Rey nunca se había considerado a sí misma particularmente hermosa. En todo caso, ella opinaba que era genéricamente promedio, tal vez incluso bonita si se maquillaba correctamente, pasaba unas horas arreglando su cabello en algún peinado elegante y vestía algún ajuar formal. Pero nunca Rey se habría llamado hermosa; su piel no poseía ese color pálido inherente de las mujeres aristocráticas que tanto se paseaban por el palacio de Coruscant. Mas bien, la suya tenía un leve tono bronceado y sus mejillas estaban salpicadas de diminutas pecas. Se consideraba demasiado delgada, su cuerpo desprovisto de esas curvas que aparentemente eran necesarias para atraer los ojos masculinos. Quizás, lo único llamativo en su persona eran sus ojos pardos que en ocasiones mudaban de color dependiendo el humor en el que ella se hallase.
Sin embargo, nunca le dio mucha importancia al detalle de su físico. Si era honesta con ella misma, era algo en lo que ella nunca tomó en consideración y tampoco fue algo en lo que ella pensó demasiado. Su principal preocupación, mientras crecía en Jakku, era sobrevivir y su aspecto había sido un mero telón de fondo en una lista de elementos más urgente como hallar comida o un lugar donde dormir sin ser atacada.
Y aún no lo estimaba como algo esencial. Había aprendido a aceptar como se veía. Ella era fuerte, competente y estaba rodeada de personas importantes en su vida, como su esposo y sus dos pequeños a los cuales adoraba con todo su ser.
Ahora, siendo la esposa de Kylo Ren, emperador de la primera orden, traía consigo ciertas responsabilidades que inicialmente necesitó aprender y a través del tiempo adquirió las destrezas necesarias para desenvolverse como esposa del emperador. Varias de sus obligaciones era atender a dignatarios o embajadores de sistemas, organizar galas, participar activamente en programas de caridad y sobre todo, ser lo más visible y abierta a todas las personas y seres que eran parte de la galaxia. Incluso, asistía a todas las aburridas reuniones sobre política.
En resumidas, Rey se había transformado en gran parte en una líder como lo era su marido de toda la galaxia.
Y como líder, había muchas personas o seres que ella debía recibir y conocer. La gran mayoría eran pudientes con títulos nobiliarios o aristocráticos con linajes que se remontaban a varios miles de años en generaciones pasadas. Por tal razón había aprendido a vestirse adecuadamente al igual que peinarse y colocarse un poco de maquillaje.
Muchos de ellos eran afables y era un placer darles la bienvenida.
Un ejemplo de ello lo había sido Gaeriel Captison , representante de Bakura. Ella provenía de una familia políticamente influyente de ese sistema. Nacida en una cuna de oro, desde muy pequeña se había codeado con otras familias prestigiosas de la galaxia. Y aun así, fue agradable compartir con la hermosa e inteligente joven, nunca menospreciando sus orígenes ordinarios.
O el rey de Shu-Torun, Monthan Hollian, que a pesar de ser un monarca joven, se comportó muy educado y correcto con ella.
Por supuesto, cada uno de esos dignatarios arribaba a Coruscant para reunirse con su esposo, emperador de la primera orden. No obstante, mientras esperaban a ser atendidos por Kylo Ren, ella, para denominarlo de algún modo, los entretenía.
Sin embargo, no todos eran placenteros.
Bastante de ellos clavaban los ojos en ella durante unos embarazosos segundos de silencio cuando ella los recibía. Alcanzaba a hacerla sentir decididamente incómoda. Luego, una vez finalizaba la inevitable sorpresa, abrían la boca y trataban de hablar. Tratar siendo la palabra clave. Se asemejaban a mon calamari procurando respirar bajo el agua. Y en el instante que lograban balbucear palabra alguna, todo simplemente decaía de un modo horrendamente aparatoso.
En muchas ocasiones, Rey contenía el impulso de pegarles una bofetada a sus rostros. Nada elaborado, solo un simple y rápido porrazo a sus estúpidas caras. Pero nunca lo hacía. Ella opinaba, que como esposa del emperador, debía mantener una imagen impecable y por lo tanto lo sobrellevaba.
Rey soportó las sonrisas tontas y las posturas falsas. Toleró la lluvia de cumplidos, aunque ella muy bien sabía que lo hacían para lisonjearla con la esperanza de que ella intercediese por ellos ante su esposo.
Ella suspiró y se observó en el espejo. Hoy recibiría al senador de Kuat. Vestía un elegante traje de seda -procedente de Naboo- que se ajustaba a cada una de sus curvas. Unos delgados breteles dejaban sus hombros al descubierto y permitían admirar un lujoso pero sencillo collar que Ben le había regalado. El cabello estaba recogido en un elaborado peinado con varios rizos cayendo delicadamente alrededor de su rostro.
Estaba segura de que no ganaría ningún concurso de belleza, pero cumpliría la labor que necesitaba cumplir.
. . .
Armitage Hux flanqueaba a su emperatriz mientras aguardaban por la llegada del senador de Kuat.
Hux admitía que su alteza, con todo el debido respeto que ameritaba, era hermosa. Al igual que sabía que su certeza en esa aseveración la compartían muchos de los dignatarios que llegaban a Coruscant. Gran parte de ellos disfrutaban la prudencia de mantener para si su opinión y se conducían de acuerdo a la formalidad que ameritaba su posición.
Pero, desafortunadamente, no todos actuaban con el mismo decoro.
En cierto modo, el general pensaba que era divertido observar el comportamiento poco ético de parte de quienes no tenían ningún auto control de su moral. Actuaban como verdaderos bufones.
Mientras que en otras ocasiones… eran francamente descarados en su desfachatez de entretener la idea de iniciar una relación con su emperatriz.
Sería entretenido y hasta cierto punto frustrante, descubrir que rumbo tomaría este senador. Para su total desazón, el hombre había elegido el trayecto equivocado, pero no inesperado en tan solo unos minutos luego de ella recibirlo e introducirse. Y su emperatriz, tan ajena e ingenua a toda la situación. Sacudió el rostro casi imperceptiblemente. Demasiado muy ingenua.
-¿General Hux? – llamó ella con suavidad.
-¿Sí, su alteza? – replicó él inmediatamente.
-¿Está listo el Salón Azul?
Ah, uno de los preferidos de la emperatriz. Toda la decoración consistía de varios tonos tenues del azul y brindaba un espectacular panorama de la Ciudad Federal, capital de Coruscant. Era espacioso sin llegar a ser grandioso y elegante sin tener que rayar en lo pretensioso.
-Sí, mi emperatriz.
Hux caminó detrás de ambos, procurando ignorar la conversación unilateral de parte del senador. Solo existía un fuerte y categórico motivo por el cual el pelirrojo había podido tolerar que Kylo Ren fuese emperador y esa razón se encontraba frente a él, toda su luz inundando cada espacio que ella ocupaba. La simple chatarrera se había ganado su total fidelidad.
Y contrario a lo que cualquiera pudiese pensar, el descenso a su fascinación con la peculiar criatura aconteció de un modo paulatino pues inicialmente no toleró la presencia femenina. La había visualizado como una oportunista calculadora tomando a Ren como un tonto que no veía más allá de un palmo de sus narices -lo que era nada nuevo.
No obstante, al pasar de los días, convirtiéndose en semanas y meses, Hux realizó que ella no era la fría interesada que sospechó. Y en el transcurso, descubrió que ella no se colocaba por encima de nadie, se relacionaba hacia todos a su alrededor con respeto y bueno, era difícil -sino imposible- poder resistirse a su sonrisa de mil vatios.
El alto oficial pelirrojo opinaba que no solo su personalidad era deslumbrante, también tenía una presencia elegante y llamativa. Y no solo él opinaba del mismo modo. Todos alrededor de la emperatriz reconocían que era… hermosa. No había modo de cubrir la luz de una súper nova con la mano. Pero existía un problema. Ella no compartía esa opinión. Su emperatriz era nada consciente de su belleza.
Hux se había percatado, en cada visitante que su emperatriz recibía, las miradas de reojos, las miradas sorprendidas, ojos deslumbrados y los leves tartamudeos. Del mismo modo había sido testigo del asombro fascinado que ella despertaba en quienes ella recibía.
Por lo regular, él podía captar el humor en toda la situación.
Sin embargo en otras ocasiones se le dificultaba ver el humor.
De pie a unos metros de la emperatriz experimentaba uno de esos instantes mientras apretaba los puños detrás suyo, escuchando al senador. Sería tan fácil oprimir su cuello y eliminarlo, pero contuvo el impulso. Matar un senador sería contra-productivo para la imagen de la Primera Orden.
-¿Alguien le ha dicho lo hermosa que se ve hoy?
Hux vio a su emperatriz estremecerse y visiblemente luchar contra la idea de declarar su objeción, decidiéndose finalmente por conducirse con cortesía, -Sí, senador Daala, creo que me lo ha repetido varias veces.
-Gavrison, por favor. -él insistió, rozando con su mano el hombro femenino.
Rey retrocedió, -No es correcto llamarlo de ese modo, senador.
-Por supuesto, por supuesto. Mil disculpas. – dijo él pero sin ningún gramo de sinceridad en su voz.
Rey aparentemente percibió su falta de franqueza -claro que ella se daría cuenta de ello, su emperatriz era brillante- porque rápidamente su actitud se tornó fría y sus ojos se endurecieron. La sonrisa femenina solo asemejaba ser una diminuta curvatura de sus labios.
-Gracias. – ella pronunció, su voz perfectamente cortés. -Como estaba diciéndole unos minutos atrás, es nuestro anhelo que se una a nuestra…
El senador la interrumpió con un movimiento desconsiderado de su mano, -Hablemos de otras cosas… Me interesaría conocerla mejor, Rey…
-Dama Ren, por favor. – ella reiteró y Hux se sonrió para sus adentros, realizando que le arrojó las mismas palabras utilizadas por el senador unos segundos atrás.
-Claro. – respondió el senador. -Es solo que he escuchado tanto sobre usted, dama Ren.
-¿Sobre mi?
-Sí, usted es muy popular entre los cortesanos y políticos. Se habla mucho de su belleza pero ahora veo que los rumores no le hacen justicia.
-No entiendo de que me habla, senador.
-Pero es cierto, Rey.
-Dama Ren. – volvió a recalcar ella con frialdad.
-Su belleza es desperdiciada en este lugar tan ordinario.
Ella frunció sus cejas, todavía sin entender, -¿Ordinario?
-Si decidiese venir a mi corte sería tratada con todo el respeto y la distinción que se merece. No tendría que hacer nada, simplemente esperar a ser atendida.
-Discúlpeme…
El pelirrojo fue embargado por la misma indignación de su emperatriz. ¿Qué se creía el mequetrefe? Observó al senador, sus golosos ojos brillando mientras se aproximaba a ella y esta a su vez, procurando crear más distancia entre ambos.
-Sí, sería considerada una reina. Solo tiene que venir conmigo.
Hux no podía dar crédito a lo que escuchaba, su enfado alcanzando niveles estratosféricos. Conocía muy de cerca al tipo de personas a la cual pertenecía el senador. Su padre solía codearse entre los de su carácter, en muchas ocasiones recibiendo menosprecio y humillaciones solo por ser el producto de un desliz "amoroso" con una empleada doméstica.
Era el ejemplo perfecto de un niño nacido en una cuna de oro; tenía dinero, tierra, conexiones y se atrevería a jurar que hasta personas dispuestas a lavarles los dientes y sabrá la Fuerza que otras atrocidades más. En resumidas, una persona que siempre adquiría lo que quería a toda costa.
Una idea surgió en la cabeza de Hux, muy en particular advirtiendo que la emperatriz estaba teniendo dificultades como contestarle al repugnante individuo sin faltarle el respeto, temerosa de que su esposo no alcanzase a tener algún tipo de alianza con el sistema del senador.
Y él sonrió burlonamente, deleitándose cada vez con su plan.
-Con el permiso, su alteza.
Rey lo miró, -¿Sí, general Hux?
-El emperador arribara tan pronto termine con la ejecución del reo.
Ella solo se limitó a abrir sus ojos desorbitadamente. Estaba completamente confundida y sentía que había entrado a alguna extraña dimensión donde aparentemente todos se comportaban de un modo absurdo.
-¿Ejecución? – chilló el senador. Fue un comportamiento completamente indigno, sin embargo, no era capaz de darle la más mínima importancia a su lapso vergonzoso.
-Me imagino, senador que del mismo modo que ha escuchado rumores de nuestra emperatriz, ha tenido que escuchar las murmuraciones sobre nuestro emperador. -comentó Hux con toda la indiferencia de la que era capaz, - Es mi deber confirmarle como ciertas todas las murmuraciones.
-¿Qué murmuraciones?
-Bueno, una de ellas es sobre su temperamento y puedo afirmarle sin ningún temor a equivocarme, de que son ciertas. Y todo eso sobre la Fuerza… - y el pelirrojo fingió suspirar con desaliento, -no son puras palabrerías. Su alteza puede acabar con la vida de cualquiera con un chasquido de sus dedos… - e hizo una pausa para crear cierto énfasis dramático, -lo que pudo haber realizado con el reo que están ejecutando, no obstante, decidió no hacerlo por el simple perverso deseo de verlo sufrir en sus últimos momentos de vida. ¿Sabe usted por que lo hace así?
El senador sintió dificultad para tragar, -¿Por qué… lo hace?
-Oh, solo por que lo pescó mirando inapropiadamente a su esposa.
El horrorizado hombre le lanzó un vistazo a la emperatriz, pero descubrió que no podía mantener su mirada sobre ella. Un sentimiento pesado llenó el corazón del hombre, similar a una sensación irrefutable de fatalidad.
-¿Senador Daala? - la voz de la mujer resonó débilmente en sus oídos, -¿Se encuentra bien?
Rey a su vez, mientras formulaba la pregunta le lanzó una mirada subrepticia a Hux, aun sin entender que lo motivó a mentir descaradamente. Tal vez el hombre se excedió en sus adulaciones, no obstante consideraba que era únicamente eso, halagos para que ella persuadiese a Ben…
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando sintió la presencia del aludido.
-Buenas tardes, senador Daala. Espero no haberlo hecho esperar mucho…
El senador pegó un diminuto grito nada digno al divisar el emperador en el umbral de la puerta que daba acceso al Salón Azul. Era un gigante, su cabello oscuro se veía salvaje, su mirada extremadamente penetrante y su leve sonrisa tenía un matiz de violencia contenida. El aterrorizado hombre se desplomó en el suelo, perdiendo todo el sentido.
Kylo posó su mirada aturdida en su esposa, quien a su vez observaba a Hux, que sonreía descaradamente.
. . .
-General Hux. – llamó Rey luego de que un personal de primer auxilio buscase al senador para atenderlo en el centro médico.
Kylo se había marchado al asegurarse que todo estuviese bien. El pelinegro le había preguntado que había sucedido unos minutos antes de arribar para que el senador se desmayara repentinamente. Rey no le proporcionó muchos detalles, manteniendo a Hux fuera de toda la situación. Anhelaba solucionar la situación en privado con el pelirrojo.
Solo se hallaban el general y ella en el Salón Azul.
-Su alteza.
-¿Qué fue todo eso? – preguntó ella un poco irritada.
El semblante masculino no tomó ninguna expresión contrita, -El hombre estaba tomando libertades absolutamente inadecuadas con usted.
Ella sonrió, realizando que todo su raro comportamiento se debió a un equivocado deseo de defender su honor, -Solo lo hacen para obtener buenas mercedes por parte de mi esposo.
-¿Discúlpeme?
Una extraña expresión apareció en el rostro masculino, una que ella no pudo precisar.
-Simplemente lo hacen para que interceda favorablemente por ellos ante mi esposo.
Él la miró con perplejidad, -¿Usted cree que ese es el único motivo?
-Por supuesto, que otro motivo podría existir para que me halaguen de ese modo. – y esta vez era ella la confundida.
Hux la miraba, se le dificultaba aceptar que ella no fuese consciente de su presencia.
-¿General Hux?
Él sacudió el rostro y una leve risa incrédula escapó de sus labios, -Usted todavía piensa que solo lo hacen por esa razón… y no porque…
Ella ladeó su cabeza cuando se detuvo abruptamente, -¿Por qué…?
Hux enrojeció. No era correcto contestar esa pregunta. Ella era su emperatriz.
-Olvídelo. Usted tiene toda la razón. Ahora, si no me necesita…
-No lo necesito, Hux, puede retirarse. Gracias.
El general inclinó su cabeza y se marchó. Rey permaneció pensativa. Presentía que Hux deseaba decirle algo pero una cierta idea de cortesía lo frenó a contestarle. No podía existir otra razón… ¿o sí?
Ella alejó la tonta idea de su cabeza, decidiendo que buscaría a sus pequeños para compartir lo que restaba de la tarde con ellos.
. . .
Semanas más tarde, Rey recibiría la noticia de que Kuat había elegido una nueva senadora. Pensó que existía la posibilidad de que Daala sí estaba experimentando problemas de salud y por tal razón se desmayó. Solo esperaba que no fuese nada muy serio y que pudiese recuperarse pronto.
