CAPÍTULO 12
Los Uchiha
Hinata se sintió sobrecogida por la ira desnuda que vio en las facciones de Naruto al volverse. Sus ojos se habían transformado en dos órbitas vacías por completo de sentimientos.
— Naruto, déjame explicarte —le dijo, levantándose.
—Ahora no —cortó, mirando al horizonte -. Humo.
Hinata siguió su mirada hasta ver las columnas de humo en la distancia. Naruto se ciñó el cinto de su arma.
—Maldito sea Nagato...
Hinata se apartó el pelo de la cara con mano temblorosa.
—¿De dónde viene?
—Del rancho de los Uchiha.
— ¡Dios mío! —exclamó, asustada—. ¿Crees que puede hacerles daño? Naruto la tomó por un brazo para conducirla a las escaleras.
—Es su estilo. Volvamos a casa.
Su tono era tan distante... pero aquel no era el momento. Las mentiras y los pecados del pasado tendrían que esperar a que supieran que los Uchiha estaban a salvo.
Cuando llegaron a la puerta de la casa, Shikamaru, Lee y Jiraiya ya estaban allí con los caballos ensillados. El de Naruto, también.
Jiraiya le entregó a la niña a Hinata.
— ¿Has visto el humo? —le preguntó a Naruto.
Este examinó el tambor de su pistola y volvió a cerrarlo.
— Sí. Ha sido el maldito hijo de perra de Nagato.
La transformación patente en Jiraiya y los demás la sorprendió. Aunque ya había presenciado su lado más duro al enfrentarse Naruto y Nagato, su naturaleza amable le había hecho olvidar que la supervivencia en aquellas tierras requería ser implacable.
—¿Cómo sabes que Nagato está detrás de esto? —le preguntó.
—Sasuke me dijo que Nagato había pasado por su propiedad la semana pasada. No hizo nada ilegal, pero se aseguró de que lo viera.
—Nagato sabe que eres amigo de los Uchiha. —dijo Lee—. No está tan loco como para ir tras ellos.
—Es exactamente la razón por la que lo ha hecho. Jiraiya escupió al suelo.
— Si cabalgamos sin descansar, podemos llegar al atardecer. Naruto asintió.
—Vámonos.
— Espero que Nagato no les haya hecho nada. Son muy buena gente —dijo Shikamaru.
— Lo colgaré del árbol más grande que encuentre si les ha hecho algo —dijo Naruto, y luego se volvió a Lee—. Quiero que te quedes y cuides de Hinata.
Lee se llevó la mano al sombrero.
—Lo que tú digas, jefe.
—Si algún desconocido pone el pie en mis tierras, no preguntes: dispara.
—Así lo haré.
Hinata abrazó a la niña.
—¿No deberíais ir a buscar al sheriff?
Naruto se puso el guardapolvo y los guantes.
—No tenemos tiempo de ir a buscar al sheriff, y no quiero que se enfríe la pista de Nagato.
Hinata se imaginó el rostro sonriente y rollizo de Sakura.
—Crees que va a haber problemas, ¿verdad?
Naruto ajustó la cincha de la silla. —Sí.
Con un estremecimiento de temor, se acercó a él y puso la mano sobre su pecho.
El corazón le iba muy deprisa.
—Ten cuidado. Podría estar esperándote.
Naruto miró su mano, retrocedió y se caló el sombrero.
— Sé cuidarme.
Sus mentiras le habían hecho mucho daño, y Hinata rezó porque a su vuelta pudiera compensarlo.
—Te esperaré.
— No te molestes —contestó mientras montaba—. No sé cuánto tiempo estaré fuera. Lee cuidará de ti y, si necesitas algo, acude a él.
Un estremecimiento le recorrió la espalda.
—Así lo haré.
— Quédate dentro de la casa y echa la llave.
—Bien.
El viento le pareció de pronto mucho más frío.
El ala del sombrero de Naruto le ensombrecía los ojos y el guardapolvo aleteaba al viento La estaba mirando, pero sus ojos estaban fríos y distantes.
Hinata respiró hondo e intentó mostrar toda su dignidad.
—Te estaremos esperando.
Una emoción distinta palpitó unos segundos en su rostro, se quitó el sombrero, pasó una mano por el pelo y volvió a colocárselo.
— No te preocupes por nosotras. Hanae y yo sabemos cuidarnos —añadió.
Naruto frunció el ceño como si la idea le molestara y luego, tras rozar el ala del sombrero con la mano, una mano que temblaba tan ligeramente que apenas pudo percibirlo, puso el caballo en movimiento.
Cabalgaron todo lo rápido que podía ir los animales, pero llegaron demasiado tarde: la cabaña de los Uchiha había quedado reducida a cenizas. El humo salía de los maderos achicharrados y las ascuas que aún chispeaban en el aire frío de la tarde.
-¿Dónde están Sakura y Sasuke? —preguntó Jiraiya. Su rostro ajado había envejecido diez años en diez minutos.
—No lo sé.
Naruto estaba de pie en lo que había sido el porche de la casa y miró entre las cenizas buscando restos de sus cuerpos. Pasaron unos minutos y, al no encontrar nada, elevó una oración de gracias.
Tres semanas antes, había estado sentado en aquel mismo porche con Sasuke, saboreando un buen cigarro. Acababan de disfrutar de una de las deliciosas cenas de Sakura y estaban charlando sobre el precio del ganado. Aquella noche Sasuke había sorprendido a Sakura con tres lazos de seda azul de la tienda del pueblo para celebrar que era su décimo aniversario de boda. Sakura había besado a su marido en los labios, pero con la mirada le prometía mucho más cuando se fueran a la cama.
Y ahora, no había ni rastro de ninguno de los dos.
De pronto, se le apareció ante los ojos la imagen de Hinata, atrapada en una cabaña ardiendo. Una furia ciega le impidió respirar hasta que consiguió deshacerse de aquella imagen insoportable.
— ¿Crees que ha sido mala suerte... un accidente, quizás? —preguntó Shikamaru.
Naruto localizó dos casquillos de bala entre los maderos calcinados y los recogió con los guantes. El deseo de venganza le ardía en las manos.
— Esto no ha sido un accidente.
—¿Crees que Nagato está detrás?
—Sí.
Naruto se guardó los casquillos en el bolsillo y, contemplando aquella devastación se juró no descansar hasta encontrar al responsable.
- A lo mejor Sakura y Sasuke están escondidos —sugirió Shikamaru.
— Hay un pequeño almacén para hierba detrás de aquella loma. Vamos a echar un vistazo.
Los tres hombres echaron a andar. La verdad era que Naruto no esperaba mucho. No era propio de Nagato dejar testigos a su paso... vivos.
Habían dado unos diez pasos cuando vio gotas de sangre en la tierra dura, se agachó y, tocó con los dedos.
— Está fresca.
—¿Puede ser de Sakura o de Sasuke? — preguntó Shikamaru.
—Espero que no.
—A lo mejor han conseguido huir.
—Sasuke sabría que yo iba a ver el humo. No puede estar muy lejos.
Miró a su alrededor, las interminables extensiones de pastos, las montañas en la distancia.
—Vamos a separarnos. Nos quedan pocas horas de luz y, si están vivos, tenemos que darnos prisa.
Los tres empezaron la búsqueda. Cinco minutos después, Shikamaru encontró a Sasuke en un terraplén, tumbado de lado, los ojos cerrados.
— ¡Jefe, he encontrado a Sasuke... y creo que está muerto!
Naruto echó a correr, y al llegar junto a su amigo, se arrodilló y lo tumbó con cuidado boca arriba. El polvo y el sudor habían formado una máscara sobre su rostro, y una mancha de sangre se extendía por su vientre y el muslo derecho. Naruto tuvo que recordarse respirar.
—A todo el mundo en el valle le caía bien Sasuke —dijo Shikamaru—. Si ni siquiera le gustaba llevar armas.
—Quienquiera que le haya disparado, lo ha hecho a sangre fría —murmuró Jiraiya, quitándose el sombrero.
Shikamaru se lo quitó también.
—Era un buen hombre. Jiraiya se agachó junto al cuerpo y puso una mano en su cuello.
—Aún lo es.
Naruto levantó rápidamente la cabeza.
—¿Está vivo?
Jiraiya le desabrochó la camisa y se horrorizó al ver el agujero de la bala.
Por los pelos. Tenemos que bajarle al pueblo si queremos que tenga alguna oportunidad.
— Pero antes hay que encontrar a Sakura. Shikamaru, engancha la carreta de los Uchiha a tu caballo. Jiraiya, haz lo que puedas por Sasuke. Yo voy a buscarla.
El corazón parecía a punto de salírsele del pecho al bajar a todo correr hacia el fondo del barranco. Entonces le pareció ver el rastro de un tejido amarillo en unos arbustos. En cuestión de segundos llegó junto a Sakura y con cuidado, la volvió sobre la espalda. Tenía sangre en la sien izquierda, pero respiraba.
Sin perder un segundo, la tomó en brazos y subió con ella a lo que quedaba de la casa. Shikamaru y Jiraiya ya habían colocado a Sasuke en la carreta y estaban enganchando el caballo de Shikamaru.
—¡Está viva! —les gritó. Shikamaru corrió hasta él para ayudarlo y colocaron el cuerpo de Sakura junto al de su marido. Qué frágiles parecían.
Naruto sabía bien que la vida podía volverse un infierno en un abrir y cerrar de ojos, pero nunca dejaba de sorprenderle cuando la tragedia le llegaba a algún amigo.
Jiraiya quitó una manta que llevaba sujeta a su silla de montar y los tapó.
—Será mejor que nos demos prisa. Naruto cerró el portón de la carreta.
— Jiraiya, atiende sus heridas. Shikamaru, tú conduces.
Lo mejor que podía hacer por sus amigos era perseguir a Nagato hasta el mismo infierno.
—Id al rancho, recoged a Hinata y Hanae y lo que podáis necesitar. Iré al pueblo en cuanto pueda.
—¿Dónde vas? —le preguntó Jiraiya.
—A buscar a Nagato.
—No es buena idea, Naruto. Él apretó los puños.
—Ahora no es el momento de discutir.
— ¡ Y unas narices! No te vas a ir solo.
—Aquí las órdenes las doy yo.
—Ya es casi de noche —razonó Jiraiya—. Será imposible localizar a Nagato y los suyos de noche.
—Encontrar alimañas como esas es lo que mejor sé hacer.
— Vas a enfrentarte a un grupo armado.
— Esos mal nacidos dispararán a cualquiera que se acerque.
- Ya me las arreglaré.
-Sí, puede que lo consigas, pero tienes tantas posibilidades como de que una bola de nieve no se derrita en el infierno.
-Quiero dar caza a ese montón de...
Jiraiya maldijo en voz alta.
- Yo no pienso seguirte a la tumba, que es curiosamente dónde vas a acabar si dejas que te ciegue la rabia. Primero tenemos que ocuparnos de Sasuke y Sakura. La venganza vendrá más tarde.
Naruto apretó los puños.
- Ese monstruo se ha liado a tiros con mis amigos como si fuesen animales. Jiraiya lo miró fijamente.
- Y le daremos caza mañana, a plena luz del día y con la cabeza fría.
-Me voy ahora —sentenció, tomando las unidas de su caballo—. Shikamaru, muévete —le ordenó.
Shikamaru miro a Jiraiya, pero obedeció. -Sí, jefe.
-Nagato te está esperando y lo sabes — Insistió Jiraiya-. Si quieres atraparlo, necesitarás tener hielo en las venas y no fuego.
- Ya basta, Jiraiya.
—Digamos que ocurre un milagro y consigues acabar con Nagato. Y luego, ¿qué? Serás juzgado y condenado por un asesinato a sangre fría.
Naruto no necesitaba pruebas para cazar a Nagato, pero la ley sí.
—El sheriff Hatake no me arrestará. Sabe muy bien que Nagato es basura.
—Es un hombre de la ley que debe regirse por ella, y no por la amistad — Jiraiya sujete sus riendas—. ¿Quién va a cuidar de Hanabi y Hinata si haces que te maten?
Hinata.
La mención de su nombre despertaba sentimientos en los que no quería ahondar. Recordó la sorpresa que se había llevado al descubrir su virginidad. Le había mentido, a él, que tanto se había esforzado por ganarse su confianza en aquellas últimas semanas.
—No pienso dejar que me maten.
—Pues a mí me parece que tienes todas las papeletas. Por primera vez en tu vida tienes lo que siempre has deseado: una buena mujer, una hija y la promesa de un brillante futuro. No lo tires todo por la borda.
Las palabras de Jiraiya le llegaron muy hondo.
Aquella mañana, al despertar, habría estado totalmente de acuerdo con él, pero en ese momento ya no estaba seguro de lo que tenía o de lo que no.
¿Y si Naruto no volvía a casa? Un frío penetrante se apoderaba de ella cada vez que pensaba en la posibilidad de que Naruto la abandonara. Había aceptado el abandono de sus padres y el de Toneri, pero la idea de que Naruto pudiese dejarla también era insoportable.
Hinata miró por la ventana de la cabaña a la noche oscura. Una sola lámpara estaba encendida y colgaba en el porche trasero, su débil resplandor era la única protección contra la interminable oscuridad.
Se acercó a la chimenea y se calentó las manos.
Las llamas eran altas y le caldearon manos y rostro, y respiró hondo, obligando a sus músculos a relajarse.
— Va a volver —se dijo en voz baja. Y, cuando lo hiciera, le contaría toda la verdad sobre Hanae y sobre su propio pasado. Dios quisiera que le perdonara tanta mentira.
Se cruzó de brazos.
Al aceptar su proposición de matrimonio, había dado por sentado que podría mantener un firme control sobre sentimientos. Su matrimonio debía ser una especie de acuerdo comercial en el que se ofrecían compañía y respeto mutuo.
Pero desde el momento en que lo vio en aquella polvorienta calle, se había sentido desconcertada. Despertaba en ella sentimientos profundos y primitivos, tanto que a veces no podía reconocerse.
En el pasado siempre había estado rodeada de gente, pero no se había dado cuenta de lo vacía y solitaria que había sido su vida hasta conocer a Naruto. Y en aquel momento, su preciado tesoro se le estaba escurriendo entre los dedos como la arena. Lo único que deseaba era que volviera a abrazarla y terminar lo que habían empezado aquella mañana.
Había intentado con todas sus fuerzas ser la esposa perfecta, ocuparse de la colada y la cocina, cuando en realidad estaba pasando por alto la cualidad más importante de una mujer: la sinceridad.
Pues tenía que encontrar el modo de arreglar el lío que ella misma había creado. Era posible que Naruto nunca llegara a quererla, pero desde luego iba a conseguir recuperar su confianza.
El ruido de las ruedas de una carreta y el timbre profundo de voces masculinas la sacó de su ensimismamiento. Corrió a la ventana y apartó la cortina.
Naruto, el rostro en sombras por el sombrero, bajó del caballo y ató las riendas a la carreta
Hinata corrió a la puerta y la abrió de par en par.
-¡Naruto!
Él levantó la cabeza al oír su nombre y ella echó a correr para llegar a su lado.
-Gracias a Dios que estás bien—exclamó al abrazarlo—. ¿Cómo están los Uchiha?
Naruto no le devolvió el abrazo, Hinata retrocedió un paso.
-¿Naruto?
- Ve por Hanae. Os marcháis.
