CAPÍTULO 15
Habitación # 06
La tierra tembló bajo los pies de Hinata, pero entrelazó las manos dispuesta a pasar por encima del pánico que amenazaba con descontrolarla.
—No puedo estar mejor sin ti. Él apretó los puños.
—Quiero una esposa que pueda vivir en el oeste. No tengo tiempo de mimar a una mujer que para empezar no tendría por qué haber venido a vivir aquí.
Hinata tragó saliva.
—No voy a marcharme, digas lo que digas. Aquí es donde Hanae y yo debemos estar.
—Vosotras no tenéis nada que hacer aquí —espetó.
—Nos quedamos —insistió, mirándolo los ojos — Te mentí y estuvo mal, pero en aquel momento creí que era lo único que podía hacer. Mi prioridad era proteger a Hanae, y no podía correr el riesgo de confiar en ti — tomó un trago largo de agua que le refrescó la garganta seca—. Ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba.
—No tiene nada que ver con esa mentira, Hinata. Es que tú no perteneces a este lugar... y nosotros no estamos bien juntos.
— Te he hecho daño.
— Esta no es la clase de vida que te mereces- insistió con dureza.
— Es la clase de vida que deseo. La clase de vida que me ha hecho sentir viva por primera vez en la vida.
Naruto masculló una maldición entre dientes.
— ¿Es que no te enteras? No te quiero.
Hinata siempre había evitado el conflicto... de hecho, incluso había huido de ellos, pero es que ya no era la misma persona que se había marchado de Tsuchi hacía poco más de un mes.
No iba a huir ni de Konoha ni de Naruto.
— Pues es una pena... porque ya me tienes.
— Si es por dinero, no te preocupes —sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado y se lo entregó—. He abierto una cuenta a tu nombre en Otogakure. Es lo justo.
— Hinata desdobló el papel. La suma que aparecía en él era increíble. Hanae y ella podrían vivir cómodamente durante muchos años con esa cantidad. Volvió a doblarlo y se lo devolvió.
— No quiero tu dinero.
— Pues es todo lo que vas a obtener de mí.
Fingió no oírlo.
— ¿Es por Nagato? ¿Por el hecho de que fueses un caza-recompensas?
Él se sorprendió.
— ¿Quién te lo ha dicho?
— Eso no importa.
—Entonces, entenderás por qué no soy un hombre adecuado para ti.
—Hanae y yo nos volvemos al rancho.
— ¡De eso nada! —espetó, levantándose de la silla con tanto ímpetu que esta cayó de espaldas—. Tienes un billete esperándote en la estación de coches. Ya le he dicho a Jiraiya que prepare todas tus cosas y que te las envíe a Otogakure. Tu diligencia sale por la mañana.
Y salió del restaurante, dejándola sola.
Kurenai llegó a la mesa justo en aquel instante con dos platos humeantes.
—¿Adónde va Nagato con tanta prisa? Hinata se aclaró la garganta.
—Lo han llamado.
La mujer la miró con los brazos en jarras.
-La gente de por aquí no deja de hablar cómo le salvaste la vida a Sasuke y Sakura.
-Tú habrías hecho lo mismo.
-Por supuesto que sí, pero yo no soy una recién llegada, ni tampoco una recién casada.-dijo Kurenai sin maldad—. Nadie de los de por aquí se imaginaba que tuvieras ese valor — continuó—. Es más si quieres que te diga la verdad, nos imaginábamos que a estas alturas te habrías marchado.
— Pues si mi marido se sale con la suya, marcharé mañana por la mañana.
La sonrisa de Kurenai se desvaneció.
— ¿Y tú, qué quieres hacer?
Hinata dejó la cuchara.
— Yo quiero quedarme, pero no tengo ni idea de cómo conseguirlo.
— Volverá,
Hinata bajó la mirada al plato.
— Yo no estoy tan segura.
Kurenai murmuró algo sobre los hombres y las piedras.
— Debe estar preocupado por lo de Nagato. He oído que aún no ha encontrado a esa rata, Naruto siempre consigue lo que quiere.
— Eso es lo que me temo —contestó Hinata, incómoda. Kurenai sonrió.
—Pero el problema es que Naruto no siempre sabe lo que quiere. Como todos los hombres, a veces necesita que le insistan un poco.
—Insistir a Naruto es como insistirle a una montaña —se lamentó, moviendo el estofado con la cuchara—. No quiero entretenerte más. Supongo que tendrás mucho que hacer.
Quería quedarse sola. Tenía que encontrar el modo de arreglar su matrimonio.
Pero Kurenai se quedó allí, como si tuviera todo el tiempo del mundo y nada que hacer.
—En cualquier montaña se puede hacer un agujero con la cantidad adecuada de dinamita.
—Supongo que sí.
— Naruto debe haber ido a ver al sheriff Hatake para ponerlo al día.
—Eso me imagino.
—Y luego, supongo que empezará a organizar otra batida. No es un hombre que se rinda fácilmente.
«Excepto con ella», se dijo con tristeza. Kurenai se estudió las uñas, cortísimas.
—Y me imagino que después, subirá a la habitación que tiene reservada aquí para echar un sueñecito.
Hinata la miró.
— Había olvidado que tiene una habitación aquí. Kurenai recogió el cuenco de Naruto.
— Número seis. Siempre se queda en la misma. Es un hombre de costumbres—Añadió con una sonrisa—. Seguro que ya le ha pedido Asuma que le tenga preparado el baño. No le gusta nada andar polvoriento.
Hinata se mordió el labio inferior y se levantó con una idea gestándose en su cabeza.
La última vez en que Naruto y ella habían estado en privado juntos, la emoción había vencido a la razón. Nada de acciones preparadas, ni meditadas de antemano, ni de barreras.
Pensó ¿cómo conseguía una mujer llevarse a un hombre, y un hombre muy decidido, a la cama?
Kurenai debió leerle el pensamiento porque dijo:
— A ti tampoco te vendría mal un baño.
— Ya lo he hecho esta mañana.
- Hinata —insistió, enarcando una ceja—, necesitas un baño.
Tardó aún un momento más en comprender qué quería decirle, y cuando por fin lo hizo, sonrió de oreja a oreja y la abrazó.
— Un baño es exactamente lo que necesito ahora. Kurenai se echó a reír.
—Esta es mi chica.
Naruto estaba decidido a seguir enfadado. La ira era un sentimiento sencillo, puro, sin complicaciones, y evitaba que la tristeza y la frustración lo destrozaran por dentro.
Se había pasado media hora intentando convencer al sheriff de organizar un nuevo grupo de búsqueda. Hatake no estaba de acuerdo. El tiempo era malo y esperaban que empeorase. La nieve ya cubría todo el paisaje, y Nagato no volvería a ser una amenaza hasta la primavera.
Naruto se caló bien el sombrero para que los copos de nieve no le dieran en la cara al avanzar por la acera.
Hatake no sabía lo que hacía. Nagato no estaba lejos, sino que seguía en los alrededores, al acecho, esperando el momento oportuno para volver a atacar. Podía sentirlo.
Nagato volvería.
Y traería con él su pasado más salvaje.
Después de lo ocurrido, un día, al detenerse para dar agua a su caballo, se había arrodillado junto al pequeño lago para lavarse la cara y despejarse un poco. Pero al hundir las manos en el agua helada, se había visto reflejado en la superficie. Su cara, endurecida y surcada de arrugas, estaba cubierta de la barba crecida de una semana. Se había lavado frotándose con fuerza, pero ni así había conseguido borrarlo lo que había visto: el rostro sin alma de un cazador de recompensas que había perseguido y acabado con más hombres de los que era capaz de recordar.
Entonces pensó en Hinata... en sus ojos perlas brillando de inocencia, en sus gráciles manos que sostenían una desportillada taza de barro como si fuera delicada porcelana, en su porte de dama bien educada.
Su lugar no estaba junto a él, sino en los salones de la alta sociedad en los que la vida era segura y sosegada. No podía soportar presenciar cómo la luz se apagaba de sus ojos a base de trabajo duro, y mucho menos cómo otra escoria como Nagato la abatía a tiros para vengarse.
Lo mejor era que Hanae y ella salieran de su vida para siempre y que vivieran en la ciudad, donde su pasado no podía hacerles daño. Seguramente nunca se repondría de su pérdida pero las quería demasiado para encerrarlas en su mundo.
Subió las escaleras del hotel acompañado del ruido metálico de las espuelas y entró en su habitación deseoso de meterse en la bañera de agua caliente con una buena botella de güisqui en la mano.
Siempre utilizaba la habitación número seis del hotel. No era ni con mucho la más bonita del hotel, pero sí espaciosa e iluminada por el sol de la mañana.
Entró y dejó el sombrero sobre una silla. El vapor salía del agua describiendo espirales y había una pastilla de jabón, toallas limpias y una botella de whisky esperándolo junto a la bañera.
Se desvistió rápidamente y se metió en el agua. Qué maravillosa sensación era para sus músculos cansados. Se hundió para quedar bajo el agua y volvió a salir, apartándose el pelo de la cara antes de empezar a restregarse con la manopla. Una vez limpio, destapó la botella de whisky y tomó un trago largo para, luego apoyar la cabeza y los brazos en el borde de la bañera.
Intentó dejar la mente en blanco y que el agua lo calmara, pero no conseguía dejar de pensar en Hinata y en cómo sus manos habían acariciado su piel de porcelana.
Tomó otro trago de whisky y, al mirar la etiqueta de la botella se preguntó cuánto más tendría que beber para ahogar el dulce sabor de sus labios o silenciar el recuerdo de sus gemidos al hacerle el amor.
Hasta el último músculo de su cuerpo reaccionó con aquel pensamiento, y con un gemido de agonía, cerró los ojos ¿ Cómo iba a conseguir olvidarla?.
Perdido en sus pensamientos, casi no oyó el chirriar de la puerta al abrirse, pero fue el instinto lo que lo sacó de su ensimismamiento y le hizo empuñar la pistola que había dejado en la silla, levantarse y darse la vuelta, apuntando.
A punto estuvo de caer de espadas al ver que Hinata entraba y echaba el pestillo.
— ¿Qué demonios haces aquí?
Sin contestar, se agachó y tiró la llave por debajo de la puerta hacia el pasillo.
— Encerrarnos.
— ¿ Y se puede saber por qué?
A pesar del frío de la habitación la piel le ardía. Hinata se quitó cuidadosamente la capa y la colgó junto al guardapolvo de Naruto.
— Aún no hemos terminado.
— ¡Fuera!
Se quitó entonces los guantes y el sombrero.
—No puedo. Estamos encerrados.
—Hinata...
Pronunció su nombre en tono amenazador, intentando asustarla. Pero ella sonrió, y deliberadamente bajó la mirada por su cuerpo.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día, empapado y apuntándome?
Bajó el arma inmediatamente y se envolvió las caderas con una toalla.
—No deberías asustar así a un hombre.
Hinata se desabrochó la chaqueta entallada y se la quitó para dejar al descubierto una camisa interior de fino algodón rematada de encaje que le cubría solo hasta el inicio de los senos.
—No se me ocurría otro modo de llamar tu atención.
— ¡Márchate, Hinata - Pero ella se sentó en el borde de la cama, se desabrochó las botas y se las quitó.
—¿Quieres que te frote la espalda? —le sugirió, con la pastilla de jabón en la mano.
A pesar de todos sus esfuerzos, no pudo contenerse y bajó la mirada a su escote. La necesidad le abrazó el vientre y aferró con tanta fuerza la toalla que los nudillos se le quedaron blancos.
-¡No!
Ella sonrió despacio.
— Entonces, ¿qué se te ocurre que hagamos?- Salió de la bañera y retrocedió un paso.
— ¿Qué tal si te marchas? Hinata se acercó a él.
— No.
— Maldita mujer... estoy intentando ser noble contigo, Hinata.
— Pero yo no quiero. Yo quiero a mi marido-contestó, y para reforzar la idea, lo besó en los labios.
Toda una vida de férreo control quedó puesta a prueba en aquel momento. El agua seguía resbalando de su cuerpo y había formado un pequeño charco a sus pies.
- Yo no quiero esto.
-No mientas.
— No podemos hacerlo. No está bien.
Ella lo miró un momento antes de contestar
— Mi hombre fiero y orgulloso. Siempre creí que eras el guerrero inquebrantable, pero ahora veo que estás tan asustado como yo por la fuerza de lo que hay entre nosotros.
Él apretó los dientes.
— Yo no estoy asustado.
—Demuéstramelo.
—Hinata, no. Tú vas a marcharte. Ella le apartó un mechón de pelo que le goteaba en la frente.
—Eres un miedica.
Aquella mujer tenía que haber perdido el juicio.
— Yo soy el único capaz de comportarse como un adulto aquí.
—Yo diría que más bien como un niño. Naruto comenzó a ir y venir por la habitación como un animal enjaulado.
—¿Por qué demonios me estás haciendo esto, hinata? Te he dado una salida. Tendrás dinero. Todo lo que quieras. ¿Por qué?
—Pues porque no tengo todo lo que quiero.- Ella parecía tan serena mientras que a él se le había subido el corazón a la garganta...
— Entonces, dime qué quieres. Yo te lo conseguiré.
—Tú eres lo que quiero.
Naruto cerró los muro que había construido ladrillo a ladrillo alrededor de su corazón se vino debajo de un plumazo. Vulnerable y desnudo, susurró:
—Tú no me quieres.
—Sí te quiero.
— Hinata, no tienes experiencia suficiente para saberlo.
— Pero sí sé lo sola y perdida que me sentía antes de conocerte, y lo llena que me siento ahora que te tengo.
— No es tan sencillo.
— Sí que lo es.
— La vida conmigo es dura y peligrosa. No puedo protegerte de todos los peligros. En un principió pensé que sí, pero luego vi a Sakura, inconsciente y sangrando, tirada en el suelo... -aquella imagen lo perseguiría por el resto sus días—. No podría vivir si te ocurriera algo parecido, Hinata.
— Soy una mujer adulta que ya ha pasado mucho antes de conocerte.
Él movió la cabeza; estaba cansado de comportarse con nobleza cuando todo lo que deseaba era abrazarla.
— Piensas que lo tienes todo claro, pero en realidad no te haces idea de a qué estás renunciado.
La ira brilló en sus ojos perlas.
— ¿Te refieres a que los amigos dejen de dirigirme la palabra? ¿A tener un prometido que valore más su buen nombre que mi persona ¿A unos padres que nunca me perdonen el pecado de proteger a Hanae, su propia nieta? No tendré tantas cosas como tenía en Tsuchi, pero para tu información, las cosas no te consuelan cuando tienes miedo, ni te escuchan cuando necesitas hablar con alguien. Las cosas nunca me han hecho feliz. Tú sí.
— ¡Pero Nagato está al acecho!
— ¡Nagato, Nagato, Nagato! Ya nos enfrentaremos a él y a quienquiera que venga a por nosotros, si es que eso llega a ocurrir.
—Ocurrirá, Hinata.
— De acuerdo —admitió, tomando sus manos —. Pero no malgastemos los días, meses o años que nos separen de ese momento. Disfrutemos de lo que tenemos.
Le rodeó el cuello con los brazos y acercó los labios a su boca. El agua que aún le mojaba el pecho le empapó la camisa, y Naruto se dio cuenta entonces de que no llevaba corsé.
—Has venido dispuesta a seducirme —dije con voz ronca.
Ella sonrió. —He esperado en el pasillo hasta que te oído meterte en la bañera —contestó, mordiéndole los labios — He esperado a estar segura de que no podías escapar.
Sujetando aún la toalla con una mano rodeó con la otra su cintura.
—No me lo estás poniendo nada fácil. Ella le besó la barbilla.
-Bien.
-Después no habrá marcha atrás, Hinata, y si tuvieras una pizca de sentido común, huirías.
-No pienso volver a huir de nada. Y mucho menos, de ti.
