—Ya te echo de menos.

—No tengo por qué irme. Puedo quedarme…

—Mmm…

Durante un buen rato se hizo un silencio sólo roto por el golpeteo de mi corazón, rítmico como el de un tambor, la cadencia desacompasada de nuestras respiraciones y el susurro de nuestros labios mientras se movían de forma sincronizada.

Algunas veces era muy fácil olvidar que besaba a una vampira. No porque pareciera corriente o humana, ya que no podía olvidar ni por un segundo que tenía entre mis brazos a alguien más parecido a un ángel que a una mujer, sino porque Regina hacía que pareciera natural tener sus labios contra los míos, contra mi rostro y mi garganta. Ella aseguraba haber superado hacía mucho la tentación que le suponía mi sangre, pues la idea de perderme la había curado del deseo que sentía por ella, pero yo sabía que el olor de mi sangre aún le causaba dolor y que todavía ardía en su garganta como si inhalara llamas.

Abrí los ojos y me encontré los suyos abiertos también, clavados en mi rostro. Nada parecía tener sentido cuando me miraba de esa manera, como si yo fuera el premio, en vez de la afortunada ganadora por pura chiripa.

Nuestras miradas se entrelazaron durante un momento; sus ojos dorados eran tan profundos que imaginé estar mirando en realidad el mismo centro de su alma. Me parecía una sandez de tomo y lomo que alguna vez se hubiera puesto en tela de juicio la existencia misma de su alma, incluso a pesar de que ella fuera un vampiro, pues no conocía un ánima más hermosa que la suya, más aún que su mente aguda, su semblante inigualable o su cuerpo glorioso.

Me devolvió la mirada como si ella también estuviera viendo mi alma y como si le gustara lo que veía.

Pero Regina no podía ver en el interior de mi cerebro como sí podía hacerlo en el de los demás. Nadie sabía el motivo, pero algún problema extraño en mi cerebro me hacía inmune a todas las cosas extraordinarias y terroríficas que los inmortales pudieran hacer. Ahora bien, a salvo sólo estaba mi cerebro, porque mi cuerpo todavía permanecía expuesto a las habilidades de los vampiros que actuaban de manera distinta a la de Regina. A decir verdad, yo estaba muy agradecida a cualquier disfunción que fuera capaz de mantener mis pensamientos en secreto para ella. Desde luego, resultaba bastante embarazoso considerar la alternativa.

Acerqué su rostro al mío otra vez.

—Definitivamente me quedo —murmuró un momento más tarde.

—No, no. Es tu "despedida" de soltera. Debes ir.

Dije las palabras, pero los dedos de mi mano derecha se trabaron en su cabello castaño, mientras presionaba la izquierda con fuerza contra la parte más estrecha de su espalda. Me acarició la cara con esas manos heladas suyas.

—Las despedidas de soltera están diseñadas para quienes se entristecen por el fin de sus días de libertad. Y yo no podría desear más el dejarlos a mi espalda. Así que realmente no tiene mucho sentido.

—Eso es verdad —suspiré contra la piel de su garganta, fría como el invierno.

Esto se acercaba mucho a mi lugar feliz. David dormía ajeno a todo en su habitación, por lo que era casi lo mismo que si estuviéramos solas. Estábamos acurrucadas en mi pequeña cama, tan entrelazadas como era posible, considerando la chaqueta acolchada en la que estaba envuelta como si fuera un capullo. Odiaba la necesidad de estar enroscada en una manta, pero claro, lógicamente, cualquier escena romántica se arruina cuando los dientes te empiezan a castañetear. Y por supuesto, David se daría cuenta si enchufaba la calefacción en agosto…

Al menos, si quería abrigarme más, tenía la camiseta de Regina en el suelo. Nunca conseguía superar la conmoción que me producía la visión de su cuerpo tan perfecto, blanco, frío, pulido igual que el mármol y con unos senos tan perfectos. Deslicé la mano por su abdomen duro como la piedra, recorriendo los lisos músculos de su estómago, maravillándome. La atravesó un ligero estremecimiento y su boca buscó la mía de nuevo. Con cuidado, dejé que la punta de mi lengua presionara su labio liso como el cristal, y ella suspiró. Su dulce aliento sopló, frío y delicioso, sobre mi rostro.

Comenzó a apartarse, ya que ésta era su respuesta automática cuando decidía que las cosas estaban yendo demasiado lejos y su reacción refleja, a pesar de que ella era quien más deseaba continuar. Regina había pasado la mayor parte de su vida rechazando cualquier tipo de satisfacción física. Sabía que ahora le aterrorizaba cambiar esos hábitos.

—Espera —le dije, sujetando sus hombros y abrazándome a ella con fuerza. Liberé una pierna de una patada y le envolví con ella la cintura—. Sólo se consigue la perfección con la práctica.

Ella se echó a reír entre dientes.

—Bueno, pues nosotras debemos de estar bastante cerca de la perfección a estas alturas, ¿a que sí? ¿Acaso has dormido algo en el último mes?

—Pero esto es sólo un ensayo general —le recordé—, y sólo hemos practicado ciertas escenas. Aún no ha llegado el momento de jugar sobre seguro.

Pensé que se iba a echar a reír, pero no contestó, y su cuerpo se quedó inmóvil debido a la tensión repentina. El color dorado de sus ojos pareció endurecerse y pasar de estado líquido a sólido.

Reflexioné sobre mis palabras y me di cuenta de lo que ella habría oído en ellas.

—Emma… —susurró ella.

—No empieces otra vez con eso —le contesté—. Un trato es un trato.

—No lo sé. Es muy difícil concentrarse cuando estamos así, juntas. Yo… yo no consigo pensar con coherencia. No soy capaz de controlarme y podrías terminar herida.

—Estaré bien.

—Emma…

—¡Calla!

Apreté mis labios contra los suyos para detener su ataque de pánico. Ya había escuchado esto antes. No le iba a consentir que rompiera nuestro acuerdo. No después de haberme exigido que me casara con ella primero.

Me devolvió el beso durante un momento, pero quedó claro que ya no estaba tan implicada en él como antes. Siempre preocupada, siempre. Qué diferente sería cuando no tuviera que preocuparse más por mí. ¿Qué es lo que iba a hacer con todo el tiempo que le iba a quedar libre? Tendría que buscarse un nuevo pasatiempo.

—¿Qué tal están tus pies? ¿Fríos?

—Calentitos —contesté de inmediato, sabiendo que no se refería a ellos de modo literal.

—¿De verdad? ¿No te lo has pensado mejor? Todavía puedes cambiar de idea.

—¿Intentas dejarme plantada?

Se echó a reír entre dientes.

—Sólo me cercioro. No quiero que hagas algo de lo que no estés convencida.

—Estoy segura de ti, ya me las apañaré con el resto.

Ella vaciló y me pregunté si no habría sido mejor que me metiera el pie en la boca.

—¿Podrás? —me preguntó en voz baja—, y no me refiero a la boda, porque estoy bastante convencida de que sobrevivirás a pesar de tus quejas, pero después de todo… ¿Qué hay de Mary Margaret y de David?

Suspiré.

—Pues que les echaré de menos.

Peor aún, porque serían ellos los que me echarían de menos a mí, pero no quería darle ninguna gasolina con la que alimentar su reflexión.

—Y a Belle, Ben, Ashley y Neal.

—Sí, también echaré de menos a mis amigos —sonreí en la oscuridad—. Especialmente a Neal. ¡Oh, Neal! ¿Cómo voy a poder vivir sin él?

Regina gruñó.

Me eché a reír, pero después me puse seria.

—Regina, ya hemos pasado por esto. Sé que será duro, pero es lo que deseo de verdad. Te quiero a ti y que sea para siempre. Una sola vida no es bastante.

—Quedarse congelado para siempre a los dieciocho —susurró ella.

—El sueño de cualquier mujer hecho realidad —bromeé.

—No cambiarás nunca… No avanzarás jamás.

—¿Qué quieres decir con eso?

Ella respondió pronunciando con lentitud las palabras.

—¿Te acuerdas de cuando le dijimos a David que queríamos casarnos y él creyó que estabas… embarazada?

—Y pensó en pegarte un tiro —adiviné con una risa—. Admítelo… Lo consideró seriamente durante un segundo.

Ella no contestó.

—¿Qué pasa, Regina?

—Sólo es que en ese momento deseé… bueno, me habría gustado que fuera cierto.

—Oh, vaya —exclamé, con un jadeo.

—Más aún, que hubiera alguna manera de poder hacerlo realidad. Que tuviéramos esa posibilidad. Odio arrebatarte eso también.

Me llevó un minuto contestarle.

—Sé lo que estoy haciendo.

—¿Y cómo puedes saberlo, Emma? Mira a mi madre, y a mis hermanas. No es tan fácil como crees.

—Pues Cora y Zelena lo llevan estupendamente. Si luego se convierte en un problema podemos imitar a Cora, adoptaremos.

Ella suspiró, y entonces su voz se volvió fiera.

—¡Esto no está bien! No quiero que hagas sacrificios por mí. Deseo darte cosas, no quitártelas. No quiero robarte tu futuro. Si yo fuera humana…

Le puse la mano sobre los labios.

—Tú eres mi futuro. Así que déjalo ya. No te pongas en plan deprimente o llamo a tus hermanos para que vengan y te lleven con ellos. Quizá es verdad que necesitas una despedida de soltera.

—Lo siento. Sueno deprimente, ¿verdad? Deben de ser los nervios.

—¿Tienes los pies fríos?

—No en ese sentido. He estado esperando todo un siglo para casarme contigo, señorita Swan. La ceremonia de la boda es la única cosa a la que no puedo esperar… —se interrumpió en mitad de la idea—. ¡Oh, por el amor de todos los santos!

—¿Pasa algo malo?

Apretó los dientes con fuerza.

—No vas a tener que llamar a mis hermanos. Parece ser que Killian, Jefferson, Ruby Zelena no están por la labor de dejarme en paz esta velada.

La estreché muy fuerte durante un segundo y luego la dejé ir. No tenía la más mínima posibilidad de ganar a Killian en un tira y afloja.

—Pásatelo bien.

Hubo un chirrido en la ventana. Alguien arañaba el cristal con unas uñas como el acero hasta provocar un sonido horroroso, de esos que te obligan a taparte los oídos y te ponen el vello de punta. Me estremecí.

—Si no haces que salga Regina —susurró Killian con voz amenazadora, aún invisible en la oscuridad—, entraremos a por ella.

—Vete —rompí a reír—. Vete antes de que echen la casa abajo.

Ella puso los ojos en blanco, pero se levantó con sólo un movimiento fluido y se puso la camiseta en otro más. Se inclinó y me besó la frente.

—Duerme algo. Mañana te espera un buen día.

—¡Gracias! Seguro que eso me ayudará a relajarme.

—Te veré en el altar.

—Yo soy la que va de blanco —sonreí por lo displicente que había sonado, Regina aún no me había dicho si usaría un vestido blanco o un esmoquin para la boda.

Ella se echó a reír y repuso.

—Muy convincente.

Y después se agachó, con los músculos contraídos para saltar, hasta que se desvaneció fuera de mi ventana aterrizando tan rápidamente que mis ojos no pudieron seguirla.

En el exterior se oyó un golpe sordo y apagado; a continuación, escuché maldecir a Killian.

—Será mejor que no la hagáis llegar tarde —murmuré, sabiendo que podían oírme.

Y entonces Jefferson se asomó por mi ventana con su pelo del color de la miel brillando a la débil luz de la luna que se veía entre las nubes.

—No te preocupes, Emma. La llevaremos a casa con tiempo suficiente.

De pronto, me sentí muy tranquila y todas mis quejas dejaron de tener importancia. Jefferson era, a su propia manera, igual de efectivo que Ruby con sus increíblemente precisas predicciones. Pero lo suyo no era el futuro. Jefferson tenía un don natural para manejar los estados de ánimo. Por mucho que te resistieras, acababas sintiéndote exactamente como él deseaba.

Me senté con torpeza, todavía enredada en la manta.

—¿Jefferson? ¿Qué es lo que hacen los vampiros en sus despedidas de soltero? ¿No la iréis a llevar a un club de striptease, verdad?

—¡No le digas nada! —gruñó Killian desde abajo, pero hubo otro golpe sordo y Regina se echó a reír por lo bajo.

—Tranquilízate —me instó Jefferson, y así lo hice—. Nosotros, los Mills, tenemos nuestra propia versión. Sólo unos cuantos pumas, y un par de osos pardos. Casi una noche como otra cualquiera.

Me pregunté si yo llegaría a sonar igual de caballerosa cuando hablara de la dieta vampírica «vegetariana».

—Gracias, Jefferson.

Él me guiñó un ojo y desapareció de la vista.

Afuera no se oía absolutamente nada, sólo zumbaban los ronquidos sofocados de David a través de las paredes.

Me quedé echada sobre las almohadas, sintiéndome algo soñolienta. Miré con fijeza las paredes de mi pequeña habitación, que brillaban con una palidez deslucida bajo la luz de la luna, entre mis párpados pesados.

Era la última noche que pasaría en mi cuarto. Mi última noche como Emma Swan. Al día siguiente sería Emma Swan Mills. Aunque toda la ceremonia matrimonial era como una lanza en el costado, debía admitir que me gustaba cómo sonaba.

Dejé que mi mente vagabundeara de manera perezosa durante un momento, a la espera de que el sueño me arrastrara con él, pero al cabo de unos cuantos minutos me encontraba más alerta, mientras sentía cómo la ansiedad inundaba mi estómago, retorciéndolo de la forma más desagradable. La cama me parecía demasiado blanda, demasiado cálida, sin Regina. Jefferson estaba lejos y se había llevado con él todas las sensaciones de relajación y de paz.

Mañana iba a ser un día muy pero que muy largo.

Era consciente de que la mayoría de mis miedos resultaban estúpidos, sólo tenía que superarlos; pero preocuparse era una parte inevitable de la vida y no siempre podías fundirte con el ambiente, así como así. Lo cierto era que sí tenía una serie de problemas concretos, del todo legítimos.

El primero era la cola del vestido de boda. Ruby había dejado que su sensibilidad artística predominara claramente sobre las cuestiones prácticas. Maniobrar por las escaleras de los Mills con tacones y una cola me parecía casi imposible. Debería haber practicado antes.

Y luego estaba la lista de invitados.

La familia de Elsa, el clan de Denali, llegaría en algún momento previo a la ceremonia.

Habría sido poco delicado poner a la familia de Elsa en la misma habitación que nuestros invitados de la reserva quileute, el padre de Graham y los Clearwater. Los de Denali no es que fueran muy amigos de los licántropos que digamos. De hecho, la hermana de Elsa, Ingrid, ni siquiera iba a venir a la boda. Todavía abrigaba el deseo de emprender una vendetta contra los hombres lobo por haber acabado con su amigo Facilier justo cuando él se disponía a matarme a mí. Debido a esa disputa los de Denali habían abandonado a la familia de Regina en su peor momento. Y había sido la alianza con los lobos quileute, poco deseada por ambas partes, la que habían salvado todas nuestras vidas cuando la horda de vampiros neófitos nos atacó…

Regina me había prometido que no habría ningún peligro en tener a los de Denali cerca de los quileute. Elsa y toda su familia, aparte de Ingrid, se sentían terriblemente culpables por haberles dejado abandonados a su suerte. Una tregua con los licántropos era un precio pequeño que pagar por aquella deuda.

Y ése era el gran problema, aunque había otro más pequeño, también: mi frágil autoestima.

Nunca había visto antes a Elsa, pero estaba convencida de que el encuentro no sería una experiencia nada agradable para mi ego. Hacía mucho tiempo, antes de que yo naciera probablemente, ella había jugado sus bazas con Regina; y no es que yo la culpara a ella o a nadie por quererla. Aun así, seguro que sería hermosa como poco y magnífica en el peor de los casos. Aunque Regina me prefería claramente —cosa que me costaba creer—, yo no podría evitar las comparaciones.

Le había refunfuñado un poco a Regina, que conocía mis debilidades, y ello me hizo sentir culpable.

—Somos lo más parecido que tienen a una familia —me recordó ella—. Todavía se sienten huérfanos, ya sabes, después de todo este tiempo.

Así que cedí, ocultando mi descontento.

El aquelarre de Elsa era ahora casi tan grande como el de los Mills. Contaba con cinco miembros: Elsa, Mallory e Ingrid a los que se habían unido Anna y Kristoff, de un modo muy parecido al que se habían unido Ruby y Jefferson a los Mills. Todos ellos deseaban vivir de un modo más humano al que solían estar acostumbrados los vampiros.

Pero a pesar de toda la compañía, Elsa y sus hermanas se sentían solas en cierto sentido. Todavía estaban de luto, porque hacía mucho tiempo también habían tenido una madre.

Podía imaginarme el vacío que su pérdida les habría dejado, incluso después de mil años. Intentaba imaginarme a la familia Mills sin su creador, su centro y su guía: su padre, Henry. No podía, ésa era la verdad.

Henry me había contado la historia de Elsa durante una de las muchas noches que me había quedado hasta tarde en la casa de los Mills, aprendiendo todo lo que podía, preparándome para el futuro que había elegido. La historia de la madre de Elsa era una entre otras muchas, un cuento con moraleja que ilustraba una de las reglas que tenía que cumplir cuando me uniera al mundo de los inmortales. Sólo una regla, en realidad, una ley que luego se plasmaba en mil facetas diferentes: «Guarda el secreto».

Mantener el secreto significaba un montón de cosas: vivir sin llamar la atención; como los Mills, mudándose a otro lugar antes de que los humanos sospecharan que no envejecían.

O manteniéndose alejados de cualquier humano, excepto a la hora de la comida, claro, del modo en que habían vivido nómadas como James y Mérida, modo en el cual aún vivían los amigos de Jefferson, Peter y Charlotte. Eso significaba mantener el control de los vampiros que hubieras creado, como había hecho Jefferson cuando vivía con María, o como no había sido capaz de hacer Mérida con sus neófitos.

Y sobre todo significaba no crear cualquier cosa, porque algunas creaciones terminan siendo imposibles de controlar.

—No sé cuál era el nombre de la madre de Elsa —admitió Henry, y sus ojos de color dorado se entristecieron al recordar el dolor de Elsa—. Nunca hablan de ella si pueden evitarlo, ni piensan en ella por voluntad propia.

»La creadora de Elsa, Mallory e Ingrid (quien también las amó, creo) vivió muchos años antes de que yo naciera, durante el tiempo de una plaga que cayó sobre nuestro mundo, la plaga de los niños inmortales.

»No logro entender ni de lejos en qué estarían pensando aquellos antiguos para convertir en vampiros a humanos que eran poco más que niños.

Me tragué la bilis que me subió por la garganta mientras imaginaba lo que estaba describiendo.

—Eran muy hermosos —me explicó Henry con rapidez, viendo mi reacción—, tan simpáticos y encantadores que no te lo puedes ni imaginar. Bastaba su proximidad para quererlos, era algo casi automático.

»Pero no se les podía enseñar nada. Se quedaban paralizados en el nivel de desarrollo en el que estuvieran cuando se les mordía. Algunos eran adorables bebés de habla ceceante y llenos de hoyuelos que podían destruir un pueblo entero en el curso de una de sus rabietas. Si tenían hambre, se alimentaban y no había forma de controlarlos con ningún tipo de advertencias. Los humanos los vieron, comenzaron a circular historias, y el miedo se extendió como el fuego por la maleza seca…

»La madre de Elsa creó a uno de esos niños, y como me ocurre con los demás antiguos, no puedo tener ni una idea lejana de sus razones para hacerlo —inhaló profunda y lentamente—. Y por supuesto, eso implicó a los Vulturis.

Yo siempre me encogía ante la mención de ese nombre, pero claro, la legión de vampiros italianos, algo así como la realeza vampírica según ellos mismos, era una parte central de esta historia. No podía haber leyes si no hubiera castigos, y no habría castigo sin alguien que lo impartiera. Los antiguos Gold, Jekyll y Hyde controlaban las fuerzas de los Vulturis. Yo sólo me había topado con ellos en una ocasión, pero en aquel fugaz encuentro me había parecido que Gold, con su poderoso don para leer la mente, era su auténtico líder.

—Los Vulturis estudiaron a los niños inmortales, tanto en su hogar de Volterra como en todo alrededor del mundo. Jekyll decidió que los más jóvenes eran incapaces de proteger nuestro secreto y que por eso debían ser destruidos.

»Ya te dije que eran adorables, y bueno, los miembros de los aquelarres lucharon con intensidad para protegerlos, por lo que quedaron diezmados. La carnicería no se extendió tanto como las guerras del sur en este continente, pero en cierto modo resultó más devastadora porque afectó a aquelarres que llevaban mucho tiempo funcionando, viejas tradiciones, amigos… Se perdieron muchas cosas. Al final, la práctica quedó completamente eliminada. Los niños inmortales se convirtieron en algo que no se debía mencionar, un tabú.

»Cuando yo vivía con los Vulturis, me encontré con dos de esos niños inmortales, así que conozco de primera mano su encanto. Gold estudió a los pequeños durante muchos años después de que tuviera lugar la catástrofe que habían causado. Ya conoces esa inclinación que siente por las incógnitas, y tenía la esperanza de que pudieran dominarse; pero al final, la decisión fue unánime: no se debía permitir que existieran niños inmortales.

Ya casi se me había olvidado la historia de la madre de las hermanas de Denali cuando él volvió a mencionarlas.

—En realidad no está muy claro lo que ocurrió con la madre de Elsa —siguió contando Henry—. Elsa, Mallory e Ingrid vivieron completamente ajenas a todo hasta el día en que los Vulturis vinieron a buscarlas, a ellas y a su madre, por la creación ilegal del niño, y las convirtieron en prisioneras. Lo que salvó la vida de Elsa y sus hermanas fue su ignorancia. Gold las tocó y descubrió su total desconocimiento del asunto, de modo que no fueron castigadas como su madre.

«Ninguna de ellas había visto nunca antes al niño, o ni siquiera soñado con su existencia, hasta el día en que le vieron arder en los brazos de su madre. Sólo puedo suponer que ella mantuvo el secreto para protegerlas precisamente de esa situación. Pero en cualquier caso, ¿por qué lo había creado? ¿Quién era él y qué significaba para ella cuando no le importó el peligro de cruzar aquella línea? Elsa y las otras nunca recibieron contestación a ninguna de estas preguntas, pero jamás dudaron de la culpabilidad de su madre y no creo que la hayan perdonado del todo.

»Jekyll quería hacer quemar a las tres hermanas, incluso aunque Gold estaba completamente seguro de su inocencia. Las consideraba culpables por asociación. Tuvieron mucha suerte de que Gold se sintiera aquel día bastante compasivo y fueron perdonadas, aunque les quedó en sus corazones heridos un respeto muy sano por la ley…

No estoy segura de cuándo el recuerdo de aquella conversación dio paso al sueño. Durante un instante me pareció seguir escuchando a Henry en mi memoria, mirando su rostro, y luego, en algún momento posterior, me encontraba contemplando un campo desierto, gris, y aspirando el olor denso del incienso quemado en el aire. Y no estaba sola.

Había un grupo de figuras en el centro del campo, todas envueltas en capas del color de la ceniza. Lo normal es que me hubieran aterrorizado, porque evidentemente no podían ser otros que los Vulturis y yo seguía siendo humana, en contra de lo que ellos habían decretado en nuestro último encuentro. Pero sabía, como sólo se sabe en los sueños, que no podían verme.

Dispersas en distintos montones por el suelo se veían piras que desprendían humo. Reconocí su dulzura en el aire y no me acerqué para examinarlas. No tenía ninguna gana de ver los rostros de los vampiros que habían ejecutado, temiendo que pudiera reconocer alguno en aquellas piras ardientes.

Los soldados de los Vulturis permanecían en círculo alrededor de algo o alguien, y escuché sus voces susurrantes que se alzaban muy agitadas. Me acerqué al borde de sus capas, empujada por el mismo sueño, para ver qué cosa o persona estaban examinando con un interés tan intenso. Me deslicé sigilosamente entre dos de aquellos sudarios susurrantes y finalmente pude ver el objeto de tal debate, alzado sobre un pequeño montículo que se cernía sobre ellos.

Era hermoso y adorable, tal y como Henry lo había descrito. Todavía era un niño pequeño, con poco más de dos años. Unos rizos de color marrón claro enmarcaban su rostro de querubín de mejillas redondeadas y labios llenos. Estaba temblando con los ojos cerrados, como si estuviera demasiado asustado para ver cómo se le acercaba la muerte a cada segundo que pasaba.

Me abrumó una necesidad tan poderosa de salvar a aquel niño encantador y aterrorizado que dejaron de importarme los Vulturis, a pesar de la devastadora amenaza que suponían. Pasé de largo a su lado, sin preguntarme si ellos se daban cuenta de mi presencia. Salté hacia el niño.

Pero me quedé clavada en el sitio cuando tuve una visión más clara del montículo sobre el que se sentaba. No era de roca y tierra, sino que estaba formado por una pila de cuerpos humanos, vacíos de sangre y sin vida. Era demasiado tarde para no ver sus rostros. Los conocía a todos ellos: Belle, Ben, Ashley, Neal… Y justo al lado de aquel chico tan adorable estaban los cuerpos de mi madre y mi padre.

El niño abrió sus brillantes ojos del color de la sangre.