CAPÍTULO 13
Por Favor... No te vayas
Naruto la estaba echando... Hinata sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿Por qué? No lo comprendo. Respirar se le hizo casi imposible.
—Los Uchiha están heridos. Los traigo en la carreta.
La boca se le llenó de bilis. —¿Están vivos?
—Por poco.
Hinata se quedó paralizada al verlos. Ambos estaban pálidos como la cera e inmóviles. De hecho temió que fuera ya demasiado tarde al subir a la carreta e inspeccionar el vientre de Sasuke.
—¿Ha sangrado mucho?
—No —contestó Jiraiya.
— Esperemos que no haya hemorragia interna.
— Sabes algo de medicina, aparte de dar puntos —dijo Naruto no sin cierta aspereza.
—Trabajé en un hospital de misioneros en Ishikawa en bastantes ocasiones durante dos años, y he visto suficientes heridas de bala y enfermedades. No he traído mucho de lo que tenía en casa, pero sí algunas medicinas y vendas. Voy por ellas.
No esperó su respuesta. Bajó de la carreta y corrió a la cabaña. Un instante después, volvió con una cesta que depositó en el fondo de la carreta para poder subir. Naruto la ayudó.
— Jiraiya —dijo, arrodillándose junto a Sakura—, envuelve a Hanae en una manta, y mete en una cesta leche, sus biberones y pañales. Cuando lo tengas listo, nos marcharemos.
— Bien.
Hinata apartó el cabello de Sakura que estaba sobre la herida y humedeciendo una gasa con alcohol, la limpió. Afortunadamente la bala sólo le había rozado el cráneo, pero no había penetrado.
Abrió una botella de sales y la pasó por debajo de su nariz. Sakura movió la cabeza y sin fuerzas.
— Está volviendo en sí —dijo Naruto.
Hinata examinó más a fondo la herida.
—La bala solo la ha rozado, pero ha debido golpearse la cabeza al caer —dijo, palpándole la cabeza—. Han debido darla por muerta.
—Gracias a Dios —susurró Naruto. Sakura abrió muy despacio los ojos.
—Sasuke...
Hinata sonrió.
—Está aquí, vivo. Yo me ocuparé de él. Tú descansa.
—Le han disparado... —gimió.
—Lo sé, pero cuidaremos de él. Sakura rompió a llorar y se llevó una mano al vientre.
—Mi bebé.
Hinata apretó la mano de su amiga y le miró las faldas.
—No has sangrado. Descansa.
Sakura cerró los ojos y quedó de nuevo inconsciente. Cuando se volvía para atender a Sasuke, Naruto tocó su hombro.
—¿Qué ha querido decir?
—Sakura está embarazada.
Las líneas de su rostro se endurecieron.
—Sasuke no me había dicho nada.
— Es que no lo sabe. Sakura quería estar completamente segura antes de decírselo.
Naruto se frotó la nuca.
— Llevan tanto tiempo queriendo tener hijos.
— Y aún tienen posibilidades de verlos nacer.
Palpó la herida de Sasuke con los dedos y localizó la bala. estaba muy profunda, pero carecía de los conocimientos necesarios para poder extraerla.
— ¿Eres enfermera?
Era un alivio no tener que seguir ocultando el pasado.
— No, pero aprendí mucho de mi prometido, que era médico. Donaba su tiempo en hospitales de beneficencia y yo solía acompañarlo.
—Prometido —repitió Naruto con desdén—.¿Toneri?
Hinata sacó vendas limpias de la cesta. -.Sí.
Se apartó de la carreta y a punto estuvo de tropezar con Jiraiya, que llegaba con Hanae en los brazos y una cesta.
— Estamos listos —dijo.
Naruto miró a la niña dormida y le cubrió la carita con la manta.
— Bien.
—Una vez estemos en el pueblo, ¿qué vas a hacer? —preguntó Jiraiya.
—Buscar a Nagato y matarlo.
Naruto cabalgaba al lado de la carreta en la que Hinata iba cuidando de los Uchiha. Jiraiya se ocupaba de Hanae y Lee conducía la carreta. Shikamaru se les había adelantado para avisar al médico de su llegada.
Avanzaban tan rápido como podían, pero con cada bache Sasuke se quejaba de dolor.
Las habilidades médicas y la serenidad de Hinata sorprendieron a Naruto. Se esperaba que saliera huyendo al menor problema, pero no había sido así. Cada vez que la miraba tenía la sensación de ver a una extraña.
Recordó entonces la primera carta que recibió de ella. Todo le había sorprendido, desde el delicado papel color crema hasta su fina escritura. Incluso pensó que a lo mejor había recibido aquella misiva por error. ¿Qué podía querer una dama de un vaquero como él?
Pero había contestado aquel mismo día, deseoso de saber más aunque con la sospecha de que quizás no volviese a saber nada de ella. Aun así, no había dejado de ir a la oficina de correos un par de veces por semana y, al recibir su segunda carta, tampoco había podido contener un aullido de alegría. Más tarde, cuando llegó el telegrama en el que aceptaba su proposición de matrimonio, había tenido que leerlo media docena de veces para asegurarse de no haberlo malinterpretado.
Demonios, si no hubiera tenido tanto miedo de perderla, no habría tenido tanta prisa por casarse.
Sujetó con más fuerza las riendas e intentó concentrarse. Primero, Nagato. Hinata después. Apenas había luz cuando llegaron al pueblo. La calle principal estaba llena de gente y carretas, pero todo el mundo se apartaba para dejarlos pasar. Al final de la calle se había reunido media docena de hombres con caballos ensillados. Llevaban guardapolvos, sombreros y pistolas, lo que hacía evidente que Shikamaru los había informado de lo ocurrido. Las alforjas a lomos de los animales estaban bien pertrechas, señal de que esperaban estar fuera un tiempo.
El doctor Orochimaru los esperaba delante de su clínica. Era un hombre ya de edad y de aspecto frágil, pero su voz sonó fuerte y clara al hablar.
— Traedlos dentro.
Hinata, con Hanae en los brazos, entró detrás de Naruto, Jiraiya y Shikamaru, que llevaron primero a Sasuke a la pequeña sala de estaba tan blanco como la sábana sobre la que lo tumbaron pero, gracias a Hinata se mantenía con vida.
La clínica, limpia y de escaso mobiliario olía a antiséptico.
Sakura gimió débilmente cuando Naruto la llevó a la sala y la tumbó en una camilla cercana a Sasuke.
El médico se subió las mangas antes de examinar a Sasuke.
— ¿Quién lo ha vendado?
— Yo —contestó Hinata, cambiándose de lado a Hanae.
— Puede haberle salvado la vida —dijo él tras una breve pausa. - Dios lo quiera.
Será mejor que se pongan cómodos. Nos espera un trabajo de horas.
Naruto sabía que no podía hacer nada más allí Sasuke y Sakura estaban en buenas manos, y Hinata y Hanae a salvo.
Había llegado el momento de salir tras Nagato.
— Le dejo trabajar.
Hinata lo sujetó por un brazo cuando estaba ya en la acera.
— ¡Naruto!
Él se detuvo, pero no se volvió a mirarla,
—Tengo que irme.
— Sé que este no es el mejor momento, pero tenemos que hablar.
- No hay nada que decir.
-Te equivocas.
Uno de los hombres que aguardaba en la partida revisó la carga de su rifle y lo colocó en la silla. El caballo pateó el suelo, ansioso por ponerse en movimiento y quitarse el frío de los huesos. Varios hombres montaron y llamaron a Naruto.
-Enseguida voy —les dijo—. Pide una habitación en el hotel —le dijo—. Hablaremos cuando vuelva, Hinata.
— Naruto, por favor, no te vayas así.
Naruto respiró hondo.
— Hinata, ahora no quiero hablar. Sí, estoy enfadado porque me hayas mentido y sí, tengo mucho en que pensar. Pero hay una tormenta de nieve de camino y un loco al que dar caza. El tiempo para hablar es un lujo del que no dispongo.
Aun a pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, no le gustó ver el dolor que le estaba causando.
Pero, en aquel momento, no podía hacer nada al respecto así que, dando media vuelta, desató su caballo y montó.
Varios integrantes de la partida miraron a Naruto, y al ver su expresión, guardaron silencio.
Hinata se quedó viéndolos desaparecer en la distancia. Ya se imaginaba que decirle la verdad a Naruto iba a crear una situación extraña, pero nunca pensó que llegaría a aquel punto.
Las lágrimas le inundaron los ojos.
—Lo has echado todo a perder, Hinata —se dijo en un susurro—. ¿Cómo vas a arreglarlo cuando vuelva... si es que vuelve?
— Volverá —dijo la señora Senju a su espalda, envuelta en una capa. Avergonzada de haber dado aquella escena en público, Hinata esbozó una sonrisa.
—No me había dado cuenta de que estaba usted ahí —dijo.
—No pretendía escuchar lo que hablabais, pero no he podido evitarlo. No te preocupes, querida, que yo también he tenido que sufrir de vez en cuando los arranques de genio de Naruto Uzumaki, y he sobrevivido a todos ellos. Perro ladrador, poco mordedor.
—Eso espero.
— Pues claro que sí. Ahora, vámonos a casa, que esa niña y tú tenéis que calentaros.
— No debería dejar a Sakiura y a Sasuke.
— Si alguien puede salvarlos, es el doctor Orochimaru. En un poco cascarrabias, pero no hay médico mejor.
-Naruto me dijo que me fuera al hotel.
-¿Al hotel? Ni hablar.
Hinata le agradecía no tener que quedarse sola y le dio las gracias antes de seguirla por la acera hasta su casa, la última de la calle. Abrió la puerta de la valla de madera que rodeaba su jardín. La casa parecía recién pintada, y la decoración interior era absolutamente femenina.
Había montones de muebles: coquetos sofás tapizados con flores y mesas repletas de figuritas. Un reloj de cuco avanzaba ruidosamente en la pared sobre una mesa de mármol que quedaba cerca de la chimenea. Olía de maravilla, como a vainilla y limón, y a pesar de todas sus preocupaciones, se sintió más tranquila.
Hanae se despertó frotándose los ojos, levantó la cabeza, miró a Hinata y le dedicó una somnolienta sonrisa.
- Déjamela mientras te quitas la capa — dijo la señora Senju.
Hinata colgó la capa en la percha, se quitó los guantes y los guardó en sus bolsillos.
La señora Senju acarició la naricilla de Hanae.
—¿Sabes que eres una monería?
Hanae comenzó a mover los brazos y a protestar.
— Me temo que ya tiene hambre —dijo Hinata.
— Claro. Te acompañaré a tu habitación para que puedas darle el pecho. Hinata dudó, pero no podía escapar a su mentira.
—Le doy el biberón.
—Pobrecita. ¿No has tenido leche?
El peso de la culpa volvió a asentarse en su estómago y se limitó a encogerse de hombros.
La señora Senju la llevó a la cocina.
— Entra y siéntate. Tengo unas cuantas latas de leche, y si me das el biberón, se la preparo en un santiamén.
Hinata sacó el biberón que siempre llevaba envuelto en un paño blanco de algodón en el bolso y se lo entregó no sin cierto alivio de que se ocupara ella de prepararlo. Tenía tantas cosas en la cabeza: el último momento que había pasado con Naruto, su ira, su rabia... sabía que no tendría un momento de paz hasta que se hubiera enfrentado a ello.
—Es usted muy amable, señora Senju.
—En Konoha cuidamos los unos de otros. Todos fuimos recién llegados en un momento.
Abrió un bote de leche y la puso a calentar mientras enjuagaba el biberón. Hinata se sentó junto a la gran mesa de la cocina.
— Entonces, no es usted de Konoha.
La señora Senju puso sobre la mesa un plato de dulces y un cuenco con mermelada de fresa.
— Dios, no. Esta ciudad apenas tiene veinte años de antigüedad. El señor Senju y yo vinimos aquí en el sesenta y uno. Perdimos a nuestro hijo mayor en la guerra y necesitábamos un cambio. Creo que ya le dije que el señor Senju es el propietario de la tienda de ultramarinos.
— Sí.
Apartó el cazo del fuego, llenó el biberón y ajustó la tetina. Luego le entregó el biberón junto con un paño de felpa que le colocó en el hombro.
— ¿Le importaría contarme cómo se conocieron Naruto y usted? —preguntó la señora Senju mientras contemplaba a la niña—. Todos nos preguntamos cómo llegaron a cruzarse sus caminos.
Hinata colocó a Hanae, probó la temperatura de la leche en el dorso de la muñeca y se la puso en los labios. La niña se agarró entusiasmada al biberón.
—Respondí a un anuncio que había puesto en el Tsuchi Gazette.
La señora Senju enarcó las cejas.
—Aquí ya hemos tenido antes otras mujeres que se han casado por anuncios del periódico. Los hombres se sienten solos y las mujeres en disponibilidad de casarse escasean, pero ¿por qué iba a contestar a un anuncio de esa clase una joven encantadora como usted? ¡Pero si debía tener a los hombres haciendo cola delante de su casa!
—Quería volver a empezar.
La mujer la miró un instante en silencio antes de abrir uno de los bollos por la mitad.
— Esta ciudad no tiene tantos lujos que ofrecer como Tsuchi, pero es el sitio ideal para volver a empezar.
—A veces me pregunto si uno puede deshacerse de verdad del pasado.
—El pasado es como un mal sueño. No se llega a olvidar del todo, pero con el tiempo pierde intensidad.
—Nada de lo que merece la pena es fácil, pero hasta que de verdad empiece a desvanecerse, no hay nada mejor para distraerse que un buen bollo —dijo desenfadadamente, lo untó con una generosa cantidad de mermelada y se le lo puso delante de Hinata.
— Huelen de maravilla. Hace meses que no tomo un bollo.
La señora Senju puso unas hojas de té en la tetera de porcelana, echó agua hirviendo y sacó dos tazas sobre la mesa.
— Espero que coma al menos dos, querida. Está demasiado delgada —y, con una sonrisa, añadió—: así que pretendo engordarla mientras esté en mi casa.
Hinata sintió que parte de la tensión que llevaba acumulada se perdía. La dulzura de la señora Senju le hacía sentir una extraña confianza con ella, casi como si pudieran hablar de cualquier cosa, una sensación que nunca había tenido con su madre.
Hanae apuró el biberón hasta el final y, tras colocarla sobre su hombro, le dio unas palmadas en la espalda hasta que eructó.
La señora Senju se acercó un poco.
— Recuerdo cuando Naruto llegó a Konoha. Creo que no habló absolutamente con nadie durante los primeros seis meses, de tan decidido como estaba a sacar adelante el rancho. Es un hombre duro como los clavos y sabía algo de granjas, pero ni una palabra de cómo llevar un rancho. De no haber sido por Jiraiya, dudo que lo hubiera conseguido. De hecho, muchos pensábamos que terminaría rindiéndose, pero ahí está.
—Pues a mí me da la impresión de que lo sabe todo de todo —contestó Hinata, algo sorprendida.
— Es que los hombres son así, querida. Normalmente están convencidos de tener razón aunque no tengan ni idea de lo que están haciendo.
—Aún sé tan poco de él.
—No es un hombre precisamente extravertido —se encogió de hombros —.Supongo que no se siente demasiado orgulloso de su pasado de cazarecompensas.
Hinata parpadeó. —¿Naruto era cazarrecompensas?
—Pues sí. Nunca habla de ello, pero consiguió el dinero para comprar el rancho buscando asesinos y ladrones de bancos. Dicen que era implacable. Tengo entendido que capturó unos doscientos hombres.
Y pensar que ella estaba tan preocupada por su pasado cuando Naruto tenía también sus secretos.
—Es curioso, pero nunca lo ha mencionado.
