Lo cierto era que no tenía intención alguna de despedirme de mi padre. Después de todo, bastaría un telefonazo rápido a Sam para estropearme la jugada. Me cortarían el paso y me obligarían a retroceder. Probablemente, intentarían cabrearme o herirme para que entrara en fase. Entonces, el líder de la manada establecería otra ley con su voz de Alfa.
Pero Marco me esperaba, sabedor de que debía de estar con un estado de ánimo alterado. Permanecía en el patio, sentado en la silla de ruedas, con los ojos clavados en el lugar del bosque por donde había hecho mi aparición. Leí en su rostro cómo evaluaba mi dirección: directo a mi garaje de fabricación artesanal, sin pasar por casa.
—¿Tienes un minuto, Graham? —dejé que mis pies resbalaran hasta detenerme. Lancé dos miradas, una a él y otra al garaje—. Vamos, chico, ayúdame a entrar por lo menos.
Rechiné los dientes, pero decidí que probablemente mi padre tendría menos problemas con Sam si pasaba con él unos minutos, hasta conseguir engañarle.
—¿Y desde cuándo necesitas ayuda, viejales?
Soltó una de sus carcajadas retumbantes.
—Tengo los brazos cansados después de todo el trayecto desde casa de Sue.
—Pero si es colina abajo y te has pasado tirado a la bartola todo el día.
Empujé la silla, la subí por la pequeña rampa que le había hecho y entramos en el cuarto de estar.
—No me sueltes… Parece que he alcanzado los setenta por hora. Uf, ha sido genial.
—La silla va a acabar convertida en un trasto, ya lo sabes, y luego tendrás que arrastrarte sobre los codos.
—Ni lo sueñes. Me llevarás tú.
—Pues me da que no vas a ir a muchos lugares.
—¿Queda algo de comer? —preguntó mientras apoyaba las manos en las ruedas y se empujaba hasta el frigorífico.
—Tú me metiste en un lío dejando que Paul se quedara aquí todo el día…, es muy probable que no haya nada.
Marco suspiró.
—Habrá que empezar a esconder los comestibles si no queremos pasar hambre.
—Dile a Rachel que se quede en casa de Paul.
La nota bromista desapareció de la voz de Marco y la mirada acerada perdió parte de su dureza.
—Únicamente la tenemos en casa unas pocas semanas al año y es la primera vez que está aquí desde hace mucho. Todo esto es más duro para tus hermanas porque eran mayores que tú cuando murió tu madre. Les resulta mucho más difícil hacer de este sitio su casa.
—Lo sé.
Rebecca no había regresado desde su boda, aunque su excusa era de primera: los billetes de avión desde Hawai valían un pastón. Washington estaba demasiado cerca para que Rachel tuviera la misma escapatoria. Ella iba directamente a clase después del verano, no volvía a casa porque doblaba turnos en algún restaurante o café del campus. Se hubiera pirado en un momento de no ser por Paul, y supongo que ése era el motivo por el cual Marco no le largaba de una patada.
—Bueno, debo a ir a solucionar unas cositas —dije mientras me dirigía hacia la puerta trasera.
—Aguarda un momento, Graham. ¿No me vas a poner al corriente? ¿Acaso no te ha llamado Sam para informaros?
Permanecí de espaldas a él para ocultar el rostro.
—No ha pasado nada. Sam va a sacar el pañuelito para despedir a los Mills. Supongo que ahora somos un hatajo de admiradores de esas sanguijuelas.
—Graham…
—No quiero hablar de ello.
—¿Te marchas, hijo?
Se hizo el silencio en la habitación durante un largo rato mientras yo cavilaba una contestación.
—Así Rachel podrá recuperar su cuarto. Sé cuánto odia esa colchoneta…
—Ella preferiría dormir en el suelo antes que perderte. Igual que yo.
Solté un resoplido.
—Graham, por favor, si necesitas un respiro, tómatelo, pero que no sea tan largo como la última vez. Y regresa.
—Tal vez, tal vez asome el careto en las bodas. Me dejaré ver en la de Sam y luego en la de Rachel, aunque tal vez Jared y Kim se casen antes. Probablemente voy a necesitar un traje o algo así…
—Mírame, Graham.
Me di la vuelta muy despacio.
—¿Qué…?
Me miró a los ojos durante un minuto largo.
—¿Adónde vas?
—No tengo pensado un lugar específico.
Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—¿Ah, no?
Volvimos a mirarnos el uno al otro mientras transcurrían los segundos.
—Graham—me dijo con voz contenida—, no lo hagas, Graham. No merece la pena.
—No sé de qué me hablas.
—Deja ir en paz a Emma y a los Mills. Sam está en lo cierto.
Le miré durante otro instante antes de cruzar la habitación de dos zancadas largas. Agarré el teléfono y desconecté el cable que unía el cajetín con el enchufe telefónico. Guardé el cable gris en la palma de la mano.
—Adiós, papá.
—Graham, espera… —me llamó a mis espaldas… pero yo ya había atravesado la puerta y estaba corriendo.
Iba a ir más despacio en moto que a pie, pero resultaba más discreto. Me pregunté cuánto tiempo iba a necesitar Marco para impulsarse hasta la tienda y telefonear a alguien capaz de darle un recado a Sam. Aposté a que éste seguiría todavía con su forma lobuna. El problema podría plantearse si Paul regresaba a nuestra casa antes de tiempo. Él era capaz de transformarse en cuestión de un segundo e informar a Sam de lo sucedido.
No iba a darle importancia. Iría lo más rápido posible y ya haría frente a ese problema cuando no me quedara otro remedio, si me daban alcance.
La moto cobró vida en cuanto di una patada al pedal y descendí la vereda embarrada sin mirar atrás cuando pasé delante de la casa.
Los coches de los turistas atestaban la autovía. Una sucesión de adelantamientos por ambos lados del carril me permitió pasar a los vehículos, y me granjeó una buena serenata de bocinas y el saludo de unos cuantos dedos corazones. Enfilé hacia la 101 a setenta por hora sin molestarme en mirar a los lados y tuve que inclinarme hasta la línea de equilibrio para evitar la embestida de una pequeña furgoneta. No es que eso me hubiera matado, pero sí me hubiera demorado, pues los huesos tardaban días en soldarse del todo, al menos los grandes, como bien sabía yo.
El tráfico era algo más fluido en la autovía, de modo que subí a ochenta. No toqué el freno hasta hallarme cerca del estrecho camino de entrada. Supuse que para entonces ya estaría a salvo.
Sam no iba a venir tan lejos para detenerme. Era demasiado tarde. No empecé a pensar en mi próximo movimiento hasta ese momento, cuando estuve seguro de que iba a poder llevarlo a cabo. Reduje a veinte y avancé haciendo eses entre los árboles con más cuidado del necesario.
Iban a oírme llegar, lo sabía, razón por la cual el factor sorpresa estaba fuera de lugar; y tampoco había forma de disimular mis intenciones, ya que Regina leería mis propósitos en cuanto me acercara lo bastante. Quizá ya lo hubiera hecho, pero pensaba que las cosas podían salir bien, ya que contaba con su ego a mi favor. Ella querría luchar conmigo a solas.
Por eso, me limité a caminar en busca de la preciada evidencia para Sam por mis propios medios antes de desafiar a Regina a un duelo. Bufé. Probablemente, el parásito iba a disfrutar de la carga dramática del combate. Una vez que hubiera matado a Regina, tenía intención de llevarme por delante a todos los vampiros posibles antes de que me aniquilaran. Bueno, me pregunté si Sam no consideraría mi muerte una provocación. Tal vez acabaría saliendo con aquello de que me llevé mi merecido, era muy posible. No querría ofender a sus amigos del alma, los chupasangres.
El paseo desembocó en un prado, donde recibí en pleno rostro el impacto de un hedor a putrefacción similar al de tomates podridos. Puaj. Apestosos vampiros. El estómago me dio un vuelco. Iba a resultar duro soportarlo a pelo, sin estar entremezclado por efluvio humano alguno, como había ocurrido en mis otras visitas, aunque no tan insoportable como si lo olisqueara siendo lobo.
No estaba muy seguro de qué esperar, pero no había indicio alguno de vida en torno a la gran cripta blanca. Por supuesto, ellos estaban al tanto de mi presencia en el lugar.
Apagué el motor y agucé el oído en el silencio. Percibí una nota de tensión y enfado en los murmullos que se levantaron al otro lado de la entrada. Había alguien en la casa. Sonreí al oír mi nombre, feliz de pensar que les estaba causando cierto desasosiego. Respiré hondo y apuré una bocanada de aire puro, sabedor de que dentro iba a ser peor, y me planté en las escaleras del porche de un brinco.
El doctor abrió la puerta sin darme ocasión de que la aporreara con el puño y permaneció en el umbral, mirándome con gesto grave.
—Hola, Graham —saludó con más calma de la que yo había esperado—. ¿Cómo estás? —Tomé algo de aliento por la boca, ya que por la abertura de la puerta entreabierta se filtraba una pestilencia abrumadora.
El recibimiento de Henry supuso una decepción. Habría preferido que hubiera cruzado la puerta Regina con las fauces ya abiertas. El doctor Mills era tan… humano, o algo por el estilo. Quizá fue a esta casa donde telefoneó la primavera anterior, cuando me la pegué. Por eso, me sentía muy incómodo mirándole a la cara, sabiendo como sabía que mi intención era matarle si me resultaba posible.
—He oído que Emma ha conseguido seguir con vida.
—Esto, Graham, éste no es el mejor momento, de verdad —el medicucho parecía incómodo también, pero no del modo que era de prever—. ¿Podemos encargarnos de esto más tarde?
Le miré atónito. ¿Me estaba pidiendo que pospusiéramos un enfrentamiento a muerte hasta un momento más oportuno?
Entonces, oí la voz quebrada y áspera de Emma y ya no fui capaz de pensar en nada más.
—¿Por qué no? —preguntó ella a alguien—. ¿También vamos a tener secretos con Graham? ¿Qué sentido tiene?
La voz de mi amiga no sonaba tal y como yo había supuesto. Intenté recordar las voces de los vampiros contra quienes había combatido en primavera, pero mis recuerdos se limitaban a simples gañidos. Quizás esos neonatos no tenían las voces sonoras y penetrantes de los más antiguos. Quizá todos los vampiros recién convertidos hablasen con voz gutural.
Los ojos entornados de Henry se tensaron.
—Entra, por favor, Graham —pidió ella con voz estridente.
Me pregunté si no estaría sedienta. También yo entrecerré los ojos.
—Disculpe —le dije al doctor mientras le sorteaba para entrar.
Era difícil dar la espalda a uno de ellos, iba contra todos mis instintos, pero resultó posible. Si había algo parecido a un vampiro fiable, era aquel jefe suyo tan extrañamente amable. Me apartaría de Henry cuando empezara la lucha. Habría suficientes vampiros para matar, así que podía excluirle.
Entré de soslayo en la casa, con la espalda pegada a la pared, y recorrí la estancia con la mirada.
No la reconocí. La última vez que había estado allí era el escenario de una fiesta. Ahora todo era de un blanco apagado, lo cual incluía al grupo de seis vampiros que se agrupaban en torno al sofá blanco.
Allí estaban todos juntos, pero no fue eso lo que me heló la sangre en las venas e hizo que abriera la mandíbula hasta tocar el suelo.
Era Regina, ella y la expresión de su rostro.
La había visto enfadada y también arrogante, y en una ocasión con el semblante transido de dolor, pero aquellas facciones estaban más allá de la agonía. La chupasangre estaba medio desquiciada.
Ni siquiera alzó los ojos para mirarme. Mantenía fija la mirada en el sofá contiguo con una expresión que hacía creer que alguien le había prendido fuego y no apartaba las manos engarfiadas del asiento.
Ni siquiera tuve ocasión de saborear su angustia, pues sólo había una cosa capaz de ponerla en semejante estado, por lo que seguí la dirección de su mirada.
La vi en cuanto percibí su efluvio.
Un nítido y claro efluvio humano.
Emma se hallaba semioculta tras el brazo del sofá, aovillada de forma flácida, en posición fetal.
Durante un segundo, únicamente fui capaz de ver que ella seguía siendo la joven que amaba: la piel mantenía ese suave tono melocotón y las pupilas de los ojos conservaban el color verde esmeralda. El corazón empezó a latirme de un modo extraño y desacompasado, hasta el punto de preguntarme si no estaría viviendo algún sueño falaz del que estaba a punto de despertar.
Entonces la observé de verdad.
Tenía grandes ojeras debajo de unos ojos saltones a causa de lo chupado del rostro. ¿Estaba más delgada? La piel parecía tirante, como si los pómulos fueran a rasgarla de un momento a otro.
Había recogido en un revuelto moño el pelo rubio y sólo tenía pegados a la frente y el cuello unos pocos mechones de aspecto descuidado. El ademán desmayado de los dedos y las muñecas le confería un aspecto tan frágil que daba miedo.
Estaba enferma. Muy enferma.
No era una mentira. La historia que David le había contado a Marco era cierta. Los ojos no se me salieron de las cuencas por pura chiripa, y mientras la miraba, su tez adquirió una tonalidad verdosa.
La sanguijuela pelirroja y llamativa, la tal Zelena, se inclinó sobre ella para impedir que la viera de un modo protector que se me antojó extraño. Eso era un despropósito. Yo conocía al dedillo lo que Emma pensaba respecto a casi todo. Sus pensamientos eran de lo más obvio, a veces tenía la impresión de que los llevaba escritos en la frente, por eso resultaba innecesario que ella me contara todos los detalles de una situación para que me pispara de todo. Sabía que a ella no le gustaba Zelena por el modo en que fruncía los labios cuando hablaba de ella, y no sólo no le gustaba, más aún: la temía. O al menos así había sido antes… pero ahora, cuando alzó la vista hacia Zelena, no había rastro alguno de temor en Emma.
Parecía pedir disculpas con la expresión, o algo parecido. Entonces, la vampira tomó una palangana del suelo y la sostuvo a la altura del pecho de Emma justo a tiempo de que pudiera vomitar en ella de forma escandalosa.
Regina se postró al lado de la enferma con un brillo atormentado en la mirada. Zelena extendió un brazo para obligarle a retroceder.
Nada de aquello tenía sentido.
Emma me dirigió una débil sonrisa cuando al fin logró alzar la mano. Parecía un poco avergonzada.
—Lamento todo esto —admitió con un hilo de voz.
Regina profirió un quejido realmente bajo mientras mantenía la cabeza hundida sobre las rodillas de Emma. Ella puso una mano sobre la mejilla de ella como si la estuviera consolando.
No comprendí que las piernas habían obrado por voluntad propia y me había adelantado hasta que Zelena soltó un siseo y se interpuso entre el sofá y mi persona. Parecía un personaje de la tele. Daba igual que estuviera allí. No parecía real.
—No, Zel, no —susurró Emma—. Está bien.
La pelirroja se apartó de mi camino, aunque noté lo mucho que le reventaba la concesión. Me puso mala cara mientras se acuclillaba junto a la cabeza de Emma, con todos los músculos preparados para saltar. Ignorarla olímpicamente fue más fácil de lo que había imaginado.
—¿Qué te pasa, Emma? —murmuré. Sin darme cuenta, casi sin pensarlo, yo también me había arrodillado y estaba inclinado sobre el respaldo del sofá, enfrente de su… esposa. Ella no pareció percatarse de mi presencia y yo apenas le dediqué una mirada. Alargué las manos para tomar la mano libre de Emma. Estaba helada—. ¿Estás bien?
Era una pregunta estúpida, y no la contestó.
—Me alegra que hayas venido a verme hoy, Graham.
Regina no era capaz de leerle los pensamientos a Emma, pero la frase tuvo un significado para ella que a mí se me escapaba, ya que se lamentó de nuevo. Ella se agitó bajo la manta que la cubría y acarició la mejilla de su esposa.
—¿Qué te ocurre, Emma? —insistí mientras entrelazaba sus dedos fríos y frágiles entre los míos.
Ella miró a su alrededor en lugar de responderme. Daba la impresión de buscar algo con la mirada, donde se entremezclaban una súplica y un aviso. Seis pares de ojos dorados la contemplaron fijamente. Al final, ella se volvió hacia Zelena.
—¿Me ayudas a levantarme, Zel? —pidió. La interpelada frunció los labios, dejando los colmillos al descubierto, y me fulminó con la mirada, como si quisiera rajarme la garganta. Estaba seguro de que ése era su propósito—. Por favor, Zel.
La muñeca me dedicó un mohín de desprecio, pero volvió a inclinarse sobre ella, cerca de Regina, que no se movió ni un centímetro. Puso su brazo con cuidado debajo de los hombros de Emma.
—No, no la levantes… —susurré. Parecía tan débil.
—Estoy respondiendo a tu pregunta —me espetó con un tono de voz más similar al modo en que solía dirigirse a mí.
Zelena retiró la manta del sofá. Regina se quedó donde estaba, aunque su cabeza fue resbalando hasta hundirse entre los almohadones. El cobertor cayó al suelo a los pies de Emma.
Tenía el vientre abultado y el torso se le había redondeado de un modo anómalo y enfermizo. Se remarcaba sobre la sudadera de color gris gastado que le estaba muy ancha a la altura de brazos y hombros. El resto de la anatomía de la enferma parecía la más chupada, daba la impresión de que el abombamiento hubiera crecido gracias a la sustancia que le había extraído a ella. Necesité unos momentos antes de comprender en qué parte se había producido la deformidad. No me percaté hasta que la vi recorrer los brazos alrededor del vientre hinchado con toda ternura. Arriba y abajo. Como si lo estuviera acunando.
Entonces me di cuenta, pero seguía sin dar crédito a mis ojos. La había visto hacía un mes exacto. No había forma de que ella pudiera estar embarazada, tampoco de que pudiera estarlo tanto, no de ese modo.
Pero lo estaba.
Intenté entender cómo sería posible, no lo comprendí, eran dos mujeres, de repente una imagen de Regina dentro del ser que yo más amaba me vino de modo fugaz a la mente . Noté una arcada y tuve que tragar saliva y hacer un esfuerzo para no vomitar.
Pero era peor que eso, oh, sí, mucho peor. El cuerpo desmadejado y ese rostro reducido a piel y huesos me hicieron suponer que ella tenía ese aspecto tan desmejorado y en estado de gestación tan avanzado porque, fuera lo que fuera lo que tuviera en su vientre, le estaba sorbiendo la vida para alimentarse.
Porque era un monstruo igual que la otra madre.
Siempre supe que Regina acabaría por matarla.
Ella ladeó la cabeza hacia arriba en cuanto leyó esas palabras en mi mente. Hacía un segundo, los dos estábamos de rodillas y al siguiente se había puesto en pie, irguiéndose sobre mí. Sus ojos eran intensamente negros y los círculos de las ojeras, cárdenos.
—Sal fuera, Graham —gruñó.
Me puse en pie y la miré. Ella era la razón de mi presencia.
—Acabemos con esto —acepté.
El de pelo negro, Killian, avanzó hasta ponerse a un lado de Regina mientras el de aspecto ávido, Jefferson, se posicionaba justo detrás de él. Lo cierto es que me importó un comino. Quizá la manada encontrara mis restos cuando me hubieran despedazado. Quizá no. Eso era irrelevante.
Llegué a ver a los otros dos miembros de la familia situados detrás durante una mínima fracción de segundo. Cora y Ruby. Menudas y de una feminidad perturbadora. Bueno, estaba seguro de que los varones me matarían antes de tener que vérmelas con ellas. No quería matar a esas mujeres, ni siquiera aunque fuesen vampiras.
Pero tal vez hiciera una excepción con esa pelirroja además de Regina por supuesto.
—No —pidió Emma, entre jadeos, mientras se lanzaba hacia delante, tambaleándose, para tomar del brazo a Regina.
Zelena se movió con ella como si estuvieran encadenadas.
—He de hablar con él, sólo eso —contestó Regina en voz baja, dirigiéndose únicamente a ella.
Alzó una mano para tocarle el rostro y acariciarlo. Me encendí al contemplar ese gesto y lo vi todo rojo, todo en llamas. ¡Cómo podía permitirse tocarla de esa manera después de todo lo que le había hecho.
—Nada de esfuerzos —continuó con tono de súplica—. Descansa, por favor, los dos estaremos de vuelta en cuestión de unos minutos.
Ella estudió el rostro de su esposa tratando de averiguar sus intenciones. Luego asintió y se dejó caer sobre el sofá. Zelena le ayudó a colocarse sobre los cojines. Emma me contempló fijamente para atrapar mi mirada.
—Pórtate bien —insistió—, y luego, vuelve.
No le respondí. Hoy no hacía promesa alguna. Desvié la mirada y seguí a Regina por la puerta de la entrada.
Una vocecita me habló en la mente con un tono casual e inconexo, haciéndome notar que separarla del aquelarre no había sido tan difícil.
Ella siguió caminando sin preocuparse en verificar si estaba a punto de abalanzarme sobre sus desprotegidas espaldas. Supuse que no necesitaba volverse para comprobar eso. Lo sabría en cuanto lo decidiera, lo cual significaba que cuando lo hiciera, iba a tener que adoptar esa resolución a toda prisa.
—Todavía no estoy lista para que me mates, Graham Black —susurró mientras se alejaba de la casa a paso vivo—. Deberás tener algo de paciencia.
Como si a mí me importaran algo sus problemas de agenda. Solté un gruñido bajo.
—La paciencia no es lo mío.
Prosiguió andando unos doscientos metros más por el camino en dirección opuesta a la casa, y yo le pisaba los talones. Ardía por dentro y los dedos me temblaban. Estaba al límite, listo y a la espera.
Se detuvo sin previo aviso y giró sobre sí misma para plantarme cara. Su expresión volvió a dejarme helado Durante un instante yo no fui más que un crío, un rapaz que no ha salido de un pueblo minúsculo en toda su vida. Sólo un chaval. Lo supe porque iba a tener que vivir mucho y sufrir más para comprender la lacerante agonía que había en los ojos de Regina.
Alzó una mano como si fuera a secarse el sudor de la frente, pero los dedos se hundieron en su rostro y, durante un instante, dio la impresión de que iban a arrancar esa piel suya de granito.
Un fuego iluminaba sus ojos desorbitados que parecían ver cosas que no estaban allí. Tenía la boca entreabierta, como si fuera a gritar, pero no profirió sonido alguno.
Era el semblante propio de una mujer consumida por el sufrimiento.
Fui incapaz de articular palabra durante unos segundos. Ese semblante era demasiado real. Lo había atisbado dentro de la casa, lo había visto en los ojos de Emma y también en los de ella, pero aquello era la confirmación. El último clavo en el ataúd de Emma.
—El feto la está matando, ¿no es así? Se está muriendo.
Cuando pronuncié esas palabras, supe que mi rostro era una versión levemente atenuada del suyo. Atenuada y desemejante, porque todavía estaba conmocionado. Todo estaba ocurriendo muy deprisa y mi cabeza aún no lo había asimilado. La suya sí. Era diferente porque yo la había perdido ya muchas veces y de formas muy distintas en mi fuero interno, y también porque no podía perder lo que nunca me había pertenecido.
Y distinto porque no era culpa mía.
—La culpa es mía —susurró Regina.
Sus rodillas cedieron y se vino abajo, quedando delante de mí, en un estado de completa vulnerabilidad. Resultaba difícil concebir un objetivo más sencillo… pero ahora yo estaba frío como la nieve: ya no había fuego alguno en mí.
—Sí —gimió con la vista puesta en la tierra, como si se lo estuviera confesando al suelo—, sí, la criatura la está matando.
Su indefensión absoluta me cabreó. Yo buscaba una lucha, no una ejecución. ¿Dónde estaba ahora esa superioridad y esa condescendencia suyas?
—¿Y por qué no hace algo Henry? —grité—. Es médico, ¿no? ¡Pues que se lo saque!
Entonces, alzó la vista.
—Ella no nos lo permite —me contestó con voz cansada y la misma desgana del maestro que le explica por décima vez lo mismo a un niño de guardería.
Necesité un minuto largo para digerir aquello. ¡Dios!, sacrificarse y morir por el engendro del monstruo. ¡Muy propio de Emma!
—La conoces bien —susurró—. ¡Qué deprisa lo has visto…! Yo no me di cuenta, o al menos no a tiempo. Ella no me lo contó durante el viaje de vuelta, para nada. Pensé que estaba asustada, lo cual era de lo más normal. Creí que se había enfadado conmigo, por obligarla a pasar por todo aquello, por poner en peligro su vida… una vez más. Nunca sospeché sus verdaderas intenciones ni el propósito que había adoptado. No hasta que nos reunimos con mi familia en el aeropuerto y ella se lanzó corriendo a los brazos de Zelena, ¡de Zelena! Fue entonces cuando lo comprendí, cuando leí el pensamiento de Zelena, sólo entonces. Y tú lo has comprendido al cabo de un segundo…
Profirió lo que era en parte un suspiro y en parte un gemido.
—Rebobina un momento, vuelve a eso de que no os lo «permite»… —la nota de sarcasmo de mi voz cargó de acidez la frase—. ¿Estáis tontos? ¿No os habéis percatado de que ella tiene la fuerza normal de una chica de cincuenta kilos? Basta con agarrarla y drogarla.
—Ésa fue mi intención, y Henry hubiera estado dispuesto…
¿Qué? ¿Ahora también se las daban de caballerosos?
—Nada de eso, Graham, es que la guardaespaldas de Emma complica las cosas.
Ah. La historia de Regina no había tenido ni pies ni cabeza hasta ese momento, pero ahora sí me cuadraba del todo. Así que ése era el papel de la muñeca, pero ¿qué se le había perdido a ella en todo aquello? ¿Quería la reina de la belleza que Emma sufriera esa muerte?
—Quizá —contestó Regina—. Zelena no ve esto de la misma manera.
—Bueno, pues entonces se neutraliza primero a la pelirroja. Todos juntos podéis, ¿no? Metéis a la fuerza la pieza que falta en el rompecabezas y os hacéis cargo de Emma.
—Killian y Cora la apoyan. Killian jamás nos dejaría tocarla, y Henry no va a ayudarme si Cora se opone… —la frase se desvaneció conforme la voz se iba consumiendo.
—Deberías haberla dejado conmigo.
—Sí.
Era un poquito tarde para eso. Quizá tendría que habérselo pensado antes de dejarla embarazada de ese engendro devorador de vida.
Pude apreciar que estaba de acuerdo conmigo cuando alzó la cabeza y me contempló desde su propio y personal infierno.
—No lo sabíamos. Jamás se nos pasó por la imaginación —contestó con un hilo de voz—. No había precedentes de algo similar a lo ocurrido entre Emma y yo. ¿Cómo íbamos a prever que una humana era capaz de concebir un hijo de una vampira? Somos dos mujeres después de todo.
Solo tenemos una leyenda de los indios Ticuna, que habla sobre la maldición de los de mí especie sobre las mujeres humanas. Son 1 caso cada miles de años en los que los de mí especie se enamoran de los humanos , los pocos casos conocidos terminan de la misma forma según lo que me dijo una miembro de esa tribu la maldición no distingue de géneros, eso que hay dentro de Emma es una maldición, no es algo que suceda a menudo…
—… sobre todo cuando la chica debería haber terminado destrozada en el proceso, ¿no?
—Sí —coincidió con un susurro cargado de tensión—. Sádicos, como los íncubos y los súcubos, están ahí fuera, existen, pero la seducción es un simple preludio al festín.
Sacudió la cabeza como si la idea le repugnara, como si ella fuera diferente.
—No entiendo cómo no tienen un nombre para lo que tú eres —le espeté.
Con el propósito de mirarme, alzó el rostro: parecía el de alguien con mil años.
—Ni siquiera tú, Graham Black, puedes aborrecerme tanto como yo me odio a mí misma.
Te equivocas, pensé, demasiado enfurecido para hablar.
—Matarme ahora no va a salvarla —replicó ella con calma.
—¿Y qué?
—Debes hacer algo por mí, Graham.
—¡Y un cuerno, parásito!
No dejó de mirarme con esos ojos enturbiados en parte por la fatiga y en parte por la locura.
—¿Y por ella?
Apreté los dientes con fuerza.
—Hice todo lo posible por apartarla de ti. Todo. Ahora es demasiado tarde.
—Tú la conoces, Graham. Mantienes con ella una relación a un nivel que yo ni siquiera soy capaz de comprender. Eres parte de ella y ella de ti. A mí no va a escucharme, pues piensa que la subestimo. Emma se cree lo bastante fuerte para salir airosa de esto… —el sofoco le impidió respirar. Se calmó y tragó saliva—. Puede que a ti te oiga.
—¿Y por qué a mí sí?
Se levantó tambaleándose. Me pregunté si no se le habría aflojado algún tornillo. ¿Podían volverse majaretas los vampiros?
—Quizá —respondió tras leerme la mente—. No sé. Esa pinta tiene —meneó la cabeza—. Intento ocultarlo delante de ella, ya que la tensión la hace empeorar. No puede soportar nada tan deprimente como esto. He de mostrar compostura a fin de no hacérselo más duro, pero ahora todo esto importa muy poco. ¡Ha de escucharte!
—No puedo decirle nada que tú no le hayas dicho antes. ¿Qué quieres que haga? ¿Asegurarle que esta demente? Lo más probable es que ya lo sepa. ¿Soltarle que se va a morir? Apuesto a que eso también lo sabe.
· Debes convencerla porque yo ya no se que más decirle. No quiero que su corazón dejé de latir. Hasta le diría que podriamos tener hijos. ¡Pero no de esta forma! —masculló antes de que pudiera recobrarme—. No con eso que le absorbe la vida mientras yo estoy aquí, observando con impotencia cómo enferma y se consume, contemplando cómo esa cosa le hace daño —tragó una bocanada de aire a toda prisa, como si alguien le hubiera asestado un puñetazo en el estómago—. Debes hacerla entrar en razón, Graham. Ella ya no va a escucharme. Zelena no se aparta de su lado, y no deja de alimentar su locura, y de infundirle coraje, y de protegerla. No, no la protege, cuida del engendro. La vida de Emma no significa nada para ella.
· Ella no va a escucharme.
· Ella te quiere.
· Se necesitará mucho más que eso para hacerla entrar en razón.
—Lo sé, lo sé. Va a hacer falta una gran dosis de persuasión para convencerla de dejarnos acabar con eso; por eso te necesito. Sabes cómo piensa. Puedes hacerla entrar en razón.
—¿Hacer que Emma se avenga a razones?… Pero tú ¿en qué mundo vives?
—Inténtalo al menos.
Me apresuré a negar con la cabeza. Sin embargo, ella hizo caso omiso a mi respuesta y permaneció a la espera, ya que podía percibir el choque de mis pensamientos enfrentados.
—¿De dónde sacas este rollo psíquico de mierda? ¿Te lo estás inventando todo sobre la marcha?
—No he dejado de pensar en posibles caminos para salvarla desde que me percaté de sus planes y de que estaba dispuesta a morir para realizarlos, pero no sabía cómo contactar contigo, ya que estaba segura de que no ibas a ponerte al teléfono si te llamaba. Si no hubieras venido hoy, habría tenido que ir a buscarte, pero se me hace muy difícil separarme de ella, aunque sea sólo por unos minutos. La condición de Emma… Bueno, eso está cambiando, no deja de crecer, y además muy deprisa. Ahora no puedo estar lejos de ella mucho tiempo.
—Pero ¿qué es «eso»?
—No tenemos ni idea, ninguno, pero ya es más fuerte que la madre —de pronto vi al monstruo por nacer rasgándola desde dentro para salir—. Ayúdame a detenerlo —susurró—, ayúdame a impedir que esto suceda.
—Ella no va a querer saber nada del tema.
—Prueba. Total, no hay nada que perder. ¿En qué puede hacer daño?
Me podía hacer daño a mí. ¿Acaso Emma no me había herido ya lo suficiente?
—¿Un poquito de dolor a cambio de salvarla? ¿Acaso es eso un alto precio?
—No va a funcionar.
—Tal vez no, pero quizás la confundas y flaquee su resolución. Todo cuanto necesito es un momento de duda.
No debería haber dejado hablar a Regina. Me había puesto la cabeza como un bombo. Tendría que haberme limitado a matarla.
—No ahora —susurró—, todavía no. Equivocada o no, eso va a acabar con ella y tú lo sabes. ¿Qué prisa hay? Tendrás tu oportunidad si ella no te escucha. Te pediré que me mates cuando el corazón de Emma cese de latir.
—Eso no vas a tener que suplicarlo mucho.
El atisbo de una sonrisa desfigurada le curvó la comisura de los labios.
—Con eso ya contaba.
—Entonces, tenemos un trato.
Ella asintió y tendió su fría y pétrea mano. Me tragué mi desagrado y alargué la mía para estrechársela. Cerré los dedos alrededor de la piedra y le di un único apretón.
—Lo tenemos —aceptó.
