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Aburrido.

Esa podría ser la palabra que mejor describía su sentir en aquellos momentos.

Rondaba alrededor del segundo mes de su tercer año de secundaria. Su segundo mes en pertenecer a la clase más detestable de la escuela Kunugigaoka. La clase 3-E.

A veces se preguntaba si aquel sistema educativo era realmente tan eficiente. Entendía el concepto por el cual se regía, y – en parte – las medidas aplicadas. Pero, realmente, ¿era tan buena idea que únicamente aquella clase existiera?

Bueno, no importaba realmente. Él nunca había tenido una predilección especial por cumplir las reglas o algo por el estilo, era algo lógico que en algún momento terminaría allí.

Observó el reloj que se erguía sobre el podio del profesor, clavado a la pared. 7:45 A.M.

Dejó salir un suspiro de sus labios. Colocó los pies sobre el escritorio, empujando ligeramente su cuerpo, dejando que su cabeza fuera hacia atrás mientras sus brazos caían a sus lados. Ocasionalmente había días en los que no tenía ánimos de asistir a clases, e incluso en sus tiempos en el edificio principal solía saltárselas cuando le viniera en gana. Sin embargo, admitía para sus adentros, aquel día se hubiera podrido de aburrimiento en su hogar. La despiadada tormenta de anoche había cortado el suministro eléctrico en su vecindario, y su consola portátil se había quedado sin batería. Así que su único entretenimiento consistía en acudir a la escuela por aquel día.

Pero la espera le estaba impacientando. Quería que su adorado profesor hiciera acto de presencia, para poder practicar su puntería. O, en su defecto, que el cabeza de aire de Terasaka apareciera para ocupar su mente en molestarlo. Cualquiera le venía bien.

Aún a veces, después de un mes completo, le costaba creer lo que aquella clase representaba hasta el momento de su graduación.

Exactamente a las dos semanas de haber comenzado el año escolar, su profesora titular – su única profesora –, Yukimura Aguri, había llegado al salón de clases acompañada por hombres y mujeres de traje negro, que poseían credenciales del gobierno. Nadie entendía nada.

La explicación rápida en aquel momento, se trato de la historia de un experimento sobre la manipulación de la antimateria para lograr la generación continua de energía, acoplándolo a las células de un ser viviente. Resultado: un laboratorio japonés completamente despedazado hasta sus cimientos, y el 70% de la Luna destruido.

Al principio, les costó creer en las palabras de su profesora. Era una mujer brillante, con un intelecto bastante amplio, pero que no dejaba de ser común y corriente, llegando a rayar en lo torpe. Y aquel experimento sonaba hasta cierto punto peligroso. Todos lo tomaron como una broma durante los primeros diez minutos siguientes.

Justo después, ahí, en su salón de clases, hacía presencia una criatura de casi dos metros de altura, con la piel brillante de apariencia gelatinosa y amarilla como los pétalos de un girasol, con dos pequeños puntos blancos representando sus ojos, y una sonrisa que dejaba a la vista todos sus dientes. Sus extremidades fueran la guinda del pastel para el momento. Lo que se suponía eran sus brazos y piernas, tenían la forma de tentáculos.

"Parece una cosa salida de alguna enferma fantasía hentai". Recordaba haber pensado en el momento.

La criatura se presento a sí misma como el resultado de incontables horas y días de experimentos prohibidos. También, anuncio ser el responsable de lo sucedido a la Luna hacía unos meses atrás. Uno de los hombres detrás de Yukimura-sensei, les había informado sobre sus capacidades asesinas, la velocidad de March 20, y el insignificante detalle de que el hierro o el acero se derretían al contacto con su piel. Aún cuando este poseyera una actitud completamente inofensiva y su profesora argumentaba no tratarse de una amenaza, el gobierno de cada nación había decidido iniciar proyectos para detener a la criatura.

De esa manera habían llegado a la situación que ya tomaban por cotidiana.

A partir de aquel día, habían pasado a formar parte de un proyecto secreto del gobierno. La criatura había decidido volverse profesor de la clase 3-E durante aquel año, y durante aquel tiempo, aquel que logrará asesinarlo recibiría una recompensa valorada en diez billones de yenes. A la par de sus clases normales, recibirían instructivos, cursos y entrenamiento para lograr su cometido.

Mientras se llevará a cabo la operación, la criatura había acordado no desaparecer del mapa, siendo fácilmente encontrado cada vez que el gobierno así lo quisiera, en aquel salón. También había prometido no atentar contra la vida de los estudiantes.

Los agentes les proporcionarían el equipamiento necesario para su tarea. Cuchillos de caza hechos de goma, rifles, revolver, pistolas automáticas que disparaban una goma especial diseñada para lograr herirle. Una criatura con la fuerza suficiente para asesinar a la población total del planeta, era débil ante los objetos de goma.

Probablemente solo Yukimura-sensei conociera los motivos sobre los cuales aquel ser había decidido convertirse en el profesor de la clase de los marginados. Veintiséis estudiantes que no planeaban desaprovechar la oportunidad de arreglar sus miserables vidas a base de dinero.

Otro suspiro abandono sus labios. Lo que en un principio pensaban que podría no ser tan complicado si atacaban todos a la vez, se había alargado durante un mes. Nadie lograba acabar con esa endemoniada bestia.

Koro-Sensei. Así es como habían bautizado a aquella cosa, cuando se enteraron que no poseía ningún nombre.

Durante aquel mes, la frustración de no lograr su cometido, le llevaba a buscar formas de libertarla después de las clases. Justamente como la tarde anterior. Se había acercado a una pequeña tienda de conveniencia que quedaba en el lado contrario de la ciudad, donde un grupo de delincuentes de alguna escuela pasaba el rato. No recuerda en aquel momento como lo inicio, pero fue una pelea que no le satisfizo lo suficiente. Uno de los sujetos le había atezado un puño en la mejilla. Probablemente el único placer que consiguió fue al haberle destrozado ambos brazos.

– ¿Otra vez te peleaste, Akabane-kun? – la aguda voz le saco de su ensoñación. A su izquierda, dos de sus compañeras le observaban con una mezcla de enfado y preocupación. Kayano y Okuda.

– No es nada, Okuda-san. Deberían ver al sujeto que me dejo la mejilla así. – señalo su herida, mientras sonreía mostrando sus anormalmente largos caninos. Noto como sus compañeras se tensaban.

– Pero, Akabane…

– Ríndete, Okuda-san. Karma gusta de buscar peleas, probablemente no exista manera de que las deje. Si se siguen preocupando, solo tendrán dolores de cabeza.

Ah, Nakamura Rio, siempre teniendo razón.

Nuevamente dejo que su cabeza cayera hacia atrás, mientras a sus oídos llegaba el cómo sus demás compañeros daban razón a las palabras de la joven de largas hebras rubias. Sí, a Karma le gustaba meterse en peleas. El placer que corría por su cuerpo al observar a sus víctimas sangrar y adquirir moretones gracias a él, era estimulante. Su faceta sádica era la razón por la cual había sido el único hasta la fecha en lastimar a su querido Koro-Sensei.

Sus compañeras aún continuaban de pie a su izquierda. De toda la clase, ellas debían de ser las únicas que se preocupaban – aunque fuera mínimamente – por él. Ellas y el maldito pulpo. Aunque no es como si a Karma realmente le importará.

Se posicionó correctamente en su escritorio cuando el resto de sus compañeros hizo acto de aparición, minutos antes de que la campana del inicio escolar se dejara oír.

– Buenos días, estudian… ¡Karma-kun, al menos espera hasta después de que verifique lista! – había disparado sin vacilación alguna, y su objetivo había esquivado aquel proyectil como siempre.

– Lo siento, Koro-Sensei, pero tenía que intentarlo. – sonrió para luego sacar su lengua, en la expresión burlona que siempre dejaba ver, y lanzar sus manos hacia arriba, en muestra de paz. Koro-Sensei suspiro ante el actuar de su estudiante, para continuar con su camino hacia el podio principal.

– Escuchen atentamente, chicos. Sé que es un poco inusual, pero un nuevo estudiante se nos une a partir del día de hoy.

Silencio. Los ojos de todos estaban fijos en su profesor. En la mirada cobre de Karma se instalaba el brillo característico de sus travesuras.

Una nueva víctima.

Sensei, este nuevo estudiante… ¿Ya está enterado del proyecto?

– Sí, Kurahashi-san. Fue instruido el día de ayer, y está de acuerdo en participar durante las lecciones de asesinato, y por supuesto, mantener el secreto de la clase. – comentaba mientras sus tentáculos superiores se movían con ánimo. – Así, por favor, Shiota Nagisa-kun, entra.

"¿Eh?"

Karma había escuchado mal, ¿verdad?

La vieja y astillada puerta de madera corrió hacia un lado con lentitud. La figura que hacía su aparición en el aula no medía más de 160 cm. Sus caderas eran un poco anchas, similares a las de las chicas de la clase. Los rasgos de su rostro eran delicados y gentiles, combinando con sus enormes ojos celestes, que compartían tonalidad con su largo cabello atado a en una coleta.

Karma no podría equivocarse de persona aunque lo quisiera.

– Mucho gusto. Mi nombre es Shiota Nagisa. – sonrió ante la vista de todos. – Me gustaría pedirles que me llamaran por mi primer nombre, lo agradecería mucho. Espero que podamos llevarnos bien. – cerro su pequeña presentación con una reverencia.

Karma capto como a varios de los estudiantes masculinos y algunas féminas, les cubría el rostro un ligero manto rojizo. Sonrió mientras una pequeña gota de sudor corría por su sien.

"Bueno, esta es la reacción que siempre provoca Nagisa, después de todo".

– Muy bien, Nagisa-kun, tu asiento a partir de ahora… – todos contuvieron el aliento en ese momento. Un cuchillo del material anti-sensei, había sido esquivado por su profesor, más pequeñas fibras de la borla de su birrete caían sobre el suelo de madera. Shiota Nagisa había blandido su primer intento de asesinato. – Un ataque directo y sin vacilación, ha estado muy bien. – Koro-Sensei coloco una de sus manos sobre la cabeza azulina del joven, procediendo a depositar pequeñas palmadas. – Pero la próxima vez, por favor espera hasta la hora del descanso. – señalo hacia el segundo asiento de la segunda fila. – Aquel es tu asiento. Espero que podamos llevarnos bien.

Nagisa se dirigió a su escritorio sonriendo con algo parecido a la vergüenza, mientras rascaba su mejilla. "Valía la pena intentarlo", se escucho que decía en voz ligeramente baja. Todos le observaban en silencio.

Hubo un momento, cuando el pequeño y delgado joven estaba a punto de dejar caer su cuerpo sobre la silla, en que los orbes azul cielo se encontraron con los de color cobre. Había habido un brillo de reconocimiento en aquellos ojos que aún se veían infantiles.

Karma sonrió.

Aquello podría ser divertido.