—. Es como si me despertara una mañana comprendiéndolo todo: las reglas, lo que se esperaba de mí... hasta que de buenas a primeras, esas reglas cambian y me encuentro viviendo una vida con una serie totalmente distinta de expectativas que aún no comprendo del todo.

Su mirada era clara y directa.

— Verás como muy pronto encuentras tu sitio. Te vas a alegrar de haber venido a vivir aquí —dijo, convencido.

Su serenidad y su fe le hicieron creer que todo iba a salir bien al final.

—Espero no desilusionarte.

—Eres más de lo que yo me habría atrevido a soñar, Hinata Uzumaki.

Su voz parecía sofocada por una emoción que no terminaba de comprender.

Se acercó más a ella. Su olor, mezcla de aire fresco y el aroma propio de su piel, la consolaba y la inquietaba al mismo tiempo. Estaban tan cerca que pudo discernir las sombras del color de su iris, que antes le había parecido solo azul. Llevaba el pelo limpio y recogido en una coleta en la base del cuello.

Por último, fue la cicatriz de su mejilla lo que le llamó la atención.

Con la yema de los dedos, rozó el inicio de la marca, que arrancaba en el ojo derecho, justo un poco más abajo de donde ella le había cosido.

—Cuántas cicatrices.

Él guardó silencio pero no se apartó, y Hinata tuvo el valor de deslizar sus dedos a lo largo de aquella línea rosada que terminaba en la comisura de sus labios.

—Cuando te vi por primera vez, me pareciste un pirata.

—Me han llamado cosas peores.

—¿Cómo te hiciste esto? Tomó su mano y le dio la vuelta.

—Un cuatrero —contestó, trazando círculos alrededor de las pequeñas durezas de sus palmas — Tuvimos una pelea, y sacó un cuchillo.

—¿Qué le pasó a él? —le preguntó con un hilo de voz.

—Lo maté —buscó síntomas de miedo en su expresión, pero ella estaba decidida a escucharlo, de modo que mantuvo firme la mirada—. El hombre al que maté era el hermano mayor de Nagato, Yahiko. Estuve persiguiéndolo durante días, y cuando le di alcance, me sacó el cuchillo. Forcejeamos. Él me cortó. Yo lo maté. Nagato lo vio todo —no había ni satisfacción ni remordimientos en su mirada—. Nagato fue condenado por robar ganado y sentenciado a diez años de cárcel, pero juró venir a por mí.

—¿Por eso estaba aquí esta mañana? Una sonrisa cargada de amargura se dibujó en sus labios.

—Busca venganza.

—Pero si robó el ganado...

—Eso no tiene importancia para él. Lo que le importa es que maté a su hermano.

—Que intentó matarte a ti —insistió.

—Nagato y los tipos como él no se mueven por códigos de honor. Toman lo que quieren cuando pueden. Golpeando cuando a uno de ellos se le da caza porque les gusta infligir dolor.

Un miedo frío le paralizó el corazón.

—Nagato va a venir a buscarte.

— Yo puedo ocuparme de él. No os hará daño ni a Hanae ni a ti —aclaró con voz de hierro.

Hinata tenía la certeza de que Naruto las protegería a Hanae y a ella con su propia vida si era necesario. ¿Pero quién lo protegería a él?

—No quiero que te ocurra nada malo —le dijo, con más emoción de lo que pretendía y sus palabras parecieron llegarle hondo, porque su mirada se suavizó. La armadura del gladiador desapareció y pudo percibir vulnerabilidad en sus ojos, algo que la dejó sin respiración.

Naruto tomó su cara entre las manos y ella, sorprendida por su propia declaración, enrojeció... también, tenía que reconocer, por el recuerdo del beso de antes. .

La boca se le quedó seca. Él sonrió.

Fue una sonrisa oscura y peligrosa que la dejó temblando de deseo. Sabía que estaba abriendo la caja de Pandora, pero no podía dejar de hacerlo, y se inclinó apenas imperceptiblemente hacia él. Naruto no necesitó más para abrazarla y besarla en la boca. Aquel beso fue abrasador, exigente, apasionado... tan bueno como el anterior.

Ella se abrazó a él, pegando su cuerpo al suyo. Su sabor le hipnotizaba los sentidos, haciéndole olvidar el pasado y el futuro. En sus brazos, solo existía el presente.

Un gemido surgió de su interior sin proponérselo, y él se dejó llevar aún más por la pasión, haciéndole olvidar su propósito de ir despacio.

Otro gemido, más animal que humano, se escapó de los labios de Naruto, pero cuando ella creyó que la iba a tomar en brazos, se separó.

—Tengo que irme —dijo, con los labios todavía húmedos. Ella solo pudo mirarlo. Ya sentía frío sin su contacto.

—¿Qué?

—Tengo que irme —dijo—. He de construir una casa nueva para nosotros.

Herida, Hinata se cruzó de brazos.

—¿Ahora? Pero si solo quedan un par de horas de luz.

Él debió notar que la había herido, pero en lugar de tocarla, se guardó las manos en los bolsillos.

— Si no me voy ahora mismo, señora Uzumaki, no seré capaz de esperar veintinueve días para consumar nuestro matrimonio.

—Pero...

— Quiero de ti algo más que tu cuerpo, Hinata —la interrumpió, la voz tensa, como si le costaba hablar—. Quiero tu confianza. Y para conseguirla, debo mantener mi promesa, aunque me cueste la vida.


Nagato estiró las piernas junto a la hoguera y contempló cómo las llamas crepitaban y se contoneaban en el aire. Los cinco hombres que había reclutado dormían cerca. Su respiración era profunda y muy sonora, gracias a seis botellas de licor. Ninguno se movería hasta la mañana siguiente.

Pero él nunca bebía cuando tenía trabajo por hacer. Su hermano Yahiko siempre decía que había que estar alerta. Borrachos, decía, acabarían en la cárcel.

Y él hacía todo lo que Yahiko habría querido que hiciera.

—Estoy alerta, Yahiko, como tú querías.

Yahiko siempre sabía lo que había que hacer. Desde que eran críos, él era el que trazaba los planes, el que tenía las ideas. A él le bastaba con robar unas cuantas cabezas de ganado aquí y allá, pero a Yahiko no. Él pensaba a lo grande.

Fue él a quien se le ocurrió primero lo de robar bancos. Era él el mejor para entrar como si tal cosa en un banco y ponerle el arma en la sien al cajero. Sonriendo como un gato, nunca tenía prisa, disfrutaba de la tensión, del olor del miedo, de ver cómo le temblaban las manos al director al meter el dinero en una bolsa.

Incluso en una ocasión, estando en Texas, escaparon por los pelos a un linchamiento. Su hermano había disfrutado con la persecución, mientras que a él aún se le ponía el pelo de punta al recordarlo.

Removió las ascuas de la hoguera con un palo hasta que las chispas saltaron al aire como luciérnagas.

Yahiko le daba valor. La vida tenía sentido con él.

El día que Uzumaki le clavó un cuchillo, la vida se volvió un lío. Incluso habría podido soportar los diez años de cárcel sabiendo que su hermano lo esperaba fuera, pero Yahiko estaba enterrado a seis palmos de tierra, sin tan siquiera una lápida que llevase su nombre.

Cuando Uzumaki mató a tu hermano, lo mató también a él.

Sus recuerdos volaron al día anterior, al momento en que había entrado en las tierras de Uzumaki. No esperaba sacar mucho de aquel encuentro hasta que la vio a ella.

Hinata Uzumaki.

Un hombre podía pasarse toda una vida sin estar jamás cara a cara con una mujer así. Tenía clase, educación... era la clase de mujer que le gustaba a Yahiko.

Y a Uzumaki también. No cabía duda. Y Uzumaki estaba en deuda con él.

Una vida por otra. Una familia por otra.

Uzumaki se había llevado por delante a la única persona en el mundo que le importaba. Y pronto le llegaría su turno.