Epílogo

– Si te pones a pensarlo, tal vez desde un principio no había manera de salvarlo, y todo debía terminar así. – comento Karma, al sentir como el peso de Nagisa se posicionaba junto a él, en la rama del árbol que daba a la entrada del viejo edificio, después de buscarlo durante un tiempo. El demonio rojo que tenía por pareja, acostumbraba aquellos días visitar el área. – Con nosotros tomando la vida de Koro-Sensei.

– Probablemente.

Había pasado una semana ya desde la graduación, desde aquella noche donde habían tenido que despedirse de la primera persona que creyó en todos ellos. La persona que los nutrió, apoyo, consoló y acompañó durante el año más complicado y fructífero de su adolescencia.

Aquella había sido la noche más desgarradora de sus vidas.

– Yukimura-sensei continúa desaparecida.

– Eso escuche de Asano.

– ¿Ahora son amigos? – comento con burla el de cabellos celestes. Karma halo una de sus mejillas mientras reía.

Yukimura Aguri. Su antigua profesora. Aquella mujer de ojos amables que solo se presentaba unas cuantas veces por el campus y poseía secretos, que se revelaron junto a los de Koro-Sensei, había desaparecido desde el día de la graduación, junto con lo único que había quedado en aquel patio tras la muerte de su querido profesor. Su corbata de luna creciente.

Nunca supieron con exactitud la profundidad de la relación existente entre ambos adultos, y las dudas que en un principio les asaltaron al respecto, ahora las dejaban correr. Porque a fin de cuentas, Koro-Sensei se había ido, y ya nada importaba, salvo atesorar las alegres memorias que habían fabricado a su lado.

– Puede ser una locura. – dijo Nagisa. – Pero creo que… Yukimura-sensei y Koro-Sensei se encuentran juntos ahora. – los orbes dorados se clavaron en su persona con interrogación. Le sonrió. – Es solo un presentimiento.

Los dedos del pelirrojo se internaron en las – ahora – cortas hebras celestes, mientras procesaba sus palabras. Bajo del árbol de un salto, y al darse la vuelta extendió los brazos hacia arriba.

– Creo que ya es hora de que volvamos a nuestra casa, mi pequeña serpiente. – Nagisa rió. Se dejo caer hacia los brazos de Karma, quien le acogió gustoso y ayudo a posicionarse sobre la tierra.

Se dirigieron con pasos tranquilos hacia la escalera que marcaba el descenso de su santuario. Cuando sus pies tocaron el primer peldaño, giraron sobre sí mismo, dedicaron una reverencia y última mirada – por aquel día –, a su ahora adorada escuela, antes de marcharse, cogidos de la mano, al hogar que empezaban a compartir.

No están seguros, pero ambos jóvenes creen a ver visto a Koro-Sensei despidiéndose de ellos, sentado cómodamente sobre el tejado. A sus oídos, imaginarias o no, llegaron sus palabras.

"Sigan adelante. Y cuídense".