CAPÍTULO 17


Vendetta


Hinata abrió las cortinas de la habitación del hotel con una sonrisa en los labios. La luz del sol se desparramó por el suelo y las sábanas arrugadas de la cama, y se sonrojó al recordar la noche que Naruto y ella habían compartido.

Llevaba fuera solo cinco minutos, pero ya le echaba de menos. Había retrasado su partida todo lo posible, pero la búsqueda de Nagato no podía ignorarse durante más tiempo.

Hinata se cruzó de brazos. Hanae dormía, y tuvo unos minutos para saborear los recuerdos.

No habían intercambiado palabras de amor, pero no las necesitaba. La pasión de Naruto comunicaba mejor sus sentimientos que cualquier palabra que pudiera haber pronunciado.

Tatareando una musiquilla, comenzó a vestirse. La noche que habían pasado marcaba el comienzo de una nueva etapa llena de esperanzas.

La vida era maravillosa.

Alguien llamó con los nudillos a la puerta arrancándola de sus pensamientos. Rápidamente se abrochó los últimos botones del vestido entonces vio el sombrero de Naruto sobre la cama. No era propio de él ser descuidado, pero seguramente lo que había pasado aquella noche lo tenía tan despistado como a ella.

Con una sonrisa, lo recogió de la cama y se apresuró a abrir.

—Está usted perdiendo facultades, señor Uzumaki—dijo, abriendo de par en par.

La sonrisa se le heló en los labios al ver a Nagato delante de ella. Desprendía un olor nauseabundo, a grasa y suciedad, como si no se hubiera bañado en meses.

— Señorita Hinata... venía precisamente buscarla.

Hinata respondió cerrando rápidamente la puerta, pero Nagato fue más rápido que ella interponiendo un pie para abrirla de un empujón.

Hinata retrocedió varios pasos, y su primer pensamiento fue para Hanae. Ojalá siguiera así dormida y pudiera pasar desapercibida.

— Si gritas, mataré al primero que se presente en la puerta —le advirtió. «Hanae, por favor, sigue durmiendo. Hinata bajó la mirada a la altura de su cadera, de donde colgaba el revólver. No le cabía alguna duda de que era capaz de hacer exactamente lo que había dicho.

—¿Qué quiere?

Cerró la puerta despacio.

—A ti.

Hinata tuvo que apretar los puños para que no viera cómo le temblaron las manos. Naruto le había dicho que no tardaría más de una hora en volver. Tenía que mantener la calma y conseguir que Nagato no se acercase a la niña.

—¿Porqué?

—Ojo por ojo —se humedeció los labios y la miró de arriba abajo—. Tu marido me quitó a la única familia que tenía, así que yo voy a hacerle lo mismo. Es lo justo.

Hinata se tragó un grito de espanto.

—No voy a ir con usted a ninguna parte.

Nagato sacó del bolsillo un cigarrillo y una cerilla. Sin prisa, encendió la cerilla contra la bota y prendió el cigarrillo, pero aún tardó en mirarla a través de la nube de humo.

—No te lo estoy pidiendo.

Hinata retrocedió hasta tropezar con el pie de la cama, y su presencia conjuró imágenes que la obligaron a apartarse de ella como si quemara.

Nagato se acercó y a ella se le congeló la respiración.

—Ponte la capa. Nos vamos.

—Nunca conseguirá sacarme del pueblo.

— He traído una carreta cubierta. Nadie sabrá que estás dentro. Aquella vez no pudo evitar que le temblaran las manos.

—Naruto nos seguirá.

—Cuento con ello.

Tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con la punta de la bota. Luego, sin previo aviso, echó hacia atrás el brazo y la golpeó con el puño cerrado en la mandíbula. Hinata solo tuvo tiempo de sentir sorpresa antes de quedar inconsciente.


—¿Cómo que Nagato está aquí? —tronó la voz de Naruto en las paredes de la oficina del sheriff Hatake.

El hombre cambió de postura en la silla.

— Anoche me encontré en el salón a un par de vaqueros que me dijeron que lo habían visto hace unos días a unos quince kilómetros del pueblo, muy cerca del lago.

Naruto plantó las manos en la mesa del sheriff y se inclinó hacia delante.

—¿Y por qué demonios no me lo has dicho antes?

—He estado en el hotel, pero el conserje me ha dicho que no se te podía molestar.

Naruto se incorporó, intentando no perder la paciencia.

— ¿Cuánto tiempo necesitas para reunir una partida?

—Una hora.

—Nos encontraremos a la salida del pueblo a las doce.

—Naruto, te estás poniendo nervioso por nada.

—No lo subestimes, Hatake.

—Ya lo sé, pero estás demasiado nervioso. Deja de preocuparte tanto. Vuelve al hotel y quédate un rato con tu esposa.

De pronto experimentó un incómodo escalofrío por la espalda.

—Algo me dice que las cosas no van del todo bien.

—Son los nervios, Naruto. Ve a ver a Hinata. Ya verás cómo te sientes mejor.

—Sí. Tienes razón.

Salió a la calle. Seguía nevando. Cuanto antes encontrara a Hinata, mejor.


El sol estaba ya en lo alto cuando Hinata se despertó. Estaba tirada en un suelo de madera, acurrucada de lado. Le dolía todo el cuerpo y el frío se le había agarrado a los huesos. Los dientes le castañeteaban a pesar de la protección de la capa.

Se incorporó y la cabeza comenzó a darle vueltas. Con cuidado, se palpó la mandíbula e hizo una mueca de dolor.

La cabaña era pequeña y estaba sucia. Había una estufa de hierro apagada en una esquina, dos sillas rotas y una mesa.

Nagato estaba sentado en una esquina de la cabaña, con los codos apoyados en las piernas.

—Estaba empezando a preguntarme si no ibas a despertarte nunca.

—¿Dónde está Hanae?

—A salvo... por ahora. El pánico la ahogó.

—¿Dónde está? Nagato se levantó.

—No voy a decírtelo.

— ¡Dime dónde está la niña, maldito bastardo! — se descontroló.

En dos zancadas, Nagato se plantó ante ella y tiró de un mechón de su pelo.

—Yahiko quería que te matase allí mismo, pero yo le dije que no. Que eras especial — sacó el arma y apoyó el cañón bajo su barbilla—. Ahora estoy empezando a creer que tenía razón. Que debería haberte matado en el hotel.


Naruto entró como una exhalación en el vestíbulo del hotel e ignorando a los clientes que esperaban para registrarse, subió a todo correr las escaleras. El llanto desconsolado de Hanae fue lo primero que oyó al llegar al descansillo.

A todo correr se plantó en la habitación y vio que la puerta estaba entreabierta.

Con una mano temblorosa, abrió.

Kurenai estaba sentada en la cama con Hanae en los brazos y al verlo sonrió aliviada.

—Acabo de encontrarla a todo llorar.

—¿Dónde está Hinata? Kurenai frunció el ceño.

—Creía que estaba contigo.

—No. Yo estaba en la oficina del sheriff. Le dije que volvería en una hora.

—Esto no es propio de ella.

No quería dejarse arrastrar por el miedo, pero al ver el cigarrillo aplastado en la alfombra, se quedó sin aliento.

¡Nagato había estado allí! ¡Y tenía a Hinata!

—Llévale la niña a Sakura. Ella la cuidará.

—¿Dónde vas?

—A buscar a mí esposa.


Una extrañísima serenidad se apoderó de Hinata. No quería morir. No, teniendo una niña que criar y un marido al que aún no había tenido la oportunidad de decirle lo mucho que lo quería.

El amor la había eludido durante la mayor parte de su vida; ahora que tenía más de lo imaginable, estaba a punto de perderlo, y esa idea despertó algo en su interior. Furia, indignación... lo que fuera, le dio valor.

— ¡Yahiko se equivoca!

Nagato tiró con más fuerza de su pelo.

— ¡Yahiko siempre tiene razón!

Hinata ahogó un grito.

— Yahiko se equivocaba contigo. Tú eres más listo que él. No dejes que te organice la vida.

Aquel animal hundió el cañón en su carne.

— Yahiko era el mejor hermano.

—Sí, pero nunca se dio cuenta de lo listo que eras —Nagato estaba loco y no estaba segura de si lo que le estaba diciendo serviría para calmarlo o para enfurecerlo más.

—. No se da cuenta de lo mucho que tienes que ofrecer — se humedeció los labios — Piensa. Seguro que en algunas ocasiones no estuviste de acuerdo con él.

El corazón le atronaba los oídos.

—En Abilene. Estuvieron a punto de colgarlo por el robo de un banco. A Yahiko le parecía divertido que lo persiguieran, pero no lo era.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Debió ser horrible.

Nagato aflojó un poco la mano.

—Yo empecé a llorar, y Yahiko se rió de mí.

—No debería haberlo hecho. Era normal que tuvieras miedo.

Pasaron unos segundos cargados de tensión hasta que él, de un empujón, la soltó.

Luego se apoyó contra la pared y cerró los ojos.

Hinata se levantó despacio. La cabeza le latía de un modo insoportable y las piernas no la sostenían con firmeza, de modo que también tuvo que apoyarse contra la pared.

Nagato la miró entonces con la esperanza de un niño en la mirada.

—No voy a matarte, pero tienes que hacer algo por mí.

— ¿Qué? —preguntó, conteniendo las ganas de vomitar.

—Ayudarme a matar a Naruto.


El instinto de cazador de Naruto surgió inmediatamente, casi como si nunca hubiera abandonado su antigua profesión, y se agachó detrás del hotel, junto a las huellas de una carreta que partían de allí en dirección a las montañas. Una carreta era el modo perfecto de sacar a una mujer del pueblo, y las huellas no eran profundas, lo que denotaba una carga ligera.

Hinata.

Miró al horizonte. No había ni rastro de vida, pero recordó una cabaña abandonada de un tipo que se dedicaba a hacer carbón junto al río. Un buen sitio para esconderse.

Se levantó y montó a su caballo, y con las riendas en la mano, se obligó a relajarse.

«Hinata va a estar bien» Tenía que estarlo.

La noche anterior podía haberle abierto su corazón y no lo había hecho. Ojalá no hubiera perdido la última oportunidad.


Hinata sintió un escalofrío en la espalda y miró fijamente los ojos de Nagato.

Unos ojos de mirada fría y torturada. Los ojos de un loco. Tenía que ganar tiempo como fuera.

—Tengo frío. ¿No podemos encender el fuego?

—Uzumaki vería el humo —contestó, negando con la cabeza. Hinata se estremeció.

—¿Y no es eso lo que quieres?

— Sí —admitió.

—Entonces, así le facilitaremos las cosas.

Nagato no podía compararse a Naruto. Cuando los encontrara, hallaría el modo de rescatarla. Pero tenía que mantenerse con vida hasta entonces.

Nagato se la quedó mirando un momento antes de acercarse a la estufa, echar leña menuda y encender una cerilla. El fuego no tardó en arder. Eran unas llamas roñosas, pero Hinata le pidió a Dios que Naruto viera el poco humo que saliese por la chimenea.

La mirada pegajosa de Nagato le producía náuseas, pero mantuvo firmes las manos delante del fuego.

—¿Dónde está la niña? —le preguntó.

—A salvo.

—¿Dónde? —insistió, intentando no parecer desesperada.

—A salvo —repitió. No saber dónde estaba Hanae era peor que el frío o la compañía de un asesino.

—Naruto no tardará en llegar —dijo. Nagato sonrió.

—Cuanto antes, mejor.


Naruto llegó a la colina que dominaba la cabaña media hora más tarde. Desde allí vio la carreta oculta en unos arbustos y el caballo de Nagato atado un poco más allá.

Naruto elevó una oración de agradecimiento.

—Aguanta, Hinata.

Tenía que dejar las emociones a un lado. Había visto morir a demasiados hombres que se habían dejado arrastrar por la ira o el miedo.

Dejó su caballo atado a un árbol y avanzó a pie. Nagato estaba loco, pero no era idiota. Y necesitaba contar con la sorpresa para vencerlo.

Empuñando su revólver, avanzó como los indios, agachado y sin hacer el menor ruido, hasta llegar a la cabaña y colocarse bajo la única ventana. Muy despacio fue estirándose hasta poder ver lo poco que permitían los sucios cristales.

Una única lámpara ardía en el interior.

Hinata estaba sentada en el suelo en un rincón, las piernas dobladas bajo el cuerpo, la cabeza baja. Aun desde aquella distancia pudo ver que temblaba. Pero estaba viva, que era lo importante.

Nagato estaba sentado frente a ella, los ojos cerrados y la pistola amartelada y Lista.

Volvió a agacharse y buscó la entrada de la cabaña. Amarteló el revólver, respiró hondo y luego, de una patada, abrió la puerta.

Nagato no tuvo tiempo ni de registrar la sorpresa. Estiró el brazo y disparó, pero no acertó en el blanco.

Naruto oyó un grito de Hinata, pero no desvió la mirada. Disparó dos veces. Ambas balas se hundieron en el pecho de Nagato.

Luego se acercó a él y lo movió un par de veces con la bota. Cuando se aseguró que estaba muerto, se volvió hacia Hinata.

Casi perdió el equilibrio al verle una mancha de sangre a la altura del hombro.

Ella lo miró con los ojos abiertos de par en par.

—Sabía que vendrías.

—Hinata... tenemos que llevarte al pueblo inmediatamente. Pero ella se aferró a su brazo antes de que él la levantara.

—¿Dónde está Hanae?

—A salvo. En casa.

Con una sonrisa, se desvaneció.

Durante el camino de vuelta a casa, Hinata solo pudo percibir dos cosas: el dolor que le laceraba el hombro y el contacto con Naruto que la llevaba en brazos.

La llevó inmediatamente a la clínica del doctor Ororchimaru, y lo siguiente que Hinata percibió fue un extraño despertar, casi como si hubiera caído en una profunda poza y tuviera que nadar hasta la superficie. Cuando abrió por fin los ojos, Naruto estaba allí. Unas sombras oscuras subrayaban sus ojos y tenía la barba crecida. Parecía no haber dormido durante días.

— Ya está bien, dormilona —le dijo con una sonrisa, apartándole un mechón de pelo de la frente.

—¿Dónde está Hanae?

Naruto señaló la cuna que había en el rincón.

—Durmiendo. Esperando que se despierte su madre, como todos los demás. Tenía la sensación de tener la boca llena de algodón.

—¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

—Dos días. El médico dijo que dormir te ayudaría a reponerte. Nagato te disparó en el brazo y perdiste mucha sangre. Has tenido también una fiebre muy alta. Creía que iba a perderte.

Hinata apretó su mano.

—Ya te he dicho que no pienso irme a ninguna parte. Él asintió y le besó la mano.

—Debería haber estado a tu lado para protegerte y no ha sido así. Te he fallado. Ella le acarició la mejilla.

—Me has salvado.

Le vio tragar saliva con dificultad.

— Nagato no te habrá hecho daño, ¿verdad?

Comprendía lo que quería saber.

—No.

—Nunca he tenido tanto miedo.

—Yo tampoco, pero era peor saber que no iba a tener la oportunidad de decirte que te amo.

Clavó su mirada en ella como una daga.

—Hinata...

— Saber qué si me rendía os dejaría solos a Hanae y a ti fue lo que me dio valor.

Naruto besó sus manos.

—Dios, Hinata, te amo tanto...

Ella sonrió.

—Si no recuerdo mal, señor Uzumaki, mencionó usted algo sobre un recién nacido en el verano...