La fila de hábitos negros avanzó hacia mí a través de la niebla como un sudario. Percibía sus oscuros ojos relucir como rubíes de puro deseo, anhelantes de sangre. Sus labios se retraían sobre sus húmedos dientes agudos, mitad rugido, mitad sonrisa.

Escuché cómo gimoteaba el niño a mis espaldas, pero no me podía girar para mirarle. Aunque estaba desesperada por comprobar que se encontraba a salvo, no podía permitirme ningún fallo de concentración en esos momentos.

Se aproximaron de forma fantasmal con las ropas negras agitándose ligeramente por el movimiento. Vi cómo curvaban sus manos como garras del color de los huesos. Comenzaron a dispersarse para acercarse a nosotros desde todos los ángulos. Estábamos rodeados e íbamos a morir.

Y entonces, tras la explosión de luz de un rayo, toda la escena se transformó, aunque no había cambiado nada, porque los Vulturis aún nos amenazaban, en posición de ataque. Lo que realmente cambió fue el modo en que yo contemplaba la imagen, porque de repente sentí un deseo incontrolable de que lo hicieran, quería que cargaran. El pánico se transformó en un ansia de sangre que me hizo encorvarme, con una sonrisa en el rostro, y un rugido enredado entre mis dientes desnudos.

Me incorporé de un salto, aún aturdida por el sueño.

La habitación estaba a oscuras y también hacía un calor bochornoso. Tenía el pelo empapado por el sudor de las sienes y el que me corría por el cuello.

Aparté de una patada las sábanas mojadas y encontré la cama vacía.

—¿Regina?

Justo en aquel momento, mis dedos tropezaron con algo de tacto suave, plano y rígido. Era una hoja de papel doblada por la mitad. Me llevé la nota conmigo y caminé hacia el interruptor de la luz.

En la parte exterior de la nota alguien había escrito a quién estaba dirigida: a la señora Swan Mills.

Espero que no te despiertes y notes mi ausencia, pero si fuera así, quiero decirte que volveré muy pronto. Me he ido al continente de caza. Vuelve a dormirte y estaré de vuelta cuando te despiertes. Te Amo.

Suspiré. Llevábamos allí unas dos semanas, así que debería haber contado ya con que se marchara, pero no había estado pensando en el tiempo, porque aquí parecíamos vivir al margen de él, yendo a la deriva en un estado de perfección.

Me limpié el sudor de la frente. Ahora estaba completamente despierta, aunque el reloj del tocador dijera que era más de la una. Sabía que no podría volverme a dormir tan acalorada y sudorosa como me sentía. Y eso sin mencionar el hecho de que si apagaba la luz y cerraba los ojos, estaba segura de ver aquellas figuras negras rondando en mi cabeza.

Me levanté y vagabundeé por la casa a oscuras sin destino definido. Fui encendiendo luces. Me parecía tan grande y desierta sin Regina allí. Tan diferente.

Terminé mi paseo en la cocina y decidí que, quizá, lo que necesitaba era comida para consolarme.

Rebusqué por el frigorífico hasta que encontré todos los ingredientes necesarios para hacer pollo frito. El chisporroteo y siseo del pollo en la sartén resultó un sonido hogareño y encantador, que al llenar el silencio me hizo sentir menos nerviosa.

Olía tan bien que comencé a comer directamente de la sartén, quemándome la lengua mientras tanto. Al quinto o sexto bocado, sin embargo, se había enfriado lo suficiente para disfrutarlo y mastiqué más lentamente. ¿Había algo raro en el sabor? Comprobé la carne, y estaba blanca por todas partes, pero me pregunté si estaba bien hecha. Tomé otro bocado de forma experimental y lo mastiqué dos veces. Ay, qué asco, de verdad. Me levanté de un salto para escupirlo en el fregadero. De repente el olor del pollo y el aceite frito me revolvió el estómago. Cogí todo el plato y lo tiré sacudiéndolo sobre la basura, y después abrí las ventanas para dispersar el olor. Una brisa fresca se había levantado en el exterior y era agradable sentirla contra la piel.

Me encontré repentinamente agotada, pero no quería volver a la calurosa habitación, así que abrí más ventanas en el cuarto de la televisión y me tumbé en el sofá que había justo delante. Puse otra vez la misma película que habíamos visto el otro día y, en cuanto empezó la alegre canción inicial, me quedé dormida.

Cuando abrí los ojos de nuevo, el sol estaba ya a medio camino del horizonte, pero no fue la luz lo que me despertó. Me sentía envuelta en la frescura de sus brazos, que me estrechaban contra ella. Al mismo tiempo un dolor repentino me retorció el estómago, casi como una réplica de lo que se siente cuando encajas un golpe en las tripas.

—Lo siento —murmuraba Regina mientras frotaba su mano helada contra mi frente pegajosa—, tanta meticulosidad con todo y no había pensado en que tendrías tanto calor cuando yo me marchara. Haré que instalen un aparato de aire acondicionado antes de que me vaya.

No me podía concentrar en lo que me decía.

—¡Perdona! —jadeé, luchando por liberarme de sus brazos.

Ella me soltó de forma casi automática.

—¿Emma?

Salí disparada hacia el cuarto de baño con la mano apretándome la boca. Me sentía tan mal que ni siquiera me preocupó, al principio, que estuviera conmigo cuando me agaché sobre el váter y vomité violentamente.

—¿Emma…? ¿Qué te pasa?

No podía responder todavía. Ella me sostenía llena de ansiedad, apartándome el pelo de la cara, esperando hasta que recuperé de nuevo la respiración.

—Maldito pollo rancio —gemí.

—¿Estás bien? —su voz sonaba muy tensa.

—Bien —repliqué con voz entrecortada—. Es sólo que me he intoxicado con la comida. No es necesario que veas esto, vete.

—Ni se te ocurra, Emma.

—Vete —gemí otra vez, luchando para levantarme y poder lavarme la boca. Ella me ayudó cariñosamente, ignorando los débiles empujones que le propinaba.

Después de haberme limpiado, me llevó a la cama y me sentó allí con cuidado, sujetándome entre sus brazos.

—¿Te ha sentado mal alguna comida?

—Ah, sí —grazné—. Hice un poco de pollo anoche. Sabía raro así que lo tiré, pero antes me comí unos cuantos bocados.

Me puso una de sus manos frías en la frente, y era muy agradable.

—¿Qué tal te sientes ahora?

Lo pensé durante un momento. La náusea se me había pasado tan violentamente como había venido y me sentí como cualquier otra mañana.

—Estoy bastante bien. De hecho, incluso algo hambrienta.

Me hizo esperar una hora y beberme un gran vaso de agua antes de freírme unos cuantos huevos. Me encontraba perfectamente normal, aunque un poco cansada después de haberme levantado en mitad de la noche. Ella puso la CNN, ya que habíamos perdido todo contacto con la realidad, tanto que podría haber estallado la Tercera Guerra Mundial sin que nos hubiéramos enterado, y me acurruqué soñolienta en su regazo.

Me aburría escuchando las noticias y me retorcí para besarla. Justo como por la mañana, un dolor agudo me atravesó el estómago cuando me moví. Me arrastré lejos de ella, con la mano apretada con fuerza contra la boca. Me di cuenta de que no llegaría ahora hasta el cuarto de baño, así que me dirigí hacia el fregadero de la cocina.

Ella me apartó el pelo de nuevo.

—Quizá deberíamos ir a Río, a que te vea un médico —sugirió llena de ansiedad mientras me limpiaba los labios después.

Sacudí la cabeza y me dirigí hacia el vestíbulo. Los médicos significaban agujas.

—Me sentiré mucho mejor después de lavarme los dientes.

Cuando mejoró el sabor de mi boca, rebusqué entre mis cosas el maletín de primeros auxilios que Ruby me había preparado, lleno de cosas humanas como vendas, analgésicos y mi objetivo ahora, Pepto-Bismol. Quizá de ese modo se me asentara el estómago y Regina se quedaría más tranquila.

Pero antes de encontrar el Pepto, hallé algo más que Ruby había metido en la maleta. Cogí la pequeña caja azul y me la quedé mirando allí en mi mano, olvidándome de todo lo demás.

Entonces comencé a contar en mi cabeza. Una vez. Dos. Y otra vez más.

Un golpe en la puerta me sobresaltó.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó Regina a través de la puerta—. ¿Te has mareado otra vez?

—Sí y no —le dije, pero mi voz sonó estrangulada.

—¿Emma? ¿Puedo entrar, por favor? —inquirió ahora en tono preocupado.

—Va… le.

Llegó y evaluó mi postura, sentada con las piernas cruzadas al lado de la maleta, y mi expresión en blanco y ausente. Se sentó a mi lado y rápidamente me puso la mano en la frente.

—¿Qué es lo que va mal?

—¿Cuántos días han pasado desde la boda? —le susurré.

—Diecisiete —me contestó de forma automática—. Emma, ¿qué pasa?

Volví a contar de nuevo. Alcé un dedo para advertirle que esperara y articulé con los labios los números para mis adentros. Antes me había equivocado con los días, porque llevábamos allí más tiempo de lo que yo creía. Comencé de nuevo.

—¡Emma! —susurró en tono de urgencia—, me estás volviendo loca.

Ya se que ocurre, mí ciclo debe haberse alterado por el viaje, tengo 5 días de atraso, por eso me siento hinchada, eso debe haberse juntado con la intoxicación.

—¿Qué? ¿Estás intentado hacerme creer que esto que te pasa es un simple síndrome premenstrual?

—Si, solo eso y una intoxicación por ese pollo asqueroso, con el Pepto-Bismol y un poco de dieta líquida debería estar bien.

—Claro Emma, pero si te veo vomitar de nuevo nos vamos a Río.

Salimos del baño y me quedé sentada apoyada en la mesada de la cocina mientras ella me servía otro gran vaso de agua, su móvil que estaba ahí apoyado comenzó a sonar, reconocí el número y respondí antes de que Regina pudiera arrebatarme el teléfono.

—Hola, Ruby—le dije. Mi voz no había mejorado mucho, así que me aclaré la garganta.

—¿Emma? ¿Emma, te encuentras bien?

—Ah, sí. Mmm solo un poco de malestar estomacal por una comida en mal estado.

—¿Está bien Regina? —me preguntó recelosa.

—Si, estamos bien.

— ¿Por qué no ha respondido ella?— inquirió recelosa.

—No estoy segura como pero fui más rápida por una vez.

—Emma he visto…

—¿Qué es lo que has visto? —se hizo un silencio.

En ese instante Regina me quito el teléfono de las manos.

Mientras esperaba que terminara de hablar sentí un movimiento en mí hinchado vientre, definitivamente evitaría el pollo por un buen tiempo.

Regina me hizo un gesto para que cogiera el móvil.

—Emma, soy Henry.

· Hola Henry. ¿ Qué ocurre?

—Solo quiero hacerte unas preguntas para corroborar que estés bien.

—Bueno.

—¿Cuándo fue el primer día de tu último ciclo menstrual?

—Dieciséis días antes de la boda —había hecho los cálculos mentales matemáticos las veces suficientes para poder contestar con certeza.

—¿Cómo te sientes?

—Un poco mejor aunque aún siento el vientre extraño.

—Regina me dijo que últimamente duermes mucho. ¿Tienes problemas para descansar bien?

—He tenido pesadillas, pero el que duerma mucho es culpa de tu hija, me ha tenido haciendo excursiones a diario, eso me agota y me da hambre, he estado comiendo como por dos desde que llegamos, Regina aún no sabe medir bien las cantidades.

La cabeza de Regina se alzó de repente.

—Muy bien Emma, tranquila.

Suspiré aliviada.

Regina extendió la mano para que le diera el teléfono, con el rostro pálido y endurecido.

—Mmm, creo que Regina quiere hablar contigo.

—Dile que se ponga —contestó Henry con voz contenida.

No estaba segura del todo de que es lo que Regina quisiera hablar, pero le entregué el móvil.

Lo apretó contra su oreja.

—¿Eso es posible? —susurró ella.

Escuchó durante un largo rato, mirando de forma inexpresiva hacia la nada.

—¿Y Emma? —preguntó y me envolvió con su brazo mientras hablaba, apretándome contra su costado.

Escuchó durante lo que pareció un rato muy largo y después dijo:

—Sí, sí, lo haré.

Apartó el móvil de su oído y presionó el botón de apagado. Sin detenerse marcó un número nuevo.

—¿Qué ha dicho Henry? ¿Qué es lo que vio Ruby?—le pregunté con impaciencia.

Regina respondió con voz exasperada.

—Creen que estás embarazada.

· ¿Embarazada?

—Si, es una loca leyenda que encontraron. Sumado a que Ruby te vio embarazada. Pero yo no me lo creo, es imposible.

Las palabras enviaron un estremecimiento a través de mi columna. Sentí otro movimiento en mí vientre y la idea de que pudiera ser una patada me estremeció, aunque eso era físicamente imposible.

—¿A quién estás llamando ahora? —inquirí mientras volvía a ponerse el teléfono en el oído.

—Al aeropuerto, volvemos a casa.

Regina estuvo al teléfono durante más de una hora sin parar. Supuse que estaría arreglando nuestro vuelo de regreso, pero no podía estar segura porque no hablaba en inglés. Sonaba como si estuviera discutiendo, habló entre dientes durante un buen rato.

Mientras discutía, iba haciendo las maletas. Revoloteaba por la habitación como un tornado furioso, pero dejando orden en vez de destrucción a su paso. Arrojó un puñado de ropas mías sobre la cama sin mirarlas, así que supuse que era hora de vestirme. Ella continuaba en plena controversia mientras yo me cambiaba, gesticulando con movimientos repentinos y agitados.

Cuando ya no pude soportar más la violenta energía que irradiaba, abandoné la habitación en silencio. Su concentración maníaca hacía que me estuviera mareando, no como con aquellas nauseas matutinas, sino de una forma más desagradable. Esperaría en cualquier lugar a que se le pasara ese humor. No podía hablar con esa concentrada y helada Regina que, la verdad me asustaba un poco.

Una vez más, terminé en la cocina. Había un paquete de galletitas saladas en el armario. Comencé a masticarlas de forma ausente, mirando por la ventana hacia la arena, las rocas, los árboles y el océano, que todavía relucían bajo el sol. Pensé en todas las leyendas, la de los niños inmortales, las leyendas quileutes, la información que yo busqué en línea de cuando trataba de descubrir que era Regina, tratando de entender cómo era concebible que estuviera embarazada, ya que no era algo físicamente posible al ser dos mujeres.

Me quedé mirando por la ventana durante un momento y recordé la conversación en que Regina me comentó que se arrepentía de quitarme la posibilidad de tener hijos.

—No lo entiendo —murmuré.

Era del todo sorprendente, un milagro, esto me dejaba atónita. Pero ¿era algo malo?

No.

¿Entonces por qué estaba Regina tan furiosa? Ella era quien en realidad había estado más que dispuesta a una boda de penalti. Intenté razonarlo.

Quizá no era tan raro que Regina quisiera que nos fuéramos a casa derecho. Seguramente deseaba que Henry comprobara y se asegurara de que su suposición era cierta, buscar más información sobre el tema para poder comprénderlo y encontrar el como fue posible.

Una vez que me puse a pensar en ello, estuve segura de comprenderlo. Regina debía de estar inquieta por la posibilidad remota del embarazo, aunque aún no le había dado ningún ataque de esos suyos de preocupación. Mi cerebro trabajaba de un modo más lento que el suyo, porque todavía estaba prendida en la remota posibilidad de que estuviera embarazada, el niño de mí sueño vino a mí mente diminuto con los ojos verdes y sus cabellos castaños acurrucado feliz y hermoso en mis brazos.

Resultaba impactante para mí vislumbrar la posibilidad y que no me generará rechazo.

Antes tampoco había comprendido el dolor y el resentimiento de Zelena. Nunca me había imaginado a mí misma en el papel de madre y jamás lo había deseado. No había querido engatusar a Regina diciéndole que no me preocupaba el no poder tener hijos con ella, porque la verdad era que ni siquiera me lo había planteado. Los niños, en abstracto, jamás me habían atraído. Me parecían criaturas chillonas, siempre chorreando alguna porquería, y además nunca había tenido mucho contacto con ellas. Cuando soñaba en que Mary Margaret me trajera algún hermanito, siempre me imaginaba un hermano mayor, alguien que me cuidara, y no al revés.

Pero imaginarme el hijo de Regina, nuestro hijo era una historia completamente distinta.

Quizá todo se debía a que siempre había tenido muy poca imaginación. Quizá también ése era el motivo por el que me había resultado imposible imaginar que me gustaría estar casada hasta que lo estuve, y quizá también por eso había sido incapaz de ver que quería un bebé hasta que me plantearon esa efímera posibilidad…

Estaba tan pérdida en las posibilidades que no me percate de que unas lágrimas se deslizaron por mis mejillas.

—¿Emma?

Me volví, algo recelosa debido al tono de su voz. Regina parecía temerosa y confusa.

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba llorando.

—¡Emma! —cruzó la habitación como un rayo y puso sus manos alrededor de mi rostro—, ¿te duele algo?

—No, no…

Me estrechó contra su pecho.

—No tengas miedo, llegaremos a casa en dieciséis horas. Estarás bien. Henry estará preparado cuando lleguemos y sabremos que es lo que está pasando, sea lo que sea que pase lo solucionaremos.

Apartó la mirada apresuradamente de mí, y la dirigió hacia la puerta principal.

—¡Maldita sea! Se me olvidó que Gustavo venía hoy. Me desharé de él y volveré —y salió disparada de la habitación.

Escuché a Regina hablando de nuevo en portugués y discutiendo otra vez. Su voz se acercaba y la oí gruñir de pura desesperación. Entonces oí la otra voz, baja y tímida, la voz de una mujer.

Entró en la cocina delante de ella y se dirigió derecho hacia mí. Me limpió las lágrimas de las mejillas y murmuró en mí oído a través de la carnosa y tensa línea de sus labios.

—Insiste en dejarnos la comida que ha hecho, la cena —si hubiera estado menos tensa y menos furiosa, habría puesto los ojos en blanco—. Es únicamente una excusa, lo que quiere es asegurarse de que aún no te he asesinado —su voz se volvió fría como el hielo al final.

Kaure dio la vuelta a la esquina nerviosa, con un plato cubierto en las manos. Hubiera deseado poder hablar un poco de portugués, o que mi español fuera menos rudimentario, para poder agradecerle a esta mujer que se hubiera atrevido a sufrir la ira de una vampira sólo por comprobar que yo estuviera bien.

Sus ojos se movieron inquietos de una a la otra. Le vi medir el color de mi rostro, la humedad de mis ojos. Puso el plato en la encimera murmurando algo que no entendí.

Regina le replicó con brusquedad, y nunca antes le había visto comportarse con tan poca educación. La mujer se volvió para marcharse, y el revoloteo de su falda larga empujó el olor de la comida hacia mi rostro. Era fuerte: cebollas y pescado. Me entraron náuseas y me giré hacia el fregadero. Sentí las manos de Regina sobre mi frente y escuché su murmullo tranquilizador a través del rugido de mis oídos. Sus manos desaparecieron durante un segundo y oí el golpe de la puerta del frigorífico. Gracias al cielo, el olor desapareció con el sonido y las manos de Regina me refrescaron de nuevo el rostro pegajoso. Todo se me pasó con rapidez.

Me limpié la boca en el grifo mientras ella me acariciaba un lado de la cara.

—Todo está bien mí amor, estaremos bien— me susurró.

Regina me dio la vuelta, abrazándome hasta que reposé la cabeza sobre su hombro. Mis manos, de forma instintiva, se doblaron sobre mi barriga.

Escuché un ligero jadeo y levanté la mirada.

La mujer aún estaba allí, dudando en la entrada con las manos extendidas a medias como si estuviera buscando alguna manera de ayudarme. Sus ojos se habían quedado clavados en mis manos, abriéndose de pronto por la sorpresa, al igual que su boca.

Entonces Regina dio también un grito ahogado y, de repente, se volvió para enfrentarse a la mujer, empujándome ligeramente detrás de su cuerpo. Su brazo envolvió mi torso como si me estuviera sujetando a su espalda.

De súbito, Kaure le gritó, en voz muy alta, con furia, mientras sus palabras ininteligibles volaban por la habitación como cuchillos. Alzó su pequeño puño en alto y dio dos pasos hacia delante, sacudiéndolo en dirección a Regina. A pesar de su ferocidad, era fácil ver el terror retratado en sus ojos.

Regina dio también otro paso hacia ella, y yo me aferré a su brazo, asustada por la mujer. Pero cuando la mujer interrumpió su parrafada, la voz de mí esposa me cogió por sorpresa, en especial considerando lo desagradable que había estado con Kaure antes de que hubiera empezado a chillarle. Hablaba ahora en voz baja, como si estuviera suplicando. No sólo eso, sino que el sonido era diferente, más gutural, sin la misma cadencia. Pensé que, en ese momento, ya no estaba hablando portugués.

Durante un instante, la mujer se le quedó mirando maravillada y después entrecerró los ojos mientras ladraba una larga pregunta en la misma lengua extraña.

Observé cómo el rostro de Regina se volvía más triste y serio, y asentía una vez. Ella dio un rápido paso atrás y se santiguó.

Gina se le acercó haciendo gestos en mi dirección y después descansó la mano en mi mejilla. Kaure replicó enfadada, moviendo las manos de forma acusadora hacia ella, y después gesticuló de nuevo. Cuando terminó, ella le suplicó otra vez con la misma voz baja y llena de urgencia.

La expresión de Kaure cambió, y se le quedó mirando con la duda reflejada en el rostro mientras le replicaba; sus ojos a veces se dirigían rápidamente hacia mi cara confundida. Mí esposa dejó de hablar y Kaure pareció estar deliberando sobre algo. Nos miró a una y otra varias veces, y dio un paso hacia delante, creo que de modo inconsciente.

Hizo un movimiento con sus manos, realizando un gesto mímico como de un balón sobresaliendo de su estómago. Me la quedé mirando, porque parecía que sus leyendas sobre el predador bebedor de sangre incluían eso también. ¿Sabría ella algo sobre lo que estaba pasando o como era posible?

Caminó unos cuantos pasos hacia delante de forma deliberada ahora y preguntó con unas cuantas frases cortas, a las que Regina respondió muy tensa. Entonces fue Regina quien preguntó, una sola cuestión muy breve. La mujer dudó y después sacudió pesadamente la cabeza. Cuando Regina habló de nuevo, su voz expresaba una agonía tal, que alcé la mirada hacia ella, sorprendida y asustada. Su rostro se retorció congestionado por la pena.

En respuesta, ella caminó con lentitud hacia delante hasta que estuvo lo suficientemente cerca para poner su mano diminuta sobre la mía, sobre mi barriga. Sólo dijo una palabra en portugués.

—Morte —dijo, suspirando.

Entonces se volvió, con los hombros hundidos, como si la conversación la hubiera hecho envejecer y abandonó la habitación.

Sabía bastante español para extrapolar y comprender esa palabra.

Regina se quedó paralizada de nuevo, con la mirada fija en el lugar por donde la mujer había salido con una expresión torturada en el rostro. Unos cuantos minutos más tarde, escuché encenderse el motor de un bote y luego desvanecerse en la distancia.

Regina no se movió hasta que me dirigí al baño, y entonces puso una mano sobre mi hombro.

—¿Adónde vas? —su voz era un susurro lleno de dolor.

—A lavarme otra vez los dientes.

—No te preocupes por lo que ha dicho. No son nada más que leyendas, viejas mentiras para entretener a la gente, llegaremos a casa y en caso de que sea una realidad nos desharemos de ello.

—No he entendido nada —le repliqué, aunque eso no era del todo verdad. Como si yo pudiera descartar algo por el hecho de que fuera una leyenda. Mi vida estaba tan rodeada de leyendas por todas partes… y todas ellas eran ciertas.

—Ya he guardado tus cosas en la maleta, te lo traeré.

Caminó delante de mí en dirección al dormitorio.

—¿Nos marchamos pronto? —le pregunté a sus espaldas.

—En cuanto estés lista.

Esperó a que terminara para guardar de nuevo mi cepillo de dientes, caminando lentamente alrededor de la habitación, y se lo di en cuanto acabé.

—Llevaré el equipaje a la lancha.

—Regina…

Ella se volvió.

—¿Sí?

Yo dudé, intentando encontrar alguna excusa para poder quedarme unos segundos a solas.

—¿Te importaría… que nos lleváramos algo de comida? Ya sabes, por si me entra hambre otra vez

—Claro —replicó, con los ojos repentinamente dulces—. No te preocupes por nada. Llegaremos al lado de Henry en unas cuantas horas, la verdad, y pronto todo habrá terminado.

Yo asentí con la cabeza, porque no confiaba en mi voz.

Ella se volvió y salió de la habitación, con una maleta enorme en cada mano.

Me giré y salí disparada hacia el teléfono que se había dejado en la encimera. Era muy raro que a Regina se le olvidara algo, como que Gustavo estaba a punto de llegar, o el móvil que se había dejado allí. Estaba tan nerviosa que apenas era ella misma.

Lo abrí y busqué entre los números de la agenda. Me alegró que tuviera los sonidos apagados porque temía que pudiera pillarme. ¿Estaría aún en la lancha o ya de vuelta? ¿Me escucharía desde la cocina si hablaba entre susurros?

Encontré el número que quería, uno que no había usado nunca antes en mi vida. Presioné el botón de llamada y crucé los dedos.

La remota posibilidad de hace instantes ahora ya no era tan remota, la idea de tener una vida dentro mío hizo que mí amor ya no fuera exclusivo de Regina, si yo estaba embarazada, mí corazón y mí amor serían para ambos seres.

—¿Diga? —contestó la voz que sonaba como campanillas de viento doradas.

—¿Zelena? —murmuré—. Soy Emma. Por favor, tienes que ayudarme...