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Lleva dos noches soñando con serpientes.

Dos noches en las que sus horas de sueño están rodeadas de imágenes de escamas blancas y afilados ojos, de la sensación de la liza piel reptando por su cuerpo, presionando sus huesos.

Karma no les tiene temor a las serpientes. Con frecuencia, ha escuchado a muchos relacionarlo con ellas, por la peligrosidad de sus ojos. No podría decir que le gustan, pero definitivamente no les teme. Sin embargo, no evita que despierte en mitad de la noche, con la respiración acelerada y desagradables temblores recorriendo su anatomía, con el sonido de la voz que emiten aquellos animales reverberando con fuerza en su mente. Es una voz que Karma cree conocer, pero que no logra relacionar con nadie; una voz dulce y con cierto deje infantil, que no logra distinguir entre masculina o femenina.

Y aún así, nada de ello es lo que lo incomoda. Porque lo que siente no es verdadero temor.

Lo que verdaderamente causa su turbación, es el despertar con una erección después de dichos sueños.

No es una persona normal, lo sabe, los psicólogos a los que su padre le llevaba de niño se lo han confirmado en varias ocasiones. Tiene problemas, pero no de ese tipo.

La situación es tan desconcertante a sus propios sentidos, que pasa dos días sin asomar su presencia por la escuela.

No falta un tercer día por dos razones; la primera, es que Koro-Sensei le ha visitado las dos noches seguidas, preocupado por su ausencia como el buen profesor que desea ser, y alentándolo a no seguir cometiendo faltas cuando se da cuenta de que no es un simple resfriado; la segunda razón, ha sido Nagisa enviando mensajes de texto en ambos días, preguntando por su salud.

Karma había olvidado que tenían el número telefónico del otro. Al parecer, volvían a ser realmente amigos.

Aquel sencillo hecho le había provocado sonreír en medio de sus pensamientos turbulentos.

Es una sensación extraña la que inunda su pecho mientras sus pasos van sucediéndose uno tras otro para subir la montaña. Aún están en primavera, el aire condensado en bruma espesa está presente a aquella hora de la mañana, los olores de la tierra, plantas y rocío de la noche anterior le llegan a las fosas nasales. No le sorprende no ver a otros miembros de la clase llegar a estas horas, y agradece el silencio, tranquilidad y quietud que sabe disfrutará durante al menos cuarenta minutos más.

El aula está vacía y no se escucha la voz del pulpo por los alrededores. Su lugar está acogedoramente frío. Extrae del bolsillo de su chaqueta los auriculares para conectar a su móvil, y mientras las melodías van danzando en sus oídos, se permite respirar la paz que ronda en el ambiente. Minuto a minuto, canción por canción, sus párpados van perdiendo la batalla ante el cansancio de no haber logrado conciliar un sueño tranquilo. Sus ojos están fijos en el segundo asiento de la segunda fila, cuando finalmente la oscuridad le consume.

La calidez le arropa en sus sueños, que le muestran figuras abstractas e inconexas entre sí. Se siente nadar en una marea de tonalidades azules, amarillas y rojas, con sus extremidades meciéndose con lentitud en las coloridas aguas que arrastran la pesadez de los últimos días. Una tibieza agradable se le posa en las mejillas, y como siente como aún dormido, una sonrisa se forma en su rostro.

El hecho de poder respirar en paz le maravilla y trastoca a partes iguales. El aire se nutre de las melodiosas liricas que entran por sus oídos, y en la lejanía parecen cantar su nombre con dulzura.

Todo estalla como una burbuja en cuestión de segundos.

Las mareas que mueven su cuerpo se convierten en sólidos, que continúan danzando a su alrededor, provocándole heridas de fricción con las escamas. Su cuello arde ante los diminutos cortes que provocan los colmillos al aproximarse más de la cuenta, y las canciones en sus oídos son reemplazados por aquella voz que sale en siseos, que resulta familiar y desconocida al mismo tiempo.

Hay una serpiente que es más blanca que el resto que le rodean, como una fina pieza de marfil entre un mar de papel que comienza a amarillarse. Baila sobre su cuerpo, sube por sus piernas, tocando peligrosamente cerca de una zona delicada y prosigue hacia su abdomen, presionando más su peso sobre él, aplastando sus costillas, hasta llegar a su mejilla donde la lengua viperina sale de las fauces, recorriendo con una lentitud que raya en la adoración el pálido pómulo.

Brusquedad fue lo que caracterizo su despertar, más logro mantenerse en su silla.

Frente a él, la figura erguida de Nagisa se halla, con la mano de pequeños dedos extendida en su dirección. La preocupación es palpable en sus ojos.

– ¿Estás bien, Karma-kun?

La música en sus oídos se había detenido, obligándole a notas que sus auriculares se habían zafado en su sobresaltado movimiento. Ahora danzaban hasta él las palabras de Nagisa, que alejaban el oscuro y provocador siseo de las serpientes que aún vagaban en su mente. La notoria preocupación en aquella voz se clava en sus entrañas, volviendo más incomoda aún la sensación aprénsate entre sus piernas.

– Sí. – casi le dolía proferir las palabras.

– ¿Tuviste una pesadilla?

No está seguro si realmente puede llamarle de esa manera, pero asiente. Le observa soltar un suspiro para que seguidamente sus labios proyectaran una sonrisa que parecía reflejar los sentimientos que le dirigía hasta el año pasado, cuando aún era testigo de sus peleas, la misma de hace días. Todo malestar en su semblante se esfumó ante el gesto, y aún cuando seguía sintiendo la molestia hormonal en su entrepierna, le permitió a sus ojos vagar por las facciones del contrario.

Había algo diferente en la figura de Nagisa. Tardo unos segundos en darse cuenta debido a su somnolencia.

– Nagisa-kun, pensé que no te gustaba peinarte como niña. – había proferido las palabras sin son alguno de burla, demostrando una genuina curiosidad gatuna de que aquel joven que reñía al ser confundido con una fémina, ahora llevara atado su cabello en dos pequeñas coletas a cada lado de su cabeza.

El susodicho llevo sus manos hasta ellas, enredando los gráciles dedos en las hebras. Karma no quiere saber el motivo del palpitar en su zona inferior ante ese simple acto.

– Ayer estaba haciendo demasiado calor, mi coleta anterior se pegaba a mi cuello por el sudor, y a Kayano se le ocurrió peinarme como ella para remediarlo. Es un poco femenino, pero resulta práctico, y hace lucir mi cabello un más corto, así que decidí repetirlo.

"¿Kayano lo hizo?"

De todo lo narrado, solo había encontrado un error en aquellas palabras.

Creía saber con exactitud la expresión que se plasmaba en su cara por el cambio en la expresión de Nagisa, pero antes de que pudiera exteriorizar la pregunta, sus demás compañeros comenzaron a ingresar en grupos al aula, provocándole mayor incomodidad a su situación al acercarse hasta ellos para brindar saludos, aún cuando estos fueran más especialmente dirigidos al de cabellera del color del cielo.

Poco a poco, siente como su problema comienza a bajar al darse cuenta de cierto detalle. Y toda su reacción al sueño baja con un doloroso golpe cuando la más baja de las estudiantes femeninas de la clase hace su aparición.

– ¡Nagisa, buenos días! – el entusiasmo es palpable en su voz. Siente ahora un dolor de cabeza se instala en la parte baja de su cráneo. – Ah, Karma-kun, buenos días.

– Buenos días, Kayano-chan.

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– Te hiciste volar con una granada.

– Tú te aventaste por un barranco. – tenía su gracia el cómo el mismo tono de reproche que él había empleado, ahora se le devolvía. – Y lo mío fue inofensivo.

Aquella última frase no detenía los deseos de Karma de dirigirse hasta donde el escuadrón de idiotas se ubicaba bajo la sombra de un árbol, observando como ellos a los demás jugar bádminton, y halar los brazos de Terasaka hasta que sus huesos emitieran el característico crujir de la ruptura. Pero en su lugar, decidió, golpear a la frente de Nagisa, quien era – al fin y al cabo – el que había accedido.

– Para que dejes de aceptar ideas de idiotas. – contesto ante las mejillas infladas y el quejido de dolor. – ¿Cómo sabes lo del barranco?

– Okuda-san me lo contó ayer.

– ¿Manami-san?

Por un segundo, le pareció ver como el más bajo fruncía el ceño a sus palabras, para después despejas sus facciones y asentir.

Había faltado por dos días, y Nagisa ya parecía haberse hecho amigo y conocido de casi todos los miembros de la clase. Sin embargo, lo que parecía sorprenderle más, era el hecho de que la siempre tímida y callada Okuda Manami, se haya acercado y conversado con Nagisa. Aún cuando con él la chica se llevara bien, resultaba extraño.

– "Akabane-kun y tú son igual de imprudentes, ¿por eso se llevan tan bien?" – comento entre bocados, provocando que el joven de rojizos cabellos levantará una ceja con confusión. Nagisa rió con un bufido. – Fue lo que me dijo Okuda-san después de lo de la granada, y a pesar de que sé cómo eres, me dio curiosidad, y le pregunte a que se refería… Ahí fue que me conto lo del barranco.

Karma asintió para continuar con su almuerzo. Había saltado al vacío aquella vez antes de que terminara el mes anterior, después de semanas de intentos infructuosos contra el pulpo. Tal vez si había sido una imprudencia, pero – en el momento – era la única solución que su cerebro que no acostumbraba fallar, se había dignado a ofrecerle. Agradecía que Okuda fuera débil físicamente, de lo contrario los golpes que recibió cuando regreso ileso a la cima de la montaña, hubieran dejado un molesto dolor.

"A pesar de que sé cómo eres".

La simple frase le recordaba todo lo baja que había estado su guardia en meses anteriores alrededor de Nagisa. Él como se había mostrado así mismo, en salidas, pláticas, invitaciones a su casa, y cómo había dejado, sin reparos, que un pequeño ratoncillo como él le observara pelear y disfrutar del dolor que provocaba. Pensando que alguien como él no tenía que preocuparse con alguien como Nagisa.

El recuerdo de que Nagisa era el único que no le reñía por su actitud volvió a su mente.

Cerró la caja de su almuerzo una vez terminado y vago con su vista hasta su compañero a su lado. Habían decidido volver a almorzar en el mismo punto que el primer día, por la brisa agradable que no llegaba hasta el aula, y para observar como mero entretenimiento a sus compañeros jugar. Nagisa los observaba con atención, él observaba al pequeño ratón.

La visión de su nuevo peinado le provocaba una sensación extraña en la boca del estomago. Quería ser capaz de estirar su mano, tomar las ligas que retenían cautivas las hebras de un perfecto azul, y dejarlas correr libres por los hombros de su amigo. La sensación le había acompañado lo que iba de día, desde que despertó de su siesta en el aula.

Tres bocanadas de aire fue lo que utilizo como mantra para intentar mantener a raya aquel sentir, antes de ceder a sus propios deseos egoístas, conteniéndose lo suficiente para no romper las ligas, pero si internando sus entre las finas hebras de cabello que ahora guindaban. Obtuvo un estremecimiento como respuesta a su acción, sacándole una sonrisa al observar como Nagisa no detenía su almuerzo pero aún cuando parecía ligeramente incomodo, su amigo no hacía amago de separarse de él.

– Admito que te quedan bien.

"Pero aún quiero despedazarlas".

Nagisa se limito a sonreír ante el pequeño cumplido.

Retuvo un mechón entre sus dedos, dándole vueltas hacia un lado, regresándolo a su forma original después. Las ásperas yemas de sus dedos propinaban ligeros apretones, similares a caricias. Subió con delicadeza hasta la parte que sobresalía de la liga, para luego bajar con el mismo cuidado hasta las puntas, tocando suavemente. Escucho como Nagisa absorbía aire con fuerza antes de separarse y alejar sus finos cabellos de sus dedos.

– ¿Te incomoda? Qué raro, ya he tocado tu cabello antes. – verdaderamente, se sentía confundido ante el gesto, y más aún por el carmín que cubría débilmente las pálidas mejillas.

– Es solo que… se siente extraño… que toques las puntas de mi cabello. – comenta, llevando sus pequeñas manos al mismo lugar donde hacía solo unos pocos segundos, los dedos del contrario le acariciaban.

Karma lamenta no haber sido más rápido en ese momento. La burla se encontraba en la punta de su lengua, lista para ser disparada cuando la presencia de Sugino y Kayano aparecen, interrumpiendo su accionar, y casi halando la pequeña figura de su amigo, para que se uniera a ellos en el juego del día.

El extraño sentir le golpea de nueva cuenta en el estomago. Chasquea la lengua con algo similar a la molestia subiéndole a la garganta. Saca los auriculares de su chaqueta, y se dirige con pasos firmes y rápidos al bosque, lejos de sus compañeros e ignorando el llamado a su nombre.

La frustración recorre su cuerpo y quiere culpar de ella a sus malos días de sueño, porque a su cabeza no le llega otra respuesta lógica. Vaga unos cuantos metros hasta que finalmente encuentra el lugar desde donde pensaba suicidarse con tal de cometer el asesinato a su profesor.

¿Por qué estaba tan molesto?

No era un malestar que hubiera sentido antes, ni siquiera cuando alguien lograba aturdirle con un golpe durante alguna pelea. Era una emoción diferente, que le incomodaba y despertaba deseos de cometer alguna estupidez. Intenta darle una respuesta, porque detesta no saber lo que pasa consigo mismo. Su mente vaga por los detalles del momento anterior, analizando y destripando cuidadosamente cada detalle, con tal de obtener una solución.

Pero para cuando la octava canción empieza a sonar, la respuesta aún no llega y él se encuentra más frustrado que al principio de su introspección. Y finalmente despega su vista de las raíces del árbol en el que se ha recargado todo ese tiempo, y aleja el pulgar que sin consciencia ha llevado a sus labios, cuando una delicada mano se posa en su hombro para atraer su atención.

Más preguntas sin respuesta surgen su mente, cuando la figura de Nagisa frente a él ocasiona que la frustración y todas las demás expresiones discordantes desaparezcan.

– La clase ya empezó, Karma-kun. Koro-Sensei me envió a buscarte.

Y la sonrisa que le dirige, aún cuando nuevamente le está dando un reproche, es todo lo que Karma necesita para asentir, colocarse de pie y andar de regreso al aula en compañía de su amigo, mientras le escucha hablar sobre el juego durante el almuerzo.

La molestia en su estomago desaparece por lo que resta de día, hasta que llega el momento de ir a casa y Sugino Tomohito decide emprender marcha con ellos a la estación, y Karma empieza a creer que aún en contra de sus registros de salud, se encuentra enfermo.

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La sensación continúa presente en su cuerpo durante semanas, y confunde aún más a Karma cuando incrementa al ver a la nueva profesora, besar hasta el borde la inconsciencia los labios de Nagisa.

A Karma le agrada tener a Nagisa en la clase E, pero empieza a creer que su pensamiento de aquel primer día cuando le vio llegar al aula, está equivocado.

"Se supone que volver a estar en la misma clase sería divertido".

Pero no lo está siendo.

Eso no evita que busque avergonzar a su amigo por lo sucedido, ignorando el sentimiento de querer asesinar a la joven mujer.