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"¿Yo, pelear? Imposible, estaría muy asustado para hacerlo… aunque tal vez si mi vida estuviera en riesgo…"
Suelta el cuchillo. Ha perdido. Una victoria por la espalda no le dará la satisfacción que necesita, ni la solución a los problemas con Nagisa. No puede ganar contra la tenacidad que le aprisiona el cuello de aquella manera.
– Me rindo, Nagisa-kun. Tú has ganado. – le da palmadas en la espalda, queriendo lograr con ese gesto que le suelte, y el aire pueda volver a correr con normalidad a sus pulmones. Porque está a minutos de desmayarse.
Su vista empieza a nublarse, con motas oscuras bailando alrededor de sus ojos ante el incremento de la presión de esos delgados brazos sobre su tráquea. Karma agradece en bocanadas de aire cuando Karasuma declara la victoria al equipo azul, y Nagisa por fin le deja ir.
– ¿Yo gané? ¿Contra Karma-kun? – el pequeño cuerpo de su pareja se desliza a un lado de él, descansando su pecho sobre las hojas teñidas de amarillos, naranjas y rojos.
– No pongas esa cara lastimera, pareces una rata infectada. – le duele el hablar, su garganta envía pinchazos de dolor, y tiene que resistir el reír cuando el más bajo se incorpora, indignado ante su comentario, pero dejando salir un doloroso quejido por el brusco movimiento. Tal vez se excedió con la patada. – Ya que estamos, ¿qué te parece si dejamos por fin las formalidades?
La cara de Nagisa está llena de suciedad, tierra y golpes. Pero le sonríe con timidez.
– ¿Después de tanto tiempo? ¿Estás seguro?
Afianza sus pies sobre la tierra, y se impulsa con sus manos, logrando ponerse en pie con un rápido movimiento que le duele, pero da de sí para no mostrarlo.
– Es algo normal entre novios. – no está seguro, pero cree ver la sombra de un sonrojo en las mejillas. Extiende su mano hacia él, en espera de que la tome. – Bien, yo comenzaré, ¿de acuerdo, Nagisa?
Una sonrisa verdadera se instala en el rostro por el cual el de rojizos cabellos siente fuertes emociones. Los delicados dedos cubiertos con guantes toman su mano.
– Está bien, Karma.
Los grupos se encuentran en medio del prado, con los dos guerreros que han llegado hasta el final. No hay resentimientos hacia ningún bando, y es ahí, cuando caen en cuenta de las relaciones que han creado hasta ese momento.
La batalla ha terminado.
Los estudiantes de Koro-Sensei han decidido salvarlo.
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– Eh, que alivio, no tienes heridas graves, Nagisa-kun. – es lo que exclaman los labios de Yukimura-sensei, cuando termina de revisar el cuerpo y los moretones. La mujer llego luego de la pelea, ofreciéndose a ayudar a aquellos que necesitarán de atención médica. Nagisa abotona su camisa después de la inspección, Karma está pie junto a la puerta, con el cuello vendado, una banda en la mejilla, y los brazos cruzados sobre el pecho.
– Los golpes de Karma se sintieron algo débiles.
El de rojizos cabellos le dedica una sonrisa, antes de dirigirse a su posición, para aprisionar el pequeño cuello con su brazo, y con su puño hacer presión en la sien.
– Eso es porque me estaba conteniendo.
Yukimura ríe ante la actitud aquellos dos estudiantes.
"El amor juvenil es agradable de ver".
Les receta pastillas por si el dolor muscular empeora, y los despacha a casa. Son los únicos miembros de la clase E que quedan en el edificio a esas horas.
La profesora les observa hasta que sus cuerpos se pierden al bajar por los peldaños de la montaña, con el atardecer llegando a su fin. Gelatinosas extremidades amarillas cubren sus hombros y clavícula. Deja su espalda caer, chocando contra el cálido y confortable pecho cubierto por los ropajes académicos.
– Son buenos chicos, Koro.
– Sí, no podría estar más orgulloso de ser su profesor. – estrecha aún más la delgada figura con sus tentáculos. – Y nunca podré agradecerte lo suficiente, por otorgarme estos lazos.
La risa de Aguri se deja escuchar en el aula, las extremidades que la rodean empiezan a perder fuerza. El cuerpo humano gira sobre sí mismo, quedando cara a cara con el anterior Dios de la Muerte. Sus brazos se alzan, colocando sus delgadas manos sobre el redondeado rostro.
– Solo cumplí el trato que hicimos. – la sonrisa en su rostro se ensanchaba. – Estos lazos, estas conexiones que ahora tienes… tú mismo las creaste. Espero que realmente puedan salvarte, Koro. De la misma manera en que me salvaste a mí.
Fueron sus últimas palabras antes de separarse de los tentáculos, desapareciendo en la noche que empezaba a llegar, y dejando a Koro-Sensei de nuevo en soledad.
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Bajan uno junto al otro de la montaña, en un silencio al que Nagisa se ha acostumbrado desde su acción para debilitar a Kayano el mes pasado. Desde aquel día, su pareja ya no le toma la mano con frecuencia. En su rostro se instala una trémula sonrisa, al ser consciente nuevamente de ese hecho.
"Extraño esa sensación".
Cuando llegan al cercado metálico que divide ambos edificios de la escuela, Karma se detiene, girando en su dirección, clavando la mirada en él.
– Nagisa. – se siente como si una fina tela de terciopelo acariciara su piel, y se pregunta si realmente se podrá adaptar a la idea de que su pareja le llame por su nombre a secas. – ¿Cómo está la relación con tu madre actualmente?
La pregunta le toma por sorpresa, su rostro ligeramente caído a un lado lo demuestra.
– Bueno, después de lo que sucedió en la escuela, ha cambiado un poco… supongo que podríamos decir que finalmente nos llevamos bien. – finaliza con una pequeña sonrisa, que es correspondida por su contraparte.
– Entonces, ¿estaría bien para ti, quedarte hoy en mi casa?
¿Eh?
– ¿Por qué, Karma?
Nagisa se sorprende, cuando ve las pálidas mejillas del más alto cubrirse de un ligero carmín, apenas notorio por la falta de luz solar que empieza a hacer. Pero tan rápido como llega, se desvanece, volviendo a mostrar aquel rostro contraído en seriedad.
– Necesitamos hablar, Nagisa. – suelta, provocando en el otro un temblor involuntario. – Yo lo necesito. Es momento de hacerlo, para poder continuar bien con esto.
Lo sabía. Lo sabía incluso antes de la batalla. Fuera cual fuera el resultado, aún si lograba aplastar el talento de Nagisa, aún si lograba asesinar a las serpientes y arrancar sus colmillos, aún con cualquier solución que se presentase, no podría escapar de esto.
No había mentido, cuando dijo a sus demás compañeros que una simple conversación no arreglaría las cosas, no había mentido. Porque necesitaba más que eso. Necesitaba haber perdido, haber sentido la dedicación de su pareja en salvar, haber luchado hasta el inminente final, para darse cuenta de las cosas en realidad.
No está molesto, ya no. Se acerca a la pequeña figura que se muestra luchando contra la indecisión, y le coge por sorpresa al tomar su delicada mano – aquella que puede matar y darle paz al mismo tiempo – con la suya, entrelazando sus dedos como gusta de hacer.
Los ojos de Nagisa se abren con ligera sorpresa, una cálida sonrisa se extiende por sus mejillas y asiente ante la propuesta del demonio de cabellos rojizos.
Ambos parten a la estación y esta vez el silencio no es pesado. Suben al tren con las miradas de las demás pasajeros sobre ellos por sus heridas y hematomas, a lo que solo pueden reír, soltando bromas que ocasionan más miradas y susurros hacia sus personas, los cuales van en aumento cuando Karma decide olvidarse de la sociedad, y reparte caricias sobre la mejilla herida del más pequeño, arrancando sonrisas de la única persona que le interesa.
Llegan a la residencia Akabane más pronto de lo que esperaban. El único dueño presente despacha a su pareja escaleras arriba, mientras él busca entre los cajones de la alacena las pastillas recetadas por su profesora. El dolor aún le martillea en el cuello al igual que en el resto del cuerpo, y un ligero sentir de culpa se instala en su pecho, al recordar los golpes ejercidos en la figura de Nagisa. Se contuvo, pero aquello no quita el dolor que el más pequeño debe de llevar en su piel.
Cuando sube a la habitación, se encuentra a Nagisa inspeccionando la colección de especias que descansa en la repisa junto a su escritorio, como hace cada vez que visita su hogar.
– Parece que agregaste una nueva durante las vacaciones. – le comenta con una sonrisa, mientras él ocupa asiento sobre la cómoda colcha de la cama.
– Regalo de mi madre.
– ¿Ya han vuelto?
– Y ya se han marchado.
El silencio vuelve a instalarse entre ellos. No es el comentario el que lo provoca, porque Karma está acostumbrado a estar sin sus padres, y Nagisa lo sabe. Es la mirada que dirigen los ojos dorados sobre su persona, lo que ha provocado la falta de sonido. Karma palmea el sitio junto a él en la cama, y el asesino de talento nato entiende que la conversación que su pareja busca no se hará esperar.
Toma asiento a su lado, lo suficientemente cerca para que sus rodillas y hombros se rocen. No está seguro de clase de plática están por llevar a cabo, si necesitarán distancia después de ella, pero su cuerpo le pide estar junto a Karma. Aún si no se cogen de las manos, quiere sentir su calor.
– Probablemente, fui el primero que se dio cuenta de que tenías talento para asesinar, Nagisa.
El comentario le descoloca, porque no recuerda, hasta lo sucedido en Okinawa, de algún momento donde su talento se haya dejado notar.
– Me aleje esa vez, ¿recuerdas? – y lo hace. Porque aquella separación la sigue sintiendo, aunque sea un poco. Le había golpeado como un golpe en el estomago. – Me di cuenta uno de los tantos días en que habíamos salido juntos, no es que hubieras hecho algo especial para ello, solo paso. No sabía cómo manejar lo que me hacías sentir. Empecé a tener el presentimiento de que podrías asesinarme mientras dormía, y mi cabeza se llenaba con la idea de destrozar a aquello a lo que temía de ti… pero no era algo que pudiera hacer con fuerza o intelecto. Lo que tienes, no podía vencerlo en ese entonces… sigo sin poder hacerlo.
No sabe cómo responder a la sonrisa que Karma le dirige. Es diferente, no es de burla, ni soberbia. No es ni siquiera aquella muestra de cariño que adora recibir de su parte. Es sólo una línea, que se extiende débilmente hacia arriba en su rostro.
– Yo nunca podría matarte.
– No lo sabemos, Nagisa. – el pelirrojo cubre los labios que están a punto de protestar, colocando su pulgar sobre ellos, descansando el resto de sus dedos bajo el mentón. – Supongamos que un día discutimos, pierdo el control, y decido golpearte, de sorpresa. ¿Puedes estar completamente seguro de que tu instinto no actuará y te defenderás a matar?
– Yo nunca podría matarte, Karma. Y tú nunca me lastimarías a traición. – y él quiere creer en la resolución que brilla en los ojos azules que tanto ama. Extiende un poco más la mueca que se encuentra posada en su cara, acariciando los labios a los que aún no se permite acercarse. – Si piensas eso, ¿Por qué volviste a acercarte cuando entre a la clase E?
No tiene una respuesta para eso. Básicamente porque sigue sin poder estar seguro de decir que sus sentimientos existían desde antes de la separación, siendo movido por ellos. Pero hay algo que sí sabe.
– Cuando te vi intentar matar al pulpo el primer día, de repente la sensación desapareció… O eso creí, días después mi subconsciente me hizo entender que aún había algo en ti de lo que debía preocuparme, pero no caí en ello hasta que te vi contra Takaoka.
– ¿De qué hablas?
Inhala profundamente. Está punto de contar aquello que lo estuvo atormentando los primeros dos meses desde la llegada de Nagisa al viejo edificio, de lo que creyó librarse cuando sus sentimientos hicieron por fin mella en su obstinada cabeza, y que habían vuelto a aparecer durante los días que no se vieron en las vacaciones.
– Después de tu primer día, comencé a soñar con serpientes. – soltó el mentón del más pequeño. Llevo ambas manos a sus rodillas, bajo la mirada. – Me asfixiaban, rompían mis huesos y clavaban sus colmillos en mi piel. No sé porque mi mente te relacionaba con ellas, y nunca hubiera adivinado que eras tú, de no ser porque vi tus ojos aquel día en el helipuerto. Eran exactamente los mismos, los ojos de las serpientes que me atormentaban por las noches, y tus ojos cuando la sed de sangre se liberaba, eran los mismos, Nagisa.
Sus ojos están clavados en sus manos, no puede ver la expresión del más bajo, pero si como aquellos pequeños dedos se mueven a los suyos, con lentitud, casi miedo, enroscándose alrededor de su mano derecha. Sin más, solo quedándose ahí.
– Entonces, ¿por qué me besaste? Si te diste cuenta en ese momento, ¿por qué lo hiciste? ¿Y por qué decidiste empezar lo nuestro?
No entiende del todo el dolor aplicado en esas palabras, ni porque un bufido se escapa de su cuerpo, con el fin de reír.
– La mente es algo extraña. – levanta su mano, cubriendo la más pequeña con toda su longitud, apretando con suavidad. – Las serpientes me hacían daño, sí, pero no les temía precisamente. Cada mañana al despertar, encontraba que habían provocado estragos en mi cuerpo… curiosa manera de hacerme ver que la persona a la que deseo y temo, es la misma.
– No te estoy entendiendo, Karma.
La risa salió de sus pulmones, provocándole un pinchazo de dolor en el cuello.
– Tenía una erección, Nagisa. Cada día al despertar, la correlación de las serpientes contigo, me hacía despertar duro.
Puede escuchar como el pequeño ratoncillo junto a él toma aire con fuerza. Cuando finalmente coge valor y levanta la vista hacia su objetivo, las mejillas furiosamente rojas, los brillantes zafiros confundidos, los labios temblorosos, todas las expresiones de Nagisa le reciben. La sonrisa que tal visión le ocasiona, esta es vez es dulce, verdadera.
– ¿Sorprendido? – el contrario asiente. – ¿Quieres irte? – negación es su respuesta. Siente el alivio recorrer cada fibra de su ser, instalándose en su pecho y sus hombros caen, liberados de la tensión que les tenía prisioneros desde que las primeras palabras empezaron a salir de sus labios. Su mano libre se alza hacia los mechones azules, tironeando suavemente de las ligas que los retienen, emitiendo una solicitud con la mirada que es aceptada, y entonces los cabellos caen grácilmente sobre sus hombros. Karma sabe que Nagisa odia su cabello largo, pero la visión le estremece el cuerpo. – ¿Puedo besarte, Nagisa?
Se acerca ante la aprobación, deleitándose cuando los grandes ojos se cierran, esperando por él. Quiere dar por finalizado aquel asunto y disfrutar de la calidez, de la paz, la serenidad que le otorgan aquellos labios por los que delira a diario, a los que se arrepiente de haber lastimado hace unas horas y a los que no ha tocado en semanas. Se permite ser gentil, sin presionar y solo descansar uno sobre el otro, alejándose unos milímetros para después volver a caer.
Poco a poco, con cuidado porque está consciente del dolor que aún debe de sentir, empuja el pequeño cuerpo, dejando que caiga hacia atrás, mientras se posiciona entre sus piernas, que le han dado un espacio, tratando de no aplastar con su peso. Los delgados brazos se enroscan su cuello con delicadeza, recordándole superficialmente al abrazo que horas antes le había derrotado, y siente como la pequeña legua sale, lamiendo con timidez la carne de su labio inferior, pidiendo permiso que se le otorga con velocidad.
Nagisa sabe a sangre – por las heridas que aún no terminan de cerrar – y a dulce, la mezcla le hace delirar. Mientras las lenguas se acariciaban, su cordura se perdía gramo a gramo, y a él surgía la pregunta si podrían llegar a los cuarenta hits de los que presumía Bitch-sensei.
Urge sus dedos bajo la camisa, maravillándose con la suavidad de la piel, disfrutando de los jadeos que morían en su boca, cuando presionaba de más los hematomas grabados en el delicado cuerpo que le tiene cautivo. Las piernas se abren más, otorgándole mayor acceso y cercanía. Sentía el pequeño cuerpo temblar ante la cantidad de emociones que se aglomeraban en sus entrañas, comprendiendo y compartiendo la experiencia. Podía sentir como sus hormonas viajaban por su cuerpo, y se instalaban en su entrepierna, donde las molestas serpientes solían aprisionar.
"Por Nagisa, aceptaría el veneno que impregnan los colmillos".
Dejo caer un poco su cuerpo, sintiendo como las emociones no se descontrolaban solo en su persona. Un jadeo más alto escapo de los labios que besaba con devoción, brindándole la oportunidad de separarse y guiar sus movimientos al pálido cuello, clavando sus caninos inusualmente largos en la palpitante vena que centellaba frente a sus ojos, ganándose un quejido de dolor.
"Estamos a mano".
– Karma… – la voz salió como un susurro, transmitiéndole más que mil gritos. Quería corresponderle. Quería olvidar su separación anterior, rogar por el perdón ante su actuar de adolescente cobarde. Quería devolver la admiración, el cariño, todas y cada una de las emociones que le regalaba la única persona que le había aceptado de buenas a primeras. Alejo la mano que aún recorría su torso, con toda intención de guiarla hasta aquella zona al sur que deseaba tocar y probar.
Pero se detuvo.
Lo vio en los ojos de Nagisa cuando finalmente libero su cuello de mordidas y maltratos. Ahí estaba, brillando bajo el mar que reinaba en su mirada. La admiración, el respeto, la adoración. Y el miedo.
Lo sabía. Entendía que no era hacia su persona, que no era hacia su actitud, ni hacia su fuerza. Sino a la situación que se desencadenaría por las emociones en las que él mismo había provocado un descontrol. Y aunque ese hecho le llenaba, no podía. Porque Nagisa podía ser capaz de arrebatar una vida, pero seguía siendo un niño en una primera relación amorosa. La comparación le parecía lamentable y divertida a partes iguales.
Observo el pequeño rostro, los grandes ojos que se perdían en la nubla de sentimientos, para dar paso a la duda, mientras él inhalaba con fuerza y profundidad. Separarse de sus propios deseos y dejar caer su cuerpo a un lado, resulto más difícil de lo que había previsto.
– No pienses nada estúpido. – dijo al ver como en el rostro de su pareja brillaba la expresión del rechazo. – Algún día. Cuando estés listo.
– ¡Yo estoy listo! – y Karma no pudo evitar reír.
– No sabes mentir, Nagisa.
Los suaves mofletes se inflaron en un infantil berrinche, antes de dejar salir el aire en un suspiro de alivio que no ofendió al contrario. Abrió los brazos hacia él, invitándolo en silencio a que los acogiera y se dejará descansar sobre su pecho. En pocos segundos, la cascada azul se esparcía sobre su cuerpo, la presión de su cabeza en el punto exacto donde su corazón latía con calma.
Los dedos enredándose en las largas hebras, le hicieron sentir a Nagisa la felicidad de llevar sus cabellos de esa manera por primera vez. Los ojos dorados se clavaban en el blanco techo de la habitación que les rodeaba. Tal vez, lo que pensaba preguntar a continuación fuera más serio, más intimo que la conversación que habían sostenido minutos antes y, desde luego, su pareja estaría en el derecho de no contestar. Pero necesitaba intentarlo. Porque si bien no era una de las cosas que les había llevado a todo aquello, seguía anclado en su mente.
– Nagisa, quiero preguntarte algo. Pero quiero que sepas, que está bien si no quieres contestar.
– ¿Qué es? – dijo, se notaba la curiosidad en su voz, aún cuando el sueño y el cansancio empezaban a instalarse en su ser.
– ¿Alguna vez tu madre te ha maltratado?
– Sí. – la respuesta salió más fácil, y más rápida, de lo que hubiera esperado. Karma sintió sus dientes apretarse involuntariamente ante la ira, afianzando más el pequeño cuerpo sobre él. – Mi madre tiene problemas, y en ocasiones cuando se ponía oscura, no controlaba su ira, que normalmente era cuando le llevaba la contraria. Nunca fue muy dura, pero si llego a hacerme daño.
– ¿Y piensas seguir con ella hasta que seas mayor? ¿En serio?
Pudo sentir como los hombros de Nagisa se encogían, para luego volver a su posición original, soltando un corto suspiro.
– Después de la plática con Koro-Sensei, ha cambiado. Aún es pronto para decir que sea permanente, pero por los momentos todo está bien. Ha aceptado que corte mi cabello.
– Nagisa. – su voz temblaba. Apretó un poco más el cálido cuerpo para darse valor. – Múdate conmigo.
El dueño de azules hebras se alzó, clavando los ojos en él.
– Pensaba vivir en mi propio apartamento al entrar a preparatorio, no sería muy diferente de ahora… pero sería mío. Ven conmigo.
– Dijiste que me temías, Karma.
Y no había dolor en su mirada. Nagisa había aceptado su preocupación y amor por partes iguales, dedicándole aquella sonrisa que solo existía para él. Llevo una de sus manos a la mejilla contraria, recorriéndola con suavidad.
– Y tú que nunca podrías matarme. Tendremos que comprobar si es cierto.
Una ligera risa emergió de los labios de Nagisa. La cabeza de suaves cabellos volvió a ocupar el lugar en su pecho, donde le correspondía, cerca de su corazón. No contesto con palabras aquella noche.
Se mantuvieron en aquella posición mientras sus ojos perdían la batalla contra sus párpados, y se dejaban arrastrar a una tierra donde formas extrañas y mareas que les mecían con tranquilidad.
Cuando Karma despertó, a la mañana siguiente, con el peso extra sobre su cuerpo, el pensamiento le golpeó con fuerza. No asustándole, ni enfadándole. Sino dándole una paz extraña que le causaba querer reír y besar a la persona que se lo provocaba.
Porque ahora entendía, que no le importaba ser asesinado por la serpiente que se escondía en el interior del alma de Nagisa, si aquello significaba que podía lo poseer de la manera que lo hacía justo ahora.
"Creo que estoy bien con eso".
