CAPÍTULO 10


Lavar iba a ser fácil….


Los días fueron volviéndose más fríos en las dos semanas siguientes. Naruto y los hombres pasaban el tiempo entre reunir el ganado y continuar con la construcción de la casa nueva. Se esperaba un invierno duro, y Naruto estaba decidido a tener las cabezas reunidas y el tejado de la casa colocado antes de que cayese la primera nevada.

Hinata lo veía poco. Se levantaba antes del amanecer y no volvía antes de que ella se hubiera quedado dormida. Tenía la sensación de acurrucarse contra él por la noche, pero durante el día un sí o un no era todo lo que se decían.

La verdad era que la echaba de menos; a él y cómo se le aceleraba el pulso cada vez que la tocaba. Pero aquel tiempo a solas le había dado la oportunidad de poner su casa en orden... y de convertirse en la esposa perfecta.

Lo que leía a ese respecto en el libro parecía fácil, pero ser el ama de casa perfecta era más duro de lo que se había imaginado. El horno tenía la molesta costumbre de quemarle las galletas, las gallinas le picoteaban las manos cada vez que iba a recoger los huevos sin que Jiraiya la acompañara y el día de antes el gallo la había perseguido por todo el gallinero hasta que había terminado por lanzarle la cesta de los huevos. Por supuesto, la carga había quedado destrozada, pero al menos el gallo se había batido en retirada.

Pero Hinata se negaba a admitir la derrota, ocultaba cuidadosamente sus temores y sus fracasos y se tragaba las lágrimas de frustración, todo ello sin dejar de recordarse, una y otra vez, que lo iba a conseguir.

La única perla en aquel collar de fracasos era que Hanae estaba floreciendo en aquel aire fresco de montaña. Tenía las mejillas permanentemente teñidas de rosa y ya era capaz de estar sentada sola y de recibir a Jiraiya o a los demás vaqueros que se acercaban a ella con unos gorgoritos de entusiasmo. No tardaría en empezar a gatear.

En aquel momento estaba tumbada junto a ella jugando con sus propios pies en el centro de la cama grande. Hinata estaba sentada también las piernas cruzadas, leyendo su libro guía, lo tenía abierto por el capítulo Deberes de la criada que se ocupe del lavado.

- No puede ser tan difícil —le dijo a la niña le contestó con uno de sus grititos—. Sí ya sé que no es la primera vez que lo digo- hundió la cara en la tripita de la niña y se echó a reír cuando Hanae se agarró a su pelo.

-Pero no voy a rendirme, Hanae. Voy a conseguir que nuestra nueva vida funcione.

Soltó con cuidado la mano de la niña, leyó por última vez aquel capítulo y cerró el libro,

Lavar iba a ser fácil.

Con el libro bajo el brazo, se levantó de la cama. Le dolían los músculos de acarrear agua y de apalear alfombras, y se movía con deliberada lentitud. Tomó a la niña en brazos e hizo una mueca al sentir dolor en la espalda, a la altura de los riñones.

Debía tener el periodo en unos días, y se sentía cansada. Salió por la puerta de atrás. El día anterior había dispuesto allí tres tinas para lavar y un caldero.

Tiró de la cuerda de tender para probar su resistencia y miró la tina en la que la noche anterior había dejado la ropa a remojo.

Jiraiya había encendido un fuego debajo del caldero aquella mañana y del agua salía un denso vapor.

Dejó a la niña sobre una manta, con cucharas y un cuenco para que se entretuviera.

—Mira y aprende, Hanae. No voy a tardar más que una hora; dos a lo sumo.


Cuatro horas más tarde, le dolían los brazos y un penetrante dolor de cabeza le palpitaba sobre la ceja izquierda mientras agitaba la ropa en el agua caliente. Tenía la frente mojada de sudor y los mechones de pelo se le rizaban alrededor de la cara.

Quería llorar.

Los problemas habían comenzado al apagársele el fuego de debajo del caldero. Tardó casi media hora en volver a encenderlo, y cuando por fin consiguió ver las llamas, Hanae había empezado a llorar. Tardó otra media hora en darle de comer y en cambiarla, y luego la niña decidió que no quería dormir su siesta de las mañanas. Así que, con ella en los brazos había sacado la ropa de la tina en que la había metido a remojo para meterla en el agua caliente y jabonosa del caldero. Afortunadamente, Hanae había terminado por quedarse dormida en su cesta, de modo que Hinata había podido enfrentarse a la tremebunda tarea de sacar las prendas del agua caliente y restregarlas contra la tabla de lavar.

Con las mejillas ardiendo, sacó la primera prenda con una pala de madera. Se trataba de una camisa de trabajo pesada y difícil de manejar. El agua hirviendo le saltó a la mano, pero apretó los dientes. No iba a soltarla.

—Puedo hacerlo. Puedo hacerlo —intentó animarse.

Echó la camisa en una tina vacía equipada con tabla de lavar, tocó el tejido y apartó rápidamente la mano.

Con los brazos en jarras, contempló la escena que tenía ante sí. Qué ganas de llorar tenía.

¿En qué diablos había estado pensando? Lavar y fácil no podían encajar en la misma frase.

— Un invento del diablo —murmuró.

Pero Hanae y ella iban a quedarse en Konohagakure, así que apretó los dientes, empuñó la camisa y la restregó contra la tabla, arañándose al hacerlo los nudillos.

—Maldita sea...

Maldecir le hizo sentirse mejor, de modo que con otro juramento más, y otro más, echó la camisa en la tina del aclarado.

-Una hecha. Solo me quedan treinta y dos.

Tardó otros cuarenta y cinco minutos en lavar tres camisas más, y cuando se ocupaba ya de la quinta, llegó a la conclusión de que la pesadilla del lavado no iba a tener fin.

El sonido de unos pasos interrumpió su cadena de juramentos. Levantó la mirada con la esperanza de que fuera Naruto. Por mucho orgullo que tuviera, no le quedaba más remedio que pedir ayuda.

Pero no era Naruto, sino Sakura Uchiha.

— ¡Buenas tardes, señora Uchiha! —exclamó al verla, un poco desesperada.

La mujer se acercó, sonriendo alegremente, vestida en color amarillo limón. Llevaba una enorme cesta cubierta con un paño rojo y blanco.

— ¡Hola, Hinata! Habría venido antes, pero he estado un poco pachucha.

—Espero que ya se encuentre mejor.

Jamás se había alegrado tanto de ver a alguien. Dejó la paleta en el caldero sin importarle que el agua salpicase su falda, que por otro lado ya estaba empapada.

—Fresca como una lechuga.

—Me alegro mucho, señora Uchiha.

La sonrisa de Sakura se volvió más dulce al ver la falda empapada de Hinata, sus zapatos cubiertos de barro y las manos descarnadas.

— Llámame Sakura —dijo, y sin más se quitó el chal, lo dejó en un tronco, colocó la cesta cerca y se subió las mangas del vestido—. Ya veo que estás muy ocupada.

Hinata suspiró.

—No volveré a mirar una mancha de la misma manera después de esta experiencia.

Sakura se rió y metió la mano en el agua.

—Hacer la colada puede poner a prueba la paciencia de cualquier mujer. Lo que la mayoría de hombres no saben es que lavando te duele tanto la espalda como arreglando vallas o marcando cabezas de ganado. Pero a diferencia de las vallas o las terneras, la ropa limpia no dura más que un suspiro, y antes de que te des cuenta, tienes que volver a empezar.

Hinata sonrió.

—Al paso que voy yo, no habré terminado hasta la semana que viene.

Sakura empuñó la paleta de madera, sacó una camisa y la echó en la tina de la tabla en un solo movimiento.

— Si lo hacemos entre las dos, habremos terminado antes de que anochezca. Atónita, Hinata vio cómo Sakura frotaba la camisa y la echaba a aclarar.

—¿Cómo puedes hacerlo tan deprisa?

—Tengo mucha práctica.

—Cómo me alegro de que hayas venido — admitió, derrotada.

— Ya era más que hora de que viniera a hacerte una visita —dijo, y señaló después la cesta—. Y te he traído una cena de bienvenida.

Hinata olfateó el aire.

—Huele de maravilla. Confío en que me ayudarás a comérmela. Sakura se rió

—Estaré encantada.

Hinata miró a su alrededor.

Sasuke no parecía haberla acompañado.

—No habrás venido sola hasta aquí. Sakura sacó otra prenda y la echó en la tina.

—Últimamente no quiere que salga sola. Se preocupa por el tiempo, las estampidas, casi todo, la verdad. Sé disparar tan bien como cualquier hombre, pero no quiere ni oír hablar de ello —señaló una pequeña colina—. Sasuke se ha quedado con la carreta en la casa nueva. Está ayudando a Naruto y a los muchachos con el tejado.

Hinata se arrodilló ante la tabla de lavar.

—Deberías estar tomando un té, y no trabajando.

—Tonterías. He venido a verte y a ayudarte.

—Gracias a Dios que has venido.

Sakura la miró con preocupación.

—¿Qué tal te estás adaptando a la vida del rancho?

Hinata se apartó un rizo de un soplido. La piel le escocía del jabón de sosa.

—No demasiado bien. El libro que estoy leyendo sobre las tareas de la casa lo pone todo muy fácil. Claro que también es verdad que da por sentado que tienes criados que se ocupan de la parte más dura del trabajo.

—Y tan dura, desde luego.

—No tenía ni idea —comenzó a frotar una camisa en la tabla—. He pensado mandar una nota a la lavandera de mi madre y disculparme por todas las veces que me puse un vestido un rato y lo eché a lavar sin más.

Sakura reparó en sus manos enrojecidas.

— No me gustaría parecer curiosa, pero ¿cómo has terminado aquí, en Konohagakure? Esta no es la clase de vida que una mujer de la buena sociedad suele elegir.

—Quería volver a empezar desde el principio —admitió Hinata.

—Reconozco que perder un marido debe hacerte desear huir y alejarte de los recuerdos.

Hinata mantuvo la mirada fija en la camisa.

— Ya no pienso en el pasado.

— Pues has venido al lugar adecuado para eso. Lo que cuenta aquí es el presente, no el ayer.

Juntas, acabaron rápidamente con lo que quedaba de la colada. En un abrir y cerrar de ojos, Hinata colgaba la última de las camisas.

—Y pensar que voy a tener que volver a hacer esto la semana que viene.

—Hay una mujer en el pueblo, la señora Chiyo, que es lavandera y a un precio muy razonable —le contó Sakura mientras se secaba las manos—. Deberías ir a verla cuando vuelvas a Konoha.

— Supongo que antes necesito demostrarme que puedo hacerlo yo.

—Yo antes lo hacía todo sola, sin aceptar ayuda de nadie. Hasta que la primavera pasada, tuve un aborto. Desde entonces, ya no me preocupo tanto por hacer las cosas a la perfección.

Hinata percibió la tristeza en la voz de Sakura y deseó poder decir algo, pero había aprendido que las palabras, por dulces que fueran, no suavizaban la pérdida.

— Vamos a tomar una taza de té y unas galletas, si tienes buena dentadura, claro, porque las galletas se me han quemado un poco. Sakura sonrió.

—Vamos. Hace tanto tiempo que no tenía la oportunidad de charlar así con otra mujer. A veces esto resulta un poco solitario.

—Hanae no debe tardar en despertarse y se alegrará de verte. El rostro de Sakura se iluminó.

—Estoy deseando jugar con ella —dijo, y luego sonrió—. ¿Sabes guardar un secreto, Hinata?

—Claro.

—Estoy casi segura, pero quiero esperar unas semanas más antes de decírselo a Sasuke —miró a su alrededor para asegurarse de que nadie podía oírla—. Estoy embarazada. El bebé nacerá a finales de primavera.

Hinata apretó sus manos.

— ¡Qué maravilla!

—Estoy tan contenta... además, no te imaginas qué alivio es tenerte aquí.

—Te ayudaré en lo que pueda.

—Puedes empezar —sugirió, colgándose de su brazo—, por contarme cómo es un parto.


Media hora más tarde, los últimos rayos de sol se ocultaban tras el horizonte.

Naruto y Sasuke Uchiha estaban de pie en la colina observando a sus mujeres a través de la ventana de la cocina. Sakura estaba jugando con la niña y Hinata estaba poniendo la mesa.

La mirada de Sasuke se endulzó al ver a su mujer levantar en alto a Hanae.

—No estaba muy convencido de que fuese buena idea venir a verlos. Hace solo seis meses desde que Sakura perdió al bebe, y tenía miedo de que ver a Hanae la afectase, pero ahora me alegro de haber venido.

Naruto asintió, recordando la noche en que Sakura tuvo el aborto. Estaba ya de seis meses, y sin razón aparente, se puso de parto. Estuvo a punto de morir desangrada.

—Ya ha recuperado el color en las mejillas y vuelve a sonreír. Sasuke asintió.

—No sabes qué alivio es para mí verla tan recuperada —la risa de las mujeres llegó hasta donde estaban — Parece que se han caído bien.

Naruto suspiró.

—Me alegro. Este lugar es muy solitario para ellas.

De pronto se sintió culpable por haberse mantenido tan alejado de Hinata en las dos últimas semanas. Siempre se había asegurado de que uno de los hombres anduviera cerca de ella, de guardia, e incluso él se asomaba de vez en cuando para verla sin ser visto, pero había mantenido cuidadosamente la distancia. Desde el día que la besó en la cocina, supo que, si no se mantenía alejado de ella, terminaría haciéndole el amor antes del plazo, y era importante mantener la palabra dada. Hablaba en serio al decirle que quería ganarse su confianza.

—¿Has vuelto a saber algo de Nagato?

—Lo que te conté la semana pasada. Pasó cerca del rancho, asegurándose de que yo lo viera, pero nada más —contestó Sasuke.

—Es cuestión de tiempo.

—Puede que no tenga riñones para intentar nada sin su hermano.

—No creo. Ese bastardo está loco, así que sus decisiones no tienen lógica. Hubo un silencio denso antes de que Sasuke preguntara:

—¿Qué tal se las arregla Hinata? Naruto volvió a suspirar.

—Le pone a todo mucho corazón.

—Lo que quiere decir que no sabe cómo llevar un rancho.

—Ni la más remota idea. Sasuke se echó a reír.

— Muchos maridos recién casados lo pasan fatal a manos de su mujercita. Sakura y yo nos reíamos precisamente esta mañana acordándonos de algunas de las comidas que preparó nada más casarnos. Hubo un filete que le salió tan duro que se partió por la mitad.

— Si Hinata llega a ser la mitad de buena cocinando de lo que lo es Sakura, le daré gracias al cielo.

La colada se mecía secándose a la brisa cuando llegaron a la puerta de atrás, y el olor de pollo y pastel los recibió.

Sasuke sonrió.

—¿Te había dicho que Sakura ha traído la cena?

El sabor de la galleta achicharrada que había intentado comerse aquella mañana aún lo tenía metido en la cabeza.

—Eres un buen amigo.

Sasuke, riendo, le dio una palmada en el hombro.

—Vamos a cenar con nuestras mujeres.

Nuestras mujeres. ¿Cuándo terminaría de acostumbrarse a oír la palabra mujer asociada con su nombre? Como con todo lo demás, hombres y mujeres se acostumbrarían poco a poco el uno al otro, a sus costumbres, gustos y manías. Qué ganas tenía de que llegase el día en que Hinata y él compartiesen la intimidad y la unión que se palpaba entre Sasuke y Sakura.

Encontraron a las mujeres en la cocina. Una jarra de barro con las últimas flores de la temporada decoraba la mesa, dispuesta para cuatro personas con la porcelana blanca decorada en tonos rosa de Hinata. La cubertería de plata brillaba a la luz de la lámpara.

En el centro de la mesa, el pollo frito de Sakura llenaba una fuente, junto a otra de verduras y pan de centeno. Dos tartas de cerezas se mantenían calientes sobre la cocina de hierro, junto a un pequeño plato de las galletas marrón oscuro de Hinata.

Sakura estaba sentada en una de las sillas con Hanae en el regazo, poniéndole caras a la niña mientras charlaban.

Naruto se quitó el sombrero.

—Buenas noches, señoras.

Hinata lo miró inmediatamente y, durante un instante, sus miradas se quedaron así, unidas. Tenía un mechón de pelo rozándole la sien y las mejillas arreboladas. Había adelgazado en aquellas dos semanas y parecía agotada.

—Buenas noches.

Más tarde, cuando estuvieran solos, le pediría que bajase el ritmo de trabajo.

— Algo huele aquí de maravilla —dijo Sasuke.

Entusiasmada con la niña, Sakura que estaba jugando al caballito con ella sobre las rodillas.

—Sasuke, ven a conocer a la señorita Hanae. Es la niña más preciosa que he visto nunca.

La pena surcó el rostro de Sasuke un instante antes de acercarse a su esposa con una sonrisa en los labios.

—Naruto —dijo, haciéndole carantoñas a la niña—, me parece que vas a necesitar tener a mano tu rifle siempre bien engrasado cuando esta preciosidad esté en edad de merecer. Va a haber cola de pretendientes en la puerta.

Naruto apartó la mirada de Hinata.

—Esta niña no va a tener pretendientes. Sakura se rió.

—No puedes evitar que se case, Naruto.

—Puede que no, pero ya me ocuparé yo de los atolondrados a los que se les ocurra acercarse.

—Pobre del que se atreva a pedirte la mano de Hanae —se burló Sasuke.

Aquella criatura se había ganado su corazón. Solía despertarse una hora antes de amanecer, lo mismo que él, y como no quería despertar a Hinata, le daba él el biberón todas las mañanas.

Sonriendo, Hinata colocó su plato de galletas junto al pollo de Sakura.

—Desde luego, Sasuke, ni que Naruto fuese el ogro del castillo.

—¿Hago algo? —se ofreció Naruto.

—Lavarte las manos —contestó Hinata—. Sakura ha traído la cena y la mesa ya está puesta.

Naruto y Sasuke se lavaron las manos y enseguida se sentaron a la mesa.

—Déjamela —le dijo Hinata a Sakura, refiriéndose a la niña—. Si te la quedas en brazos, ni te vas a acordar de lo que has comido.

— -De eso nada —contestó, sonriendo—. No pienso devolvértela todavía. Come tú primero, y luego comeré yo.

— ¿Segura? Tengo mucha práctica ya en comer con una mano y sostenerla a ella con la otra.

—Segura. Siéntate y come.

—La verdad es que Hanae está encantada con ella —dijo Naruto—. Aprovéchate y disfruta de esta maravillosa cena.

La sonrisa de Hinata palideció.

—De acuerdo.

Sasuke se colocó una de aquellas preciosas servilletas de lino blanco en el cuello de la camisa.

—Sakura, has vuelto a superarte.

Naruto se sirvió dos trozos de pollo, una buena cucharada de verduras y una porción de pan.

—Tu pollo es el mejor del condado. Y me muero de ganas de probar esa tarta.

Hinata tomó un trozo de pollo y una de sus galletas.

— Está delicioso —dijo tras probar un bocado.

—Sakura puede darte la receta si quieres, Hinata —dijo Sasuke con la boca llena. Hinata untó un poco de mantequilla en la galleta.

—Me encantaría.

—También podías copiarle la tarta —sugirió Naruto.

—Claro —contestó Hinata, y miró a hurtadillas su plato de galletas que nadie había tocado.

Naruto se dio cuenta de su silencio. Debía estar cansada. Sakura los miró a él y a Sasuke como si se hubiera enfadado con ellos, y tomó una de las galletas de Hinata.

—Has puesto una mesa preciosa, Hinata. Nunca había visto una porcelana tan bonita.

Hinata se tragó la galleta con la ayuda de un poco de agua.

—No se necesita mucho talento para poner la mesa.

— Tonterías. Yo no sabría ni por dónde empezar. Naruto, deberías haber visto la cantidad de ropa que ha lavado hoy tu mujer. Es una gran trabajadora —continuó.

Naruto sintió que su apetito desaparecía.

—De hecho, me parece que trabaja demasiado —tomó su mano y le dio la vuelta. Tenía la palma enrojecida y áspera—. Quizás deberías tomártelo con más calma.

Ella se soltó.

—No trabajo más que cualquier otra mujer de un ranchero.

Sabía que la vida de un rancho se cobraba su precio tanto en hombres como en mujeres, pero quería evitarle todo lo posible a Hinata.

—Envíale la ropa a la señora Chiyo. La vio apretar los puños.

—La colada es trabajo de una esposa.

— El rancho obtiene buenos beneficios, Hinata —explicó sin darle importancia—. Es una tontería que te destroces las manos con la sosa y el agua caliente. Además, pareces agotada.

Ella frunció el ceño. —Insisto en hacer lo que me corresponde, Naruto.

Parecía haberse puesto de mal humor, pero era incapaz de decir por qué.

—Trabajas mucho ya.

Hinata dejó el tenedor en el plato.

—No es suficiente.

—No merece la pena discutir por algo así, Hinata. Envía la ropa al pueblo. También podríamos contratar a alguien que te echase una mano. Una cocinera, quizás.

— ¡No! Este rancho es tan cosa mía como tuya, y pienso seguir haciendo la colada aunque se me caigan a trozos las manos.

Sakura y Sasuke dejaron de hacerle carantoñas a la niña y se miraron el uno al otro. Sakura se levantó.

— ¿Les importa si Sasuke y yo nos vamos pronto a casa? Aún tenemos que atender al ganado.

Sasuke dejó la servilleta junto al plato.

—Sakura tiene razón. Hay que darles agua a los caballos. Hinata tomó a la niña en brazos.

—No os vayáis. No pretendía echaros.

—Necesitáis tiempo para vosotros dos — dijo Sakura, acariciando a la niña una vez más—. Volveremos a visitaros muy pronto.

Hinata se levantó. Parecía muy acongojada.

—Es culpa mía.

Naruto se levantó también, aunque sin saber muy bien qué pasaba. Cualquier mujer en su sano juicio se alegraría de poder olvidarse de la colada y unas cuantas tareas más.

Sakura apretó la mano de Hinata.

—Tonterías. Volveré a verte dentro de unos días. Sasuke tomó un pedazo de pan.

—Tenemos que irnos.

Sakura se colocó el chal y el sombrero.

—Me pasaré a recoger la cesta en un par de días.

Naruto acompañó a Sasuke afuera y le ayudó a enganchar la carreta.

—¿Qué ha pasado?

Sasuke le contestó en voz baja.

—Nunca he sido capaz de adivinar lo que se le pasa por la cabeza a Sakura, pero desde luego sé bien cuando estoy metido en un lío.

—¿Quieres decir que yo estoy metido en un lío?

—Desde luego.

Sakura salió en aquel momento y Sasuke la ayudó a subir a la carreta antes de despedirse. Cuando se hubieron perdido ya de vista, Naruto se volvió. Hinata estaba en la puerta con la niña en brazos.

Hizo ademán de acercarse a ella, decidido a aclarar las cosas, pero ella dio media vuelta y entró a toda prisa en la casa.

Naruto se pasó una mano por el pelo. Si no fuera un ganadero sin cultura, sabría qué decirle a su mujer.

La encontró sentada frente al fuego, al lado de la cuna donde estaba ya la niña.

—Hinata...

Ella movió la cabeza.

—Siento que se hayan marchado. Ha sido culpa mía.

Se acercó a ella, aunque no sabía qué podía necesitar de él.

—Tenían que marcharse.

—No. Ha sido por mi culpa. He sido una grosera —levantó la cara. Tenía los ojos llenos de lágrimas —Desilusiono a todo el mundo —se lamentó.

—Yo no estoy desilusionado.

— ¡ Sí que lo estás! Todo lo hago mal.

—Llevar un rancho requiere práctica. Date tiempo.

—¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo? Volvió a pasarse la mano por el pelo.

—No lo sé.

—¿Cuánto necesitaste tú?

—Para mí fue distinto —contestó, encogiéndose de hombros—. Yo no he vivido en la ciudad, y estaba ya acostumbrado a los caballos y al trabajo duro.

—¿Y yo no?

Qué torpe se sentía. Era muy difícil encontrar las palabras.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que no eres la esposa perfecta? Pues no lo eres. Ninguna mujer lo es.

Entonces se dio cuenta del error que había cometido. Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas. Tomó a la niña en brazos y entró a toda prisa en el dormitorio, cerrando la puerta a su espalda.

— ¡No se te ocurra entrar aquí! —gimió desde dentro.

Frustrado, Naruto apoyó la frente en la puerta.

—Hinata, ¿qué pasa?

—Si no lo sabes, yo no pienso decírtelo.

—Hinata...

—¡Vete!

Naruto levantó una mano y la dejó caer. ¿Cuándo había perdido el control de su vida?