CAPÍTULO 11
La Verdad
Naruto no volvió a casa en toda la noche.
¿Y quién podía culparlo por ello? se preguntaba Hinata tristemente a la mañana siguiente. Estaba de pie en lo alto de una loma y lanzó una galleta seca contra una rosa. Rebotó al encontrarse con su superficie, sin tener ni siquiera la decencia de romperse antes de caer al suelo como una bala de cañón.
La falda de algodón se le arremolinaba en las piernas, bajo un impecable cielo azul.
Desde donde se encontraba había una vista clara de la cabaña que compartía con Naruto y de la casa de dos plantas en la que estaba trabajando con tanto ahínco. El golpeteo de los martillos llegaba colina abajo.
Naruto estaba allí, se dijo con una mezcla de alivio y pena. Seguramente habría pasado allí la noche. Lanzó otra galleta contra un árbol, pero no consiguió hacer blanco.
Se había levantado antes de amanecer, y después de dar de comer y bañar a Hanae, había doblado la ropa lavada el día anterior, lo que le había producido poca satisfacción hacerlo. Frustrada e inquieta, había acostado a la niña, le había pedido a Jiraiya que la vigilara y, tras meter las galletas en una lata, había subido hasta aquella loma.
Sacó otra de la lata y la lanzó como si fuera una piedra contra la corteza del árbol.
La cena con los Uchiha había sido un desastre. La comida de Sakura estaba deliciosa, nada que ver con las cenas requemadas e insípidas que le había servido a Naruto en aquellas últimas semanas. No era de extrañar que al pobre se le saltaran las lágrimas al tornar el primer bocado de aquel jugoso pollo. Quizás, de no haber estado ella tan cansada o tan frustrada, no habría reaccionado de un modo tan exagerado.
Con un suspiro, se frotó las sienes. Tenía dos opciones: podía seguir lanzándole aquellas piedras al árbol y seguir compadeciéndose, o ir en busca de Naruto y disculparse.
Las mejillas le ardieron al recordar su comportamiento, propio de una niña malcriada. Tenía que disculparse con él.
El viento movió las hojas de los árboles y la hierba que le llegaba a media pierna, lo que la puso en movimiento.
No conocía la casa nueva, y a pesar de su mal humor, sentía curiosidad. El ruido de los martillos se fue haciendo cada vez más fuerte.
Aquella casa debía tener al menos cinco veces el tamaño de la cabaña en la que vivían, lucía unos hermosos ventanales tanto en la planta baja como en la primera. La puerta principal estaba precedida de un hermoso porche. Estaban haciendo un trabajo magnífico.
Levantándose las faldas, subió los tres peldaños y llegó a la puerta. La luz del día entraba a raudales por las ventanas, proporcionándole una atmósfera alegre al espacio interior, dividido en habitaciones por cuatro paredes aún sin terminar. Una escalera central, aún sin barandilla, unía las dos plantas.
Al fondo de la planta baja, vio lo que debía ser una hermosa cocina. El espacio adyacente tenía aspecto de comedor, y las dos habitaciones delanteras parecían un salón y una biblioteca.
Acarició suavemente una de las paredes a medio terminar. Era increíble que Naruto hubiera construido algo así para ellos. La garganta se le cerró por la emoción. Nadie se había tomado una molestia de ese calibre por ella.
El martilleo cesó y oyó unos pasos acercarse, y se dio la vuelta con la repentina sensación de ser una intrusa.
Naruto apareció en lo alto de la escalera. No llevaba camisa, traía un martillo en la mano derecha y el pelo suelto. Con la barba oscureciéndole la barbilla, tenía el aspecto de un forajido.
—Te estoy interrumpiendo —se disculpó torpemente—. Me marcho.
—Quédate.
Su voz profunda retumbó en la casa vacía. Dejó el martillo en el suelo, se puso una camisa gris que estaba colgada de un clavo y la metió por dentro de los pantalones antes de bajar.
Su olor masculino se mezclaba con el olor a madera nueva que lo inundaba todo. Una delgada capa de sudor le brillaba en la frente y el vello de su pecho asomaba por la uve de la camisa.
Saltaron chispas entre ellos y el aire cobró la sequedad de la pradera tras el verano. Pero sin saber cómo, Hinata se las arregló para no salir corriendo.
—He venido a disculparme por lo de anoche.
—No tiene importancia. Su voz sonó áspera como la lija.
—No suelo comportarme como una niña malcriada.
—Lo sé.
Lo miró a los ojos y la intensidad que encontró en ellos la dejó sin aliento. No había ira en sus profundidades, sino algo mucho más inquietante.
—Yo no supe decirte lo que necesitabas oír.- dijo él, guardándose las manos en los bolsillos.
—Dudo mucho que hubiera palabras adecuadas.
—Bueno. Ya ha pasado.
— ¿Olvidado?
Él sonrió.—Ven. Te enseñaré la casa.
Ella soltó el aire que había estado conteniendo. —Estupendo.
Naruto hizo un amplio gesto con el brazo.
—La cocina va al fondo y el comedor, al lado. Me están haciendo una mesa muy espaciosa y una docena de sillas.
—¿Una docena?
Naruto sonrió de medio lado. —¿Crees que tendremos más hijos?
— ¡No, no! Doce son más que suficientes. Luego la condujo a una de las habitaciones.
—Este es el salón. Para los invitados. La otra habitación puede servir como dormitorio, o como cuarto de juegos. Lo que quieras.
— Yo había pensado que estaría bien de biblioteca.
—Si eso es lo que quieres.
—¿Estás seguro?
No podía ocultar la ilusión que le hacía la idea.
—También es tu casa, Hinata.
Conmovida y complacida inmensamente, lo abrazó con fuerza antes de entrar y recorrerla a grandes pasos.
— Siempre había deseado tener una biblioteca.
Naruto se cruzó de brazos y se apoyó contra el marco de la puerta.
—Este invierno construiré la librería. Todas esas cajas que descargué hace unas semanas y que esperan turno en el granero llenarán hasta el último rincón disponible.
Su amabilidad despertaba sus inseguridades.
— ¿Estás seguro? Me has dado ya tantas cosas, y yo he hecho tan poco por ti...
—Has hecho mucho.
Hinata se rió.
—Sí. Provocarte indigestión.
El no sonrió, y se acercó a ella.
—Me has dejado entrar en tu vida, formar parte de una familia.
— Yo no tengo mucha práctica en eso de ser una familia, al menos una normal. La mía no lo era.
—Es posible, pero no por eso has dejado de tener sentimientos. Sé que protegerías a Hanae con tu propia vida, y nadie ha intentando con tanto ahínco hacerme galletas.
Aquel hombre le ponía las emociones patas arriba. Tan pronto estaba enfadada, tan pronto solo deseaba sus caricias como tan pronto se quedaba sin habla. Era sorprendente que aquel ranchero alto como la torre de una iglesia nunca hubiese tenido a alguien que se preocupara de él.
—¿Y tu madre? ¿Es que no cocinaba para ti?
—No la he conocido.
—¿Murió?
— Se marchó. Mi padre dice que era una mujer egoísta que solo se preocupaba por sí misma. También hubo quien dijo que era demasiado joven. Nunca sabré la verdad.
—¿Y tu padre? —preguntó en voz baja.
—El último recuerdo que tengo de él fue cuando me dejó en el hospicio de la misión. Nunca volví a verlo.
—¿Cuántos años tenías?
—Diez.
Ella sabía bien cómo el pasado puede perseguir a una persona. Con el abandono de sus propios padres aún tan reciente, comprendía perfectamente el dolor, la incomprensión, el aislamiento. Y eso que ella era ya una mujer adulta. Él había sido solo un niño.
—Lo siento, Naruto. Él levantó una mano.
—Es una historia vieja ya.
No lo era, pero no iba a llevarle la contraria. Comprendía el esfuerzo que debía haberle supuesto confiar en ella. Las emociones más profundas eran siempre las más difíciles de poner en palabras. Apretó su brazo con una sonrisa.
—Enséñame lo de arriba.
— Será un placer.
Había cinco dormitorios en el primer piso, cuatro más pequeños y uno más grande que daba al este. En esa habitación había una manta y un colchón, y Hinata se sintió tremendamente culpable por haberlo echado de su dormitorio.
—¿Qué te parece?
—Que todo está casi terminado. Me parece increíble que hayas hecho tanto.
A pesar de las paredes a medio terminar, se imaginó alfombras prestando calor al suelo, camas pequeñas y juguetes.
Naruto se apoyó en la pared de la ventana, por la que entraba sol a raudales.
-Empecé hace seis meses y las paredes estuvieron terminadas a final de verano, con la intención de trasladarnos aquí en primavera.
Hinata pasó la mano por el marco de la ventana.
— Pues parece que vas por delante del calendario previsto. La sombra de una sonrisa pasó por sus labios.
—Estas últimas semanas me he dedicado de lleno. Es que temía que, de no hacerlo, sería incapaz de no tocarte.
Un calor lento subió hasta sus mejillas.
Un año antes, habría huido de un hombre tan fuerte y terrenal, pero poco a poco Naruto había llegado a ser el centro de su vida, casi como si se estuviera enamorando de él. No, no podía ser. Despertaba en ella, eso sí, instintos primitivos, pero el amor... eso era harina de otro costal. El amor acarreaba tremendos altibajos, y se había jurado a sí misma durante los meses que había pasado sola en Tsuchi que jamás volvería a entregar su corazón.
No. No quería a Naruto, pero confiaba en él. Y la confianza era más importante que el amor. Quizás fuera esa la explicación de que se sintiera tan atraída físicamente por él, y de que siempre deseara tocarlo.
Se acercó a él hasta que sus faldas le rozaron los pantalones y tomó su rostro entre las manos. Naruto, tenso, con los puños apretados e inmóviles, la dejó hacer.
—Gracias —le susurró.
Sin dejar de mirarla, se apoyó en su mano, como si su contacto le trajera al mismo tiempo placer y dolor.
—Hinata, he hecho todo lo que ha estado en mi mano para hacer honor a mi promesa de no hacerte el amor, pero no conseguiré esperar los diez días que faltan si no te marchas ahora mismo.
Cualquier mujer en su sano juicio saldría corriendo de allí.
—No quiero marcharme —susurró.
—Te prometí que esperaría —dijo, como si le arrancaran las palabras del pecho—Y yo siempre mantengo mis promesas.
Hinata trazó sus labios con el pulgar. Nunca había deseado tanto ser acariciada por un hombre.
—Rómpela.
—Vete, Hinata —le advirtió.
—No.
La miraba de un modo que la hizo temblar.
—Puedo esperar.
—Por eso te deseo todavía más.
Naruto no necesitó oír más para besarla. Con una fiebre que a duras penas podía contener, la colocó contra la pared y apoyó su cuerpo en el de ella. Fue trazando una columna de besos por su cuello, bajando y bajando cada vez más hasta que llegó a las suaves ondulaciones de sus pechos.
Hinata apenas podía respirar. La pasión le ardía en las venas y contenerse era difícil.
Naruto deslizó una mano por su cintura hasta llegar a sus nalgas y ella contuvo la respiración al ver brillar el deseo desnudo en sus ojos.
—Eres preciosa —susurró.
En sus brazos se sentía así. No había pasado ni futuro, solo el momento. En silencio fue recorriendo su pecho y su vientre con las manos, y con un descaro que no sabía poseer, llegó hasta su miembro inflamado.
Rápidamente él se llevó su mano a los labios.
—Todavía no —dijo con voz ronca—. No quiero que esto termine antes de haber empezado — tomó su cara entre las manos — Deberíamos irnos a casa. Allí tenemos una cama.
Pero ella temía que al esperar se perdiera aquel instante cargado de emoción.
— ¿Qué mejor lugar que nuestra nueva casa?
Naruto no se lo pensó dos veces y se tumbó con ella en el suelo, sobre el colchón, a horcajadas sobre ella. Hinata deslizó las manos por sus muslos, y él parecía a punto de perder la razón.
—Te mereces sábanas de seda —dijo, acariciando su pelo.
—La seda es fría. Él la besó.
—El futuro empieza hoy para nosotros.
—Y el pasado queda atrás.
Le levantó las faldas y soltó el cordón de sus pololos para quitárselos, y cuando rozó su entrepierna, la dejó sin respiración. Siguió acariciándola con el pulgar y ella arqueó la espalda, gimiendo.
—Dios, Hinata, eres más de lo que yo me había atrevido a soñar. Casi sentía ganas de llorar de tanto deseo.
La presión iba creciendo en su interior y se sentía muy cerca del abismo en el que tanto deseaba perderse. Pero justo cuando empezaba a atisbarlo, Naruto dejó de acariciarla. Ella gimió a modo de protesta.
—Por favor —le rogó.
—Pronto —susurró él al oído.
Hinata acarició sus muslos y sus nalgas y él, apretando los dientes, tomó su mano y la colocó sobre su pene, que empujaba lastimosamente contra el pantalón.
—Quiero que esto dure, pero Dios, cómo te deseo —dijo él.
—Pues no me hagas esperar —susurró ella, abandonando todo decoro.
La vena de su garganta parecía palpitar cuando le oyó suspirar en rendición. Se desabrochó los pantalones y se los quitó.
Hinata no se atrevía a verlo desnudo, temiendo perder el valor y, acariciándole el vientre, abrió las piernas.
Él se colocó entre ellas apretando los dientes. Entonces, sin dudarlo, la penetró. Ella tuvo que agarrarse a sus hombros, sobrecogida no por el placer, sino por un dolor inesperado.
Naruto se quedó inmóvil. Aun dentro de ella, la miró a los ojos, sorpresa e ira dibujadas en su rostro de granito.
—Eres virgen.
Deseaba poder negar sus palabras y evitar los cientos de preguntas que seguirían, así que en lugar de hablar, intentó acostumbrarse a su presencia dentro de su cuerpo.
—Hazme el amor.
—¿Quién eres? —le preguntó, conteniendo la necesidad y la ira.
La desconfianza que vio en sus ojos estuvo a punto de partirle el corazón.
—Solo Hinata.
Empezó a moverse y el dolor cedió, reemplazado por el deseo.
Con un gemido de agonía, Naruto se retiró de ella, se levantó y se puso los pantalones.
Hinata se incorporó. Quería que la abrazara con fuerza, pero parecía tan rígido que se dio cuenta de que no iba a ocurrir.
Naruto miró sus muslos blancos como las natas manchadas de sangre y frunció todavía más el ceño. Ella se cubrió rápidamente con las faldas, avergonzada, y él murmuró un juramento entre dientes.
—Hanae no puede ser hija tuya.
Las lágrimas le inundaron los ojos. —Es mi sobrina.
Naruto se pasó una mano por el pelo y su mirada tan fija en ella le escoció la piel.
—¿Hija de Hanabi?
—Sí.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
En las semanas que llevaba allí, casi se había olvidado del escándalo, pero todo volvió de pronto a su memoria.
—Tenía miedo de que no quisieras casarte conmigo si te lo decía. Nadie en Tsuchi quería saber nada de nosotras porque Hanae nació fuera del matrimonio.
Naruto volvió a maldecir.
— Pensaba que tendríamos ti... tiempo de conocernos an... antes de la boda—balbució—, pero todo fue tan rápido... Luego no he sido capaz de encontrar el modo de decírtelo, y todo lo que pasó en Ishikawa me parecía tan lejano que pensé que si era capaz de ser la esposa perfecta, a lo mejor no tenía que decirlo.
— Más tarde o más temprano, me habría dado cuenta de que eras virgen —espetó.
— Esperaba que no te importase. Que incluso te sintieras complacido. -Su expresión se endureció.
—Deberías haberme dicho la verdad.
—Tenía miedo. Mis padres se marcharon avergonzados de la ciudad tras la muerte de Hanabi y se negaron a tener nada que ver con Hanae. Toneri, mi prometido, se negó a verme o a contestar a mis cartas mientras estuviera con la niña. Tanta gente me dio la espalda que no podía arriesgarme a que tú hicieras lo mismo.
Naruto se acercó a la ventana, pero no para contemplar el paisaje, sino para mirarse los cayos de la palma de la mano.
—Me conoces lo bastante para saber que me importa un comino lo que piense la sociedad.
—Sí. Ahora lo sé.
—¿Te habrías casado conmigo de no estar el escándalo por medio? —le preguntó sin volverse.
Hubiera querido decirle que se habría casado con él en cualquier momento, independientemente de las circunstancias, pero no habría sido la verdad.
—No más mentiras, Hinata.
Si quería compensar de alguna manera las que había dicho hasta aquel momento, tenía que ser sincera con él en aquel momento.
—No.
Le vio respirar hondo y levantar la cabeza, y con la mirada puesta en el horizonte, estrelló la palma de la mano en la pared y gritó una maldición salvaje por la ventana.
